viernes, 28 de abril de 2017

La infiel - Capítulo 5 - Un porvenir incierto

Los días, los meses que siguieron fueron una tortura para Frederick y su familia.  Tenía un humor de perros y descargaba su frustración con quién menos debía, con la víctima propiciatoria, es decir con Elva. Toda su vida, estable, de éxito, se había derrumbado cual castillo de naipes. En el despacho donde trabajaba le dijeron que tendrían que rebajar su  sueldo y que de momento, al no poderse desplazar hasta la oficina, le darían algunos legajos para estudiar en casa y asesorar a los abogados que llevasen un determinado caso.  La póliza de seguros cubría los gastos de hospital  y cuidados que requiriese, pero sólo durante un tiempo determinado.

Y poco a poco se fueron acostumbrando a su nuevo status, bastante más bajo del que tenían antes del accidente.  Se mudaron a una casa más pequeña y más barata.  Al principio precisaron de una enfermera que les ayudase a manejar su cuerpo casi inerte, a enseñarles, en una palabra cómo enfrentarse a la vida diaria con las limitaciones que él tenía.  No volvieron a dormir juntos, En una misma habitación, pero en camas separadas por el bien de ambos.  Y, aunque no del todo, fueron asimilando la tragedia y acostumbrándose a su nueva vida.



Había pasado el tiempo y los ahorros se agotaban con la misma rapidez que el seguro médico. Se buscaría un trabajo. Por la experiencia adquirida en el cuidado de Frederick, bien podría ser acompañante de algún enfermo en hospitales, o en casa.  Se había convertido en una experta.  Se sentía cansada, agotada y sin ganas de vivir. Pero tenía que seguir adelante por su hija.  No quería a su marido.; el  poco amor que les quedaba, se había perdido, pero no le abandonaría a su suerte.

El doctor Mulligan había hablado con el psiquiatra y le mencionó la situación de estrés que padecía la joven.  El especialista le dijo que pasara por la consulta.  Y por tal motivo, la llamó para que volviese al hospital porque tenían que hablar.:

- ¿ Referente a qué, docrtor Mulligan?
-Elva, tiene que venir a la consulta de psiquiatría. Mi compañero va a ayudarla.  Necesita ayuda.  Sola no podrá remontar el problema. Y me preocupa
- Se lo agradezco doctor, pero no es necesario
- ¡ Ya lo creo que lo es - Venga. Charlaremos simplemente.  Sólo eso. Pero ha de salir de su casa, de ese ambiente y despejar su cabeza.  Soy su amigo Elva, no l.o olvide.

Y fue un día especialmente complicado.  Frederick no se encontraba en su mejor momento, tanto física como anímicamente. La regañaba por cualquier cosa, la gritaba sin motivo alguno.  Hasta que no pudo más, y recordó las palabras del médico: " salga de ese ambiente y despeje su cabeza".  Quizá había llegado el momento de acudir al hospital, aunque fuera para charlar con James. Sonrió al recordar; le había impactado el interés que se había tomado con su caso. Era un hombre guapo, y según le contó Sheryl, estuvo muy enamorado de su novia, que dejó plantado, casi al pie del altar


- Suerte de esa chica -, pensó Elva -.   Es un hombre excelente y además la adoraba.  ¡Estaba loca, haber perdido un mirlo blanco como él ! ¿ Por qué estoy pensando en estas cosas? Creo que tengo derecho, al menos, de pensar libremente.  Total, nadie va a enterarse..

Revisó su armario, bastante mermado en ropa y eligió uno bonito, y que además la favorecía mucho. Por primera vez en mucho tiempo, se maquilló ligeramente, se peinó con cuidado y para remate, se perfumó con unas gotas del casi ya agotado frasco de perfume, que conservaba para  momentos especiales, y que era algo de su anterior vida.

