martes, 10 de mayo de 2016

Los O'Connor - Capítulo 17 - Lo que Dios una...

Un nuevo día les sorprendió despiertos, abrazados, saboreando el estar al fin juntos, sin dudas, reproches ni malos recuerdos, sólo amándose como locos, para resarcirse de todo el tiempo perdido.  Brendan debía explicar muchas cosas, quería explicárselas, para que comprendiera lo que motivó su ruptura y su unión al mismo tiempo.  Era una conversación pendiente desde hacía tiempo, pero ahora era el momento para poner punto final y principio de su gran historia de amor.


La apretó más fuerte contra si  Necesitaba sentirla muy cerca percibir los latidos de su corazón y ver su rostro tan querido, tan deseado, tan añorado y por fin alcanzado.  Ella enlazó sus manos en las de él y reclinó la cabeza en su pecho.  Se sentía amada y protegida; ya nunca más tendría miedo de nada.  Tenía a su hombre,  al amor de su vida que cuidaba de ella.  Depositó un beso en el torso de su marido, y él, comenzó a hablar.

-Dicen que cuando algo ocurre, es por algún motivo, que a veces desconocemos- Ella puso su dedo sobre los labios de él, no quería saber nada, no necesitaba saber nada después de esa noche tan intensa, tan de los dos, que habían vivido.   Pero Brendan la dijo:
- Necesito hablar. Necesito contarte porqué ocurrió, y cómo me sentí en ese momento y después. Déjame narrártelo, para que al saberlo, comprendas la magnitud de mi amor por ti, y el motivo del por qué nunca quise el divorcio.  Cuando apareciste en casa,  casi una colegiala tímida, poco habladora  y siempre sonriendo, sentí curiosidad. ¿ De dónde había salido esta insulsa muchacha? Creí conocerte en ese momento, porque mi memoria no me enviaba el aviso de que ya nos habíamos visto con anterioridad.  Algo dentro de mi me impulsaba a no prestarte atención, a ignorarte, pero cada vez que te ibas del corrillo en el que yo estaba para atender a otros muchachos, me contrariaba tanto, que creo llegué a odiarte".

" Como ya te he contado, te espié por curiosidad, porque todo lo que hacías o decías llamaba mi atención, sin yo quererlo. Y vi cómo te desnudabas para meterte en el agua; mi primera intención fue hacer lo mismo y acompañarte en el baño, pero luego pensé: " se va a enfadar muchísimo.  Tiene fuerte carácter.  Mejor no". Me quedé unos instantes contemplándote, pero pensé que eso no estaba bien, dí media vuelta y me marché.  Pero esa imagen quedó registrada en mi mente, sin yo poder hacer nada por desterrarla.  Volvía una y otra vez, cada vez que nos encontrábamos. Era muy joven, alocado y en plena efervescencia hormonal. Cuando te invité a la excursión, no tenía en mente agredirte.  Sólo quería estar a solas contigo y robarte algún beso que con algo de suerte tu devolverías, pues era consciente de que yo no te era indiferente.  Pero todo se desmadró.  Mi mente se nubló y no fui capaz de contener mis instintos, mis deseos de ir más allá de un simple beso.  No medí las consecuencias que pudiera tener, sólo que mi cuerpo pedía una liberación, que tú estabas allí y yo te deseaba como nunca he deseado a nadie, quizá porque siempre lo obtuve con facilidad; pero tu eras distinta: inocente, mojigata y loca por mi.  Lo siguiente que recuerdo fue tu grito, tu llanto y tu desesperación.  Y no se me ocurrió nada mejor que tratarte de mala manera, como si fueses la culpable del tremendo error que acababa de cometer".

"Todo  sucedió muy rápido. Te ausentaste al día siguiente, y te vi marchar, y estuve tentado de salir al balcón para verte por última vez, pero no me atreví.  Se me clavó en el alma la mirada que dirigiste en mi dirección. Y sí,  yo te vi marchar,  y dos gruesas lágrimas se escaparon de mis ojos, porque sabía que te había perdido. Estaba desorientado.  Descolgué el teléfono en varias ocasiones, pero volvi a colgar al oir tu voz.  No sabía qué decirte, cómo pedirte perdón, cómo reparar el daño sufrido.  Luego surgió lo de la boda y se hundió más en mi,  el dolor que sentía. Soñaba contigo constantemente: te veía en la charca,  reías, te reías de mi.  Otras veces te veia ensangrentada y llorando.  Me despertaba y al quedarme nuevamente dormido volvía a soñar contigo.  Las noches eran insufribles, pero poco a poco se fue calmando todo después de que nos casaran. Me volví más rebelde, con más ansias de correr juergas, y las corría ¡ vaya si las corría !. Trabajaba a destajo porque ello me permitía no pensar en ti ni en lo sucedido ".



" Poco a poco fui serenándome y resignándome a la situación que teníamos.  Di de plazo, inocente de mi, un año y después el divorcio.  Pero pasó el año, y otro, y otro, y...cada vez me daba más plazo.  Te quería a la desesperada porque sabía que nunca serías mía,  a pesar de estar casados.  Y entonces... ocurrió lo de tio Philip. Lo que vino después ya lo sabes ".

