lunes, 6 de marzo de 2017

Edelweiss - Capítulo 1 -El roce de una mano

 Es curioso cómo nuestro destino, ya viene marcado desde que nacemos, y nada hay que podamos hacer para cambiarlo. La vida juega con nosotros, cual marionetas suspendidas en el aire por unos hilos que maneja quién sabe quién ¿ lo llamamos destino ?. Bien,  pues esa palabra intangible puede cambiarlo todo en cinco minutos. Las cosas ocurren porque están marcadas sin nosotros saberlo . ¿Cómo y cuándo ocurre ?    Nada está previsto, ni sabes cómo ocurrirá, ni cuándo.  Durante las veinticuatro horas que tiene el día, cinco minutos pueden cambiarlo todo   Eso me pasó  a mi, un jueves por la mañana, en el que un leve roce de una mano, por una coincidencia en apretar el botón de un ascensor, selló mi vida para siempre.


Soy dueño y director de una empresa financiera en Londres.  Mis oficinas están situadas, ¡cómo no ! en la City londinense. Esa mañana de jueves, llegué a la oficina a una hora desacostumbrada ya que por diversos motivos hube de entrevistarme con posibles clientes.Esperé el  ascensor para dirigirme a la planta 15 que es donde está situado mi despacho. En realidad casi todo el edificio es de mi compañía, y en cada planta hay una dependencia. Como decía, me dirigía a mi despacho.y esperaba el ascensor. Entramos un grupo de personas que cada una iba a distintos pisos  Alargué mi mano para pulsar el botón de la planta correspondiente, y al mismo tiempo, otra mano se posó sobre la mía. Inmediatamente fue retirada y al dirigir mi mirada hacia esa persona, me encontré de plano con una sonrisa perfecta en una cara perfecta, de una chica perfecta, que me pedía excusas por haber  coincidido en la botonadura del ascensor.  Ambos sonreímos, y ella bastante azorada me pedía perdón

- No se preocupe.  Ha sido una coincidencia

Ella se bajó en la novena.  Llevaba una carpeta con un montón de documentos, lo que indicaba que trabajaba para mi, en la sección de documentación. ¿ Cómo nunca había coincidido con semejante preciosidad ? Por imposible que pareciera, así era. Y lo cierto es que salgo poco de mi despacho, como no sea para averiguar algo en otro piso, o como hoy, llegar a una hora desacostumbrada. Soy el primero que llegó y el último que se marcha, por tanto no es de extrañar que no coincida con nadie.  Tampoco bajo a la cafetería, lugar en el que se concentran algunos de mis empleados para almorzar o simplemente a tomar un café antes de empezar el turno de tarde.


Nada de esto tendría importancia, pero quedó grabada en mi mente, el rostro perfecto de aquella chica.  Entre mis amistades, tengo fama de ser algo mujeriego, aunque siendo soltero, tampoco es de extrañar que ande revoloteando de flor en flor.  Me gustan las mujeres, no lo  he de negar, hasta yo diría que mucho, pero si he tenido alguna relación mas o menos duradera, nunca le he sido infiel.  Claro que tampoco me han durado tanto; me canso enseguida ya que es un terreno fácil y a mi me gustan los retos.  Por eso al ver a esa chica, me picó la curiosidad de saber cuál es su trabajo, el tiempo que lleva con nosotros y otras peculiaridades.  En mi cabeza comenzaba a instalarse un plan diabólico, que desecharía si la chica estaba comprometida.  Si no era así, me prometí a mi mismo que la conocería más a fondo.  Yo mismo sonreía  ante la perversión de mis pensamientos, pero enseguida, el trabajo me reclamó y la poseedora de tantas bellezas pasó al olvido rápidamente.

Como he dicho anteriormente, ni siquiera frecuento la cafetería, pero la curiosidad por volver a ver a aquella mujer, me hizo que bajara a la hora de la comida, y me vi con una bandeja en la mano eligiendo un absurdo menú del que a penas probé bocado.  Miré a mi alrededor por ver si ella se encontraba en alguna mesa; no la vi.  No era mi día de suerte. Pero ¿ qué bicho me ha picado con esa chica?  No entendía ese empeño mio en volver a verla. No sabía nada de ella, así que lo primero que hice fue pasarme por la planta novena, a ver si allí tenía más suerte.

- Todo esto es absurdo.  Pareces un cadete Alistair- me decía a mi mismo, pero la curiosidad era más fuerte que yo.  Nunca me había pasado algo semejante y creo que eso, precisamente, es lo que me ponía de los nervios.  ¿ Qué tenía de especial esa chica que no tuvieran otras ? Nada en absoluto: dos bonitos ojos, una sonrisa encantadora y un cabello largo y brillante de color castaño.  Totalmente un tipo como los que hay  cientos por las calles. No me dio tiempo a fijarme en más.  Era de estatura normal, tirando a alta.; me llegaría por el hombro, de manera que si yo mido metro y ochenta centímetros, elal rondará por metro y setenta y cinco... o quizá menos... o más, quién sabe. Y ya está bien con tantas tonterías.


- Pues para no  haberte fijado mucho, te has quedado con bastantes detalles-, decía mi voz interior, y me hizo sonreír.

Pasé por la planta novena y hablé con el encargado de ella.  le describí a la muchacha y él me dijo su nombre

- Creo que se trata de Cyntia, señor Macpherson. ¿ Desea que se la envie al despcacho ? ¿ Ha cometido alguna irregularidad?
- No, no, no se trata de eso. Y no, no quiero que me la envíe. Simple curiosidad

"Te has puesto en ridículo.  Steve se ha dado cuenta de todo. Será mejor olvidarlo de una puñetera vez."- Y volví a mi despacho, haciéndome la firme promesa de que no volvería sobre este absurdo e incómodo asunto

Pasaron varios días en que estuve distraído con los asuntos de mi trabajo, y afortunadamente no volví a pensar en Cyntia. No volví a verla en mucho tiempo, y hasta pensé que no trabajaba con nosotros, hasta que un día, estando sentado en la cafetería , detrás mío, se sentaron dos chicas que se contaban sus confidencias.  Una de sus voces me resultó conocida, aunque ni siquiera pensé que fuera la de aquella chica. Seguí leyendo el periódico  fingiendo no escuchar lo que hablaban, pero en realidad, si lo escuchaba y sin apenas darme cuenta presté atención a lo que una de ellas relataba a la otra.

En un principio era una conversación entre dos amigas, y una de ellas parecía haber tenido un disgusto con su novio y pedía consejo a la otra sobre lo qué hacer si cortar la relación, o sellar la paz con él.  La que escuchaba, la dijo algo que me dio que pensar, y a partir de ese momento escuché con más atención:

- Liss, Liss. No te cierres en banda ¿ Tú le amas? Creo interpretar que si, de lo contrario no estarías ahora a punto de llorar
- Pero es que...
- Dime una cosa ¿ Tan grave ha sido lo que ha ocurrido, o es una pataleta de niña mimada? Si le amas, habla con él y soluciona lo que te hace daño, no lo guardes dentro porque sufrirás más. Coge la felicidad que te proporciona, agárrate fuerte y no la sueltes, porque la vida te puede cambiar en un minuto y lo que ahora te parece importante, quizá no lo sea tanto, y si la dejas pasar de largo, posiblemente no vuelvas a tener otra oportunidad
- Chica, te pareces a mi abuela dando consejos
- No Liss, Es que la experiencia me ha hecho ver las cosas de ese modo
- Pero si tú no tienes novio siquiera
- Tienes razón, pero voy a contarte algo que te indicará porqué hablo de esta manera.

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