sábado, 26 de diciembre de 2015

Leyes - Capítulo 12 - Volver a empezar

Louis entró en el juzgado para resolver un trámite sobre el impago de unas multas de tráfico de un emigrante.  Estaba resolviendo el papeleo. La secretaría le nombró para completar algo que había omitido en el papel. Robert iba a entrar en su despacho al tiempo que escuchó su nombre. Se paró en seco y observó a Louis.  Esperó a que terminara con su tarea, y una vez concluida la tramitación se acercó a él, se presentó y le pidió entrara un momento en su despacho.

--Siéntese por favor. ¿ Desea beber algo: café, agua o cualquier otra cosa, que no sea alcohol, claro.
--Un café estará bien, gracias.  Me tiene intrigado. Que yo sepa no he cometido ninguna infracción.



--No, no se preocupe, es algo personal.  ¿Es usted familiar del director del despacho que lleva su mismo apellido?
--Si, claro el director es mi padre ¿ por qué?
--Compruebo que ahora no trabaja para ese despacho . ¿Ha trabajado alguna vez en él?
--Si hasta hace muy poco tiempo en que decidí dar nuevo rumbo a mi profesión. No sin una buena bronca, claro
--¿ Ha conocido a Ann Kilmore?
--¿A Ann? claro que si. No sólo la conozco desde hace tiempo, sino que es mi compañera
--¿Su compañera?
--Si, la quiero mucho. Es un ser especial.

Robert interpreto "mi compañera" como que se había unido a ella, no que trabajaran juntos, por lo que guardó silencio.  Ahora todo tenía sentido.

--¿Por qué lo pregunta?
--En un tiempo trabajamos en un caso y hace tiempo que no se la ve por aquí-  es todo lo que se le ocurrió decir.




Apuraron su café y ninguno de los dos hizo más comentarios. Se estrecharon la mano y Louis se despidió de Robert.  Este se hizo el propósito de no indagar más. Si se había unido a aquel hombre seguro que le había olvidado y hasta sería feliz. No se mezclaría en su vida.  Louis antes de salir del juzgado, ya se había olvidado del tema.

En el despacho social, se recibió la notificación del juicio para dentro de una semana. Ann lo tenía todo preparado,  pues por su experiencia había calculado el tiempo que tardaría en celebrarse.

La mañana del juicio fue para ella una mañana normal. Ya no se ponía nerviosa cuando tenía que asistir a alguno, pero le preocupaba  Hilda, pues según la ley, el administrador estaba en todo su derecho en echarla a la calle.

Después de acreditarse entró en la sala y se dispuso a preparar la documentación. Había llegado con tiempo suficiente, pero Hilda no llegaba y el administrador estaba al otro lado del escritorio, junto al asiento del fiscal. La mujer entró corriendo

--Discúlpeme señorita, se me ha hecho tarde porque los niños estaban hoy un poco guerreros- Miró hacia un lado y vió al administrador
--No se preocupe Hila, no le mire si la pone nerviosa. Tranquilícese, haré todo lo posible porque salga sin desahucio.

Poco a poco la sala se empezó a llenar de gente del barrio. Querían volver a presenciar una reproducción del juicio de Santiago, y hasta éste se personó para darle un abrazo.  Hacía mucho que no se veían, pero el agradecimiento del hombre siempre estaba de manifiesto.

Con pasos firmes y sonoros llegó el fiscal. Ann estaba repasando los últimos papeles, pero algo le hizo levantar la vista y entonces vio la mirada de Robert clavada en ella.

--¡ Dios mio ! tú...
--Hola Ann ¿ cómo estás?

El saludo fue frío, contenido, y al mismo tiempo emocionado por parte de los dos

--Otra vez frente a frente. Esta vez estoy preparado, ahora te conozco más que entonces.

Ann no podía articular palabra. Después de tanto tiempo estaban allí  hablando de trabajo. No se estrecharon la mano, no hicieron ninguna señal que se interpretara como afecto.  Entonces Ann si se puso nerviosa y supo que el "duelo" iba a ser duro, muy duro.  Sus pensamientos fueron cortados por la voz del ujier anunciando la entrada del juez en la sala.  De nuevo la escena se repetía. Antes no se conocían, ahora quizá demasiado. En la mirada de Robert había frialdad y dureza: volvía a ser el fiscal implacable de antaño y ella estaba en desventaja y además nerviosa.


El juicio fue mal para Hilda como era de prever lo que deshizo en llanto a la pobre mujer. Pero Ann se acercó al estrado para hablar con el juez, lo que hizo que Robert también lo hiciera.  Iban a estar muy cerca el uno del otro, pero en ese momento estaban actuando como profesionales y ni siquiera se miraron

--Señoría apelaré
--¡ Siempre hace lo mismo !- replicó Robert
--Y no me va tan mal ¿no cree?-  contestó  haciendo referencia  al primer juicio que les enfrentó
--Señoría ¿puedo hablar con usted? le explicaré el porqué de mi decisión. Sé que es difícil pero quiero plantear alguna solución. Se trata de una pobre mujer viuda y con hijos. Es algo extremo créame.
--Está bien, pasen a mi despacho.

