La chica del tiempo - Capítulo 10 - Una cena y algo más

Y como siempre hacía cuando invitaba a una mujer , la llevó al mejor restaurante de la ciudad.  A uno de muchos tenedores y no sabía cuantas estrellas Michelin.  Ella se encogía; no era amiga de tanto protocolo con el camarero siempre detrás de ti dispuesto a llenar la copa, cada vez que dieras un sorbo.  No estaba acostumbrada a tanto lujo y eso la intimidaba.  Aidan, se daba cuenta de ello, y pensaba que quizá no había sido tan buena idea llevarla a este lugar.  Quería agasajarla, ofrecerle lo mejor, pero posiblemente, lo mejor para ella no estaba en tanto protocolo.



- Olvídalo - la dijo apretando su mano
- ¿ Cómo dices ? ¿ Que olvide qué ?
- El restaurante, todo esto. Hazte la cuenta de que estás... en otro inferior. Se que te incomoda tanto protocolo, a mi tampoco me agrada, pero quería darte lo mejor, de lo mejor.
- Te lo agradezco, Aidan, pero  ¿sabes? a veces lo mejor está en las cosas sencillas.  Nunca he estado en un lugar como este, y te agradezco la intención con que lo has hecho, pero la próxima ocasión, por favor, que sea todo más simple.
- ¡ Albricias !  Me estás dando otra oportunidad. - pensó -.  No te preocupes, seguiré tus deseos al pie de la letra
- Bien.  Pues ahora cenemos tranquilos y en paz-.

Y resultó que se olvidó del camarero, y supo manejar los cubiertos, y saber para qué estaban todas las copas , y al final resultó una cena  amena y divertida, debido al ingenio de Aidan y a la conversación ágil de Nelly.

Ya en la calle, él propuso prolongar la velada; era fin de semana, no tenían que trabajar al día siguiente, con lo cuál podían permitirse el irse a dormir más tarde de lo habitual. Y la llevó a una especie de pub, con música de fondo,  suave,  de piano,  pero también se podía bailar alguna que otra melodía. Era un sitio para la conversación tranquila y reposada, en la que no había que dar voces para conversar.  Sentados uno al lado del otro charlaban . Aidan quería saber todo de ella, y  sutilmente hacía que se sincerara con él.  Dedujo que sentía  algo,  por lo que le hizo concebir esperanzas,  porque  estaba totalmente enamorado de ella.  En un par de ocasiones salieron a la pista,  a bailar.  En una de ellas, se juntaron más y él acariciaba con pequeños besos su mejilla, y ella entornaba los ojos y no le rechazaba.  Estrechó aún más su abrazo en el baile, y ella unió su mejilla a la de él.   Hubiera querido que el tiempo se detuviera en ese momento.  Los sentimientos le desbordaban y a ella parecía que le ocurría lo mismo. No todo estaba perdido, más bien, algo comenzaba , algo esperanzador para sus sentimientos..



Era de madrugada cuando llegaron a casa de Nelly..  Se anunciaba un amanecer precioso de comienzos de primavera.  En el aire flotaba el olor a tierra mojada por el riego de algún parque cercano.  Todo había sido espléndido y un Aidan eufórico y lleno de esperanzas, contemplaba el rostro de la mujer que amaba, iluminado por las primeras luces del día.

- He pasado una noche estupenda.  Gracias Aidan-. y se acercó a darle un beso en la mejilla. El tomó su rostro entre las manos y unió sus labios a los de ella.  La miraba fijamente, y ella sostenía su mirada.  No había duda de que algo había cambiado en su interior.  Ninguno de los dos hablaba, sólo cuando transcurrieron unos segundos, fué él quién rompió el silencio

- Mañana vendré a buscarte,  temprano. Iremos a un lugar especial que quiero que  conozcas un lugar muy querido para mi, pero tendremos que viajar, así que estate preparada muy temprano, y llévate alguna prenda de abrigo. Posiblemente pasaremos el fin de semana
- ¿ Dónde vas a llevarme ? - le dijo sonriendo
- Es un secreto
- ¿No hemos empezado nuestro "noviazgo "  y ya andas con secretos ? - él rió y besándola nuevamente, la vió ir a su apartamento.

Dormía profundamente, cuando el teléfono sonaba insistentemente. Al otro lado del hilo, la voz alegre de Aidan, se escuchaba.

- Vamos, vamos, dormilona.  Despabílate o se nos hará tarde.  Dentro de quince minutos estaré ahí, así que levántate de una vez-. Y como un resorte, ella obedeció .

