domingo, 23 de abril de 2017

La infiel - Capítulo 1 - Mirando hacia atrás sin ira

Paró el coche frente a la puerta de urgencias del hospital, como hacía cada mañana. Un celador salió presuroso a recoger al señor Shephard, mientras que otro sacaba del portaequipajes, la silla de ruedas. Elva, su mujer, realizaba la misma operación día tras día y mes tras mes desde que él sufrió el accidente. Pasaban casi toda la mañana en rehabilitación con los fisioterapeutas.  La mejoría no se hacía notar, algo que desilusionaba al paciente y a su esposa.



Mientras él se rehabilitaba, ella pasaba el tiempo en la sala de espera.  Se llevaba siempre alguna labor de ganchillo o de punto para hacer más llevadera la espera.  Otras veces un libro o una revista hacían que el tiempo se le hiciera más ameno.  Pero hoy no tenía ganas de nada; estaba deprimida.  No notaba mejoría en Frederick y eso la preocupaba  ¿Habría llegado al límite de su recuperación?  Los médicos no les daban mejores impresiones, lo que suponía que debería permanecer siempre atado a una silla de ruedas.  Procuraba estar animosa delante de él, y  se mostraba alegre, aunque estuviera muy lejos de ello..  Todo por hacerle la vida más llevadera .

Sin embargo él, estaba siempre malhumorado y a veces grosero, como si la echara la culpa de su desgracia.  Ella pacientemente aguantaba, todo por él y por su hija, incondicional del padre..


El suyo fue un matrimonio por amor, al menos por parte de ella, aunque el transcurrir del tiempo la pasión que sintiera al casarse, se fue disipando, para convertirse en rutina e indiferencia., Pero todo lo soportaba por Olivia, su hija, que no quería ni oir hablar de que su padre no mejoraría más.  Antes de ocurrir todo, estuvieron a punto de separarse:  El era un hombre atractivo, simpático, pero loco por las faldas y rara vez fuera que  no estuviera enredado con alguna mujer a escondidas de la suya, que parecía no darse cuenta de nada.

Debido al tiempo pasado en el hospital, se había hecho amiga de la enfermera jefe de traumatología, cuya consulta estaba al lado de la de rehabilitación, y todas las mañanas trataba de tomar un café con ella y charlar durante unos minutos.  Le causaba infinita tristeza aquella mujer tan joven y bonita atada a un marido déspota,  accidentado por una de sus juergas

  Se casaron,  ella con diecinueve años, él con veinticinco. Al año de casarse, nació Olivia, su única hija.  Habían cumplido quince años de matrimonio, cuando sufrió el accidente que truncó sus vidas.

Las cosas no marchaban bien entre ellos. Elva le había planteado en algunas ocasiones la conveniencia del divorcio, para así, cada uno  viviera como mejor le pareciera.  No estaba dispuesta, por las habladurías de la gente, a llevar toda una vida con un hombre que no la quería, que ni siquiera estaba enamorado de ella. Tuvieron una agria discusión, echándole en cara él,  haberse quedado embarazada para así suijetarle a su vida, algo que ella negó con rotundidad, pero que todas cuantas explicaciones dio fueron a un saco roto.

 Desde entonces Frederick hizo su vida al margen de su mujer y de su hogar.  Se enredaba con cualquiera que se le presentara.   Hasta que encontró a una mujer que le seguía la corriente y nunca discutía con él.  Se acostaban juntos y después del sexo, él llegaba a casa de peor humor del que tuviera cuando salió, porque de este modo su conciencia justificaba que en su hogar no tenía más que problemas y,  sin embargo con Gladys,  todo era armonía y placer.


 Éstaba medio convencido, de separarse, posiblemente porque su amante le presionara al pintarle todo color de rosa en la vida que podrían hacer una vez separados. Y fue entonces cuando supo que iban a ser padres por primera vez y todo quedó en eso: un planteamiento fallido.  Ahora no era conveniente el divorcio con un hijo en camino. La reputación de Frederick sufriría grandemente y truncaría su entrada como socio en un afamado bufete de abogados.  Daría mala impresión separarse  al año de casados y con un hijo por venir.No, de momento lo aparcaron.  Ella seguiría con sus amigas y en casa. El, a la salida del trabajo alterne en un pub con los amigos, y si se terciaba,  una noche de pasión con la dama de turno.Y así pasó el tiempo, un año y otro año, hasta cumplir quince.  Seguían unidos, es decir viviendo bajo el mismo techo, porque lo único que pudiera unirles, el sexo, con el accidente  tampoco existía. No había nada entre ellos que les acercara, excepto Olivia, y por ella siguieron adelante.


