miércoles, 10 de enero de 2024
ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 9 - Un encuentro fortuito

martes, 9 de enero de 2024
ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 8 - Ascensor

domingo, 7 de enero de 2024
ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 7 - Olvido
Elizabetta se paró frente a la
entrada de la sala en la que se celebraba la exposición de su antiguo amigo. Contemplaba su fotografía y en grandes letras
su nombre: Carlo Bianchi. Y en una silueta difuminada el perfil de una mujer
joven sentada de espaldas, desnuda, tapada únicamente por un velo transparente
que hacía adivinar sus bellas formas. No se le veía el rostro. Una larga melena
la llegaba casi a media espalda. Uno de sus brazos era el soporte de su cabeza
inclinada de la que sólo se difuminaba su perfil perfecto. El otro brazo se
alargaba a lo largo de su cuerpo y en su mano una hermosa rosa de color rojo.
Era una fabulosa composición, algo no de extrañar dado que se
anunciaba como un nuevo genio de la pintura impresionista moderna.
—Será su modelo — pensó Elizabetta,
ya que era imposible adivinar su rostro al completo. Lo que no podía imaginar
es que era ella misma revivida en la imaginación de Carlo.
Siempre, desde muy jóvenes, ella
formaba parte del mundo del futuro artista, aunque nunca demostró nada que
pudiera hacer sospechar de sus sentimientos hacia ella. Tampoco daba señales de
que la modelo que posó para él, fuera en realidad unos dibujos que rescató de
su estudio. Iba a tirarlos cuando lo pensó mejor. Eran hermosos. Estaban bien realizados…Iba
a desecharlos pero de repente a su cabeza llegó el rostro infantil de su mejor
amiga de la que estaba profundamente enamorado. Lo examinó de nuevo y decidió guardarlos.
Nadie imaginaría que era ella. Sólo en algunos detalles de su rostro que se
sabía de memoria. El resto del cuerpo lo imaginó sin saber si correspondía a la
realidad. La respetaba al máximo y sabía que ella no le daría el consentimiento
para crear esa obra siendo ella su modelo. Pero la conocía tan bien que no le supuso
ningún esfuerzo hacer un nuevo boceto actual. Sabia que ella no daría su
aprobación, pero tampoco le hizo mucha falta. Ahora que la tenía delante analizó
su silueta lentamente y se dio cuenta de que era un calco de la realidad, pero
se libraría muy mucho de confesar la verdad. Elizabetta era una rara avis, dado
los tiempos que corrían, pero ella seguía siendo una chica nacida en una localidad
pequeña y no comprendería que los pintores sólo dibujan la silueta de la modelo
que posa en ese momento. No tienen tiempo para fijarse en otra cosa que no sea
su obra, aunque después, al terminar la sesión hagan su vida como mejor les
plazca. Eso son cosas de hombre y mujer. Ni siquiera pensó en buscarla y solicitarla
que fuera su modelo. Ni siquiera sabía que vivían en la misma ciudad. Amalfi
era su destino, pensó. Aunque se equivocara de medio a medio. El destino de
cada uno de ellos distaba mucho de estar escrito aún.
Fue una sorpresa cuando la vio
entrar. Estaba más bonita de lo que recordaba. Vivía en Roma, junto con una
compañera, en un apartamento alquilado y trabajaba en la sede de las Naciones
Unidas en la capital italiana. Amalfi sólo en vacaciones y algún que otro puente
para ver a sus padres. Eso le llenó de alegría, puesto que tendría, al menos
algún día, de poder salir con ella e invitarla a tener una noche romántica, aún
a sabiendas de que ella no era de ese estilo y por tanto obtendría un rotundo
no de su parte.
Se fundieron en un abrazo y reían
como si, de repente, les hubiera entrado un ataque de nervios. Hacía tanto
tiempo que no se veían que, de improviso, a su memoria acudieron todos aquellos
años de final de niñez y de una adolescencia turbulenta de parte de los chicos
y más calmada en ella.
