sábado, 4 de marzo de 2017

Amor en la Red - Capítulo 12- Albert

Por prescripción médica, Ingrid debía dar largos paseos. Tenían la inmensa suerte de vivir en un sitio bonito y con mar.  Los largos paseos por la playa eran sus preferidos.  Enlazados por la cintura algunas veces charlaban, otras guardaban silencio y cada uno se sumergía en sus pensamientos.   Hacía pocos días que  habían regresado de España, e Ingrid debía abordar la problemática en la carrera de Jack.  Bajo ningún criterio quería que abandonase la medicina por la  búsqueda de nuevos horizontes laborales. Mientras daban su paseo, ella reclinando su cabeza en el hombro de Jack,  le dijo

- Amor, tenemos que pensar en el futuro. ¿ Sigues decidido a dejar la medicina? - él de momento guardó silencio.
- Mira cielo, es un tema del que por ahora no quiero hablar
- Pero tenemos que hacerlo. Comprendo el motivo por el que pensaste en abandonar,pero es injusto. Eres muy valioso en tu campo y, te faltaba poco para cumplir tu sueño de ser cirujano.  Vuelve , por favor no abandones tu sueño



- Tengo miedo de enfrentarme a otra desgracia como aquella. Siempre tengo tu imagen en la cabeza y, no lo soporto. No podría vivir sin ti ¿ es tan difícil de entender?
- Yo te entiendo y comprendo que fue horrible, pero también hay niños que nacen ayudados por las expertas manos del médico, por manos como las tuyas.  No tienes que sentir miedo; yo estoy sana y fuerte. Estoy bien, y nuestro hijo nacerá sin problemas. Eres un excelente médico, pero si lo dejas por la investigación, serás un mediocre investigador, porque no es lo tuyo. Te arrepentirás si no continúas.  Hazme caso, . Pide la reincorporación a tu puesto, hazlo por mí.

Ingrid se alzó sobre las puntas de sus pies y cogiendo el rostro de su marido, le besó repetidamente, hasta arrancarle la promesa de que volvería al hospital.

Así lo hizo, con gran satisfacción de Philip, pues apreciaba mucho a su amigo. A él también le costó recuperarse de lo ocurrido con Lucille, pero era más veterano que Jack y al cabo de unos días había vuelto a la rutina de siempre, como si nada hubiera ocurrido.

El embarazo de Ingrid se desarrollaba normalmente. Iba a revisiones mensuales, y posteriormente, cuando la fecha se acercaba, cada semana.  Ella estaba nerviosa. Deseaba ardientemente tener a su hijo en brazos, pues sería varón, pero ni se la ocurría comentarlo con su marido, no creyera que lo que sentía era miedo por el momento que se acercaba; aunque un poquito de miedo sí sentía.  No por si la ocurría algo malo, sino miedo a lo desconocido: sabía que se pasaba mal, era la creencia que se transmitía de generación en generación. Era mimada por Jack, que desde su separación parecía amarla más intensamente y estaba siempre pendiente de ella.

Y Jack se incorporó a su trabajo, y lejos de lo que pensaba se sintió feliz por estar de nuevo ejerciendo. Llamaba a su mujer varias veces en el transcurso del día


- ¿ Estás bien ?
- Si, cariño, estoy bien. Aún no toca; no te preocupes tanto.  Te quiero muchísimo, pero me mimas en exceso y no va haber quién me aguante cuando todas las caricias se las lleve el pequeñín y te olvides de mi
- ¿ Olvidarme de ti ? Nunca, jamás,  mi cielo. Me llaman por el busca, más tarde te llamo
- Anda, corre, ve y no te preocupes.

Cada vez que le tocaba guardia de noche, lo pasaba inquieto, con preocupación por si su mujer le necesitaba y no estaba con ella.  Cuando más disfrutaban era,  al caer la tarde. Se sentaban en el pequeño jardín de la casa y contemplaban la puesta de sol abrazados  Lejos de distanciarles la separación les había unido aún más. Lo tenían todo, eran absolutamente felices, tan sólo les faltaba  el "bicho",  como cariñosamente llamaba Jack al niño, y  que en breve nacería.

