Miranorte - Capítulo 8 . I love New York

Y pasaron los días.  La fecha de la boda de Milagros y José Luis estaba cercana, y su viaje a EEUU, también.  Se iría al día siguiente del enlace de sus amigos. Tenía que regresar a Madrid, y allí en Barajas, tomaría el avión que la conduciría directamente a Nueva York.  Las Navidades estaban muy cerca, tan solo a dos días de celebrar el matrimonio de Mila.  Los cineastas habían parado el rodaje para tomar las vacaciones navideñas, que cada uno de ellos celebraría con sus familias.  Tan sólo quedó un retén de guardia al cuidado de la utillería de la filmación.

El pueblo seguía con su vida, quizá algo más animada porque los operarios, al no haber rodaje, frecuentaban el bar y allí se mezclaban con los lugareños, que se entendían con ellos por medio de gestos.



Mila se casó en el Juzgado de Las Mimosas, y al enlace acudieron , además de Alba, Celia , Sara y Enrique, el alcalde de Miranorte.  De parte del novio, una hermana de José Luis, sus sobrinos y algún amigo íntimo.  Todo muy familiar y entrañable.

La comida la celebraron en un local dedicado a bodas y otros eventos.  Reinó la alegría entre ellos.  Alba observaba las miradas cariñosas que los, ahora esposos, se dedicaban mutuamente.  Los años habían retrocedido, y ahora vivían lo que debieron sentir cuando la juventud llenaba de ilusión sus existencias, pero no creía que hubieran sido más felices, que lo eran en ese momento.

Alba sentía un nudo en la garganta.  Era feliz por su amiga, pero habían pasado mucho tiempo juntas, como una pequeña familia, y ahora todo había cambiado de un día para otro.  Debía hacerse a la idea de que ahora Mila no la prepararía el desayuno, ni cocinaría esas magdalenas tan ricas que la hacía, y sobretodo que de ahora en adelante habría de vivir sola.  Por eso había elegido esa fecha para su viaje. No deseaba pasar en soledad  las fiestas de Navidad, y además sería un paréntesis en su vida y,  tratar de tomar nuevo rumbo.  Luego, estaba Paul.  Había regresado a su pais,  por unos dias,, pero ni siquiera tenía el consuelo de poderle ver aunque fuera de lejos.

Antes de partir rumbo a Madrid se había despedido de ella ante un cafe, a prisa y corriendo, mientras ella servía las mesas del bar.  Inconscientemente, llevó su mano a la mejilla, al lugar en donde él había depositado un beso antes de salir del local.  Se habían deseado unas felices Navidades y Año Nuevo.
Para fin de año, Alba ya estaría de regreso en Miranorte, pero él tardaría tres o cuatro días más en llegar y,.  poderle ver.

Agitó ligeramente su cabeza para desechar el pensamiento.  Había olvidado por completo que no estaba sola y que alguien a su oído la preguntaba algo

- Alba ¿ te ocurre algo ? - preocupada  Sara  la daba golpecitos en el brazo para que volviera a la Tierra, desde el lugar en donde en ese momento se encontraba
- ¿ Que ? ¿ Me dices algo?  Perdona estaba pensando en el viaje- respondió Alba
- Hija ¡ qué facilidad tienes para evadirte de las cosas !- respondió Sara
- ¿ Para evadirme ? dí mejor para no querer pensar en algo
- Bueno, da igual lo que sea. ¡ Vamos a brindar ! Todo el mundo tiene su copa llena menos tu. -- - - ¡Venga, mujer ! ¡ Anímate ! Milagros va a pensar que estás triste por su marcha
- Claro que no.  Estoy feliz por ella, pero la voy a echar mucho de menos
- Haces bien en viajar.  Te sentará de maravilla.  Te llenaré la copa.  No te achispes, que tenemos que regresar a Miranorte y tu eres la única que conduces

Ambas chicas rompieron a reír, pero  los ojos de Alba se cubrieron con una ligera capa de agua.  No quería llorar, pero la emoción la invadía por momentos.  Tragó saliva, sorbió un trago de cava y siguió adelante .


