La carta - Capítulo 8 - Algo inesperado

Las gemelas habían terminado la enseñanza primaria y el siguiente curso, comenzarían la superior.  Eran unas excelentes estudiantes, lo que tenía a toda la familia muy satisfecha.  De caracteres rebeldes, discutían constantemente por cualquier tontería.  Su madre hacía poco que había dado a luz, un precioso chico, que era el juguete de la familia.  Pablo, a pesar de no ser hijo suyo, le quería y mimaba como si lo fuera.  Vivían en casas contiguas, por lo que disfrutaba de sus hijas constantemente.  Con Roger  mantenía una buena relación, y sus vidas transcurrían con la mayor de las tranquilidades.

Las niñas estaban discutiendo por las próximas vacaciones estivales.  María deseaba viajar a España para estar con su familia, y Liz, entusiasta de la historia, deseaba ir a Grecia.  Pablo quería pasar sus vacaciones con ellas....   Se había producido un pequeño conflicto

-  Eh, eh, eh. Vamos, ya está bien.  Dejad de discutir.  Estoy harto de tantas discusiones por tonterias

- Es  Liz, papá.  Quiere ir a Grecia

- Muy bien. Ella a Grecia, tú a España y yo con las dos.  Veamos:  echadlo a suerte- fue la solución salomónica que se le ocurrió

El silencio más absoluto reinó en la estancia.  Pero su duración fue corta, cuando una desconsolada María exclamó

- ¡ Oh, no !

- ¡ Ah...,  se siente ! - dijo una alborozada Liz

- Por lo que veo, ha ganado tu hermana. Os propongo un trato: vamos por unos días a España y allí volamos hacia Grecia.  De esta forma todos salimos complacidos

- Yo os ofrezco otra solución - propuso María- Iremos de crucero...  Al menos yo podré divertirme, mientras ... ésta estudia...

- María, ésta es tu hermana y tiene un nombre

- Perdón... Liz - dijo con tono irónico

- A mi me parece bien - comentó la aludida- En los cruceros creo que se pasa muy bien. Y suelen ir chicos muy guapos

- Liz...- dijo Pablo, dándose cuenta de que las niñas ya eran  adolescentes.  Sonrió moviendo la cabeza.

Pasaron unos días en Madrid y allí cogieron el tren que les conduciría a Barcelona.  Embarcarían al día siguiente de su llegada a la Ciudad Condal.

Templo de la Sagrada Familia (Barcelona)
Las chiquillas estaban muy emocionadas.  Nunca habían visto un barco tan enorme, ni unos oficiales tan apuestos.  Su juvenil corazón suspiraba cada vez que veía a alguno pasear por cubierta

- ¡ Qué bien les sienta el uniforme !- comentaban

Compartían un mismo camarote, contiguo al de su padre.  Las tuvo que llamar la atención por el alboroto que organizaban con la elección del traje que habrían de ponerse en la noche,  para asistir a su primera cena a bordo.

Con unos juveniles modelitos, estaban preciosas, y la verdad es que llamaban la atención por el gran contraste entre ellas.  Fueron acopladas en una mesa en la que todos eran de la misma edad, de manera que estaban encantadas de la vida.  Formaban un alegre grupo de chicos y chicas.  Pablo ocupó su lugar en una mesa compuesta por algún matrimonio y personas que viajaban en solitario.

Al término de la cena, y cuando daba comienzo el baile, después de fijar la hora a sus hijas para retirarse a descansar, decidió dar una vuelta por cubierta antes de acostarse.

La noche era preciosa. El cielo totalmente cubierto de estrellas, y una suave brisa refrescaba el ambiente.  Unos pasos más allá de donde se encontraba, había una figura femenina acodada en la borda.  Las luces del barco la iluminaban.  Pablo la observaba detenidamente.  Desde la penumbra de su lugar, pudo comprobar que le era familiar, aunque en un principio creyera que estaba soñando

- ¡ Ella está aquí !- fue lo que dijo en un susurro.


Se durmió intranquilo y muy tarde.  No sabía si actuó correctamente al no haberse acercado a saludar a Azucena.  En definitiva había pasado mucho tiempo.  

Buscó cerca de ella, la figura de Luis, que no   encontró.  Ignoraba el destino que había tenido su amigo.

Cuando Azucena salía del camarote en dirección al comedor para desayunar, vió venir a Piedad

- ¿ De dónde vienes ? ¿ Has estado toda la noche fuera ?

- ¡ Ay ! mi dulce niña.... Ha sido inolvidable... he conocido al más apuesto italiano que cruza el Mediterráneo

- No me digas que vienes de pasar la noche con él ...

- Te aseguro que con nadie mejor podía pasarla.  Voy a dormir durante todo el día.  ¡ Estoy muerta!

Azucena soltó una carcajada antes de dejar a su amiga que entró en el camarote.

Después de tomar el desayuno, fue a una de las cubiertas y se acomodó en una hamaca. Abrió el libro que estaba leyendo y se dispuso a sumergirse en su lectura, cuando unas risas juveniles, hizo que levantara la mirada  del libro.  Habían dos jovencitas que cuchicheaban de un chico que intentaba tirarse del trampolín

- ¡ Qué hermosa juventud !, todo les hace gracia- comentó para sus adentros.


El sol, esa mañana apretaba fuerte, y la sed era intensa.  Dejó el libro en el asiento y se dirigió hacia la barra del bar para tomar un refresco.  No se dio cuenta que detrás de ella unos ojos la miraban sin pestañear.  Como si lo  notara , se giró y entonces le vio

- ¡ Dios mio, Pablo !


El se acercó, ya no tenía escapatoria, le había visto.  Con el semblante serio  él,   y extrañado el de ella.   Dio unos pasos tendiéndole la mano y tratando de disimular su azoramiento por el encuentro

- ¡ Vaya.  Luego dicen que las casualidades no existen ! - es todo lo que se le ocurrió decir para romper el hielo




- ¡ Pablo, nunca lo hubiera imaginado, encontrarnos aquí !...

Pablo movía la cabeza de un lado a otro buscando a Luis

- ¿ Dónde está Luis ? Supongo que está contigo.  El estaba loco por ti. Se le notaba mucho- dijo sonriendo

El rostro de ella cambió repentinamente, borrando la sonrisa que hasta entonces se dibujaba en su cara

- No él no está.  Hace tiempo que murió

- ¿ Cómo dices ?

- Es muy largo de contar...
- Pues cuéntamelo.  Creo que tenemos todo el tiempo del mundo para ello.  Te aseguro que es lo que menos esperaba oir.

Cogió ambas copas y fueron hacia una mesa un poco apartada del bullicio.

- Discúlpame un momento.  Voy a decir a las chicas dónde estoy

Ella le siguió con la mirada hasta donde estaban las jovencitas que habían llamado su atención, pero nunca imaginó que fueran sus hijas

A su regreso le dijo:

- ¿Estás de guardaespaldas de esas bellezas?

- No, son mis hijas: Liz y María

- ¿ Tuyas? ¿ Las dos ?, pero si ....

- Si, cada una distinta a pesar de ser gemelas. Una se parece a su madre y la otra a mi

- Tendrás que presentarme a tu mujer -, dijo Azucena

- Estamos divorciados. Voy de vacaciones con ellas, así que compadéceme.  Me tienen frito.  Pero .... cuéntame sobre Luis y tú. ¿ Os llegasteis a casar?

- SI...  Tú me lo recomendaste ¿ te acuerdas ?.  Nuestro matrimonio no duró mucho. Murió de cáncer antes de cumplir los tres años de nuestra boda.  Fue un matrimonio feliz. Nos quisimos mucho...- guardó silencio

- ¿ Tuvisteis hijos ?

-No, no los tuvimos y tampoco contigo, si es eso lo que te intriga

- ¿Abor...?

-No. No aborté, sólo fue un retraso

- Oye, no quiero seguir hablando de esto si te trae malos recuerdos

- Ha pasado  mucho tiempo... de todo ... No te preocupes.... Ahora si me disculpas, tengo que irme

- Supongo que volveremos a vernos.  Deseo volver a verte para charlar con más calma de todo

- Supongo que si - dijo ella poniéndose en pié.

