martes, 22 de diciembre de 2015

Leyes - Capítulo 8 - Un año nuevo

  Ann pasó la Navidad  en  compañía de sus entrañables amigos: Lisa, Terry y sus respectivas parejas. La comida fué alegre entre risas y brindis, a pesar de que ella estaba nostálgica. Se acordaba de sus padres y de...Robert.  El encuentro casual con él, la llevaba a antiguos recuerdos que quería desechar a toda costa, pero que le era imposible,  no pensar en él.  ¿Qué estaría haciendo, con quién estaría, sería Jenny la que disfrutara de su compañía?

Después de la cena se entregaron los regalos que todos celebraron alegremente. Eran como niños grandes disfrutando de la Navidad.

Robert estaba solo. Jenny seguía en Grecia, en el crucero. El día 24 se acostó temprano aunque tardó en dormirse.  El día 25 se preparó un sandwich y contemplándolo sonrió y se dijo

--¡¡¡ Vaya un menu de Navidad !!!

No tenía ningún apetito y con la bandeja delante, encendió el televisor.  Recordó sin poder evitarlo el encuentro con Ann. Algo se estaba moviendo en su interior; había vuelto a años atrás, antes de que el destino les separase.  Estaba enfadado, frustrado. Se sintió mal. La televisión encendida en un canal de dibujos animados, pero él ni siquiera veia la pantalla absorto en sus pensamientos.  El repiqueteo del teléfono le sacó de su ensimismamiento
--Si, ¿ quién es?
--Bobby, mi amor. Feliz Navidad
--Una voz alegre y jovial le felicitaba la Navidad. Era Jenny, aunque él hubiera deseado que hubiese sido otra persona
--¡ Jenny ! Feliz Navidad ¿dónde estáis, seguís en Grecia?
--Si, oye no puedo entretenerme mucho. Estoy trabajando y están especialmente alegres. Te mando un beso. Hasta la próxima mi amor.  Muuuuua
--Hasta la vista, Jenny

Se había despedido como si  Jenny fuera una amiga,  y no la mujer con la que había decidido compartir su vida.  Fué frio, no sólo porque estaba enfadado con ella, sino porque su pensamiento estaba en otro lugar y no supo reaccionar. Apagó el televisor y a pesar de la nieve que había en las calles, decidió salir a dar un paseo. En casa,  se volvería loco.  Sintió pena de sí mismo:  Ann, Ann ¿por qué la vida jugó de esa manera tan cruel con nosotros?

Dando una vuelta y sin saber cómo, llegó hasta Central Park, hasta el lugar favorito de Ann y se refugió en el recuerdo cuando ambos estuvieron juntos en aquel rincón. No podía apartar de su cabeza el recuerdo de Ann. No le parecía justo hacerle eso a Jenny, pero por mucho que se esforzara no la podía apartar de su mente.




Ni siquiera la podía llamar por teléfono e invitarla a comer. No le había pedido su número, no sabía dónde vivía. Sacó de su bolsillo el móvil y marcó el número de Ann, sin esperanzas de poder contactar. Seguramente habría cambiado de aparato, no obstante lo intentó

--El número marcado no existe.. Fué la respuesta que escuchó.

Ann se incorporó al trabajo normalmente, siguió con lo que había dejado pendiente el día 23. No tenía juicios, sólo trabajo de despacho.

--Ann, te llaman por teléfono
--¿Mis padres?
--No, lo siento no se quién es. Pero es voz de hombre si te sirve de ayuda
--Dígame
--Ann, feliz Navidad
--¡Robert! ¿cómo...?  Perdona olvidé que la firma es muy conocida y tú eres abogado.  Feliz Navidad, tú también. Y ahora dime lo que deseas.
--Lo que yo deseo es que comamos juntos ¿Aceptas?
--No Robert. Creo que es mejor así. No podemos vernos, no podenmos ser amigos. Será todo más fácil ¿comprendes?
--No, no comprendo qué tiene de malo el que un día comamos juntos y charlemos como dos buenos amigos.
--Es que nosotros no podemos ser amigos, no somos como dos buenos amigos. Creéme es mejor así. Y ahora si no te importa, tengo mucho trabajo.
--Dime al menos si vas a ir a San Francisco para el Año Nuevo
--¿Y qué mas da? No te entiendo, pero no , no voy a ir. No tengo vacaciones y no puedo viajar.  Te deseo lo mejor , que se cumplan tus deseos. Adiós., y colgó el teléfono.



Robert se quedó mirando al aparato. No le había dado tiempo a  pedir su dirección, al menos para envuiarle unas flores, pero ahora sabía dónde recabar información: , preguntaría en su oficina.

A última hora de la tarde recibió un hermoso ramo de rosas, semejante a aquél que recibió en su día y con la misma dedicatoria:  Robert.  Ann se quedó mirando a las flores emocionada y sin saber qué podía hacer. El respeto hacia la mujer que compartía la vida de Robert, la impedía actuar como manda la buena educación: ¿debería darle las gracias, ó  no contactar con él?  Decidió hacer ésto último. Pero Robert ya había averiguado su domicilio mediante la señorita que atendía la centralita del despacho de abogados.