Tres días después, estaba saliendo del aeropuerto.   Había llegado a Nueva York. Eran un grupo pequeño, en total unas diez personas.  Sin duda debido a las fiestas navideñas, familiares en España. Integraban el grupo dos chicas amigas, un hombre de mediana edad,  viudo, un matrimonio de unos cincuenta años, unos recién casados, unos  jubilados y ella.  Reunidos en el hall, fueron conducidos en un mono volumen hasta el hotel.  Enseguida entablaron conversación, y Alba, que en un principio se sintió agobiada por la inmensidad del aeropuerto, percibía que estaba  menos sola arropada por el grupo.  Junto al chófer se sentaba la guía, una chica sevillana que les mostraría lo más importante de la grandiosa y maravillosa ciudad que es Nueva York.  Una semana era poco tiempo para conocer todo lo que la city tenía para ofrecer a los visitantes, pero ese era el tiempo del que ella disponía.  Quizá tuviera otra ocasión de volver a visitarla.


La ciudad tenía un ritmo frenético, y el grupo,  un horario,  en el que tenían que madrugar para poder visitar el máximo de cosas.  Llegaba al hotel cansada, hasta el punto de que ni siquiera cenaba nada más que un sandwich o un vaso de leche con galletas.  No podía comer más.  Después de ducharse, se metía en la cama y el cansancio hacía todo lo demás.  Era tanta la actividad que tenían, que Alba había olvidado por completo el motivo por el que se encontraba en Nueva York, pero al quedarse a solas en su habitación, y antes de que la rindiera el sueño, su recuerdo iba indistintamente para Milagros y para Paul

- ¿ Dónde estará? ¿ Qué estará haciendo ?  Estoy en su mismo pais, y sin embargo estamos a miles de kilómetros de distancia.  Al menos en Miranorte tenía la posibilidad de verle de vez en cuando.  Seguro que se ha olvidado totalmente del pueblo.  Estará con su novia pasándolo en grande, ajeno totalmente a que a mi no se me va de la cabeza.

Y poco a poco, sus ojos se entornaban hasta quedar dormida,  reflejando en sus pupilas el rostro del actor.  Y al día siguiente, como a diario, el despertador a las siete, la hacía salir del descanso reparador para volver a recorrer las calles, los grandes almacenes, los teatros, los museos y todo cuanto a su paso disfrutaban. Y llegó el día en que debía regresar a España.  El resto del grupo proseguía su camino.  La noche anterior en el restaurante del hotel, la hicieron un pequeño homenaje.  Habían tenido mucha química entre ellos. Había disfrutado con el viaje, y se había sacudido algo de la pereza que había almacenado con su permanencia en Miranorte.



Sentada en su asiento, y mientras el avión comenzaba el despegue, hacía una reflexión sobre lo vivido, y había tomado una decisión

- Cuando termine mi compromiso con Juan, volveré a Madrid a retomar mi vida, y quizá hable con Marta para ver si me consigue un trabajo en Los Angeles. Vivo sola, estoy sola, y tanto me da vivir en otro lugar.  Volvería a España en vacaciones... Estoy loca.  Vivo el cuento de La lechera...  Será mejor que lo deje... voy a ver si duermo un poco.  El viaje es largo y estoy muy cansada, feliz, pero cansada.

Cuando pudo hacerlo, puso su asiento en horizontal, se tapó con la manta que la brindó la azafata, y se sumergió en un sueño tranquilo en el que vivió nuevamente su aventura neoyorquina.



Por fín, el avión tomaba tierra en Barajas.  Unas emociones encontradas se abrían paso en su cabeza.  Tendría que pernoctar en la capital y al día siguiente salir para el pueblo. ¿ Qué debía hacer? ¿ Debía hacerlo en su casa ó quizá en algún hotel?

- Eres una cobarde. ¿ A qué tienes miedo ? - la repetía su sentido común- Tarde o temprano tendrás que ir.

Después de tomar un taxi en la terminal, media hora después, se encontraba frente al edificio en el que  estaba situada la vivienda que compartiera con su madre.  Razón tenía Mila, que un día la aconsejó " no te demores en el tiempo.  Cuanto más tardes, más difícil será el regreso".  Y ahora podía comprobarlo. Cuando metió la llave en la cerradura, un nudo atenazaba su garganta.  Al entrar en el pequeño hall, le pareció escuchar el ruido de la madre preparando la comida en la cocina.  Las lágrimas acudieron a sus ojos, y con voz tenue dijo " mamá ya he llegado".
Al entrar en el salón, y a pesar del tiempo transcurrido, nuevamente acudieron a su memoria los últimos días en la vida de su madre.  Se sentó en el sillón frente al que utilizaba ella, y acarició suavemente el reposa brazos. Apenas lo rozaba con la yema de los dedos, como para no profanarlo.  Todo permanecía igual que ella lo dejara cuando partió rumbo a Miranorte.  Recorrió cada habitación, y se detuvo frente a la de su madre, sin atreverse a abrir la puerta, pero al fin se armó de valor.  Todo estaba en orden y limpio.  Marisa, la portera,  había recibido su encargo de tener debidamente atendido, ese piso, pero con el deseo expreso de no mover nada  y dejarlo tal cuál estaba.