La vio alejarse.  Reflexionó sobre lo que habían estado hablando. La pérdida de Luis,  la noticia de que no había tenido aquel hijo...   que sospechaba iba a tener cuando él se marchó....

Muchas cosas habían pasado en sus vidas.  Ella estaba preciosa.  Su rostro había perdido los rasgos juveniles que siempre había tenido. Ahora se mostraba más serena, pero igual de bonita y dulce que cuando se enamoraron.  Su cuerpo se mantenía joven, sin duda había tenido algo que ver el no haber sido madre.

  De repente sintió que tenían que hablar, que su encuentro no podía reducirse a comentarios de pocas palabras.  La buscaría y más tranquilamente se contarían la parte de la historia que desconocían de cada uno.

Le impresionó conocer la noticia de la muerte de Luis. Ni a ella ni a él  les habían  salido bien las cosas.   Se habían querido y habían terminado bruscamente...,  y mal. A Luis a penas  le dio tiempo de disfrutar de la compañía de la mujer que siempre había amado...   El...las niñas.  Lo único bueno de su vida, porque en realidad estaba solo, aunque contara con el aprecio y respeto de Ingrid.

Ninguno de los dos hizo nada por volverse a ver.  Solamente de lejos, en el comedor se saludaron tibiamente.

- ¿ Quién es esa mujer ? - le preguntó Liz cuando le vio levantar la mano y sonreír a una desconocida- ¿ Es un ligue que te has echado?




A Pablo le hizo gracia la salida de su hija, y riendo respondió

- No cariño. Esa señora, fue una antigua novia que tuve cuando vivía en España, antes de conocer a mamá

- Es muy guapa - comentó María

-Si, si que lo es-respondió él

- ¿ Regañasteis?-dijo María

- Si..., no terminamos muy bien.  Yo me fui a América y el resto... ya lo sabéis: me casé con mamá

- ¿ Sois amigos ?

-  Mas o menos... ¿ os parece que mañana la invitemos a comer en nuestra mesa?

- Por mi, si-dijo Liz

- Por mi, también-apoyó María.

Como cada noche, al terminar la cena, la orquesta amenizaba la velada. Atracciones, bailes, humoristas... Diversiones para todos.  Pablo se acercó hasta donde sentada, Azucena charlaba con un compañero de mesa.  Piedad había desaparecido, y ya sabía que no la vería hasta la mañana siguiente.

Cuando él llegó a su altura, después de pedir perdón por la interrupción de la charla, Pablo la invitó a bailar.  Ella indecisa, aceptó.  ¡ Hacía tanto que no bailaba !





La enlazó por la cintura y entre ambos se estableció como una corriente eléctrica. No hablaban, se miraban de vez en cuando.  Poco a poco fueron acercando sus mejillas. A Pablo el corazón le latía fuertemente. Creía que Azucena era algo del pasado, pero comprobaba que aún estaba presente en su vida.

Azucena estaba nerviosa.  Parecía que  faltaba  a la memoria de su marido, y entonces inesperadamente, se paró y retirándose de él, dijo:

- Será mejor que lo dejemos- y soltándose de sus brazos salió del salón.

Las chiquillas se habían juntado con su pandilla.  Pablo ante lo inesperado de la actitud de Azucena, salió a la cubierta.  Necesitaba respirar.  Se deshizo el lazo del esmoquin y desabrochándose el botón de la camisa, aspiró una bocanada de aire.  Estaba nervioso y hasta le temblaban las manos.  Azucena volvió sobre sus pasos y comenzó a buscar a Pablo que ya había abandonado el salón.  Salió a cubierta y allí uno frente al otro, sin pronunciar palabra se unieron en un beso.  Ella , le miraba fijamente a los ojos,  diciéndole " ha sido un error", no ha debido ocurrir".  Es todo lo que dijo, pero Pablo no decía nada.  Lo único que sabía a ciencia cierta, es que aún la tenía metida en el corazón, que a pesar de todo no la había olvidado.

- No te confundas-, le dijo. Aún amo a mi marido. Esto ha sido un error, un recuerdo del pasado, pero no significa nada
- Ya..., no te preocupes.  Es lógico. Vivimos momentos muy intensos y la vida no ha sido fácil.  Es normal que la nostalgia nos haya vencido, pero ha sido sólo eso: recuerdos.

Haciendo un paréntesis, Pablo le dijo:

- Mis hijas y yo, te invitamos mañana a nuestra mesa, a que nos acompañes a comer o a cenar, como prefieras

- No sé si debo aceptar. ¡ Son tus hijas, y quizás a ellas no les agrade ...!

- Se lo consulté, y están encantadas.  Lo nuestro ocurrió hace mucho tiempo. Éramos muy jóvenes
.
- Tienes razón, éramos unos chiquillos

- No creas... Ocurrió algo... de adultos

Azucena, supo inmediatamente a lo que se refería, pero obvió el comentario.  En el fondo le alegraba que no la hubiera olvidado, y esa era una señal de que aún recordaba aquel día.

.- Debo irme-, dijo ella- Entonces mañana nos vemos ¿ cuándo?

- Cuando desees.  Me gustaría que fuera por la noche, y así podríamos hablar largo y tendido.  Querría saber todo lo referente a Luis

- De acuerdo, nos vemos en el comedor, por la noche

- En eso quedamos.  Hasta mañana

- Hasta mañana

Pablo pretendía tener calma, pero la verdad es que estaba bastante alterado.  El beso dado,  le había hecho recordar viejos tiempos que creia ya pasados, pero que permanecían en lo más profundo de su ser.

Azucena nerviosa, trataba de dormir, pero no podía borrar de su cabeza el encuentro que habían mantenido.  Por un lado lloraba pidiendo perdón a Luis.  Creía que había faltado a su memoria, que al quedarse viuda, debía renunciar a todo lo que la vida pudiera brindarle.  ¡ Que jugada del destino!  no deberían haberse encontrado, al cabo de tanto tiempo.  Pero él..., sin duda, la habría olvidado, puesto que se había casado y hasta tenía dos hijas.

Al llegar a este punto, se echó a llorar. El consiguió lo que ella negó a Luis. Estuvo pensando y llorando durante largo rato, y se durmió sin que Piedad hiciera acto de presencia en el camarote.

Hizo lo mismo de todos los días: libro, hamaca, zumos y piscina.  Trataba de estar tranquila, pero buscaba sin cesar, inquieta, la presencia de  Pablo o de las muchachas.  A ellas si consiguió verlas con su pandilla habitual, pero él, ese día no acudió.

Estaba a vueltas con sus pensamientos, cuando una dulce voz juvenil, interrumpió la lectura que seguía sin demasiada atención

- ¿Vas a cenar con nosotros esta noche ?

Al levantar la mirada, vio frente a sí una cara morena, que vista de cerca identificó de gran parecido con su padre,

- ¿ Tú eres María ?

- Si. Dime ¿ cenarás con nosotros?

- Claro, me encantará.

- Mi padre nos ha dicho que fuisteis novios ¿ es cierto?

-. Si, es cierto. Hicimos el bachiller en la misma clase

La chiquilla, rompió a reír, ajena a todos los sentimientos que esos recuerdos producían  en ella.

Eligió un discreto vestido, se arreglo cuidadosamente el cabello, se maquilló y como remate se puso unas gotas de perfume.  Años atrás,  con Pablo, usaba una colonia refrescante.  Ahora con el paso del tiempo,  un perfume menos ligero.


Ya estaban esperándola,  cuando puntual llegó al comedor.  Las niñas la miraban con curiosidad, Pablo con admiración, y quizá con algo más...  Se levantó y la ayudó a acomodarse. Se produjo un silencio algo tenso, y  como no podía ser de otra manera, fueron las jovencitas las encargadas de romper el hielo.   Superados los primeros momentos, fue una cena agradable, amenizada por las ocurrencias de las chicas, que estaban deseosas de reunirse con sus amigos.  Una vez autorizadas a dejar la mesa, salieron corriendo, dejando a Pablo y Azucena solos.