El día 30 en el bufete, en donde trabajaba Ann, se celebró con una fiesta la despedida del año, ya que el día 31 no trabajarían.  Uno de los socios más recién llegados, se sentía atraido por aquella misteriosa mujer que era Ann. Era muy respetada por todos sus compañeros y le extrañaba que siendo bonita y divertida, no saliera nunca con nadie.  Decidieron que cuando salieran del trabajo , irían todos juntos a un karaoke a divertirse y despedirse hasta el próximo año.  Así lo hicieron y rieron y se divirtieron todos juntos. Estuvieron  hasta altas horas de la madrugada en que todos se retiraban cada uno a su casas.  El socio nuevo se ofreció a acompañar a Ann hasta su domicilio. Se mostraba especialmente cariñoso con ella: había bebido quizá más de la cuenta. Ann no quiso arriesgarse a tener algún incidente y pidió a una compañera  la hiciera el favor de que fuera con ellos.  Respiró tranquila cuando en su apartamento se encontró a salvo.  Había sido una anécdota que la traia un mal recuerdo.



El día 31 Ann no deseaba salir de casa.  Sus amigos se reunían con las familias de sus parejas y ella estaría sola. Nostálgica por todo lo que le estaba ocurriendo, estaba indecisa: no sabía, en contra de su deseo, si ir hasta Times Square e incorporarse a la muchedumbre y recibir así el nuevo año.  No le gustaban las aglomeraciones, pero en esta noche no le apetecía pasarla sola.  Los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba triste y decidió que se daría un baño con sales para relajarse y después cenaría cualquier cosa. Esperaría hasta las doce para acostarse .  Se puso una bandeja con una ensalada y un poco de queso. Lo único extraordinario era una copa de vino; necesitaba algo que la estimulase, que  alejara la tristeza,  aunque sólo fuese por unos instantes.

Enfundada en un pijama y descalza, se sentó en el suelo, la alfombra era acogedora. Delante del televisor se acomodó con la bandeja y la copa de vino. Se dispuso a ver la programación especial de alguna cadena  y comenzó a cenar. El timbre del portero automático sonó en ese momento.

--¿ Quién es?
--Abre por favor, soy Robert

Instintivamente apretó el botón que abria el portal e indecisa quedó esperando a que sonara el timbre de la puerta. Entonces se dió cuenta de que estaba en pijama, pero ya no la daba tiempo a cambiarse . Se puso una bata y espero la llegada de Robert:

--Hola, fué el saludo de él
--Hola ¿qué haces aquí?
--Dentro de un par de horas es Año Nuevo. Tú estás sola, yo estoy solo, pues juntemos nuestras soledades.
--No sé....me has sorprendido mucho. No lo esperaba...
--¿Has cenado ya?
--No, estaba haciéndolo cuado has llamado, pero créeme no es un menú muy apetecible.
--¡Ah ! una ensalada y queso, excelente. ¿Me dejas compartirlo contigo?
--Si,si, claro.- dijo Ann un poco desconcertada
--Falta una copa. Mira he traido champán para brindar, mételo en el frigorífico que no se caliente.




Ella se dió cuenta entonces que él iba con  smoking y ella estaba en pijama. ¡ Bonita pareja!.  Por primera vez al ver el atuendo que llevaban se echó a reir. Hacía tiempo que no lo hacía, lo que extrañó a Robert:

--¿Qué te ocurre, de qué te ries?
--¿De que me rio, pero me has mirado? Tú en smoking y yo en pijama.  Dame unos minutos y me cambio, me siento ridicula.
 --Bien, me parece bien. No tardes mucho no sea nos den las doce ...
--Cinco minutos y estoy lista.



Fueron diez los minutos que Ann necesitó para aparecer ante Robert acicalada y bonita. Un brillo especial en sus ojos animaban el rostro anteriormene triste y pálido.  Sabía que no era lo correcto, temía lo que quizás viniese después del brindis, pero no la importó. Al menos por una noche quería ser feliz, ahogar la soledad que la atenazaba desde hacía tiempo. Solamente pensaría en que estaba junto al hombre que amaba con desesperación y que por distintas causas se habían separado.  Ignoraba cuáles eran los sentimientos de él, pero estaba allí, con ella. No sería muy ajeno a lo que ella pensaba, no importa, nada importa en esta noche. Salió de la habitación dejando a Robert sorprendido.¡ Estaba tan bonita, la quería tanto!...

Sentados en el  suelo como dos criaturas, era extraño verles ataviados tan elegantes, con una ensalada y un trozo de queso, con sendas copas de vino en las manos, riendo, riendo y alegres de estar nuevamente juntos. La  hora bruja de las doce de la noche en Times Square sonó, dando paso a un nuevo año. Robert y Ann se miraron fijamente, levantaron sus copas e interiormente cada uno de ellos brindaron por sus deseos, pero no los expresaron en voz alta. Bebieron un sorbo y Robert se  acercó a Ann y la besó como nunca había besado a una mujer. Ann le correspodió; no le importaba Jenny, no quería pensar en ella, no la importaba si lo que estaban haciendo no era ético. Por una noche serían uno del otro. A la mañana siguiente sería otro día para pensar y distanciarse de nuevo, pero esta noche sería únicamente de ellos.



No ignoraban  lo que podría ocurrir, pero no les importó. Ann cerró definitivamente su capítulo con Dick: aquella era verdaderamente su primera vez. Sintió las manos de él apretanto las suyas, y sintió sus labios sobre los de ella y el placer infinito que sintió cuando él acariciaba su piel y la miraba a los ojos. No la importó nada. Se sentía flotar y que aquello era la máxima expresión del amor. Se habían resarcido de tanto tiempo de distancia.

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