Ni siquiera se habían planteado mudarse de domicilio a otra casa más cerca del hospital. Les gustaba aquel pueblecito pequeño, de gentes alegres y cariñosas. Se encontraban a gusto y cerca del mar. El lugar de trabajo de Jack no estaba muy lejos de Fowey, en apenas quince minutos llegaba a él, por tanto no era inconveniente.  Jack había hablado con Philip para que tuviera todo preparado, ya que  él es el que había llevado el embarazo de Ingrid a su regreso a Fowey.

- Tranquilízate, muchacho. Todo va bien, tu mujer es fuerte y está sana. No habrá problemas, tranquilo
-Si, pero si sales de fin de semana,  que yo pueda localizarte rápidamente
- Ja, ja ,ja. eres un cobardica. No pasará nada, confía en mi. Sois mis amigos ¿ crees que no voy atender bien a Ingrid?

Tenía los nervios a flor de piel y a medida que se acercaba el día, iban en aumento.  Se cuidaba mucho de que ella no se diera cuenta de la preocupación que sentía.    Le  conocía bien y sabía que no estaría tranquilo hasta que naciera Albert, pues así habían decidido que se llamara, en homenaje al abuelo paterno, ya fallecido.

Aquella mañana, Ingrid se encontraba rara. El vientre lo tenía más bajo. Sus cara se había hinchado ligeramente y había empezado a sangrar débilmente, señal inequívoca de que la hora se acercaba; quizás ocurriera esa misma mañana.  Dudaba en advertir a Jack, aún era pronto y éste se preparaba para dar su paseo por la playa



- Cariño, no tengo ganas de andar. Hoy no me apetece salir
- ¿ Por qué, te encuentras mal ? Sabes que Philip te ha dicho que los paseos facilitan el parto. O es que...
- Creo que sí, mi vida.  Creo que Albert va a empezar su viaje de un momento a otro.
- Voy por el coche - Jack nervioso buscaba apresuradamente las llaves que no sabía dónde las había dejado
- ¡ Qué torpe soy, Dios mio.! ¿ Dónde las habré puesto ?
- Tranquilo, mi amor que hay tiempo. Mira allí están - dijo señalando el lugar en donde siempre las dejaba

Ingrid también estaba nerviosa y sentía temor por lo que se avecinaba, pero ni se la ocurría comentarlo.  Por fin estaban instalados en el coche, después de que Jack avisara a su amigo Philip

- ¿ Tiene contracciones?
- No, al menos no se queja
- Pues entonces venid tranquilos. Hay tiempo de sobra. El parto no ha empezado

Ya llegaban al hospital. La carretera se les hizo interminable, pero aún se puso más nervioso, cuando nada más sentarla en la silla de ruedas, Ingrid sintió que de su cuerpo salía como una fuente de líquido incontrolable:  había roto aguas

- Vamos rápido, rápido - decía el celador que empujaba la silla de Ingrid - Jack cogía su mano y corría a la par dirigiéndose al paritorio.  Philip ya estaba preparado.
- Jack estate a mi lado. Te necesito dentro, ayudándome - dijo a su marido con voz suplicante que se resistía a entrar en el paritorio.  Las contracciones habían comenzado
- No me pidas eso, por favor. No podré verte pasar el mal rato- replicó Jack
- Pero yo te necesito, ahora más que nunca. ¡ Ay Dios mio, qué terrible !

Miró a su mujer que tenía la cara contraida por el dolor, y no lo dudó más: tenía que estar a su lado, no sería un estorbo.  La secaría el sudor y la sostendría cuando empujase con la expulsión

- Prepárate Jack, vas a ayudarme. Ya casi está aquí. Viene rápido. Ni siquiera podemos anestesiarla - le dijo Philip - viene con prisas

Jack no replicó, no dijo nada.  Como un autómata actuaba eficientemente al lado de su amigo.  Ingrid le veía hacer satisfecha por su reacción: se había recuperado, había vuelto a ser médico y sería el primero que cogiera a su hijo al nacer.