Fue larga la charla entre ambos.  Cada uno de ellos tenían muchas cosas que contarse.  Hablaron  de sus frustraciones, de los proyectos no cumplidos, de las esperanzas... Demoraban la hora de la despedida, pero ya era tarde, y el sol se apuntaba en el horizonte.  Lentamente fueron abandonando la cubierta y él galante,  se quitó la chaqueta para que ella se protegiera de la brisa mañanera.  La acompañó hasta el camarote, pero justo en ese momento llegó hasta su memoria otra ocasión, otro momento, y sin saber muy bien cómo y porqué, repitió las mismas palabras y en la misma forma

- Ven..., vámonos.  Ahora la cama la tengo hecha- comentó sonriendo

La tomó de la mano y la condujo hasta su camarote. Allí dentro, la estrechó entre sus brazos besándola.  Ella, al igual que hiciera años atrás, no se resistió, no quiso pensar en nada, ni en nadie. Sólo sabia que estaba con el hombre que siempre había amado y sin que ella lo supiera,   le estaba esperando.

Volvieron a vivir aquel primer día, pero con la diferencia de que ahora apreciaban el tiempo perdido y se entregaron sin reservas, al amor que habían esperado durante años.
El sol entraba a raudales por la escotilla, cuando Azucena abrió los ojos.  No se sobresaltó al ver el rostro dormido de Pablo a su lado.  Sonrió con ternura y despacio para no despertarle, se vistió y abandonó la habitación sigilosamente.

Pero no estaba tranquila.  Constantemente se recriminaba el haber estado con Pablo; pensaba que no deberían volverse a ver y procuró  no encontrarse..  Le remordía la conciencia.  Pensaba en su marido, y se atormentaba creyendo que había cometido un delito.  Imaginaba diciéndoselo a Piedad y la respuesta que le daría:  " no has hecho nada malo.... Él es libre y tú también"...
Pero eso no la confortaba. Estaba muy arrepentida de haber flaqueado la noche anterior.
Al atardecer, Pablo la encontró sumida en las mismas dudas de la mañana
- ¿ Qué te ocurre?- le dijo después de acariciar levemente su mejilla

- No puedo Pablo, lo siento.  No eres tú, soy yo

- Pero ¿ qué estás diciendo?  No hemos hecho nada malo. Somos libres.. No puedes poner puertas al campo. Seguimos queriéndonos, no podemos evitarlo. ¿ Cuánto tiempo hace que te quedaste viuda?

- Más de cinco años

- ¡ Más de cinco años !  ¿ No piensas en organizar tu vida?

- Por favor, no quiero seguir hablando de esto.

- Entonces será mejor que no nos veamos, porque si lo hacemos no podremos evitar acostarnos de nuevo.  Es más fuerte que nosotros

- Estoy de acuerdo.  Será mejor que no nos veamos
Se separaron y tardaron días en volverse a ver.  Se evitaban, cambiaron de cubierta para no encontrarse.  

 Fue a su llegada a Grecia, cuando ambos decidieron bajar a tierra.  Los pasajeros que deseaban visitar los monumentos fueron distribuidos en grupos, y ellos eran integrantes del mismo.  Evitaron dirigirse la palabra y se colocaron en asientos distintos, pero era difícil no coincidir en algún lugar. 
 A las chicas les extrañó que no se hablaran, después de haber cenado aquella noche.  Les había resultado muy simpática, aunque María no dejó de observar a su padre durante la  velada.  Se fijaba en las miradas que dirigía a Azucena   No eran de amistad.  Había algo más especial en ellas Por eso ante la tensa situación entre ellos, la jovencita preguntó a Pablo

- ¿ Os habéis enfadado ?

- No ¿ por qué lo preguntas?

- Es que no entiendo lo que ocurre.  Vamos en el mismo grupo y, ni siquiera os habéis saludado

- Hija,  los mayores somos muy raros... A veces decimos cosas que no están bien y...

- Total, que no os hablaís

- Exacto, eso ha ocurrido. Discutimos un poco y hemos decidido dejarlo así

- ¡ Vaya par de tontos sois! - y diciendo esto se alejó para reunirse con su hermana que estaba acompañada por algunos amigos de la pandilla.

En el restaurante les sentaron uno frente al otro.  Evitaban mirarse, lo que hacía que María no les quitase la vista de encima.  Ninguno de los dos estaban cómodos con la situación, y a penas probaron bocado.  Hacía calor en el exterior, pero en la sobremesa, Azucena pidió disculpas y buscando una excusa, decidió salir de allí.

María miraba de reojo a su padre para comprobar si él hacía algún gesto.  Ni siquiera la siguió con la mirada cuando se ausentó.   Se quedó en su sitio siguiendo la amena charla que había comenzado con su compañero de mesa. 

Al emprender la marcha, si tuvo ocasión de adelantarse al grupo.  Buscaba con la mirada a Azucena y la encontró sentada a la sombra de una parra que frondosa daba sombra  en el porche del típico restaurante mediterráneo.  Se acercó despacio y ella le vió venir.  No sabía muy bien qué es lo que la diría.  No la dijo nada, simplemente se inclinó sobre ella besándola.



- Te lo dije. No podemos evitarlo.  Nos amamos, lo llevamos en la piel.  No estamos haciendo daño a nadie, salvo a nosotros mismos.  Por favor... nos quedan pocos días para el regreso y posiblemente no volvamos a vernos nunca más.  Vivamos al menos estos momentos, por favor.  Deberíamos habernos casado, haber tenido hijos, y ahora estar disfrutando de una segunda luna de miel... Sin embargo, aquí estamos, como dos extraños, con unas vidas totalmente rotas,  cada uno por distintos motivos, pero rotas.  Perdimos lo mejor de nosotros mismos por una tontería

- No, por una tontería no...

- Lo reconozco. Era una cabeza loca, lo sé... pero me costó caro. Pagué un precio muy alto.  Sin embargo, tuve una recompensa  en mis hijas... ha sido lo mejor que me ha pasado.  No podría vivir sin tenerlas...

- Pero, ¿ qué pasará después?-dijo ella-.  Nos entregamos a nuestra pasión estos días.., muy bien y ,  cuando nos separemos...¿ Viviremos del recuerdo, no será peor?

- No lo sé... pero al menos nos quedará eso-dijo Pablo

Las chicas les observaban de lejos sonriendo,  cómplices de lo que percibían en su padre, por eso al subir al autocar, María cambió su asiento con Azucena.  A penas hablaron durante el viaje, pero sus manos permanecían enlazadas durante el camino.


La carta - Capítulo 7 - Liz y María

Unos toques de atención en la puerta, hicieron que las dos hermanas dejaran de discutir.

- Me tenéis harto con vuestras estupideces- dijo el padre de las chicas con bastante malhumor

- Ha sido Liz-, replicó una de ellas

Eran gemelas, pero opuestas en todo, tanto física como en temperamento.  Liz rubia como el oro y de unos bellos ojos azules.  María, morena con profundos ojos castaños.  Una se parecía a la madre y la otra al padre.  Ese fue el motivo por el que sus padres acordaron un nombre más inglés para la rubia y más latino para la morena.

La madre, Ingrid, nacida en Dinamarca, aunque viviendo desde muy pequeña en USA. Su padre, español, residiendo en América desde hacía tiempo.  Llegó a la edad de dieciocho años a cursar estudios y,  huyendo de un amor contrariado.  En la universidad conoció a la que un tiempo después se convertiría en su esposa.  Su matrimonio duró poco tiempo.

Pablo aterrizó en Nueva York, y fue recibido por un primo de su padre que vivía en esa ciudad desde hacía más de veinte años.  El padre de Pablo le había escrito porque iba a cursar la carrera en América y les pidió que le ayudaran, aunque Pablo no es de los que se arrinconaran  acobardado.

Llegó desmoralizado y triste.  En España había dejado al amor de su vida, pero además habían roto su relación y no había ninguna posibilidad de arreglo.  Llevaba en la cartera una fotografía de ella.  Al finalizar el curso, celebraron las notas obtenidas con una comida en el campo junto a todos sus compañeros.  Uno de ellos les tomó esa foto



Le dio la vuelta, y en ella había una fecha marcada.  Un día muy especial para ellos, una fecha inolvidable.  La puso sobre la mesita junto al reloj y se tumbó en la cama. Los primos le habían acogido en su casa hasta que empezase el curso y se instalara en el campus

- Os lo agradezco, pero cuando comience el curso, me alojaré en la universidad. No os daré la lata- les había comentado

No terminaba de encajar, se encontraba muy extraño.  Apenas hablaba ingles, sólo para defenderse.  Había que despabilarse, pues de lo contrario no podría seguir las clases.  Se aislaba voluntariamente del resto de chicos.  Por este motivo, fue observado por una muchacha.  Llamaba la atención de ella la morenez de su cabello y de su piel, en contraste con la blancura de la suya.