Las preguntas se agolpaban por
salir. Deseaban recuperar tanto tiempo de no haberse visto y en esta bonita casualidad
se agolparon todos aquellos años de inocente hermandad. Elizabetta pregunto por
Paolo una vez que se hubieron calmado.
— Con un poco
de suerte, volveremos a estar los tres juntos de nuevo. Me lo ha prometido,
aunque empiezo a dudarlo. Al fin cumplió sus sueños y anda metido en política o
en qué se yo que laberintos. Se va a llevar una grata sorpresa cuando te vea.
Siempre que nos vemos, que no es mucho, ciertamente, me pregunta por ti. Se va
a llevar una sorpresa. Por cierto, me extraña que no haya llegado aún. Hizo
mucho hincapié en que le dijera si vendrías. Pero veo que ha sido él quién ha
faltado a la cita. Es hora de cerrar la galería, así que le veremos otro día.
— —¡Qué lástima!
— exclamó Elizabetta que se había hecho ilusiones de poder estar nuevamente los
tres, es decir la ilusión sería volverle a ver.
— Permíteme
un momento. Voy a despedirme de mi secretaria para que cierre. Es tarde y no
creo que nadie venga a estas horas. Iremos a cenar y allí tranquilamente
charlaremos de nuestras cosas y recordaremos esa época tan feliz del instituto,
aunque a nosotros nos pareciera insufrible.
Ella ocultó como pudo la desilusión
sufrida por la no asistencia de su otro amigo. Cuando se lo anunció, de golpe,
el corazón se agitaba dentro de su pecho. Sabía de sobra a que se debía, pero
estaba claro que debía apartarle de sus pensamientos ya que él andaba por otros
caminos. Carlo había insinuado que le gustaban bastante las faldas. Ella sabía, que sería lo más probable, que tuviera alguna cita femenina, ya que ella sabía
perfectamente que no había sesión en esa tarde. Aún siendo fin de semana, había
ocasiones, cuando alguna urgencia lo requería, que debían ir a trabajar, pero
en esa ocasión no se daba el caso. No deseaba que su decepción fuera tan
evidente y, a pesar de que no le apetecía ir de cena, se mostró contenta por
seguir con su charla. Una charla que inevitablemente derivaría en si algunos de
ellos tuvieran novia o mejor dicho novio, porque era ella el motivo de interés
del pintor.
Con familiaridad la tomó del brazo
y continuaron la charla. La llevaría a uno de los mejores restaurantes de la ciudad:
La Pérgola, con estrellas Michelín.
Elizabetta se preguntaba si habría
ganado tanto dinero como para permitirse ese lujo. Ella conocía el restaurante,
no porque hubiera estado en él, pero en sus estudios para turismo, era una asignatura
obligada conocer los lugares en donde se comiera bien, y ese restaurante reunía
todos los requisitos. Caminaban despacio mientras desgranaban lo vivido durante
esos años de ausencias. Supo que Carlo
había tenido una novia que no cuajó, porque él apreciaba a la muchacha, pero
estaba enamorado de otra y no pudo ser. Él cayó prudente de quién estaba
enamorado, la llevaba del brazo y, sin Duda iba a ser la noche más feliz de su
vida. Y hasta se alegró de que Paolo no estuviera con ellos. Sabía del
enamoramiento temprano que tuvo ella de su amigo y aunque pasaron los años, no
deseaba tentar a la suerte. Aunque lo cierto no albergaba ningún tipo de
esperanza respecto a que ella le mirase con algo más que como amigo, pero con
tenerla cerca se conformaría.
Sin ser habitual, Carlo era
conocido por el maitre del restaurante, dado que les creó los dibujos para las
cartas y el logotipo para diversos objetos del restaurante. Por tanto, nunca
tendría pegas si llegaba de improviso a comer, a cenar: siempre sería bien
recibido.
