Lucía - Capítulo 1 - El diluvio cayó sobre Madrid

Era hija de un barítono y una sastra de teatro. Parte de su infancia transcurrió en un carromato, recorriendo los pueblos de España.  Nacio en los años 50, en plena recesión del pais, cuando las cartillas de racionamiento te limitaban a comer lo justo para sobrevivir.  No obstante, tuvo una infancia feliz. No pudo acudir a ningún colegio debido al trabajo de sus padres, pero en la compañía en que se integraban, recibían enseñanza por el apuntador, que en la época de paz había sido maestro de escuela.  Ella y otros cinco o seis niños, hijos de los artistas,  recibían sus clases en el carromato del administrador, y en verano al aire libre.  No seguían una enseñanza reglada, sino que conocían la Naturaleza en estado puro y a ella,  don Benito, que así se llamaba en maestro, aplicaba las matemáticas, de forma comprensible para los chavales.  A través de El Quijote, eran sus dictados y pocas faltas de ortografía cometían, teniendo una redacción bastante buena.



Lucía debía su nombre a la ópera  de Donizetti Lucia di Lammermoor.  Era la preferida de su padre, de ahí que la pusieran ese nombre cuando nació, hija única del barítono que soñó con cantar en El Real y que la guerra truncó sus sueños, conformándose con ir sacando para comer en la pequeña compañía de zarzuelas.  Se encontraban en la zona roja de Valencia, y allí al menos, si se les daban mal las cosas, comían naranjas y compartían paella con los huertanos.  Distraían a las tropas republicanas y a los venidos de  las Brigadas Internacionales.

Al terminar la guerra se encontraron sin trabajo y sin nada que llevarse a la boca.  Decidieron quedarse en un pueblo pequeño, pensando que allí sería más fácil ganarse la vida.  No tenía trabajo, y todo lo que sabía hacer, era enseñar música, y con los tiempos que corrían la gente no estaba para ello.  Acudía a las huertas a recoger las hortalizas a cambió de algo de comida, que unas veces era sólo un trozo de tocino de la matanza.



Por el pueblo corrió el rumor de que habían estado con las tropas republicanas, por lo que un día se presentó la Guardia Civil en su carromato.  Luis fue detenido por conspirador, dejando a su mujer Eugenia, totalmente desamparada.  Al menos ella cosía en casa del alcalde, por tanto recibía la comida y unas monedas por repasar la ropa. Se pasó tres años en la cárcel purgando una culpa que nunca había cometido, y que como tantos otros, corrieron la misma suerte, por el simple hecho de buscarse la vida lo más honradamente posible.  Salió de la cárcel en 1949. A las puertas de la prisión, le esperaba su mujer Eugenia.  Ambos estaban más avejentados de lo correspondiente por edad, ya que ninguno de los dos llegaba a los treinta años.

El encuentro entre los esposos esa noche, fue fogoso, ya que el deseo por estar con su mujer era de una fuerza irrefrenable. Y así sucedieron los días sin nada que alterase su vidas. Se querían y disfrutaban de ello; apenas tenían para comer y vivian de lo que Eugenia ganaba y de lo que la señora alcaldesa les daba a escondidas de su marido.  Pero tanta fogosidad  tuvo como consecuencia, el quedarse embarazada y en 1950, nació nuestra protagonista. No llegó a pasar hambre, pues sus padres hacían todo lo imposible para que a la pequeña nada le faltase.  Era feliz, ajena a todos los problemas de sus progenitores porque nunca le faltó su amor, , aunque sufrían  carencias alimenticias. Disfrutaba de buena salud, no así su padre, que en la cárcel contrajo tuberculosis y dos años más tarde de nacer Lucía, moria entre los brazos de su apenada esposa.



Eugenia decidió que quizás  en Madrid, tuvieran más oportunidades de subsistir y recogiendo su atillo y con el corazón desgarrado por tener que dejar a su marido bajo aquella tierra, emprendió el viaje  hacia la capital.

Ella asistía en las casas más acomodadas y cogía costura para  coser y planchar.  Con ello obtenía unas pesetas más, lo que les permitía poder pagar la habitación en la que vivían en  alquiler.
Con la retirada de las cartillas de racionamiento, podían alimentarse mejor, aunque fuera a base lentejas, en su mayoría llena de gorgojos.

Y a los cinco años, edad reglada,  inscribió a Lucía en un colegio semi-gratuito.  Allí sorprendió a las profesoras, pues era la niña que más sabía, para su edad, y que  más adelantada estaba. Posiblemente por la vida errante de sus padres, tenía mucho desparpajo y era simpática y a todos caía bien.  En ese colegio terminó la enseñanza de primaria y cursó estudios de Cultura general, ya que a pesar de ser muy inteligente, el presupuesto no daba para ir al instituto y hacer el bachiller.

En aquellos años,  el destino de las muchachas " sin posibles" era estudiar para dependienta u oficina.  Eugenia quiso que su hija estuviera lo más preparada posible, y a fuerza de trabajar, le costeó las clases de taqui-mecanografía.  Al cumplir los dieciséis años, Lucía encontró trabajo en una oficina pequeña de administrativa, y después de salir de la oficina, acudía al Instituto Mangold a estudiar inglés y francés.  Requisitos indispensables para pretender un puesto de secretaria.