Robert cedió el paso a Ann y ella sabía que la mirada de él estaba puesta en su espalda. El pulso se le aceleraba, Robert al contrario estaba impasible, como si no la conociera. Tenía una frialdad que ella desconocía.  Les  explicó  lo que le había hecho hacerse cargo del caso, a pesar de que sabía de antemano que posiblemente perdería. Ambos la escuchaban con atención y ambos comprendían  lo que motivaba que Ann insistiera, pero la ley estaba de parte del administrador. Al fin el juez cedió a la apelación compadecido de la situación de Hilda, pero la advirtió que sería justo y no se dejaría influenciar por tan penosa situación.  Les volvió a citar para la semana siguiente, dado que era un caso tan sumamente claro.Cuando se dirigía a tramitar el papeleo,  Robert la detuvo por un brazo y la dijo:

--¿Podemos hablar un momento?
--Si, claro cuando quieras
--Ahora, quiero ahora- .  Y la llevó hasta una sala habilitada para testigos que en ese momento estaba vacía.
--Sabes que por mucha pena que me de tengo que ejercer de malo de la película. No tienes resquicio, no es como la otra vez. Ahora las pruebas están en tu contra ¿lo sabes?
--Claro que lo se, pero tengo que agotarlo todo. Ya se me ocurrirá algo.

Ella le miraba a los ojos esperando alguna palabra que le hiciera averiguar que aún la amaba, o que la había olvidado, o que se había unido a Jenny y que tenían algún hijo. Pero nada de eso Robert dejaba traslucir. Estaba hermético, frio, pensando que ella ya había unido su vida a Louis.  Le dolía verla y mantenerse frio y distante, cuando en realidad se moría por poder abrazarla y pregutarle  por qué se había comportado de esa forma, desapareciendo sin siquiera saber lo que había ocurrido entre Jenny y él.

La vida les había vuelto a unir, pero estaban a mil años luz de una aproximación.  De nuevo se repetía la historia, pero esta vez sin ninguna posibilidad de reconciliación.

Robert se dirigió a su despacho con el regusto amargo del encuentro y Ann salió todo lo deprisa que pudo para alejarse de allí.  Se introdujo en el coche y sin poder contenerse comenzó a llorar desconsoladamente.  No supo el tiempo que permaneció así, hasta que un golpe en el cristal de la ventanilla interrumpió sus sollozos.  Era una agente de la policía que la preguntaba si le ocurría algo.

--No, no agente. No me ocurre nada, sólo son los nervios que me han traicionado. Ya me voy, gracias.

Llegó desconsolada al despacho y Louis dejó lo que estaba haciendo para atenderla.  Estaba temblorosa y con los ojos rojos del llanto. Él se asustó

--¿Qué te ha ocurrido?
--Era el fiscal, estaba allí. Hermético, frio, distante. Ni una sola palabra afectuosa, como si hiciera un minuto que termináramos de vernos. ¡ Nunca lo hubiera imaginado !. . . o si. Ha pasado tanto tiempo que debí pensar que organizaría su vida. llevaban cuatro años juntos y es lógico que sigan unidos

--¿Me quieres decir de qué hablas, que ha sucedido?
--Robert es el fiscal. Nos hemos encontrado en el juicio y ha sido muy difícil mantener la calma y ser profesional y no la enamorada que ve a su amado después de una eternidad
--¿Robert es el fiscal? ¡ Vaya !. . . Con razón me hacía tantas preguntas referente a ti
--¿De qué hablas ?
--El otro día cuando fuí a lo de las multas, escuchó mi nombre y me hizo todo un interrogatorio, pero me dijo que habíais trabajado en un juicio y que hacía tiempo que no sabía de ti. Y eso fué todo.
--Es cierto, trabajamos juntos en el caso de Santiago, y tiempo después empezamos a salir. En fin ya lo sabes.
--Pero no entiendo...si te ha olvidado ¿ por qué esas preguntas?  Los dos sois bastante raros.





El juicio de apelación se celebró en tiempo y hora estipulado por el juez. De nuevo Ann y Robert se enfrentaron, pero ya  iban prevenidos y sabían a lo que se enfrentaban.

Ann expuso su alegación después de la de Robert y entonces, al igual que con Santiago, se le ocurrió algo que sacara a Hilda del embrollo.

--Señoría de acuerdo con la ley tiene que dejar su hogar, pero el señor  Peck no sacaría nada en claro, se quedaría con un apartamento vacío y un montón de dólares sin abonar,. Claramente Hilda tendrá que salir de su casa, pero él también sale perdiendo.  ¿Por qué no hallar una solución que beneficie a ambos?
--Le ruego sea breve señorita. ¿Qué propone?
--Lo que propongo es que Hila trabaje en mi despacho haciendo labores, no sé... ir a correos, hacer algún recado, por ejemplo. Con ese sueldo que gane lo destinaría a ir cancelando su débito y con el empleo en la cafetería podrían vivir ella y sus hijos. Sólo pido al señor Peck un plazo hasta la amortización de la deuda. Con el sueldo de la cafetería abonaría el recibo corriente y con el resto vivirían.

El juez se retiró a estudiar la proposición. Ambos abogados se retiraron a una sala . Robert llevó dos vasos de café: uno para Ann y otro para él.  En su rostro había una sonrisa

--De nuevo te sales con la tuya...Pero no creas que te lo reprocho aunque vaya en mi contra,  aplaudo ese entusiasmo por ayudar a la gente
--Gracias, me alegro que lo veas bien. Tu papel es muy difícil: piensas de una forma y tienes que actuar de otra
--Estoy acostumbrado ¿no crees? La vida me ha dado esa experiencia. Tu ya la conoces
--Vuelvan a la sala. El juez va a entrar, anunció un ordenanza

Puestos en pie ambos abogados escucharon de boca del juez que había sido aceptada la proposición de Ann. Ella respiró aliviada y Robert se acercó a darle la enhorabuena con un apretón de manos que ésta vez si fue afectuoso. Retuvieron las manos durante unos momentos mirándose fijamente como si quisieran decirse todo lo que sentían en su interior, pero ninguno de los dos dijo nada. Ann, solamente "gracias", y ambos salieron de la sala.

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