domingo, 7 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 7 - Olvido


 

Elizabetta se paró frente a la entrada de la sala en la que se celebraba la exposición de su antiguo amigo.  Contemplaba su fotografía y en grandes letras su nombre: Carlo Bianchi. Y en una silueta difuminada el perfil de una mujer joven sentada de espaldas, desnuda, tapada únicamente por un velo transparente que hacía adivinar sus bellas formas. No se le veía el rostro. Una larga melena la llegaba casi a media espalda. Uno de sus brazos era el soporte de su cabeza inclinada de la que sólo se difuminaba su perfil perfecto. El otro brazo se alargaba a lo largo de su cuerpo y en su mano una hermosa rosa de color rojo.

Era una fabulosa    composición, algo no de extrañar dado que se anunciaba como un nuevo genio de la pintura impresionista moderna.

 

—Será su modelo — pensó Elizabetta, ya que era imposible adivinar su rostro al completo. Lo que no podía imaginar es que era ella misma revivida en la imaginación de Carlo.

Siempre, desde muy jóvenes, ella formaba parte del mundo del futuro artista, aunque nunca demostró nada que pudiera hacer sospechar de sus sentimientos hacia ella. Tampoco daba señales de que la modelo que posó para él, fuera en realidad unos dibujos que rescató de su estudio. Iba a tirarlos cuando lo pensó mejor. Eran hermosos. Estaban bien realizados…Iba a desecharlos pero de repente a su cabeza llegó el rostro infantil de su mejor amiga de la que estaba profundamente enamorado. Lo examinó de nuevo y decidió guardarlos. Nadie imaginaría que era ella. Sólo en algunos detalles de su rostro que se sabía de memoria. El resto del cuerpo lo imaginó sin saber si correspondía a la realidad. La respetaba al máximo y sabía que ella no le daría el consentimiento para crear esa obra siendo ella su modelo. Pero la conocía tan bien que no le supuso ningún esfuerzo hacer un nuevo boceto actual. Sabia que ella no daría su aprobación, pero tampoco le hizo mucha falta. Ahora que la tenía delante analizó su silueta lentamente y se dio cuenta de que era un calco de la realidad, pero se libraría muy mucho de confesar la verdad. Elizabetta era una rara avis, dado los tiempos que corrían, pero ella seguía siendo una chica nacida en una localidad pequeña y no comprendería que los pintores sólo dibujan la silueta de la modelo que posa en ese momento. No tienen tiempo para fijarse en otra cosa que no sea su obra, aunque después, al terminar la sesión hagan su vida como mejor les plazca. Eso son cosas de hombre y mujer. Ni siquiera pensó en buscarla y solicitarla que fuera su modelo. Ni siquiera sabía que vivían en la misma ciudad. Amalfi era su destino, pensó. Aunque se equivocara de medio a medio. El destino de cada uno de ellos distaba mucho de estar escrito aún.

Fue una sorpresa cuando la vio entrar. Estaba más bonita de lo que recordaba. Vivía en Roma, junto con una compañera, en un apartamento alquilado y trabajaba en la sede de las Naciones Unidas en la capital italiana. Amalfi sólo en vacaciones y algún que otro puente para ver a sus padres. Eso le llenó de alegría, puesto que tendría, al menos algún día, de poder salir con ella e invitarla a tener una noche romántica, aún a sabiendas de que ella no era de ese estilo y por tanto obtendría un rotundo no de su parte. 

Se fundieron en un abrazo y reían como si, de repente, les hubiera entrado un ataque de nervios. Hacía tanto tiempo que no se veían que, de improviso, a su memoria acudieron todos aquellos años de final de niñez y de una adolescencia turbulenta de parte de los chicos y más calmada en ella.

Las preguntas se agolpaban por salir. Deseaban recuperar tanto tiempo de no haberse visto y en esta bonita casualidad se agolparon todos aquellos años de inocente hermandad. Elizabetta pregunto por Paolo una vez que se hubieron calmado.

