Elizabetta se paró frente a la
entrada de la sala en la que se celebraba la exposición de su antiguo amigo. Contemplaba su fotografía y en grandes letras
su nombre: Carlo Bianchi. Y en una silueta difuminada el perfil de una mujer
joven sentada de espaldas, desnuda, tapada únicamente por un velo transparente
que hacía adivinar sus bellas formas. No se le veía el rostro. Una larga melena
la llegaba casi a media espalda. Uno de sus brazos era el soporte de su cabeza
inclinada de la que sólo se difuminaba su perfil perfecto. El otro brazo se
alargaba a lo largo de su cuerpo y en su mano una hermosa rosa de color rojo.
Era una fabulosa composición, algo no de extrañar dado que se
anunciaba como un nuevo genio de la pintura impresionista moderna.
—Será su modelo — pensó Elizabetta,
ya que era imposible adivinar su rostro al completo. Lo que no podía imaginar
es que era ella misma revivida en la imaginación de Carlo.
Siempre, desde muy jóvenes, ella
formaba parte del mundo del futuro artista, aunque nunca demostró nada que
pudiera hacer sospechar de sus sentimientos hacia ella. Tampoco daba señales de
que la modelo que posó para él, fuera en realidad unos dibujos que rescató de
su estudio. Iba a tirarlos cuando lo pensó mejor. Eran hermosos. Estaban bien realizados…Iba
a desecharlos pero de repente a su cabeza llegó el rostro infantil de su mejor
amiga de la que estaba profundamente enamorado. Lo examinó de nuevo y decidió guardarlos.
Nadie imaginaría que era ella. Sólo en algunos detalles de su rostro que se
sabía de memoria. El resto del cuerpo lo imaginó sin saber si correspondía a la
realidad. La respetaba al máximo y sabía que ella no le daría el consentimiento
para crear esa obra siendo ella su modelo. Pero la conocía tan bien que no le supuso
ningún esfuerzo hacer un nuevo boceto actual. Sabia que ella no daría su
aprobación, pero tampoco le hizo mucha falta. Ahora que la tenía delante analizó
su silueta lentamente y se dio cuenta de que era un calco de la realidad, pero
se libraría muy mucho de confesar la verdad. Elizabetta era una rara avis, dado
los tiempos que corrían, pero ella seguía siendo una chica nacida en una localidad
pequeña y no comprendería que los pintores sólo dibujan la silueta de la modelo
que posa en ese momento. No tienen tiempo para fijarse en otra cosa que no sea
su obra, aunque después, al terminar la sesión hagan su vida como mejor les
plazca. Eso son cosas de hombre y mujer. Ni siquiera pensó en buscarla y solicitarla
que fuera su modelo. Ni siquiera sabía que vivían en la misma ciudad. Amalfi
era su destino, pensó. Aunque se equivocara de medio a medio. El destino de
cada uno de ellos distaba mucho de estar escrito aún.
Fue una sorpresa cuando la vio
entrar. Estaba más bonita de lo que recordaba. Vivía en Roma, junto con una
compañera, en un apartamento alquilado y trabajaba en la sede de las Naciones
Unidas en la capital italiana. Amalfi sólo en vacaciones y algún que otro puente
para ver a sus padres. Eso le llenó de alegría, puesto que tendría, al menos
algún día, de poder salir con ella e invitarla a tener una noche romántica, aún
a sabiendas de que ella no era de ese estilo y por tanto obtendría un rotundo
no de su parte.
Se fundieron en un abrazo y reían
como si, de repente, les hubiera entrado un ataque de nervios. Hacía tanto
tiempo que no se veían que, de improviso, a su memoria acudieron todos aquellos
años de final de niñez y de una adolescencia turbulenta de parte de los chicos
y más calmada en ella.
Las preguntas se agolpaban por
salir. Deseaban recuperar tanto tiempo de no haberse visto y en esta bonita casualidad
se agolparon todos aquellos años de inocente hermandad. Elizabetta pregunto por
Paolo una vez que se hubieron calmado.