Viajaron durante casi dos horas.  Tomaron una carretera secundaria, que les condujo hasta una cabaña rodeada de Naturaleza.  Al fondo se veían unas montañas, reflejadas en el agua de un lago, en cuyo embarcadero se mecía plácidamente una pequeña embarcación.  En verdad era un lugar mágico y maravilloso. Los árboles eran mecidos por la suave brisa que les agitaba, y hasta ellos llegaba un aroma conocido para Nelly, pero que en un principio no podía identificar.  La llevó hasta la entrada principal de la cabaña, y entonces con sorpresa, vio que era, a pequeña escala, una reproducción de la vereda que conducía a la entrada de su mansión. Ésta también tenía una vereda, con las mismas piedras blancas de rio y era acompañada a ambos lados por tilos, cuyas flores comenzaban a abrirse y a expandir su aroma.


Una amplia sonrisa iluminaba su rostro. ¿ Cómo era posible ...? Se giró hacia él, que la observaba satisfecho, pero muy serio.  Sin palabras deseaba transmitirla sus sentimientos, que no eran un juego, ni un capricho, sino que la amaba sinceramente desde hacía tiempo.  Ella fue hacia él, tratando de entender lo que aquello significaba.  Lo sabía perfectamente, pero quería escucharlo de su boca, quizá para convencerse de que lo que ambos estaban sintiendo era algo más fuerte que ellos .  Quizás aquel hombre mundano, autoritario y mujeriego, se había enamorado verdaderamente de ella y era su forma de demostrárselo. Cuando estuvo a su altura le besó, y sólo le pudo decir:

- Gracias-.  Y Aidan con una tímida sonrisa, la respondió:
- Me dijiste en una ocasión, para un reportaje, que lo que más destacarías no sería el interior de la casa, sino su entrada.  Me pareció algo bonito, y he aquí el resultado. Quería que lo vieras, que fueras la primera en verlo

Sus labios se unieron, pero esta vez fue un beso apasionado, arrollador por los sentimientos que ambos albergaban en sus corazones.  Se había producido el milagro.  La chica del tiempo amaba a aquel Sheriff gruñón que le había despedido por hacerle una pregunta incómoda, que aún bailaba en su cabeza.

Deseaba vivir el momento.  No importaba su vida anterior; ahora era de ella, era su espacio, era su amor y lo viviría como si fuera la primera vez.  Aidan la abrazaba, la besaba y la decía palabras dulces y amorosas que nunca antes había escuchado.  Lejos quedaba ya Leila; estaba segura que, en verdad, ya no representaba nada para él ¿ habrían  otras ? Seguramente si, pero ahora era ella la dueña absoluta de su voluntad y también deseaba ser de su cuerpo.  Era algo imperioso que brotaba desde su interior.  No sabía en qué momento se encendió el deseo en sus venas, pero estaba ahí y no lo dejaría escapar. Era un deseo ardiente, implacable sentido en ambos.  Aidan la levantó en brazos y se introdujeron en el interior de la cabaña. La llevo hasta su dormitorio, ese en el que sólo él había dormido, y nadie más.  Y por primera vez ella, estaría allí,  unidos sus cuerpos, sus almas y sus pensamientos.  Eran dos en uno solo.



El deseo se mostraba irrefrenable, y ambos comenzaron a desnudarse.  De un tirón, Aidan quitó la colcha de la cama y, despacio la condujo hacia ella.  Aún estaba a medio desvestir, pero quería ser él quién terminara de quitarle la ropa, de contemplar su cuerpo por primera vez en todo su esplendor.  Ella ni siquiera sentía vergüenza por mostrarse delante de él, por primera vez, desnuda.  El deseo de pertenecerle era más fuerte que nada.  La besó profundamente mientras la tendía en el lecho y él, desnudo, poco a poco iba acariciando aquella suave piel que iba a pertenecerle de un momento a otro.  Y se pertenecieron a lo largo de la tarde, y cuando exhaustos dormitaban uno al lado del otro, penetró por la ventana abierta, el suave aroma de los tilos. Mitad jazmin, mitad dama de noche que sellaría aquella unión y aquel amor inmenso, pero extraño que comenzó hacía tiempo, sin que ninguno de los dos se diera cuenta de ello.


Las manos enlazadas, los cuerpos juntos y sus bocas también.  En perfecta sincronía.  De vez en cuando se miraban, sin hablar.  No necesitaban las palabras; sus miradas, su excitación, sus caricias, sus deseos eran incontrolables en ambos. Aidan la miraba y acariciaba su rostro.  Aquella chica torpe ante un televisor, era ahora suya, le pertenecía y nada ni nadie cambiaría aquellos sentimientos que habían brotado sin darse cuenta hacia tiempo, y que en otra época creyó odiarla y deseó hacerla la vida imposible, y sin embargo, sin querer, había sido ella, quién se lo hiciera a él, mostrándose esquiva y recelosa ante una invitación que creyera con otros fines, y que el único que le guiaba era amarla tiernamente y expresarle sus más íntimos sentimientos.

Ahora estaba allí a su lado, ambos desnudos de cuerpo y alma. Se poseían mutuamente, sin reservas y conscientes de la entrega.  Eran dos amantes  enamorados, nada más y nada menos.

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