Mientras caminaba hacia su casa reflexionaba sobre lo
vivido en ese día y en cómo la vida se empeñaba en jugar con ellos y, rememoró
el momento en que se enteró de que al congresista que asistiría era, ni más ni
menos que Paolo, el chico del que estaba enamorada desde que era una
adolescente en ciernes. Recordó que estaba destinado a un alto cargo en
diplomacia, o en cualquier gobierno regional o quién sabe si nacional. Era el
sueño acariciado de sus padres y, aunque él no estaba conforme con ese destino,
terminó por entusiasmarle hasta el punto de aceptar con más o menos ganas la
carrera diplomática. Por si era inalcanzable se había distanciado un poco más.
De todas formas, no era probable que se vieran nuevamente. Si ya había sido
difícil en las vacaciones, lo sería aún más una vez terminada s sus respectivas
carreras, tan dispares entre sí. Alguna embajada estaría destinada para él. O bien
formaría parte de algún gobierno que le llevara hasta la presidencia. Estaba a
mil años luz de los otros dos soñadores muchachos de entonces.
Se hizo el propósito de que en ese fin de semana iría
a ver la exposición de Carlo. Él, además de inspirarla más confianza era más
asequible. No era tan remilgado como la familia de su otro compañero, de un
compañero que no sentía ningún interés por ellos a pesar de que se juramentaron
que se enviarían noticias y que su amistad permanecería inalterable por los siglos
de los siglos.
Al llegar a este punto, sonrió bajando su cabeza para
ocultar su risa a los ojos de los demás transeúntes y no la tomaran por una
loca que andaba suelta. En cuanto llegara a su apartamento, buscaría en
internet todo lo relacionado a Carlo Bianchi que, poco a poco se abría paso en
ese mundo difícil del arte. El cartel anunciador de su exposición la había
subyugado y tenía una ligera idea de haber visto algún borrador de algo parecido
a lo que fuera un boceto definitivo.
Metió la llave en la puerta de su pequeño reino que era su apartamento en el que reinaba junto a otra compañera azafata que paraba poco en casa debido a su trabajo. Muchas veces había conversado sobre lo interesante, a la vez que inquietante de pasarse la vida volando de un lugar a otro sin siquiera conocer nada de donde hacían escala. Lucille tenía una ruta fija en Alitalia de Roma a El Cairo y se había hecho novia de uno de los pilotos de su misma ruta, sólo que él, si tenía el itinerario bastante cambiante, por tanto, se veían poco, pero ellos insistían en sus proyectos de algún día formar su propio hogar con hijos incluidos. Se necesita mucha fuerza de voluntad para mantener una relación como la de ellos tan cambiante y con escasas presencias personales, pero no había más que mirarlos para que todos los muros que se pudieran construir se derrumbasen de una vez al verlos juntos y las miradas que se dirigían uno y otro. Elizabetta comentaba muchas veces con su compañera de piso, las pocas veces que coincidían, en que has de estar muy segura del amor de otra persona con tan escasos momentos tenidos para ellos solos. Pero Lucille estaba tan segura de lo que quería que rebatía cualquier comentario en contra. Se querían y deseaban formar una familia, de eso estaban muy seguros y lo harían en cuanto reunieran todo el presupuesto que se habían trazado para ver satisfechos sus logros. Con esos argumentos no había forma de hacerles desistir de ello.
Estaban seguros de que se amaban y de la fidelidad
de cada uno de ellos. A veces Elizabetta les ponía, ante sus ojos, como ejemplo
de amor inquebrantable, como en el fondo ella sentía desde casi una niña pero
que había perdurado en el tiempo. Bien es verdad que tampoco había tenido
muchas oportunidades de salir con otros chicos. Ni tan siquiera con sus
compañeros de clase. Sabía que para sus padres era un sacrificio tremendo el
darle esos estudios y ella, les reconocía el esfuerzo correspondiendo del único
modo que podía y era estudiando y esforzándose a fondo en ellos para sacar su
carrera adelante. Se sentía orgullosa de
haberlo conseguido; ya habría tiempo para noviete o simplemente algún que otro
escarceo amoroso, pero mucho se temía que, mientras no se le fuera de la cabeza
el arrogante Paolo no conseguiría nada.
Encendió el televisor al tiempo que se quitaba los
zapatos de un empujón con el pie contrario. El estar todo el día con tacones
era un sacrificio al que tendría que acostumbrarse dado que en su presente
trabajo había de tratar con gentes de las muy altas esferas, totalmente diferentes a los turistas, más
prácticos, que iban con calzado y ropa cómodas para abarcar el máximo de
visitas a todo cuanto de maravilloso Italia les ofrecía. La cultura, la historia
y los propios italianos formaban un mosaico riquísimo y variado que había que
contemplar y aprovechar al máximo.
Por un momento sintió nostalgia de no haber optado por ese empleo, diverso, simpático, enriquecedor al conocer a gentes de los
cinco continentes que se maravillaban ante cualquier monumento que
contemplasen. Ese había sido el sueño dorado de ella, pero al ponerle frente
así la posibilidad que aceptó, sin ningún género de dudas de Naciones Unidas.
Era un campo difícil de explorar, pero también enriquecedor, aunque más
monótono y, concretamente el de ella, encasillada en el cubículo insonorizado y
en plena concentración debido a que los cinco sentidos de interés serían
insuficientes para que nada fallase y se organizara un trifostio de mucho
cuidado. Era interesante y sentía que formaba parte de ese reducido círculo que
intervenía en el bienestar en la vida de las personas, pues no sólo de guerras
se trataba. La lucha contra el hambre y la desnutrición infantil era el protagonista
de muchas sesiones y sabía que ella aportaba su granito de arena para que las
gentes de cualquier latitud viviesen mejor, aunque ella todo lo que podía hacer
era no perderse ni una coma de la traducción que debía hacer. Pero a su modo
era también partícipe de que todo fuera más justo y el reparto no fuera solo
para los poderosos sino para quienes Labran la tierra.