— Con un poco
de suerte, volveremos a estar los tres juntos de nuevo. Me lo ha prometido,
aunque empiezo a dudarlo. Al fin cumplió sus sueños y anda metido en política o
en qué se yo que laberintos. Se va a llevar una grata sorpresa cuando te vea.
Siempre que nos vemos, que no es mucho, ciertamente, me pregunta por ti. Se va
a llevar una sorpresa. Por cierto, me extraña que no haya llegado aún. Hizo
mucho hincapié en que le dijera si vendrías. Pero veo que ha sido él quién ha
faltado a la cita. Es hora de cerrar la galería, así que le veremos otro día.
— —¡Qué lástima!
— exclamó Elizabetta que se había hecho ilusiones de poder estar nuevamente los
tres, es decir la ilusión sería volverle a ver.
— Permíteme
un momento. Voy a despedirme de mi secretaria para que cierre. Es tarde y no
creo que nadie venga a estas horas. Iremos a cenar y allí tranquilamente
charlaremos de nuestras cosas y recordaremos esa época tan feliz del instituto,
aunque a nosotros nos pareciera insufrible.
Ella ocultó como pudo la desilusión
sufrida por la no asistencia de su otro amigo. Cuando se lo anunció, de golpe,
el corazón se agitaba dentro de su pecho. Sabía de sobra a que se debía, pero
estaba claro que debía apartarle de sus pensamientos ya que él andaba por otros
caminos. Carlo había insinuado que le gustaban bastante las faldas. Ella sabía, que sería lo más probable, que tuviera alguna cita femenina, ya que ella sabía
perfectamente que no había sesión en esa tarde. Aún siendo fin de semana, había
ocasiones, cuando alguna urgencia lo requería, que debían ir a trabajar, pero
en esa ocasión no se daba el caso. No deseaba que su decepción fuera tan
evidente y, a pesar de que no le apetecía ir de cena, se mostró contenta por
seguir con su charla. Una charla que inevitablemente derivaría en si algunos de
ellos tuvieran novia o mejor dicho novio, porque era ella el motivo de interés
del pintor.
Con familiaridad la tomó del brazo
y continuaron la charla. La llevaría a uno de los mejores restaurantes de la ciudad:
La Pérgola, con estrellas Michelín.
Elizabetta se preguntaba si habría
ganado tanto dinero como para permitirse ese lujo. Ella conocía el restaurante,
no porque hubiera estado en él, pero en sus estudios para turismo, era una asignatura
obligada conocer los lugares en donde se comiera bien, y ese restaurante reunía
todos los requisitos. Caminaban despacio mientras desgranaban lo vivido durante
esos años de ausencias. Supo que Carlo
había tenido una novia que no cuajó, porque él apreciaba a la muchacha, pero
estaba enamorado de otra y no pudo ser. Él cayó prudente de quién estaba
enamorado, la llevaba del brazo y, sin Duda iba a ser la noche más feliz de su
vida. Y hasta se alegró de que Paolo no estuviera con ellos. Sabía del
enamoramiento temprano que tuvo ella de su amigo y aunque pasaron los años, no
deseaba tentar a la suerte. Aunque lo cierto no albergaba ningún tipo de
esperanza respecto a que ella le mirase con algo más que como amigo, pero con
tenerla cerca se conformaría.
Sin ser habitual, Carlo era
conocido por el maitre del restaurante, dado que les creó los dibujos para las
cartas y el logotipo para diversos objetos del restaurante. Por tanto, nunca
tendría pegas si llegaba de improviso a comer, a cenar: siempre sería bien
recibido.
Tras saludarse afectuosamente, le
pidió una mesa discreta, pero no arrinconada:
— Es una
compañera de instituto a la que quiero como a una hermana y nos hemos visto hoy
por primera vez en muchos años. Danos una mesa discreta pues nuestra charla de
puesta al día va a ser larga
— Sabes que
aquí siempre tendrás lo que desees y viniendo con una dama tan bella y
exquisita aún con mas motivo. Seguidme. Tendréis la intimidad que queráis tener,
pero, al mismo tiempo no estaréis solos o arrinconados.