Entablaron un diálogo, y pronto fue presentado por la muchacha al resto de compañeros.  No tuvo problema para integrarse, dado el carácter abierto del chico.  Poco a poco se fue ganando la simpatía de todos, y en especial de Ingrid, que así se llamaba la chica. 

Salían los fines de semana, acudían a alguna hamburguesería. o iban al cine.  Cuando el tiempo era bueno, acudían a uno al aire libre, en el coche de ella.  Era el lugar elegido por las parejitas para hacerse los arrumacos sin que nadie se fijara, puesto que todos iban a lo mismo.  Ellos no serían una excepción, pero fueron más allá en el asiento trasero del coche.  Cada semana, cuando el tiempo lo permitía, acudían  al cine, y cuando llovía o hacía frio, elegían un motel de carretera y allí colmaban sus apetencias sexuales.


Ingrid

Una tarde, Ingrid le llamó llorando muy preocupada.  El presintió lo que iba a decirle.  No era una situación nueva;  hacía poco se había enfrentado a ella, pero en otro lugar, con otra chica.  Se vieron en la habitación del motel en el que acostumbraban a ir

- Pablo, Pablo - lloraba mientras se abrazaba a él llorando

- A ver ¿ qué ocurre?- le decía tranquilo

- Me ocurre que estoy embarazada. Acabo de recibir el informe médico y no hay duda. La semana próxima me haré una ecografía.  Pablo, tengo miedo

- Bueno, tranquilízate... No estás sola, no voy a dejarte sola

- Pero no podemos tenerlo... Los estudios... ¡ Oh Dios mío ! mis padres me matarán

- Yo hablaré con ellos.  Nos casaremos, trabajaré y saldremos adelante

- Pero ... ¿ tu me quieres? - preguntó ella

- Naturalmente que te quiero.  Si no te quisiera, no hubiera ocurrido esto ¿ no crees?

Quería aparentar tranquilidad ante ella, pero la verdad es que estaba muy lejos de sentirla.   Todos los planes se habían  venido abajo.  Recordó cuando Azucena le dijo lo mismo.   Echó la vista atrás

- ¿ Habrá tenido el niño ? ¿ Será niño ó niña ? ... Dios mio,  yo la adoraba...

- ¿ En qué piensas? - le preguntó Ingrid, al notar que no prestaba atención a lo que le decía. Ingrid no se imaginaba  que muy probablemente él hubiera dejado un hijo en España

La dio un beso y salieron de la habitación.  Ese día no hicieron el amor.  Estaban demasiado preocupados, pero no pudo evitar un pensamiento

" Si en lugar de Ingrid hubiera estado con ella, sí la hubiera hecho el amor antes de irnos "

Se quedaron fríos cuando el médico les anunció que había dos semillitas que crecían en el interior del vientre de Ingrid.  Esa misma tarde fue hablar con los padres de la chica que ya habían sido puestos en antecedentes por ella.



El padre estaba indignado y furioso, cuando Pablo llegó a la casa.  Tuvo que escuchar toda clase de insultos, mientras Ingrid gimoteaba agarrada a la mano de Pablo.  Sudaba, sentía un fuerte calor interior, pero reconocía que el buen hombre tenía razón para tal enfado.  La madre muy pálida, callaba conmovida por el mal rato que su hija estaba pasando.

- Tendrás que trabajar, y sacarás adelante tu casa y a lo que venga.  Te seguiré muy de cerca y más vale que te portes bien con Ingrid, porque de lo contrario vas a sentirlo.  Puedo asegurarte que si observo que ella sufre, te arrepentirás de haber nacido

Pablo aceptaba los improperios sin decir nada.  Cuando el hombre se hubo calmado, comenzó a exponer lo que  tenía pensado hacer

- Trabajaré en lo que sea.  No debe preocuparse. A mi familia no la faltará de nada.  El trabajo no me duele y si me es posible también estudiaré para poder realizar lo que tenía planeado.

Se casaron civilmente cuando ya estaba en el quinto mes del embarazo. Su volumen había aumentado considerablemente , al tratarse de dos criaturas las que llevaba en su vientre.



Pablo buscó denodadamente trabajo, y debido a su afición a la mecánica, fue su suegro quién se lo proporcionó  en su taller de arreglos de vehículos.  Vivían en un apartamento cercano al de sus suegros, y se desenvolvían económicamente bien, pero los estudios los tenía que hacer a distancia y por las noches.  Lo conseguiría, aunque bastante más tarde de lo esperado.

Ingrid le notaba siempre como ausente, como si su cabeza estuviera en otro lado.  No se equivocaba.  Pablo nunca le había contado lo que dejó atrás al salir de España, pero intuía que era algo que le dolía especialmente.

Dio a luz a dos preciosas niñas, y chocaba que una fuera rubia como su madre y la otra morena como él.  Desde el momento que las tuvo en sus brazos, supo que las quería más que a su vida, y que haría todo lo que fuese para que tuvieran un hogar en la que el cariño fuese el  que reinara en él.  Pero ...



Quizá fuese la frustración que sentía por no haber podido realizar su proyecto de vida, por la depresión post-parto de Ingrid , por el trabajo de atender a las niñas,  y quizá y más probable, es que no se había casado enamorado de ella.    Poco a poco su relación fué deteriorándose.  Al principio fue a penas imperceptible,  pero la convivencia se hacía cada vez más difícil

Llegaba cansado del trabajo y se encontraba con el panorama hogareño:   Ingrid llorando, desbordada por atender a dos bebés al mismo tiempo, a pesar de ser ayudada por su madre. Despeinada, sin arreglar y permanentemente con los pechos fuera dando de mamar a las niñas...  Todo lo hubiera soportado si estuviera enamorado, pero el caso es que no lo estaba,  y ella lo notaba, lo que aumentaba más su depresión.  Pasaron la cuarentena, pero las relaciones sexuales no se reanudaban. Cada vez eran más escasas y más distantes en el tiempo.  Ël comenzó a frecuentar los bares cercanos.  Nunca se emborrachaba, pero huía del panorama de su casa.

Ninguno de los dos fue culpable, pero el deterioro de la pareja era evidente.  Las niñas crecían preciosas, sanas y bonitas, pero ellos eran como dos extraños.  Y fue ella la que decidió plantear la situación del divorcio.  Meses después,  él abandonó el hogar para instalarse momentáneamente en una pensión barata.  A Ingrid la dolía verle en esa situación.  No había conseguido nada de lo que había proyectado, ella tampoco, pero al menos tenía el apoyo de sus padres, un hogar, y a sus hijas.  El también tenía a las niñas, pero estaba solo. 

Los padres y hermanos de Pablo, al contarles que debía casarse rápidamente, dejaron de hablarle

- Creciste como un golfo y sigues igual.  De nada han servido las oportunidades que te dimos  ¿Para eso te fuiste?- es el comentario que recibió de su padre, cuando le llamó para anunciarle que iba a ser abuelo. 

 Sin embargo la madre, siempre encontraba un momento, a escondidas de su familia, para hablar con el hijo, que quizá por ser menos afortunado, le dolía más.

Tomó la decisión de plantar cara a su marido.  Nunca lo hubiera hecho...,  nunca.  Pero ahora debía ayudar a su hijo,  que lo estaba pasando mal.  Pablo había abandonado definitivamente los estudios. Seguía trabajando en el taller de su suegro, al que había tomado cariño.  Ambos se apreciaban, porque  su suegro veía la buena relación existente entre su hija y Pablo.  Tenían mejor relación divorciados que cuando estaban casados.

Pablo acudía todos los fines de semana a ver a las niñas, que en cuanto cumplieron los tres años, se las llevaba a casa y dormían en su apartamento,  Y el tiempo fue pasando.   Las chiquillas crecieron , y  eran toda una promesa de belleza.