- Tengo que salir - dijo escuetamente a su marido y a la enfermera que le administraba en ese momento los medicamentos. - Volveré pronto; cuando llegue Olivia del instituto, ya habré regresado
- ¿ Se puede saber dónde vas?
- He concertado una cita para un trabajo - ¿ Por qué le había mentido?  Pensó que se ahorraba explicaciones y resultaría todo más fácil.

A la puerta de su casa tomó un autobús, que la dejaría cerca del hospital.  En Recepción dio el aviso de su visita para el doctor Mulligan y subió hasta la planta en donde el médico salió a recibirla a la puerta.  Se quedó admirado al verla.  No es que estuviera espectacular, es que sencillamente, el poco arreglo que se había hecho, realzaba la belleza natural de ella.  Por un momento se había olvidado de  que era su  médico y confidente, , pero también amigo y se confesó así mismo que sería fácil enamorarse de ella, si no fuera por la barrera que tenía en su vida: un marido enfermo y una hija adolescente que jamás la perdonaría otra relación que no fuese la de su padre.


Avanzó hacia ella con el brazo extendido a modo de saludo.  Entraron en la consulta.  James la miraba más fijamente, y ella se sonrojaba, pero a la vez sonreía satisfecha.  Necesitaba que alguien la admirase por ella misma, y no por el sufrimiento que llevaba consigo.  Él sólo la miraba, y parecía que le costaba romper el silencio existente entre los dos.  Había como una corriente extraña que les mantenía mirándose, sin hablar, pero que en sus ojos se podía leer lo que sus bocas callaban, pero sus pensamientos expresaban.  Y fue una sorpresa para ambos el descubrir algo que ni siquiera pensaron que pudiera ocurrir.  Pero allí estaba, empujándoles.  James dio un paso y Elva fue hacia él.  Cuando quisieron darse cuenta, sus bocas estaban unidas en un abrazo.

Por primera vez  Elva sintió correr la sangre por sus venas. Y volvió a sentir los mismos impulsos que sintió cuando, hace mucho tiempo, se enamoró de su marido.  Sólo que ahora sabía que Frederick nunca la había amado y que su amor por él se había desvanecido con su indiferencia.  No la importó que ese abrazo durara poco, que ese beso abrasase su boca, que tuvieran que separarse en un minuto, y que tendría que volver a su casa y convivir con el panorama del día a día.  Quería sentirse viva al menos por esa vez.  No la importaba que él se olvidase de ella al salir de esa consulta y no volvieran a verse más.  No la importó que el objeto de esa visita fuese buscar un trabajo, y que eso mismo sirvió de excusa para salir de su casa. Y no la importó que Frederick estuviera postrado en una cama para el resto de su vida, porque recordó que no fue ella la causante de eso, sino que iba con otra mujer.  Justo sería que ahora ella necesitaba el desahogo que su cuerpo pedía, tanto tiempo sin recibir ninguna caricia de su marido.


Era una mujer joven plena de salud y belleza.  Con un manantial enorme de amor deseando darlo a manos llenas, y él tenía su corazón roto, desde que otra le despreciara por irse con un aventurero.  Tenía entre sus brazos a una mujer hermosa, y deseosa de amor, al igual que él.  Pero no de un amor cualquiera, que eso podía conseguirlo con facilidad, sino de un amor pleno y sincero como Elva era capaz de sentir y de dar. La estrechaba contra su pecho, y podía sentir sus acelerados latidos del corazón, sintió un calor recorriéndole el cuerpo, y unos deseos irrefrenables de poseerla, allí mismo, sobre la camilla de reconocimiento, y no lo pensó más, cerró la puerta con llave y ambos se poseyeron en una pasión ardiente y desenfrenada.  Ambos lo habían disfrutado.  Ambos estaban necesitados de aquello que había sucedido.
Se miraron fijamente a los ojos, sin hablar, acariciándose, y en ese momento supieron que se habían enamorado hacía mucho, antes de que aquella tarde, sin saber cómo,surgiera el deseo de pertenecerse, y olvidarse del mundo y de todo.

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