La mesa era excelente y el menú
recomendado por el maître exquisito. Todo se cumplía paso a paso. Deseaba
obsequiarla con lo mejor y todo se le haría poco para festejarla. Le parecía imposible
que, al fin estuvieran sentados frente a frente, aunque los pensamientos de
cada uno de ellos fueran diferentes. Ella, en su interior, echaba de menos a su
otro compañero, a Paolo, para rememorar los bonitos años del inicio de la
adolescencia. A su memoria acudió la super protección que ambos muchachos
ejercieron sobre ella y creyó que no se repetiría más. Al hacerse mayores fueron
abandonando, sin darse cuenta, aquella especie de caballeros andantes que no
permitían que nadie se acercase a su “Dulcinea”. Sin embargo, hoy, al menos uno de ellos desoyó, no sólo a ella, sino a su amigo que le había invitado expresamente
a su inauguración. No tuvo en cuenta que ahora ya no era el muchacho
reconcentrado en sí mismo que se incorporó a su pequeñísimo grupo formado por
dos personas.
Algo retirado de ellos, había una
pareja conversando animadamente y expresivamente. Él había tomado la mano de
ella y cada vez que miraba su rostro, la acariciaba suavemente en los nudillos
de su mano deteniéndose en uno en especial que portaba un anillo muy
significativo. La miraba directamente a los ojos, con intensidad tal que, ella
se veía obligada a bajar su vista. Estaban distantes de la mesa de nuestros
chicos, pero no tanto como para no verlos. Carlo les daba la espalda y, por
tanto, ni siquiera los veía, pero Elizabetta si y seguía maquinalmente el
movimiento de manos, en especial de él. No prestaba. A penas, atención a lo que
Carlo le narraba. Ni siquiera mostraba interés por saber a lo que se estaba refiriendo,
pero movía alternativamente su cabeza indicando que le escuchaba y que le
interesaba su narración, aunque fuera todo lo contrario. Carlo, se calló
bruscamente habiéndose percibido de que ella estaba en otro lugar bastante
lejos de aquel restaurante y que tenía en un sitio determinado su vista puesta
en algún rincón del restaurante y, que pausadamente, más por tragar saliva, que
para degustar la copa, se la llevaba a los labios intermitentemente pero
demasiado frecuente. Estaba claro que se había evadido de su compañía y, triste
sin demostrarlo, giró la cabeza siguiendo la visión de ella y, entonces descubrió
quién era el portador de su atención, justo en el momento en que él acariciaba
la otra mano de su acompañante.
Sabía de sus andanzas y, cuando
llamó para invitarle a la inauguración, le aseguró que no faltaría y estaba
visto que había incumplido totalmente su promesa. Lo lamentó por Elizabetta que, a todas luces,
se había desilusionado por su ausencia.
Con el pretexto de ir un momento al
servicio, se levantó pasando casi rozando a la pareja que estaba totalmente
absorta en su ritual. Comprendió en el acto lo que ella miraba con tanta fijeza.
Comprobó que ella no estaba mirando
y decidió tomar cartas en el asunto. No sólo era por Elizabetta, sino por él
mismo: fue un desaire y tenía que hacérselo notar.
Paolo se sorprendió mucho cuando le
tuvo de frente procurando tapar con su cuerpo, la presencia de Elizabetta. No
le daría ese gusto. Buscó cualquier pretexto y, tras despedirse, emprendió sus
pasos hacia donde estaba ella que le aguardaba jugando con el mango de una
cucharilla de postre. Aprovechó que no miraba en esa dirección y se despidió de
la pareja. Paolo, por conocerle bien, supo en el acto que estaba molesto y
trató de excusarse, al tiempo que le abrazaba al despedirse:
— Perdona. Lo
olvidé por completo. En cuanto tenga un rato libre, te doy mi palabra que te
visitaré.
Él no dijo nada y al tiempo que se despedía
de la mujer que le acompañaba, dirigió su mirada hacia su propia mesa y,
respiró aliviado de que Elizabetta siguiera entretenida con algo y no se diera
cuenta de que estaba hablando con él.
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Autora< rosaf9494quer
Edición< Junio 2023
Ilustraciones< Internet