- Pero hay algo que vi y que me enfureció. Y fue precisamente el día del entierro del padrino. Bajaba las escaleras para reunirme con todos los asistentes en casa, y te vi abrazado a una mujer que besaba tu rostro y susarrabais unas palabras, que no escuché.  Aumentaste el dolor que sentía por la muerte de Philip en un grado insoportable, porque yo te seguía amando.
- No fue nada, cariño. Sólo necesitaba a alguien que me abrazara porque al verte en esos días  se produjo algo muy fuerte dentro de mi. Estabas hermosa, pero fria y en tu mirada había odio. Daisy me dio consuelo, pero no hubo nada más.  Nunca nadie me dio nada más desde entonces.
-¿ Es todo lo que tenías que decirme?
-¿ Te parece poco ?
- No. Me parece suficiente. Cerremos ese capítulo.  Acabamos de abrir otro nuevo, el más importante.  Creo que está todo aclarado entre nosotros. Hoy nos hemos convertido en marido y mujer. Hemos de comenzar nuestra nueva vida y estoy dispuesta a ello con todas mis fuerzas. Necesito paz, seguridad y sobretodo tu amor.
-- Todo eso ya lo tienes, siempre lo has tenido. ¿ Sabes ? Cuando se casó mi hermano, sentí una envidia terrible de esa boda en la que todos eran felices.  Todos menos yo, porque en unos días nos casaríamos nosotros, pero muy distinto.   Todo: triste, aburrido y separados.  Mi sueño era estar contigo. Perdernos en algún lugar remoto, adorarte y olvidar todo lo ocurrido.  Veia  a Thomas embelesado con su mujer, e inconscientemente recordaba tu rostro, pero veía el del dolor, no el de la felicidad, y eso me hacía daño, saber que yo era quién te lo producía, cuando sólo deseaba amarte y protegerte.
- Ya no te tortures más, amor mio- Le besó tiernamente y acariciando su rostro, dijo con una amplia sonrisa
- Se me ocurre una idea. Casémonos de nuevo. Hagamos todo como si nada hubiera pasado. Hagamos nuestro viaje de luna de miel.  Vivamos lo que entonces no pudimos hacer.  No necesito nada de eso, porque ya soy tuya, pero sería bonito para borrar aquel mal recuerdo


- Me parece una excelente idea. ¡ Mi mujer tiene ideas muy brillantes!. Lo haremos. Enseguida. Los trámites serán fáciles, puesto que ya tenemos nuestro matrimonio realizado y consumado. No queda más que hacerlo por la iglesia, si es que eres creyente
-Lo soy a medias, pero no me importa. Si te hace feliz, hagámoslo. Anunciémoslo a todos.
- Bueno pero no tan a prisa.  Aún es temprano.  Dejemos que corra el reloj y aprovechemos nosotros este momento -.
Iris sabía perfectamente a lo que se refería Brendan y aceptó encantada la demora.

  Entraron en la mansión directos a la sala en donde Sean leía pacientemente un libro, mientras Louise realizaba un bordado petit point. Sean levantó la mirada para ver quién entraba riendo, y vio con satisfacción que eran ellos que tomados de la mano sonreian ampliamente.  No necesitó saber más.  Por fin acabaron sus recelos, al fin eran matrimonio efectivo.  No había más que mirarles al rostro. Louise dirigió a su marido una mirada de complicidad y exhaló un profundo suspiro de tranquilidad.

- Nos casaremos nuevamente - anunció Brendan, besando en el cabello a su mujer.

Se celebró la boda religiosa en una capilla  de un pueblecito cercano al castillo de los O'Connor. Estaban justos los necesarios,  y todos estaban radiantes de felicidad. Por fin  habían terminado  los disgustos, las incertidumbres y todos podrían disfrutar de paz y tranquilidad.



Sean y Louise fueron los padrinos, Thomas  y Clive los testigos y Susan  y Maureen las damas de honor. Victoria llevaba los anillos y Brendan e Iris radiantes de felicidad hicieron su juramento de ser fieles y amarse para toda la vida. Sellaron su amor con un largo beso ante el  alboroto de todos los presentes. Durante la comida todo eran risas y parabienes. Brendan la dijo al oido

 -Esta si es una boda, por fin lo conseguimos, pero me has hecho sufrir mucho-.  Iris le sonrió al tiempo que le daba un beso y una caricia. Victoria no se separaba de su abuelo que no cabía más de felicidad

Thomas y  Maureen dando un golpecito en una copa para llamar la atención de todos,  les comunicó la buena nueva:

-Oidme todos, dentro de seis meses estaremos celebrando el bautizo de un hijo nuestro. Por fin vamos a ser padres -. Todos rieron , se abrazaron, y lloraron porque también se llora de alegría.

Brendan e Iris realizaron, al fin, su viaje de luna de miel. Fue en un paraíso  perdido en mitad del océano. No necesitaban más; sólo ellos con su amor y su devoción.  Victoria se quedó con el abuelo, que la consentía en todo lo que la niña pidiese.  Todos los días, visitaban la tumba de su abuela y de Philip, y allí sentados en el frio mármol, charlaban con ellos durante un rato. Y les contaron toda la felicidad que sus hijos sentían y la tranquilidad que había recobrado la casa, que tiempo atrás estuvo tan convulsa.  Y poco a poco, la vida se impuso, en la mansión O'Connor.




Y doy fe de que fueron felices. Se acabaron las incertidumbres. No  volvieron a tener más discrepancias y se amaron como nunca pensaban que lo hicieran, y tuvieron otro hijo, pero eso pertenece a otro relato.


                             FIN DE LA PRIMERA PARTE

Autoría:  1996rosafermu
Editado y publicado: Marzo de 2011
Fotografías: Archivo de 1996rosafermu

Segunda parte:  Los hijos O'Connor



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