jueves, 17 de diciembre de 2015

Leyes - Capítulo 3 - Apelación

Tenía poco tiempo para preparar la apelación. Lo quería hacer minuciosamente, que no se le escapase ningún detalle. Era mucho lo que se jugaba en este juicio:  no sólo la libertad  de Santiago y la supervivencia de su familia, estaba también su ética profesional, con ese fiscal analizándola constantemente. Le explicó la situación a  su jefe y decidieron que ella trabajase desde su casa para concentrarse más.



Lo organizó todo, reunió todas las pruebas, pero aún le faltaba redactar el alegato y la vista se celebraría al día siguiente.  Pasó toda la noche trabajando, pero llegó a una hora en que la cabeza la tenía embotada y rectificaba una y otra vez el discurso. Su compañera de piso se levantó y la dijo que se acostara durante unas horas, al menos para que no llevara esas ojeras tan impresionantes que tenía.

Fueron días de intenso trabajo y de muchas dudas referente a si todo lo estaba haciendo bien.  Decidió echarse durante media hora, pero por si acaso el cansancio la rendía, puso el despertador a las siete de la mañana.

Apenas había cerrado los ojos, se sumió en un sueño incoherente y desagradable lo que le  hizo despertarse sobresaltada al oír la campanilla del despertador.  De un salto salió de la cama y se duchó. Se peinó y se vistió cuidadosamente, despacio analizando cada movimiento a sabiendas de que iba a ser observada por la sala como lo fue el primer día del juicio.

Se puso un traje de chaqueta oscuro con una blusa a juego. Recogió su cabello en un trenzado  l y se maquilló ligeramente.  Mecánicamente y muy preocupada recogió su cartera y su bolso y salió de  casa dirigiéndose lentamente hacia los juzgados.  Quería llegar pronto y dar un último repaso a su alegato; en él se jugaba la suerte de aquel pobre hombre.

Entró en el despacho  de Terry, quería que su amiga le diera el visto bueno, o quizá calmar los nervios que tenía. 

--Buenos días Terry. Ya estoy aquí, dime ¿cómo me encuentras?
--Pues aparte de muy pálida, estás espectacular. ¿ Has podido descansar?
-- La verdad, no mucho. Estoy muy nerviosa y sé que no me voy a acordar de nada de lo que he redactado. ¡ Dios mio ! que no me quede con la mente en blanco,. por favor.
--Te va a salir estupendamente. Vas a dejar a todos con la boca abierta, ya lo verás.

La puerta se abrió de improviso dando entrada al fiscal, que con un escueto "buenos días", sin apenas mirar a las chicas, se dirigió a su despacho.

Ann salió inmediatamente. No quería tener que cruzar ni una palabra con aquel hombre que la desquiciaba.



-- Todos en pié, entra el juez Desmond.

La sala en silencio tomó asiento de nuevo siguiendo la orden del juez. Dio la palabra al fiscal que comenzó su disertación dirigiendo al jurado hacia la culpabilidad de Santiago, al tiempo que le señalaba una y otra vez.  Ann no pestañeaba, no perdía ni una sola palabra de lo que Robert estaba explicando para apoyar el por qué él creía que era culpable.

Y llegó el turno de Ann, que muy nerviosa se puso en pié sin abandonar su sitio. A medida que empezaba a hablar tomaba confianza y se afianzaba en sus argumentos. Cuando doó por finalizado su alegato, decidió jugar la última carta. Interiormente se dirigía a Dios  pidiéndole apoyo y éxito por el bien de aquella familia que lo estaba pasando tan mal.

--Señoría, he expuesto todas las pruebas clarisimas e irrefutables por lo que pido que mi defendido sea declarado inocente y libre de todos los cargos que el señor fiscal le imputa, pero es más:  no se nos escapa que su familia ha sufrido un gran quebranto en su estructura, teniendo que ponerse a trabajar su esposa en un trabajo precario con el fin de poder alimentar a sus hijos durante todo el tiempo que mi defendido lleva en prisión sin tener que estar, pues es inocente, repito es inocente.  Por tanto,  pido a vuecencia le sea concedida una indemnización de 10.000 dólares para poder cancelar todas las deudas que han contraído.  Le ruego analice todo lo que aporto en su defensa y se tenga en cuenta mi petición.




Un ligero murmullo recorrió la sala a la vez que Robert la miraba estupefacto y el juez la observaba sin pestañear.

--Hacemos un receso, y el jurado pasará a deliberar. Se levanta la sesión

Ann paseaba en una estancia contigua sopesando lo que ahora con esa inusitada petición podía ocurrir. Los nervios no la dejaban sentarse, ni dejaba de pensar en la expresión de incredulidad del fiscal.  Estaba sola y no deseaba tener compañía.  ¿Cuánto tardaría el jurado? quizás unas horas, o días. Sólo sabía que su ansiedad cada vez era más grande.

Transcurrieron cuatro horas y cuando el ujier iba a pasarla una nota de que podía irse a casa, recibió la orden de reunirse todos en la sala, pues el jurado ya había deliberado.  Parecía que el corazón se le iba a subir a la garganta, pero bebió un sorbo de agua y recogió su maletín.

En el camino se cruzó con Robert, que cortesmente la deseó suerte,  al tiempo que esbozaba una ligera sonrisa. 

--Yo no se la deseo, perdóneme. No es nada personal, pero quiero que Santiago salga libre.
--Lo he entendido, no se preocupe. Si es inocente, que asi sea. Hasta luego.




Entraron en la sala y ambos se sentaron cada uno en su lugar esperando a que el juez entrara.

--En pié, dijo el ujier.

El juez Desmond entró y dio órden para que el jurado entrara en la sala.  Le pasaron una nota en la que  habían anotado su veredicto y procedió a su lectura:

--El jurado ha deliberado por unanimidad que el juzgado y aquí presente,  sea declarado inocente y libre de todo cargo.

El alborozo reinó en la sala mientras el juez golpeaba una y otra vez con su martillo de madera tratando de imponer el orden.

--¨Póngase en pié el acusado
--Sr.Velázquez le declaró inocente pudiendo regresar a su hogar en este preciso instante, y por los daños y perjuicios ocasionados a usted y a su familia, atiendo la petición de su letrada, concediéndole una indemnización de 15.000  dólares  que le serán abonados mediante un cheque bancario en este mismo momento, una vez haya pasado por mi despacho.  Y con ésto doy por finalizado este juicio.  Se levanta la sesión.

Ann no se atrevía a moverse, estaba como paralizada. Sólo cuando unos brazos la rodearon los hombros y una voz femenina, llorosa,  la volvió a la realidad: Teresa sólo acertaba a darle las gracias mientras rodeaba con un abrazo a su marido y a ella..

Robert esperó a que Ann se librara un poco de sus agradecidos clientes , para tenderle una mano y darle la enhorabuena. La obsequió con una amplia sonrisa al tiempo que la decía:

--Te has salido con la tuya. Habrá que tener cuidado contigo en lo sucesivo, eres un enemigo de cuidado.






--No soy ningún enemigo. Sólo buscaba justicia y si te hubieras ocupado en leer las pruebas más detenidamente, hubieras dado por nulo este juicio.
--¡Ahora voy a tener yo la culpa!. ¡Es increible.! -  Y sonriendo y recogiendo su documentación Robert, salió de la estancia.


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