Las bases americanas en Torrejón eran un hervidero de jóvenes altos y rubios, que a todas las chicas encandilaban, y Lucía no fué una excepción.  A pesar de todas las advertencias de sus compañeras, ella se enamoró de Peter como la adolescente que era: romantíca y soñadora.

Agosto estaba mediado, y sabemos que a partir del día 15, en el cielo de Madrid, se organizan tormentas de improviso, que suelen durar poco, pero llueve a cántaros. Y eso fue lo que ocurrió aquella noche al salir del Instituto Mangold.  Cuando las chicas salieron llovía a mares, pero se les hacía tarde y si no acudían a casa dentro del horario previsto, sus padres se preocuparían.  Aguardaron a ver si escampaba, pero no lo hacía, y decidieron resguardarse de puerta en puerta hasta llegar al Metro. Con   el alborozo de las muchachas,  salieron del 32 de Gran Vía y consiguieron llegar hasta SEPU, unos almacenes famosos en todo Madrid.  Cuando alcanzaron la entrada al establecimiento, estaban empapadas de agua, no sólo la ropa, también  el cabello, el rostro... allí riendo y algo fatigadas por la carrera, se refugiaron en un escaparate.

Un muchacho estaba en la puerta y miraba al cielo, por ver si descubría algo  que le hiciera suponer que el diluvio universal cesaba, y entonces la descubrió: era la chica más bonita que había visto nunca. El era uno de esos soldados americanos de la base de Torrejón, pero no vestía de militar, sino llevaba una indumentaria muy de moda entre los americanos en aquella época: pantalón mil rallas y americana azul marino.  Tampoco pasó desapercibido para Lucía, que mirándole fugazmente, trataba de ordenar su empapado cabello.



Él,  con señas, las hizo saber que podían resguardarse en la puerta, y les hizo un lugar para ello.  La compañera de Lucía la dio un codazo diciéndola

- Está como un tren y es americano, seguro
-Cállate.  Te va a oir
-Nos está diciendo que vayamos, así que anda acércate
- Me da vergüenza
- ¡ Ay, hija Lucía ! Mira con que ojitos te mira. Le has gustado
- No digas tonterias. ¿ Cómo se va a fijar en mi ? Además menuda pinta llevo
- Bueno..., tu acércate -. y de un empujón hizo que se colocara al lado del muchacho, que sonriente las hizo el sitio

Se miraban de soslayo, pero se sonreian de vez en cuando.  Al fin, la compañera se decidió a hacerle una pregunta en el macarrónico ingles que hablaban

-Do you speack English?
- Of course. I´m american
- Ves, te lo dije. Es americano. De la Base, seguro
- Cállate, por favor, vas a avergonzarme. El que sea americano no significa que no te entienda.
- Bueno, yo lo siento, porque es una delicia contemplar a un ejemplar como este chico, pero tengo que irme. A Vallecas se tarda mucho en llegar, así que aquí te quedas

Ella también tenía que irse, pero había algo en él que la retenía a su lado.  En su loca cabecita de adolescente, mil sueños se estaban forjando.  Leía las novelas de Biblioteca Chicas, y las historias románticas que en ellas se relataban.  No distinguía la fantasía de la realidad y aquello que la estaba ocurriendo era algo leído en todas.  Dio un paso adelante con idea de salir corriendo, pero antes se creyó en la obligación de despedirse de él, ya que había sido tan gentil al cederles el sitio, pero era tímida y no se decidió por hacerlo en ingles.  Esperaba que su saludo lo entendiera

- Ha sido muy amable, señor. Pero tengo que irme.  Muchas gracias por su gentileza. Adiós y feliz estancia entre nosotros
- No se vaya, aún llueve mucho- la contesto en un inglés que ella entendió, y por lo visto él también había captado el mensaje
- Espere aquí, no se mueva- la dijo al tiempo que se internaba en el establecimiento.  Al poco rato volvió con un paraguas

Se lo dio después de abrirlo y ofrecerle un pañuelo para que se secara el rostro salpicado por la lluvia.

-¡ Dios mio ! ...¡ Qué amable ! Muchas gracias.  Ha sido todo un detalle. El pañuelo está empapado
-No importa.  No tiene importancia
- Lo siento mucho, pero de veras tengo que irme.  Debía estar en casa hace rato.  Mi madre se preocupará - e hizo la intención de devolverle el paraguas
- ¿ Va a devolvérmelo? Sigue lloviendo, y lo compre´para usted
- Pero se va a empapar cuando llegue a su hotel
- No estoy en ningún hotel. Tengo que regresar a la Base, pero podemos hacer una cosa: la acompaño hasta su casa y después tomo un taxi hasta Torrejón. De esta forma, ambos estamos a cubierto de la lluvia.  Aunque seguramente llamaré bastante la atención cuando me vea la gente con un paraguas lleno de florecitas - Ambos soltaron una carcajada, pero Lucía aceptó la compañia  de Peter.


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