La celta que llegó de lejos - Capítulo 2 - Wester Ross

Después de hacer mi ruta turística, en realidad estaba impaciente por recorrer el camino que hiciera   siglos atrás  mi antepasada..Llevaba en mi cabeza la leyenda que  habían transmitido  mis ancestros . Decidí alquilar un coche, y seguir la ruta que hicieron y,  saborear minuto a minuto, lo que yo haría en unas horas,  y que ellos tardaron varias jornadas en realizar.  No encontraría asaltantes , ni  a un guapo mozo que me salvara de ellos.  Mientras lo pensaba sonreía, pero estaba muy contenta de poder contemplar con mis ojos esas mismas piedras, esos mismos lugares y vivir sus odiseas, que ahora en pleno siglo XXI eran impensables.  Pasé por un pintoresco pueblecito  a  orillas, de un gran lago , testigo que fuera  del baño de Lua.  Me senté en una piedra y con los ojos cerrados, reviví aquel instante tan romántico y especial.  Me sacó de mi ensoñación los cascos de un caballo y los ladridos de un perro que se acercaban.


No podían ser efecto de mi recuerdo, eran reales. Abrí los ojos e hice pantalla con una de mis manos, ya que el sol me daba de pleno en la cara y no me permitía ver quién se acercaba.  No me había engañado: era un fuerte caballero, corpulento y grande como un castillo, que al igual que aquél, tenía los cabellos color de fuego.  Pero esta vez, saludó en perfecto inglés, que yo respondí. Me saludó con un gesto de la mano sobre su frente y se alejó tan rápidamente como había llegado.  Me quedé mirando el lugar por el que había desaparecido.  Decidí emprender mi ruta y  no tardé mucho en llegar a mi destino.  El tiempo quedó suspendido: había llegado a Wester Ross. Pueblo pintoresco donde los halla conservándose intacto, algo insólito en esta época en que el turismo arrasa con todos los tipismos.

Aparqué el coche, y paseé por sus calles, desiertas y silenciosas, alteradas solamente por el mugido de alguna vaca o los balidos de algún rebaño de ovejas.    Puse mi imaginación  a pensar cómo sería la llegada de aquel pequeño séquito al lugar de su destino.



  Kendric había desaparecido de su vista, harto, seguramente, después de varias jornadas ocupándose de aquellas desconocidas mujeres, con las que ni siquiera podía comunicarse.  Lua, parada en mitad de la plaza del mercado del pueblo, miraba a un lado y a otro, buscando en las fachadas de las casas, el escudo que su padre había dibujado en el trozo de tela que llevaba en su falda cual si fuera un tesoro.  Intentaron que alguien les diera alguna indicación, pero no  entendía lo que querían decirla. Sacando la tela señalaba con su dedo al escudo y a las casas, y por fin, alguien les indicó la dirección correcta. Quién le había indicado  la dirección, sonrió complacido y se despidió de ambas mujeres.

Era una especie de caserón, mayor aún que un pazo de su tierra, pero igualmente de piedra y musgo como allí.  Llamó fuerte con la aldaba en la madera de la vieja puerta, y una sonrosada moza les peguntó, o al menos es lo que interpretaron, qué era  lo que querían.  Ella le enseñó el plano hecho por su padre.  En una esquina de la tela, había una muñeca vestida de desposada y junto a ella un robusto joven, dando a entender que era la novia prometida para unirse en matrimonio.

Unos fuertes brazos, rodearon el cuerpo de la sonrosada moza que miraba la tela con estupor, con el mismo estupor que el joven Kendrick  miraba,  el rostro de Lua.  Esa era su novia prometida, con quién había hecho un viaje protegiéndola, sin saber que habría de casarse con ella.  Un estremecimiento recorrió su cuerpo, mientras Lua clavaba sus grandes ojos, llenos de extrañeza en el rostro del escocés.

Inmediatamente, deshizo el abrazo a la moza y carraspeando, la tomó de una mano y de un tirón la introdujo en la casa.  Dando grandes zancadas, la llevó a un salón, en el que su padre meditaba sobre algo  sin prestar atención de lo que ocurría en la estancia.  Nuevamente ese lenguaje extraño para sus oidos, llegó hasta ella, pero el tono de Kendrick era de enfado y nada hospitalario, algo que hizo que su padre levantara la cabeza y paseara su mirada por la presencia de ambas mujeres, desconocidas para él.

Por fin, unas palabras que entendían, y dedujo que ese hombre era el compañero de celda,  el que tanto mencionaba  su padre, y que por esa razón hablaba algo en galego mezclado con castellano. Se identificó de inmediato, siendo abrazada por el hombre que dirigiéndose a su hijo recriminó la fria bienvenida a  las forasteras, y que dentro de poco llevaría del brazo ante el altar. Sería un dama escocesa al contraer matrimonio con un hombre perteneciente al clan MacDonald, uno de los más relevantes de aquella época.

 Hoy en día, muchos de sus componentes están repartidos por todos los lugres del mundo, pero conservan intactas sus raíces.



Con el ceño fruncido, sin duda disgustado por la aparición inesperada de aquella joven extranjera que había desbaratado sus planes de pasar un buen rato con July la robusta muchacha que abrazara instantes antes.

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