La madre de Pablo había conseguido que el marido la acompañase en su viaje a EEUU para ver al hijo. Estaba decidida a ayudarle.

Acudió al aeropuerto a recibirles. El saludo del padre fue frio, protocolario.  Sin embargo el de la madre fue cálido, entrañable.  Les acompañó hasta el hotel, y quedó con ellos que al día siguiente les llevaría a conocer a sus nietas.


Madre de Pablo



Padre de Pablo


Y las conocieron, y a la madre de Pablo se le saltaron las lágrimas

- ¡ Cielo santo ! ¡ Qué bonitas son !-decía arrimando a la suya la cara  de las niñas, que la sonreían 

El padre también estaba emocionado.  Quizá el volverle a ver, había revuelto sus instintos paternales.  Le causaba profundo dolor el comprobar que de todos sus hijos, es el que estaba en peor situación.  Los padres de Ingrid, quedaron encantados con la visita de sus consuegros, y el padre, cuando se hubieron marchado, comentó a su mujer

-¿ Sabes lo que pienso ? Que ha sido una verdadera pena que ellos no se entendieran.  Pablo es un buen muchacho.  Un poco cabeza loca, pero un buen muchacho.  Le recibí con mucha prevención, pero mi opinión ha cambiado.

Pablo acudió al hotel a buscar a sus padres.  les llevaría a comer a algún restaurante italiano, barato eso si, porque aunque ganaba un buen sueldo, debía pagar la manutención de las niñas, y no andaba muy sobrado.

Los padres se mostraron comprensivos y contentos.  La madre le miraba con inmensa ternura, y más de una vez, fue sorprendida por su hijo con los ojos llenos de lágrimas

Antes de salir, el padre hizo que se sentara

-Pablo, sé que has sido un ... loco, pero al fin y al cabo eres mi hijo y me duele lo malo que te ocurra.  El tener a esas niñas, ha sido la mejor cosa que has hecho, y lo que espero es que tengamos más contacto.  No será  el mismo que con los que viven allí, pero cuando sean mayorcitas quiero hablar con ellas por teléfono.  Y aprenderé a manejar un ordenador para verlas en directo., por gue..,.

- Por webcam, papá, por webcam

- Eso...,  como se llame.  Te volverás a matricular en la universidad, y cursarás los estudios para los que viniste a este país.  Habrás de prometerme que serás ingeniero .  Deseo que cumplas tu sueño

- Gracias, padre, pero no puedo.  Eso fue entonces.  Ahora soy padre de familia y he de ayudar a Ingrid en la manutención de las niñas.  Ellas son ahora mi sueño

- Lo sé, lo sé. Pero .. nosotros te ayudaremos. Mamá y yo lo hemos hablado, y está decidido.  Dejarás el trabajo y te centrarás únicamente en tus estudios.  Volverás a matricularte y sacarás adelante los cursos en los que lo cortaste.  Todos los meses haremos una transferencia a Ingrid para las niñas.  No carecerán de nada.  A cambio te exijo que seas ingeniero.  Esa es nuestra única condición

Se sacrificó al máximo, pero lo consiguió.  Al recibir la titulación fue acompañado por sus padres y uno de sus hermanos. Por sus suegros, sus hijas e Ingrid, que se mostraba orgullosa de él.  Celebraron una gran fiesta.

Envió su curriculum a la NASA, a Tejas.  Esa era su máxima ilusión.  De siempre quiso pertenecer a esa organización, pero el tiempo pasaba y no tenía respuesta.  Entre tanto buscó empleo en una pequeña compañía aérea.  Las niñas crecían y adoraban a su padre.  La relación con Ingrid era excelente, ella le profesaba un gran cariño.  Sabía que no conocía todo lo relativo a su vida de juventud, pero ella respetaba su silencio, y nunca le preguntó nada.  Esperaba que algún día se lo confesara.

Las niñas hablaban con frecuencia con su familia española, y en cuanto tuvieron edad para viajar, pasaban parte de las vacaciones con ellos.

 Un día el cartero llamó a la puerta del hogar de Pablo. Este se encontraba trabajando.  Era una carta que procedía de la NASA, que fue recogida por María.  Inmediatamente la niña llamó a su padre

- Dime María, ¿ qué pasa?

- Nada papá... Ha llegado una carta de la NASA

- Pues ábrela.  Seguramente será para decirme que ya me avisarán

La niña rasgó el sobre y extrajo el pliego de papel con membrete de la organización.  A medida que iba leyendo, sus ojos se abrían cada vez más y una sonrisa de satisfacción se dibujaba en su cara.  Liz acudió junto a su hermana extrañada por los grititos que estaba dando

- Papá, papá....  Te han admitido... Pone que te tienes que incorporar la semana próxima

- ¿ Es eso cierto?   Léemelo, anda

La carta fue leida con sumo cuidado por Liz y María a coro.  Pablo no podía hablar.  Su sueño se había cumplido.

Ingrid y las niñas acompañaron a Pablo hasta Tejas.  Las niñas lo vivían como una aventura.  Tan sólo enturbiaba su felicidad, el pensar que no podría estar con ellas  todo lo que quisiera.  Su trabajo se lo impediría.  Ingrid para consolarle, le dijo

- No te desmoralices. Están las vacaciones. Las pasarán todas contigo, por favor no te preocupes.  Es lo que siempre has deseado...

- Si pero entonces no teníamos a las niñas- respondió triste.

Pasaron tres días como si volvieran a ser una familia.  En el viaje de vuelta, Ingrid tenía como vecino de asiento, un ingeniero que sería compañero de Pablo.  Inmediatamente conectaron y las niñas que iban detrás, cuchicheaban entre ellas sobre la cara que mostraba su madre.

Su noviazgo se desarrolló por carta y a veces se encontraban cuando él tenía algunos días libres.  Ingrid comunicó a Pablo, que a pesar de la oposición de las niñas, se casaría con Roger  y serían vecinos.

Pablo dio su aprobación y tuvo una larga charla con sus hijas para convencerlas de que su madre no dejaría de quererle, serían vecinos y podrían verse igual que antes.  Roger  era un buen hombre estaba muy enamorado de su madre y era amable y correcto con ellas.

 Se casaron y Pablo fue testigo por parte de Ingrid.  Estaba satisfecho de la decisión que su ex había tomado.  Merecía ser feliz y además tendría cerca a su familia.  Tres meses más tarde, Ingrid anunció a Pablo y a las niñas, que un nuevo miembro venía en camino.  Prepararon una comida especial y celebraron la buena nueva.



Ante la perspectiva de un hermano, las niñas fueron aceptando al marido de su madre, y poco a poco llegaron a formar una familia muy unida.  Además su padre vivía cerca.  Ellas  cursaban los estudios  en el cercano instituto.  Todo normal y,  como un año más, en verano,  viajarían hasta Madrid para estar con sus abuelos , primos, tios ....,  su gran familia española.


La carta - Capítulo 6 - Luis

Introvertido, silencioso, con una exquisita educación, Luis se mostraba abatido cuando al finalizar el curso, perdió el contacto con sus compañeras, más exactamente con  Azucena.  Sabía su número de teléfono, pero quería dejarla espacio. Ella tenía una intensa relación con su mejor amigo, Pablo, y no se interpondría entre ellos.

Su esperanza era el coincidir en la misma universidad.  Para entonces Pablo estaría cursando la suya, en otra diferente, y el contacto con Azucena no sería tan  habitual.

Cada uno se fue de vacaciones a lugares diferentes. Luis deseaba ardientemente, que se acabara el periodo estival y volvieran a reanudar las salidas con los amigos de la pandilla.

Era ya Octubre cuando comenzaron las clases y parte de los amigos se dispersaron por distintos lugares, pero Azucena y Luis, coincidieron.  Encontró a la chica más desmejorada y la dulzura de su cara se había tornado en melancolía.  Habían pasado unos días desde que se iniciara el curso, cuando Luis se atrevió a preguntarla el motivo de su tristeza






- He roto con Pablo y no volveremos a vernos nunca más

- Eso es demasiado tajante.  Cuando regrese reanudaréis vuestra relación, ya lo verás

- No, no.  Es definitivo...  Ni siquiera sé dónde está

Luis sintió como campanillas dentro de sí.  Aún podía conquistarla, pero debía tener calma, que ella se acostumbrara a su presencia

- Si deseas hablar, sabes que puedes contar conmigo

- Gracias, Luis. Lo sé y así será.  Gracias

Quería darla tiempo, no debía apresurarse, pero cada vez estaba más impaciente.  El contacto con ella se le hacía insufrible.  Pero debía esperar a que olvidara ese amor roto.

