sábado, 21 de enero de 2017

Keira y el Dr. O'Reilly - Capítulo 3 - Té a las cinco

Además de llevarme un susto de muerte por la inesperada presencia de mi jefe, Vi un gesto de desagrado en su cara por mi intromisión, y me apresuré a pedir disculpas por el simple hecho de haber preguntado si la fotografía de aquella bella dama, era la madre de la niña.  Aparentemente no había delito alguno, pero según la opinión de aquel hombre, puede que me extralimitara en mis competencias, puesto que advertí en su rostro un gesto de dureza y desagrado bastante fuera de lugar por la indiscreción de mi comportamiento.


- Lo  siento, sólo quería sabe...- Pero no dejó que terminara la frase
- Señorita, la regla número uno de esta casa, es la privacidad y la no intromisión en algo que no debía importarle
-Le ruego me disculpe.  Mi intención ha sido establecer vínculos con la niña.  Supuse que era su madre, y sólo hice eso: preguntarle.  Lo siento, no lo hice con intención de cotillear.  Lo lamento, no sabía que no debía hacerlo.  No volverá a ocurrir.  Es mi primer día aquí, y...
- Bien, tiene razón.  Ha sido exagerado por mi parte, pero ahora ya sabe que hay cosas que están vetadas para los extraños, y mi mujer es una de ellas.
- Lo siento, y créame que lo lamento profundamente.  Nunca fue mi intención inmiscuirme en algo que no me interesa.  En lo sucesivo, le prometo que sólo me dedicaré a la instrucción de su hija.  Y por cierto, me gustaría saber exactamente cuales van a ser mis funciones.  No quiero cometer más errores.
- Está bien. Acabo de llegar de viaje y sólo deseo estar con ella.  Ya hablaremos de ello. Buenos días
- Buenos días señor -.  Y salió del dormitorio con la niña en brazos y jugueteando con ella.

No me atreví a salir de mi aposento, ni siquiera para comer. Nuestro encuentro me había dejado muy mal sabor y no deseaba volver a meter la pata, si es que mirar una fotografía era entrometerse en vidas ajenas y cometer un error.  Según el criterio de él, parece ser que sí lo era.   No entré con buen pié en esa casa siendo mi primer día en ella.


Sentía en el estómago bocados de hambre.  No había comido y nadie se había preocupado de averiguarlo.  Pensé que me ignoraban, posiblemente porque no estaban acostumbrados a mi presencia,  Trataría de dormirme, para de esta forma aplacar el hambre, .en vista de que  no me echaban de menos.  Decidí meterme en la cama  Tampoco me atrevía a salir para comer algo en la calle, por temor a que interpretasen que faltaba a mis obligaciones.  Era una situación verdaderamente incómoda, pero esperaba que el jefe se diera cuenta de que debía darme instrucciones.

Comenzaba a cerrar los ojos, cuando unos golpes en la puerta acabaron por despabilarme. Me tiré de la cama, atusé mis cabellos y abrí, pensando que sería Stella que venía en mi busca. Me equivocaba,ante mi estaba la alta figura del señor O'Reilly

- ¿ Cómo es que no ha encendido la chimenea? En esta habitación hace un frio de mil demonios.  Lleva mucho tiempo deshabitada.

Entró decidido y manipuló en la repisa de encima de ella y la prendió enseguida.  Yo estaba descalza y con frío;  se dio cuenta de ello, y mirando a mis pies, me dijo como si me echara una reprimenda

- No ande descalza, puede resfriarse. ¿ Por qué no ha bajado a comer? ¿ Es que no tiene hambre?
-Yo... no sabía...Lo siento, no conozco las costumbres que tienen ni los horarios tampoco.
- Se está  disculpando constantemente. , No lo haga.  Baje y tome un poco de sopa, está tiritando de frío.  Mas tarde hablaremos de sus planes para Stella y la pondré al corriente de nuestras costumbres y de nuestros horarios.

Esto último lo dijo como con sorna, y francamente me sentí molesta.  Este hombre era bien raro, o yo era extremadamente prudente o torpe, no sé.  Agradecí el plato de sopa que Felicity puso ante mi.  Me reconfortó e hizo que gran parte del frio que sentía se alejase de mi cuerpo.


Era la hora de la merienda de Stella, e ignoraba si su padre deseaba dársela o si iba a salir con ella, o si sería yo quien hiciera ambas cosas.  Me refugié en mi habitación en espera de alguna señal que me hiciera ver cual debía ser el siguiente paso a seguir, cundo unos débiles golpecitos sonaron en mi puerta.  Al abrir comprobé que quién llamaba era Stella y que con su sonrisa habitual, me preguntaba si quería un té.  Acepté y tomé la mano que me tendía, creyendo que era iniciativa de la niña, pero mi sorpresa fue grande cuando se dirigió a la biblioteca y allí me aguardaba el intrigante señor O'Reilly esperando mi presencia.

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