No pudo reprimir un llanto desgarrador y de rodillas junto a la cama de su madre, reclinó la cabeza en el lecho, buscando quizá algo de vida, alguna caricia de la que ya no estaba. No supo el tiempo que permaneció así.  Una vez se hubo calmado, se levantó y mirando de nuevo la habitación salió y cerró la puerta.  No quiso salir a cenar a ningún sitio, tampoco tenía apetito.  Eran demasiado fuertes las emociones, y solamente pensaba en acostarse y dormir, si es que tenía suerte,  y lo lograba. Mientras el sueño acudía a sus ojos, mentalmente trazó un plan.

- Volveré a Miranorte, y en cuanto me sea posible recogeré todo y me marcharé ¿ Dónde ? no tengo ni idea, pero tanto me da.  He de poner orden en mi vida.  No puedo dejar pasar los años en este estado  semi vegetativo.  Tengo que borrar para siempre a Paul de mi memoria.  No puedo agregar un peso más a los que ya tengo.  Debo poner tierra de por medio, a cualquier lugar.  Podría dar clases a domicilio para niños en recuperación académica. O cuidar a cualquier anciano, o qué se yo... Con tal que me de para ir viviendo... ¡ Oh, Dios mio !... -  hundió la cara en la almohada y nuevamente el llanto la invadió.

Se levantó temprano, y con un ligero bolso de mano, salió a la calle.  Dejó una nota en la portería advirtiendo a Marisa de su presencia aquella noche en su casa.  Entró en la cafetería cercana a su domicilio y tras desayunar, en un taxi se dirigió a la estación de autocares y sacó su billete rumbo a León.  Allí tomaría otro que la llevaría hasta Las Mimosas, y después en un taxi, por fin llegaría a Miranorte.

Hablaría con Juan lo antes posible.  Le comentaría sus proyectos y le diría que dispusiera de la casa. Lo quería hacer todo muy rápido, para no dar tiempo a su cabeza a arrepentirse.  No tenía muy claro lo qué hacer después.  Primero regresaría a Madrid, y cuando pasasen las fiestas, tomaría la iniciativa de dónde dirigirse.

Cansada, agotada emocionalmente , pero muy segura de lo que había de hacer, llegó al pueblo. Pareciera que hubiera transcurrido una eternidad, cuando habían transcurrido solamente unos pocos días.  El cambio había sido ¡tan radical!..  La tranquilidad de Miranorte, al ajetreo y las prisas de la gran ciudad, de vuelta a su pasado...  y ahora otra vez  el lugar que le había dado paz en aquellos años, después de haber sufrido la pérdida de su única familia:  su madre.



Era muy tarde y estaba bastante fatigada.  Optó por comunicar a Juan su llegada y quedar con él en que volvería al bar al día siguiente.  Era la víspera del último día del año.  Empezaría una nueva vida al mismo tiempo que un año nuevo.  En el fondo tenía sentimientos contradictorios.  Por un lado se alegraba de haber superado la barrera que ella misma se había impuesto de reclusión en Miranorte y volver al lugar que la correspondía.  Era urbanita, aunque las circunstancias la habían conducido hasta aquel pueblecito casi sin gente.  Pero por otro, lamentaba tener que dejar a aquellas gentes que tan cariñosas habían sido con ella, dejar a sus amigas, alejarse de aquel refugio de serenidad, y abrir unas expectativas aún sin lograr. Y también estaba Paul.  Sabía que era un imposible, que ni siquiera él se había fijado en ella, que pertenecían a mundos opuestos.  Que aquello que sentía sólo era dolor, pero...  le echaba de menos y lamentaba no poder verle,   no pertenecer a su mundo, o que él fuera una persona normal, sin ser tan inalcanzable.


" Normal es Albero y no le quieres"- se decía.  Se sentía culpable de haberse enamorado, pero ella no lo buscó..., surgió.  Y ahora estaba intentando cerrar esa página, pero también sabía, que de conseguirlo, tardaría tiempo, y que siempre permanecería en ese rincón  que todos tenemos de nuestros secretos ocultos, que sólo nosotros sabemos.

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