Comenzaron a salir los fines de semana, cuando sus estudios se lo permitían.  Preparaban los exámenes juntos y reían juntos.  Poco a poco Azucena iba superando la ausencia de Pablo, y comenzó a seguir la recomendación que le hiciera en su carta de despedida. " Vuelve los ojos a Luis"...  Comenzó a mirarle de otra manera. Era agraciado aunque algo mayor que ella, pero cada vez que la miraba, podía adivinarse que estaba loco por esa muchacha.  Pasó ese curso, llegó otro  verano,  y comenzaron  el segundo año de carrera.  Luis estaba a punto de perder las esperanzas.  Azucena le trataría siempre , como a un amigo.

Una tarde, mientras estudiaban en la biblioteca de la facultad, se le cayó el bolígrafo a Azucena.  Ambos se agacharon a recogerlo a un tiempo.  Por unos segundos sus rostros permanecieron  muy cerca.  Luis sin poderse contener, juntó su boca a la de ella en un largo beso.  No quedó sorprendida.  Conocía desde hacía mucho tiempo los sentimientos que le inspiraba.  Puso su mano en la nuca de él y devolvió el beso, suavemente.  Luis la miraba a los ojos, buscando una respuesta a lo que acababa de suceder, y la halló en la dulce sonrisa de Azucena.



Cerraron los libros y salieron de la biblioteca.  La condujo hasta su coche y dentro se besaron apasionadamente.  Luis estaba en Babia.  No podía creerse que ella le amase. No le importaba si no era de la misma forma que a Pablo. El estaba allí, en el momento oportuno,  recogiendo los pedazos del corazón que le había roto.

No podía dormir pensando en el beso de ella. Lo había deseado tanto y desde tanto tiempo, que ahora al ocurrir, no lo creía.  Siguieron su relación, y cada vez ella se sentía más a gusto con Luis. Sabía que la protegería de todo, que la amaría por encima de todo.

La  pidió que formalizaran sus relaciones, a lo que Azucena contestó:

- Verás Luis, es algo complicado.  Yo te quiero, y mucho, pero no debo engañarte. Mi amor no es igual al que sentí por Pablo.  Éste es más reposado, más tranquilo, sin inquietudes.  No debo guardar ningún secreto.  Has sido demasiado bueno y has tenido tanta paciencia, que ahora me es doloroso decirte lo que debo contarte, pero es necesario... No quiero secretos entre nosotros.  Si después de esto decides otra cosa, lo entenderé y mi cariño no cambiará y seguiremos siendo buenos amigos. Escucha, yo ...

Bebió un sorbito de agua.  Tenía la boca seca y no podía casi hablar, pero siguió adelante:

-  Yo tuve relaciones con Pablo ...,  una vez...- no pudo seguir, Luis la interrumpió

- ¿ Crees que no lo imaginaba?  Lo supe siempre, no porque alguien me lo dijera, sino porque amándote como me consta que él te quería era lo más lógico.  Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo

- ¿ Y ?.... Te repito que entendería tu rechazo. Sé que eres muy conservador, y de los que piensan que se debe ir virgen al matrimonio, y yo no lo soy

- Soy conservador, pero vivimos en el siglo veintiuno y eso ya no tiene tanta importancia.  Yo te quiero igual, y así será hasta que me muera. Sé que tu también me quieres y con eso me basta.  Has sido muy valiente al decirlo.  Otra en tu lugar se hubiera callado

- Pero has sido tan bueno conmigo, que no podía ocultártelo

- Entonces ¿ quieres casarte conmigo?- le preguntó ansioso el muchacho- Nadie tiene necesidad de saberlo, si es que eso te incomoda. Es nuestro secreto, nos pertenece sólo a nosotros

- Luis ¡ eres tan bueno !

- No amor, ¡ te amo tanto !






El enlace se realizó tres años más tarde. Luis quería terminar la carrera, y para ello estudió noche y día.  Realizaba dos cursos al mismo tiempo.  Estaba impaciente porque se convirtiera en su esposa, y cada vez le resultaba más difícil contener sus deseos de tenerla.  Las ideas respecto a eso, eran chocantes.  Católico de misa los domingos, no admitía las relaciones pre-matrimoniales, sin embargo   disculpó el romance con su mejor amigo.

Compraron un chalet en una urbanización de alto standing, a las afueras de Madrid. Azucena le pidió tiempo para tener hijos.  Deseaba disfrutar con él  al menos los dos primeros años de matrimonio.  Luis no podía negarla nada, y eso tampoco se lo negó.

Se casaron en la Catedral de La Almudena y sus invitados eran de alto copete.  Después del banquete de bodas,  en la primera oportunidad,  se escaparon. Irían directos a su casa, allí pasarían su noche de bodas.  Lo mantuvieron en secreto para que nadie les molestase.  Todos creían que irían a un hotel

 Solos en la habitación, Luis sentía el azoramiento de ella, y trataba por todos los medios que se sintiese menos incómoda. La desabrochó el vestido, besando su cuello y su espalda.  Ella entornaba los ojos recordando otras caricias en una situación semejante. La ´despojó de la ropa, la tumbó en la cama y agarró las manos de ella que había puesto encima de la almohada, sobre su cabeza.  De sus labios brotaban ardientes palabras de amor, y sus besos primero fueron suaves, después  más persistentes, al tiempo que consumaban su matrimonio.  La noche fue larga y la mañana del nuevo díales recibió con ardientes caricias de amor y posesión   Y en estos momentos vividos junto a Luis,  ella supo, que lejos de molestarla, recibía con agrado las caricias de su marido.  Le quería, y por fin olvidó a Pablo.

Luis adivinaba lo que su mujer sentía. La entrega de ella era total, sin reservas y respondía a las caricias que él propiciaba.  Luis había cumplido su sueño y era correspondido de igual manera por ella.  Agotados, se quedaron dormidos al mediodía.

Se querían, Luis más, que ella a él, lo sabía, pero le bastaba. La había conquistado, se había casado con ella y eran felices.  Tenían una vida tranquila y feliz. El,  cada vez que tenían intimidad, aventuraba el deseo de tener un hijo, y ella mimosa le respondía

- Es muy pronto, mi amor. Dentro de unos meses, por favor

Ante los mohínes de ella,  no podía resistirse y besándola, decía

- De acuerdo cielo, de acuerdo.  Pero no esperemos mucho, por favor

Menos de tres años, les duró la felicidad. Un aciago día, Luis contó a su mujer las muestras de sangre en su orina y la dificultad que tenía para realizar la función fisiológica.. Pruebas, biopsias, lavados, revisiones dolorosas, etc....  Luis murió de cáncer de vejiga, dejando a su mujer sumida en la más absoluta desesperación.  Había tenido la suerte de ser amada por el hombre más generoso y bueno que existía, y la orfandad que le dejó, la sumió en una fuerte depresión.  No volvería a querer a nadie más, nunca más podría amar a otra persona.  Luis permanecería dentro de su corazón por siempre.  Un hondo pesar la invadió.   Luis se había marchado con las ganas de haberla engendrado un hijo... ella no lo deseó y ya no podía ser.