Ni siquiera prestaba atención a lo que la televisión
decía. Tapó su boca con la mano cuando, un bostezó le avisó de que estaba
cansada, que debía cenar y meterse en la cama. Al día siguiente se levantaría a
la hora de costumbre y haría las averiguaciones para asistir a la exposición de
Carlo y, con un poco de suerte, quizás le viera por allí.
El día había amanecido algo plomizo y bochornoso,
pero sabía que, a medida que transcurriera la mañana, las nubes se despejarían
y el sol sería el astro rey, aunque cabía la posibilidad de que eso no sucediera,
sino que cayese un chaparrón de antología. Metería en su bolso, su gran bolso,
un paraguas plegable por si acaso.
Tomó un café con leche a palo seco, y después de
recoger el servicio, fue a su habitación para elegir la ropa que llevaría. Se
decidió por un conjunto de chaqueta y pantalón color beige conjuntado con una
blusa de lino en color marrón, zapatos a juego con el bolso también del mismo color
que la blusa. Se lo puso por encima para comprobar el efecto y satisfecha
sonrió. Lo dejó todo encima de la cama y se dirigió al baño para asearse.
En un principio no se percató de la admiración que
causaba a su paso entre algunas personas. No era coqueta, aunque le gustaba la
buena ropa y bien conjuntada y, hoy, efectivamente iba muy bien arreglada.
Deseaba impactar a Carlo, aunque sabía que para ello, no se necesitaba mucho.
Tal y como pensó, Carlo estaba allí departiendo con
una señorita bien arreglada que ordenaba algunos catálogos puestos encima de
una mesita adornaba por un gran jarrón de peonías color rosa y ciclamen en
perfecta conjunción de color. Él estaba de espaldas a ella cuando entro en el
salón. Se quedó boquiabierta al contemplar la obra de su amigo. La mayoría eran
carteles de tamaño grande de mujeres en distintas posiciones y distintos
atavíos, pero en todo el rostro era el mismo. Se fijó más detalladamente en
ellas y hasta encontró un ligero parecido a alguien, pero no terminaba de
identificar. Desde lejos, la azafata que charlaba con Carlo, le hizo una
indicación con la cabeza y él giró la suya para contemplar el rostro de la
joven que acababa de entrar en la sala, y que era sobradamente conocido por él.
Era una inesperada visita que le hizo abrir los ojos desmesuradamente. Ni por
lo más remoto imaginaría que ella iba a visitar su exposición. Se dirigió hacia
Elizabetta que ahora sí, le sonreía ampliamente al tiempo que se notó abrazada
con intensidad por él:
— —Te
imaginaba mostrando el Coliseo y estás ¡aquí ¡
— —Pues claro.
No soy guía, entérate. Ahora soy traductora en Naciones Unidas — él silbó suavemente
con admiración— ¡Vaya con nuestra dama!
— —Habrás
coincidido con nuestro amigo. Estuvo ayer aquí y me lo comentó
— —Ya lo sé.
Le traduje ayer su discurso
— —Pues no me
comentó nada
— —Es que no
lo sabe. No tuvimos ocasión de saludarnos siquiera.
— —Seguramente
volverá hoy. Al menos es lo que me dijo
— —Te tenías muy guardado tu arte ¡eh pillín! ¿Quién ha sido tu modelo? Es la misma cara en todos tus carteles
— —Si es la
misma chica. Tenía un boceto arrinconado en el estudio y casualmente lo vi y me
pareció una cara preciosa y a propósito para lo que tenía en mente. et voilá.
La mismísima Elizabetta en sus años mozos
— —¿Yo? ¡Qué
va ¡No soy yo! Esta chica es muy bonita
— —¿Es que tú
no te crees bonita? Pues lo eres y mucho. Bastante más en persona que en mis
carteles. Ven. Bebamos una copa de champán. Tu visita hay que celebrarla.
— —Es muy
pronto— dijo ella rechazándola
— —De eso
nada. Es mi primera exposición. Ha venido mi mejor amiga y posiblemente mi otro
mejor amigo venga también. ¿Te parece poca la celebración?
— —Dices que
va a venir Paolo
—Eso me prometió ayer
—Entonces déjame que vea
detenidamente tu trabajo y me iré. Tendréis miles de cosas que hablar
—De eso nada de nada. Hace siglos
que no nos vemos los tres juntos y si cabe la casualidad de que hoy estemos los
tres reunidos, habremos de celebrarlo. ¡Menuda sorpresa va a llevarse! Pero
ahora que caigo me has dicho que ayer estuvisteis juntos
— —No
exactamente. Te he dicho que le hice la traducción: él en el hemiciclo y yo casi
en el tejado. Pero le vi por el cristal que nos separa de la Cámara. Así que él
no sabe nada de nada. Y te ruego que no se lo hagas notar.
— —¿Por qué?
— —Porque
quiero comprobar si se acuerda de mí.
— —Está bien.
Mi boca será una tumba.
Ambo se echaron a reír tomados de la mano. Para
ellos los años habían dado marcha atrás y se hicieron cuentas de que estaban de
nuevo en aquel instituto de Amalfi protegiendo a una jovencita que traía locos
a la mitad de los chicos de bachillerato
DERECHOS DE AUTOR RESERVADOS / COPYRIGHT
Autora< rosaf9494quer
Edición< Junio 2023
Ilustraciones< Internet
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