   Con un poco de suerte, volveremos a estar los tres juntos de nuevo. Me lo ha prometido, aunque empiezo a dudarlo. Al fin cumplió sus sueños y anda metido en política o en qué se yo que laberintos. Se va a llevar una grata sorpresa cuando te vea. Siempre que nos vemos, que no es mucho, ciertamente, me pregunta por ti. Se va a llevar una sorpresa. Por cierto, me extraña que no haya llegado aún. Hizo mucho hincapié en que le dijera si vendrías. Pero veo que ha sido él quién ha faltado a la cita. Es hora de cerrar la galería, así que le veremos otro día.

   —¡Qué lástima! — exclamó Elizabetta que se había hecho ilusiones de poder estar nuevamente los tres, es decir la ilusión sería volverle a ver.

   Permíteme un momento. Voy a despedirme de mi secretaria para que cierre. Es tarde y no creo que nadie venga a estas horas. Iremos a cenar y allí tranquilamente charlaremos de nuestras cosas y recordaremos esa época tan feliz del instituto, aunque a nosotros nos pareciera insufrible.

Ella ocultó como pudo la desilusión sufrida por la no asistencia de su otro amigo.  Cuando se lo anunció, de golpe, el corazón se agitaba dentro de su pecho. Sabía de sobra a que se debía, pero estaba claro que debía apartarle de sus pensamientos ya que él andaba por otros caminos. Carlo había insinuado que le gustaban bastante las faldas. Ella sabía, que sería lo más probable, que tuviera alguna cita femenina, ya que ella sabía perfectamente que no había sesión en esa tarde. Aún siendo fin de semana, había ocasiones, cuando alguna urgencia lo requería, que debían ir a trabajar, pero en esa ocasión no se daba el caso. No deseaba que su decepción fuera tan evidente y, a pesar de que no le apetecía ir de cena, se mostró contenta por seguir con su charla. Una charla que inevitablemente derivaría en si algunos de ellos tuvieran novia o mejor dicho novio, porque era ella el motivo de interés del pintor.

Con familiaridad la tomó del brazo y continuaron la charla. La llevaría a uno de los mejores restaurantes de la ciudad: La Pérgola, con estrellas Michelín.

Elizabetta se preguntaba si habría ganado tanto dinero como para permitirse ese lujo. Ella conocía el restaurante, no porque hubiera estado en él, pero en sus estudios para turismo, era una asignatura obligada conocer los lugares en donde se comiera bien, y ese restaurante reunía todos los requisitos. Caminaban despacio mientras desgranaban lo vivido durante esos años de ausencias. Supo que  Carlo había tenido una novia que no cuajó, porque él apreciaba a la muchacha, pero estaba enamorado de otra y no pudo ser. Él cayó prudente de quién estaba enamorado, la llevaba del brazo y, sin Duda iba a ser la noche más feliz de su vida. Y hasta se alegró de que Paolo no estuviera con ellos. Sabía del enamoramiento temprano que tuvo ella de su amigo y aunque pasaron los años, no deseaba tentar a la suerte. Aunque lo cierto no albergaba ningún tipo de esperanza respecto a que ella le mirase con algo más que como amigo, pero con tenerla cerca se conformaría.

Sin ser habitual, Carlo era conocido por el maitre del restaurante, dado que les creó los dibujos para las cartas y el logotipo para diversos objetos del restaurante. Por tanto, nunca tendría pegas si llegaba de improviso a comer, a cenar: siempre sería bien recibido.

Tras saludarse afectuosamente, le pidió una mesa discreta, pero no arrinconada:

   Es una compañera de instituto a la que quiero como a una hermana y nos hemos visto hoy por primera vez en muchos años. Danos una mesa discreta pues nuestra charla de puesta al día va a ser larga

   Sabes que aquí siempre tendrás lo que desees y viniendo con una dama tan bella y exquisita aún con mas motivo. Seguidme. Tendréis la intimidad que queráis tener, pero, al mismo tiempo no estaréis solos o arrinconados.

