miércoles, 16 de diciembre de 2015

Leyes - Capítulo 2 - Juicio

--Pónganse de pie, entra el Juez  Desmond - anunció el ujier al tiempo que todos se pusieron en pie guardando un respetuoso silencio.

Procedieron a la lectura de los cargos.  Junto a Ann, estaba Santiago. Era un emigrante hispano que llevaba en Estados Unidos más de diez años; allí habían nacido sus tres hijos y allí había establecido su hogar, pero estaba en un sitio equivocado a una hora equivocada y estaba acusado de atraco con agresión.

Era un hombre humilde, educado y respetuoso que estaba muerto de miedo.  Miraba hacia atrás en donde Teresa,  su esposa, , le miraba con ojos llorosos, temblando de miedo por lo que le pudiera ocurrir.

Ann giró la cabeza en dirección a ella para infundirle ánimos, los  que ella misma necesitaba. Tenía miedo, no había tenido muy buena entrada en su encuentro con el fiscal. No tenía mucha experiencia en juicios porque siempre había acudido a ellos su compañero enfermo.  Santiago la miraba de soslayo, como si presintiera que ella no estaba segura de si misma.

Ann tragó saliva, respiró hondo y se dispuso a explicar las razones por las que su defendido era inocente.  El fiscal sonreía levemente al escuchar el argumento que ella empleaba,  y dijo para sí:

--Lo llevas claro, preciosa. Tienes el juicio perdido de antemano. Quién va a creer a alguien que se presenta con esas pintas.






La vista no duró mucho a pesar de que la pareciese eterno, pero algo hizo reaccionar a Ann que saltó como un resorte al escuchar al fiscal  la culpabilidad de aquel hombre humilde,  arguyendo que ocultaba su verdadera intención bajo la capa de humildad.

--¡ Eso es increible !- pensó Ann, al tiempo que el juez aplazó la vista para el día siguiente a la misma hora.

El fiscal al tiempo que guardaba sus documentos, la miró y con una leve sonrisa le dijo:

--A ver mañana cómo viene...

Ella le miró con furia y salió de la sala a toda prisa.

Cuando llegó a su casa se dispuso a trabajar sobre las pruebas que tenía para refutar toda la argumentación del fiscal

--Engreido. Te crees que vas a poder conmigo porque piensas que soy inexperta, pues te vas a enterar.

Eligió en su armario el mejor traje de chaqueta y la blusa más bonita que tenía. Quería impresionar a "ese" hombre. No la volvería a dejar en ridículo. Se sintió mal, muy mal cada vez que él la miraba despectivamente.   Por eso pensó:







--No me volverá a ocurrir, y eligió otro conjunto por si acaso; lo llevaría de reemplazo para no verse en la misma situación si le surgía algún contratiempo.

La vista duró dos días más y el juez Desmond, leyó la sentencia:  cuatro años de cárcel más una indemnización por la agresión, a pesar de que fué leve.

Ann y Santiago se desplomaron en sus asientos sin decir nada. El hombre ocultaba su rostro entre las manos y ella solamente atinaba a ponerle una mano en el hombro y a susurrarle:

--Apelaremos Santiago, no se preocupe. Vamos a apelar.

A Teresa apenas la dio tiempo para dar un abrazo a su marido antes de que los guardias se lo volvieran a llevar.

Ann abrazó a Teresa y trató de consolarla a pesar de que ella tembién necesitaba consuelo.

El fiscal contemplaba la escena  y les miraba como diciendo "te lo dije, no tenías ninguna opción de ganar".  Como si ella le leyera el pensamiento, dijo en voz alta:  "recurriremos y vamos a ganar. Por Dios santo que ganaremos, es inocente..."







 El fiscal salió sin decir nada y Ann le siguió con una mirada que dejaba ver el sin fin de pensamientos furibundos que sentía en su interior.

Pasó al despacho del juez para advertirle que iba a apelar. El sr. Desmond la miró con curiosidad y escuchó su argumento para la apelación

--Querida, mi experiencia me dice que perderá también la apelación.  Será una pérdida de dinero de los contribuyentes y  de tiempo.

--Pero señoría, este hombre es inocente y no debe permanecer en la cárcel por un delito que no ha cometido.  Si es preciso pagaré de mi bolsillo las costas del juicio.

--¿Tan segura está de la inocencia?- la preguntó el fiscal que había permanecido detrás de ella sin decir nada

--Si señor, tan segura estoy

--Bien - dijo el juez-  Pues tiene dos semanas para preparar la apelación, ni un día más.

--Gracias señoría. Así será.

Ann y el fiscal salieron del despacho del juez sin decir nada y cada uno de ellos siguió su camino. Ann a registrar los trámites a seguir, el fiscal a su despacho a continuar el trabajo interrumpido por el juicio.

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