Cuando recordó esto, corrió a la mesita de noche del lado de su cama, y abrió con tanta fuerza el cajoncito que cayó al suelo.  En el contenido del mismo, había unas cajas de anticonceptivos.  Los cogió con desesperación y tirándolos al suelo, los pisoteaba con furia, con una rabia que nunca había sentido.  Rota de dolor y desesperación se acurrucó en un rincón cubriéndose la cara con las manos.  Consuelo,  acudió presta a su lado y la abrazó dándole golpecitos en la espalda como si se tratara de un niño.  No sabía qué hacer para calmar tanto dolor.  Estuvo llorando largo rato, o quizá horas. Sólo llamaba a su marido con desesperación.  No quería ver a nadie, ni siquiera su madre pudo verla.  Braulio, el hermano mayor de Luis, fue quién la hizo reaccionar. Al llegar a casa y verla en ese estado, se sentó a su lado en el suelo y rodeó su hombro con el brazo.  Ella, sin dejar de llorar, reclinó su cabeza, mientras él suavemente acariciaba su mejilla empapada por el llanto.  Permanecieron en silencio. Braulio comprendía la desesperación que sentía su cuñada.  Habían sido un matrimonio ejemplar, siempre juntos, felices y amándose.   Pero el destino cruel sintió envidia de ellos, llevándose a Luis prematuramente.  No les dio tiempo a celebrar su tercer aniversario de bodas. Ella tenía en mente darle una sorpresa: tendrían ese hijo que tanto deseaba Luis.   Pero no llegó a tiempo, y ese pensamiento martillaba su cabeza atormentándola.  Sólo pudo reaccionar pasado mucho tiempo, y fue ahí cuando decidió volver a vivir la vida que le había tocado, aunque no fuera la misma que tenía al lado de Luis.




La carta - Capítulo 5 - Pablo

De alta figura, de piel tostada, de cabellos oscuros y de ojos castaños.  En él se reunían todas las razas que desde tiempos remotos poblaron la Península Ibérica.   Poseía la cultura y gallardía de los que vinieron por el Este, griegos y romanos. De los íberos provenientes del Sur y de los celtas que entraron por Europa.  Todos ellos se reunieron en una sola persona:  Pablo, puro de Celtiberia.
En su sonrisa,  el encanto un tanto picarón que encandilaba a todas las chicas que en su clase cursaban el bachillerato.  El jugaba con todas, y no hacía especial caso a ninguna.
Faltaban dos cursos para terminar la escuela secundaria, cuando a la clase se incorporó una compañera nueva.  De estatura normal, de cabellos y ojos claros y con un rostro tan dulce, que inmediatamente llamó la atención del inquieto Pablo
- ¿ Cómo te llamas ? - ese fue su primer saludo, su primer encuentro

- ¿ Yo ? , Azucena

- Eres nueva ¿ verdad?

- Si, así es

- Muy bien.  Pues sé bienvenida, y que te sea leve... Hasta luego

Azucena joven

Pablo joven

Como un torbellino salió corriendo.  El timbre que avisaba la hora de entrada a clase había llamado por tercera vez.  No había tiempo que perder;  si llegaban tarde se quedarían en el pasillo y no podrían entrar a clase hasta que no concluyera, después de soportar una buena reprimenda del tutor.
Azucena se le quedó mirando curiosa.  No le había dado tiempo más que a pronunciar dos palabras
- ¡ Es increíble !-pensó mientras reía

- Anda, entra, entra,  ó te quedarás en el pasillo ...- le advirtió Pablo.
Ese fue la primera vez que se vieron.  A medida que el tiempo transcurría, se frecuentaban con más asiduidad, hasta que un día el chico la anunció
- Somos novios

- ¿ Cómo dices ?- preguntó ella extrañada

- Pues eso, que somos novios
No la dio tiempo a responder. Pablo la abrazó contra él, dándole un beso en los labios.   Ella estaba desbordada por la energía y decisión de Pablo.  Siempre la dejaba sin respuesta.  Era el primer beso que recibía de un chico.  Tenía 16 años recién cumplidos, y la misma edad era la de él.
Pronto sintieron algo más profundo en sus jóvenes vidas.  Pablo, con su carácter arrollador se había enamorado de Azucena de una forma que ni él mismo creía.  Siempre estaba rodeado de muchachas,  y que debido a su carácter abierto y simpático, se le rifaban.  Hasta que llegó ella....  Desde que eso ocurrió, ya no volvió a coquetear con nadie.  Pasaban el mayor tiempo posible juntos, estudiaban juntos y juntos salían los fines de semana. Buscaban los rincones del parque más escondidos en donde no pudieran ser observados por nadie.  La chica era muy tímida y le daba vergüenza que la besara en público, pero al mismo tiempo,  lo deseaba.  Al sentir en sus labios la presión de los de Pablo, algo recorría su cuerpo, algo muy especial,  que hasta entonces nunca había sentido.


Pasaron los dos años que les faltaba para terminar el bachiller. Les aguardaba la selectividad y por fin, la universidad.  Azucena temía ese momento, pues sabía que tendrían que separarse.  El quería hacer ingeniería aérea, carrera muy difícil en la que necesitaría toda su concentración.  Había contrariado  a los suyos, saga de abogados, pero,  él no iba por ese camino, lo que proporcionó un serio disgusto a su acomodada familia.  Le apodaban el "hippy", por lo desordenado de su aspecto físico.  Siempre iba en vaqueros y acogió con satisfacción la moda imperante de llevar los pantalones con rotos.
Por el contrario, Azucena era la exquisitez en persona. Siempre impecable, cuidadosa, perfeccionista al máximo, de carácter dulce, era la viva representación de ser hija única.  Ambos pertenecían a la misma escala social: familias pudientes y conservadoras.  Pablo era contestatario y progresista hasta las últimas consecuencias, lo que hacía entablase discusiones con su padre y hermano constantemente.  Era un apasionado de los motores, principalmente de las motos.
- Me haré piloto de aviación, y estudiaré ingeniería aeronáutica. Cuando tenga mi formación acabada, nos casaremos y tendremos por lo menos cinco hijos- le decía a la asustada Azucena.  La personalidad desbordante de su novio la intimidaba.  No se veía rodeada de chiquillos
- Pero nos casaremos de ancianos...-protestaba ella impaciente
Pablo reía acariciando su suave cabello
- Mi cielo, tiene que ser así. Si pudiera, ahora mismo te haría mi mujer, pero...¿ de qué viviríamos ?

- Tienes razón...   lo sé, ¡ pero es que falta tanto para que eso suceda !
De vez en cuando surgía alguna discusión entre ellos, pero Pablo con sus bromas y caricias, apagaba todos los" fuegos " que  surgieran.  Un noviazgo normal, un amor juvenil totalmente normal.  Entre los componentes de la pandilla de amigos, había uno que chocaba por su extremada seriedad.  Algo mayor que la media de muchachos.  Quizá por eso se sentía aislado,  y se unió a ese grupo que encontró más desenfadado.  Muy introvertido, no disimulaba sin embargo,  la admiración que sentía por aquella dulce muchachita que era la novia de su amigo Pablo.  Luis era su nombre y estaba destinado a regentar, junto con sus hermanos, la floreciente empresa familiar de importación y exportación de materias primas en la fabricación de la industria textil.

La chica se mostraba igual para todos, excepto como es lógico,  para Pablo.  La tenía loca de amor y de celos.  Pensaba que le gustaba coquetear con todas las chicas y eso a ella no la complacía.
Era sabido por todos los sentimientos que Luis albergaba hacia Azucena, incluso ella lo sabía, pero jamás hicieron gala de ellos.  Luis sabía que esa chica de la que se había enamorado, estaba destinada a Pablo y nunca hizo ninguna insinuación, por mucho que todos se lo hubieran notado.

Luis

Los exámenes de selectividad habían finalizado y todos habían aprobado. Pablo con una excelente media de 9 puntos, lo que le permitía hacer la carrera que había elegido. La media de Azucena, era buena, pero más baja.   Haría empresariales, aunque sin demasiado entusiasmo. Luis, sin problemas, haría la misma carrera que su amada.  Y así sucesivamente.  Todos habían aprobado holgadamente. 
 Para celebrarlo,  acordaron hacer una comida al aire libre y cantar y bailar en alguna pradera de las afueras de la capital.  De esta forma no molestarían a nadie y podrían gritar hasta desgañitarse.  Tenían que dar rienda suelta a la tensión acumulada  por los exámenes.
La pandilla
La armonía era la predominante en el grupo y la hermandad entre ellos era patente. Pablo y Azucena se fueron a dar una vuelta, lejos de las miradas del resto de compañeros.  Fueron despedidos con silbidos y risas.  Sabían de antemano que lo que deseaban era quedarse a solas.  Sólo Luis permanecía serio.
La recostó en el tronco de un árbol y se sintió rodeada por los brazos fuertes de su novio. Era el principio de los días calurosos de un verano que se anunciaba próximo, pero también el principio de su separación.