La mesa era excelente y el menú recomendado por el maître exquisito. Todo se cumplía paso a paso. Deseaba obsequiarla con lo mejor y todo se le haría poco para festejarla. Le parecía imposible que, al fin estuvieran sentados frente a frente, aunque los pensamientos de cada uno de ellos fueran diferentes. Ella, en su interior, echaba de menos a su otro compañero, a Paolo, para rememorar los bonitos años del inicio de la adolescencia. A su memoria acudió la super protección que ambos muchachos ejercieron sobre ella y creyó que no se repetiría más. Al hacerse mayores fueron abandonando, sin darse cuenta, aquella especie de caballeros andantes que no permitían que nadie se acercase a su “Dulcinea”. Sin embargo, hoy, al menos uno de ellos desoyó, no sólo a ella, sino a su amigo que le había invitado expresamente a su inauguración. No tuvo en cuenta que ahora ya no era el muchacho reconcentrado en sí mismo que se incorporó a su pequeñísimo grupo formado por dos personas.

Algo retirado de ellos, había una pareja conversando animadamente y expresivamente. Él había tomado la mano de ella y cada vez que miraba su rostro, la acariciaba suavemente en los nudillos de su mano deteniéndose en uno en especial que portaba un anillo muy significativo. La miraba directamente a los ojos, con intensidad tal que, ella se veía obligada a bajar su vista. Estaban distantes de la mesa de nuestros chicos, pero no tanto como para no verlos. Carlo les daba la espalda y, por tanto, ni siquiera los veía, pero Elizabetta si y seguía maquinalmente el movimiento de manos, en especial de él. No prestaba. A penas, atención a lo que Carlo le narraba. Ni siquiera mostraba interés por saber a lo que se estaba refiriendo, pero movía alternativamente su cabeza indicando que le escuchaba y que le interesaba su narración, aunque fuera todo lo contrario. Carlo, se calló bruscamente habiéndose percibido de que ella estaba en otro lugar bastante lejos de aquel restaurante y que tenía en un sitio determinado su vista puesta en algún rincón del restaurante y, que pausadamente, más por tragar saliva, que para degustar la copa, se la llevaba a los labios intermitentemente pero demasiado frecuente. Estaba claro que se había evadido de su compañía y, triste sin demostrarlo, giró la cabeza siguiendo la visión de ella y, entonces descubrió quién era el portador de su atención, justo en el momento en que él acariciaba la otra mano de su acompañante.

Sabía de sus andanzas y, cuando llamó para invitarle a la inauguración, le aseguró que no faltaría y estaba visto que había incumplido totalmente su promesa.  Lo lamentó por Elizabetta que, a todas luces, se había desilusionado por su ausencia.

Con el pretexto de ir un momento al servicio, se levantó pasando casi rozando a la pareja que estaba totalmente absorta en su ritual. Comprendió en el acto lo que ella miraba con tanta fijeza.

Comprobó que ella no estaba mirando y decidió tomar cartas en el asunto. No sólo era por Elizabetta, sino por él mismo: fue un desaire y tenía que hacérselo notar.

Paolo se sorprendió mucho cuando le tuvo de frente procurando tapar con su cuerpo, la presencia de Elizabetta. No le daría ese gusto. Buscó cualquier pretexto y, tras despedirse, emprendió sus pasos hacia donde estaba ella que le aguardaba jugando con el mango de una cucharilla de postre. Aprovechó que no miraba en esa dirección y se despidió de la pareja. Paolo, por conocerle bien, supo en el acto que estaba molesto y trató de excusarse, al tiempo que le abrazaba al despedirse:

   Perdona. Lo olvidé por completo. En cuanto tenga un rato libre, te doy mi palabra que te visitaré.

Él no dijo nada y al tiempo que se despedía de la mujer que le acompañaba, dirigió su mirada hacia su propia mesa y, respiró aliviado de que Elizabetta siguiera entretenida con algo y no se diera cuenta de que estaba hablando con él.


DERECHOS DE AUTOR RESERVADOS / COPYRIGHT

Autora< rosaf9494quer

Edición< Junio 2023

Ilustraciones< Internet


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