Albert nació sano, fuerte y con carácter, y efectivamente Philip le dejó que tomará a su hijo por la cabecita y le ayudara a salir del claustro materno.  Lo depositó sobre el vientre de su madre que lloraba de emoción, y él muy serio y emocionado les contemplaba como si no fuera real lo que acababa de vivir.  Besó a su mujer y a su hijo, y fue entonces cuando se dio cuenta de que todo había terminado felizmente y abrazaba a su familia - " ¡no ha ocurrido nada !"- repetía mirando a su amigo.  Por fin aliviando la tensión rompieron a reír ambos médicos abrazándose

- ¡ Eh ! que a quién tienes que abrazar es a tu mujer.  Ha hecho un buen trabajo y te ha dado un hermoso hijo. Enhorabuena amigo. ¡ Por fin ya sois padres !
- Felicidades, mi amor, felicidades. Me has dado un hijo perfecto y precioso - decía besando a Ingrid
- ¿ Está bien, Jack ? ¿ es normal, está completo ?
- ¿ Que si está completo ? Completísimo mi amor. Ahora nos lo tenemos que llevar al pediatra para su examen.  Yo me quedo aquí contigo, aún no se ha terminado.  Todavía te queda pasar un mal rato, pero será breve. La expulsión de la placenta.
- No importa. Si tú estás a mi lado, soportaré todo. Te quiero Jack, te quiero.





Ingrid agotada, dormitaba ya en la habitación cuando subieron al pequeño. Era una bolita de piel algo tostadita como la de su madre, pero una pelusilla entre rubio y pelirrojo hacía que su padre riera orgulloso

- Mira mi vida, si hasta tiene pequitas como yo- decía feliz a su mujer
- Si cariño, será un inglesote como tú. ¿ Puedo dormir un ratito ? - suplicó a Jack
- Un poquito más, mantente despierta un poquito más y después dormirás todo lo que quieras.  Sobretodo no separes las piernas en algunas horas
- ¿ Por qué tengo que permanecer así ?
- Por precaución mi amor.
- De acuerdo. Dame a mi "bicho", le quiero besar.

Al sentir el calor de la madre, el pequeñín tranquilo se quedó dormido, mientras Jack les miraba inmensamente feliz.  Dos días después salían los tres del hospital rumbo a su casa. Habían de comenzar una nueva experiencia con su hijo en el hogar, y no sería tarea fácil para Ingrid, dado que no tenía idea alguna como madre.

Ingrid se sentía desbordada por la situación.  Era novata y aún no conocía bien las costumbres que poco a poco iba imponiendo el chiquitín.  Era tragoncete y cada tres horas, exactas, reclama el pecho de su madre.  A penas la daba tiempo para hacer lo imprescindible ya que había que bañarle, vestirle, darle de mamar, y algunas veces volverle a limpiar de nuevo después de estar bañado, porque las necesidades fisiológicas no venían cuando la mamá quería, sino cuando su cuerpecito lo demandaba.  A veces llegaba Jack del trabajo y la encontraba muy apurada, pues en toda la mañana no había dejado de llorar.

- Da unos gritos desgarradores - comentaba a su marido muy acongojada
- Vamos a ver, cielo.  Tendrá gases. Es la forma que tienen los bebés de hacerse notar cada vez que les ocurre algo.  Ten un poco de paciencia, ya le irás conociendo