Pablo tenía parientes norteamericanos. Se había matriculado en una universidad americana, y allí cursaría los estudios que había elegido.  Cuando partiera, tardarían mucho tiempo en volverse a ver.  Ella no quería pensar en la partida; deseaba vivir el momento actual.  Aunque les quedase sólo,  dos meses para estar juntos.
La abrazaba y la besaba y era correspondido por ella.  Les desbordaba su amor juvenil. No querían saber nada más que el amor que sentían, no importaba el resto.  Pablo con los labios pegados al oído de ella, la dijo
- Ven conmigo. Vámonos-,   y ella le siguió
Fueron a buscar la moto del chico y regresaron a Madrid, al  pequeño apartamento de él.  Nada más cerrar la puerta comenzaron nuevamente los besos y abrazos.  Caminaban hacia la revuelta cama que tenían a sus espaldas.  Azucena sintió que las manos de Pablo desabrochaban  su ropa dejando libre la suave piel.  Las palabras de amor entrecortadas que Pablo la decía, hizo que perdiera la noción de las cosas.  Había llegado el momento cumbre de su amor entre caricias y besos de ambos. El era tierno.  Sabía que su novia era la primera vez que estaba con un hombre, y tuvo  cuidado en no dañarla y que recordara esa primera vez como algo muy especial. Y con Pablo, ella perdió su virginidad
Tumbados uno junto al otro, guardaron silencio. Había dejado de ser una muchachita para convertirse en mujer.  El hombre que amaba la había convertido en mujer, y ella así lo había decidido, se había entregado al hombre que amaba,  a su primer amor.
Al consultar el reloj, se dieron cuenta de que era tarde.  Ella debía estar en su casa dentro de quince minutos. Se vestían rápidamente, pero  aún se colmaron de caricias antes de concluir su hermosa tarde de amor.  Azucena sabía que cuando llegase a casa, le aguardaba una descomunal bronca por la tardanza, pero nada la importaba.  Había tenido unas sensaciones  maravillosas,  como nunca había sentido.  Era la  más feliz del mundo, la más amada, la que el amor de su vida consiguiera que tocara el cielo con las manos.
La fuerte regañina sucedió como lo había previsto, pero no la importó.  La compensación por llegar tarde era más grande.  No quería dormir esa noche. Deseaba recrearse en los momentos vividos junto a Pablo que recordaba una y otra vez.  Se durmió cuando ya amanecía.
Se veían todas las tardes.  Ya libres de estudios paseaban, acudían al cine, o simplemente se sentaban en alguna terraza tomados de la mano.  Querían estar juntos, mirarse a los ojos.  No necesitaban nada más.
Pablo insinuaba la posibilidad de acudir nuevamente a su casa. Amaba y deseaba a su novia cada vez más, pero ella le frenaba.  Hemos de esperar si no queremos llevarnos un susto. 
Los días ´pasaban y Azucena no recibía la "visita" que deseaba llegase más que nunca.  Por lo regular la fastidiaba bastante, pero en aquella ocasión la intranquilizaba.  Era de una puntualidad extrema,  por eso en aquella ocasión cuatro días le parecieron excesivos.
Esa mañana se levantó muy preocupada.  No quería ni imaginar si tenía que comunicar a sus padres un posible embarazo.  Ellos creían que aún era virgen.   Su madre entró a llamarla varias veces, pero ella no quería levantarse, no quería ver  la cara de sus padres.  Posiblemente  notarían que algo no marchaba bien, que algo ocurría
Llamó a Pablo y le pidió verse urgentemente. Tenía que hablar con él.  Ajeno a todo, la propuso nuevamente ir a su casa.  Así lo hicieron, pero la reacción de ella le dejó totalmente descolocado.  No quería la hiciese el amor, muy al contrario, le criticaba agriamente el descuido de su propia persona y del lugar en el que vivía. Pablo se impacientaba por momentos.  Ella conocía su modo de vivir y no entendía el comportamiento y las voces que le estaba dedicando.  Fue entonces cuando le dijo que posiblemente había quedado embarazada, y tenían un gran problema
- No te preocupes- la dijo él tratando de guardar calma-.  Posiblemente sea un retraso.  De cualquier forma, hablaré con tus padres, encontraremos una solución si así ocurriera

- Pero ¿ y los planes de vida que teníamos? Los has hecho añicos

- Oye, oye... que eso ha sido cosa de dos.  Tú viniste por propia voluntad, no te seduje. Creo que los dos lo pasamos muy bien. Yo solo,  no tengo la culpa.

- Pero si eres culpable de no tomar precauciones.  Yo era novata, pero tú no- reprochó Azucena
El comentario de Pablo,  sacó de quicio a la chica que entre llantos e improperios fue subiendo el tono de voz.  Cuando salieron de allí le dijo " no quiero volver a verte, eres un irresponsable"
Con el rostro demudado, Pablo tomó la pluma y ante un pliego de papel en blanco, comenzó a llenar unos renglones dirigidos a la persona que le acababa de romper el corazón.  Cuando hubo terminado, cogió una maleta y lentamente comenzó a llenarla con su ropa.  Había decidido partir hacia Estados Unidos.
Azucena no recibió ninguna llamada de Pablo.  Esperaba la llamase para pedirla perdón y dar por zanjada la cuestión.  Ella se haría la remolona, pero al final cedería y una reconciliación haría que olvidasen esos malos momentos.  Habían de transcurrir dos días más, para que la "pesadilla" de Azucena se desvaneciera.
Estaba tan contenta, se sentía tan aliviada que se prometió que serían más cuidadosos la próxima vez para evitar sobresaltos. Decidida cogió el teléfono y marcó el número de Pablo, pero nadie respondió a su llamada
- ¡ Qué raro !, llamaré más tarde.  Habrá salido a algo
La llamada la repitió varias veces, pero en ninguna de ellas obtuvo respuesta.  Empezaba a enfadarse nuevamente
- ¡ Qué se habrá creído ! - se repetía- Posiblemente estará enredado con alguna.  Pues si cree que voy a ir detrás de él, lo lleva claro
Unos días después recibió una carta.  Cuando la tuvo entre sus manos, reconoció inmediatamente la letra escrita en el sobre.  Imaginaba que sería la disculpa tan esperada, pero se quedó lívida cuando leyó su contenido.  Pablo se había marchado, no sabía a dónde y, posiblemente la olvidaría pronto.  Nunca más volvería a verle.

La madre estaba preocupada.  Su hija sólo quería dormir, a penas comía, ni salía con las amigas, ni se arreglaba.  Era tanto la extrañeza, que al fin un día se decidió a  hablar con ella
- Hija, me tienes muy preocupada. ¿ Qué te ocurre, tienes algún problema?
- No mamá, no me pasa nada
- Pero no es normal tu actitud. ¿ Has hecho algo que te preocupe?
No esperaba esa pregunta. Ignoraba si debía responder a su madre con una mentira, o por el contrario contarle lo ocurrido con Pablo.  Le dolía tener que mentirle;  ella siempre la tenía a su lado.  Con un nudo en la garganta creyó que  debía hablar  y la contó el motivo que la apenaba
- Mamá, espero me comprendas.  Espero entiendas lo que voy a contarte... Perdí la virginidad a fin de curso. Éramos novios, nos queríamos y perdimos la cabeza.  Días después discutimos y él se ha marchado fuera y no se a dónde

- Hija mía ¿ por qué no me lo dijiste antes, estás acaso embarazada?

- En un principio lo creí, pero se trataba de un retraso. Se ha ido mamá, y ni siquiera le pude decir que no había ocurrido lo que tanto temíamos

- Bueno cielo. Se te pasará, ya lo verás. Pero... si se repite la situación, sé más cuidadosa... Ahora tenéis muchos medios para evitar un embarazo no deseado.  Ahora descansa. Todo pasa, cielo, todo pasa.
Besó a su hija en la frente y salió dejándola sola.  Al menos su conciencia se había tranquilizado.

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La infiel - Capítulo 14 - Luz en la oscuridad

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