La primera época después del accidente, fue muy difícil para ambos.  La niña, al ser tan pequeña, no sabía medir el alcance de las lesiones sufridas por su padre en el accidente, que le tuvo hospitalizado durante varios meses, quedando su salud bastante mermada, no sólo por su paraplejia, sino también resentido urológicamente y a punto de perder un riñon, que más tarde le fue extirpado.  Su vida como pareja quedó también destruida, algo que sobrellevaba bastante mal, teniendo en cuenta que era un mujeriego y que por ello pagaba las consecuencias, pero no sólo él, sino la familia al completo.

Su carrera como abogado se vio en parte truncada.  En el bufete en el que trabajaba, consideraron conveniente, que al menos por una temporada no acudiera a los juzgados, sino que permaneciera en las oficinas asistiendo a los defendidos y como asesor de otros abogados, ya que era un letrado excelente.  Al menos su sueldo no se vio mermado, algo que les permitía llevar la vida cómoda que tenían antes de que ocurriera todo.

Elva pensó en trabajar, pero entonces se dio cuenta de que no estaba preparada más que para una oficina y no muy grande, pero teniendo que atender a su marido con la rehabilitación y las constantes entradas en el hospital por problemas del riñón, poco podía hacer.  En realidad tampoco era urgente, pero sí en el sentido anímico: necesitaba evadirse del problema que tenían. Y asi transcurrió el tiempo, lenta y pesadamente, hasta ese día, en que por circunstancias, su vida dio un vuelco.

Como decíamos anteriormente, aquella mañana se sentía bastante deprimida. La semana anterior Frederick había sido ingresado nuevamente; la diálisis y la rehabilitación de sus piernas, la superaban. Tenía los ojos entornados, que ni siquiera abrió cuando sintió unos pasos que se acercaban y unas voces que reían ajenos a los dolores que la gente allí esperando pudieran sentir.


Una voz conocida, pronunció su nombre:

- Elva ¿ te ocurre algo?
- ¡ Oh doctor Foster ! No se preocupe, nada nuevo.
- ¿ Estás enferma ?
- No solamente tengo jaqueca.  Había entornado los ojos para ver si se me alivia, aún me quedan horas para volver a casa
-¿ Necesitas algún calmante o algo que te mejore?
- No se preocupe, se me pasará enseguida.

No se había dado cuenta que otros ojos la miraban con curiosidad.  Normalmente no visitaba este ala del hospital, pero hoy iba a comer con su amigo  Louis Foster e iba a buscarle cuando le encontró en el pasillo.  Ambos entraron a la consulta a recoger unos informes y entregarlos en el control.  Después irían a comer.

- ¿ La conoces ?
- Si, mucho.  Lleva más de dos años viniendo a diario, todas las mañanas. Su marido tuvo un accidente y ha quedado inmovilizado de cintura para abajo, y además hubo que extirparle un riñón y el otro está con diálisis. Así que la pobre tiene un panorama.
- Si que lo tiene. ¿ Tiene posibilidad de recuperación ?
- En absoluto, ninguna. Creo que ellos lo saben, porque a pesar del tiempo transcurrido, lleva mucho estabilizado en el mismo punto, pero su naturaleza se va debilitando, y nosotros tenemos la obligación de seguir con el tratamiento.  Una verdadera pena.
- Es una lástima, si.   Ella es una mujer muy guapa y bastante joven.
- Bueno olvidemos a Elva. Me causa mucha tristeza, pero no podemos hacer más de lo que hemos hecho. Y todo por correr una juerga
- ¿ Qué dices?¿ Cómo sabes tanto de esas personas?  No parece ser una mujer que cuente sus desgracias, algo frecuente en las salas de espera de los hospitales.
- Oficialmente no sé nada. Se ha hecho muy amiga de Sheryl, ya sabes mi enfermera jefa de trauma y le ha contado toda su historia.  Verdaderamente un caso de mala suerte
- No hace falta que me digas quién es Sheryl, tu novia desde hace siglos. Yo también la conozco


Ambos rieron mientras terminaban de recoger el informe de las visitas realizadas. Cuando salieron de la consulta, saludaron a Elva y el amigo del doctor Foster, se fijó más en ella, que permanecía en la misma postura que cuando entraron.

( Autoría 1996rosafermu - Derechos reservados)


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