- ¿ Y cómo lo sé? Soy una mala madre que no conoce a su hijo
- Ven aquí-decía con calma abrazando a su mujer- Es normal, eres primeriza, y habéis de acoplaros.  Dentro de unos días te habrás hecho con la situación; es pronto, ya lo verás. Mira ... - Depositó al bebé sobre la cama y comenzó a masajear su tripita.  Advirtió a Ingrid
- Mira cuando llora tan fuerte, si ya ha comido,  y al tiempo encoge sus piernecitas, es debido a que tiene gases y le duele la tripita. Da unos masajes en el vientre, suavemente hasta que expulse el aire. Después de amamantarle ¿ le sacas los gases? Ponle sobre tu hombro dándole unas palmaditas en la espalda y te asombrarás del erupto que suelta.  Mi amor son pequeños trucos que poco a poco irás aprendiendo.  No te entristezcas, eres la mejor madre del mundo.  Yo te ayudaré .  Sabrás distinguir el llanto cuando tiene hambre, del que  hace cuando tiene alguna molestia. Ten paciencia, cariño.

Ella se reclinó sobre el pecho de su marido rompiendo en sollozos apenada por lo inexperta que era.  Creía que no sabía cuidar a su hijo.  Comenzaba a sufrir la depresión post parto inevitable en casi todas las mujeres.  Desean ser perfectas en la protección de su bebé y nada les es suficiente para lograrlo, siempre piensan que lo hacen mal,  porque es tanto el amor que sienten que nunca es bastante en el cuidado de su hijo

Jack trataba de consolarla, pero le preocupaba la depresión que pudiera sufrir su mujer. Con motivo de su trabajo, pasaba mucho tiempo sola, y decidió contratar a una muchacha que la ayudase con el niño.  No había nada que Jack no hiciera por ella. Le preocupaba que siempre estuviera encerrada en casa, pendiente del niño. No salían  ni frecuentaban a sus amigos, desde que nació Albert.  Le daba la impresión de que estaba obsesionada; tenía miedo a quedarse sola con el niño, y no se movía de su lado por temor a que pudiera ocurrirle algo.  Algunas veces, arrodillada junto a su cuna le hablaba como si el niño pudiera entenderla

- ¿ Sabes, mi cielo ? yo era una chica estúpida que renunciaba a lo más valioso que tiene un ser humano: su familia.  Estuve a punto de perder a papá y por tanto de perderte a ti. Papá tuvo paciencia y supo conquistarme y ahora estoy orgullosa de vosotros.  Daría mi vida por ti y por él, no hay nada que se pueda comparar a la felicidad que siento al teneros a los dos.  Me da miedo no ser merecedora  de tanta dicha - y de repente, rompía a llorar sin saber muy bien porqué.

Pasaban los días y la depresión se acentuaba en ella. Físicamente se veía gorda. Había perdido su cintura con el embarazo y hasta el gusto por vestirse. " Cada dos por tres estoy con el pecho fuera, un pecho enorme..." - lloraba mirándose en un espejo.  Jack consultó con un compañero de hospital sobre el problema que padecía Ingrid

- No te preocupes. Es algo muy común en las mujeres primerizas después de dar a luz. A medida que coja confianza en si misma, se le irá pasando. En cuanto recupere su forma física, ya no se encontrará tan horrorosa- comentó el psiquiatra

Pero a Jack le preocupaba, y mucho.  Al llegar a casa la encontraba malhumorada, despeinada y poco habladora. Había algo que no se le podía criticar y era el especial esmero que ponía en que el niño estuviese atendido al máximo.  Había controlado los entuertos del pequeño y cada día que pasaba era más experta.  No era ese el problema, entonces ¿ qué la ocurría ?  El anuncio que había puesto en el tablón  del hospital solicitando a una mujer para que la ayudase en el cuidado de Albert, había dado sus frutos y Daphne, una mujer de mediana edad experta enfermera de muchos años, había concertado una entrevista con el matrimonio.  Todo era perfecto: Albert estaría atendido por las dos mujeres, pero Ingrid tendría más tiempo libre para cuidarse de ella.



Después de algún tiempo, decidió acudir a un gimnasio para recuperar su silueta.  Debía atender también a su marido, que hasta entonces le había dejado un poco de lado.  Aprovechaba cuando el niño dormía después de desayunar para hacer ejercicio. Y eso hizo que fuera recobrando poco a poco el carácter  afable y alegre de antes del parto.


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