Tras saludarse afectuosamente, le
pidió una mesa discreta, pero no arrinconada:
— Es una
compañera de instituto a la que quiero como a una hermana y nos hemos visto hoy
por primera vez en muchos años. Danos una mesa discreta pues nuestra charla de
puesta al día va a ser larga
— Sabes que
aquí siempre tendrás lo que desees y viniendo con una dama tan bella y
exquisita aún con mas motivo. Seguidme. Tendréis la intimidad que queráis tener,
pero, al mismo tiempo no estaréis solos o arrinconados.
La mesa era excelente y el menú
recomendado por el maître exquisito. Todo se cumplía paso a paso. Deseaba
obsequiarla con lo mejor y todo se le haría poco para festejarla. Le parecía imposible
que, al fin estuvieran sentados frente a frente, aunque los pensamientos de
cada uno de ellos fueran diferentes. Ella, en su interior, echaba de menos a su
otro compañero, a Paolo, para rememorar los bonitos años del inicio de la
adolescencia. A su memoria acudió la super protección que ambos muchachos
ejercieron sobre ella y creyó que no se repetiría más. Al hacerse mayores fueron
abandonando, sin darse cuenta, aquella especie de caballeros andantes que no
permitían que nadie se acercase a su “Dulcinea”. Sin embargo, hoy, al menos uno de ellos desoyó, no sólo a ella, sino a su amigo que le había invitado expresamente
a su inauguración. No tuvo en cuenta que ahora ya no era el muchacho
reconcentrado en sí mismo que se incorporó a su pequeñísimo grupo formado por
dos personas.
Algo retirado de ellos, había una
pareja conversando animadamente y expresivamente. Él había tomado la mano de
ella y cada vez que miraba su rostro, la acariciaba suavemente en los nudillos
de su mano deteniéndose en uno en especial que portaba un anillo muy
significativo. La miraba directamente a los ojos, con intensidad tal que, ella
se veía obligada a bajar su vista. Estaban distantes de la mesa de nuestros
chicos, pero no tanto como para no verlos. Carlo les daba la espalda y, por
tanto, ni siquiera los veía, pero Elizabetta si y seguía maquinalmente el
movimiento de manos, en especial de él. No prestaba. A penas, atención a lo que
Carlo le narraba. Ni siquiera mostraba interés por saber a lo que se estaba refiriendo,
pero movía alternativamente su cabeza indicando que le escuchaba y que le
interesaba su narración, aunque fuera todo lo contrario. Carlo, se calló
bruscamente habiéndose percibido de que ella estaba en otro lugar bastante
lejos de aquel restaurante y que tenía en un sitio determinado su vista puesta
en algún rincón del restaurante y, que pausadamente, más por tragar saliva, que
para degustar la copa, se la llevaba a los labios intermitentemente pero
demasiado frecuente. Estaba claro que se había evadido de su compañía y, triste
sin demostrarlo, giró la cabeza siguiendo la visión de ella y, entonces descubrió
quién era el portador de su atención, justo en el momento en que él acariciaba
la otra mano de su acompañante.
Sabía de sus andanzas y, cuando
llamó para invitarle a la inauguración, le aseguró que no faltaría y estaba
visto que había incumplido totalmente su promesa. Lo lamentó por Elizabetta que, a todas luces,
se había desilusionado por su ausencia.
Con el pretexto de ir un momento al
servicio, se levantó pasando casi rozando a la pareja que estaba totalmente
absorta en su ritual. Comprendió en el acto lo que ella miraba con tanta fijeza.
Comprobó que ella no estaba mirando
y decidió tomar cartas en el asunto. No sólo era por Elizabetta, sino por él
mismo: fue un desaire y tenía que hacérselo notar.
Paolo se sorprendió mucho cuando le
tuvo de frente procurando tapar con su cuerpo, la presencia de Elizabetta. No
le daría ese gusto. Buscó cualquier pretexto y, tras despedirse, emprendió sus
pasos hacia donde estaba ella que le aguardaba jugando con el mango de una
cucharilla de postre. Aprovechó que no miraba en esa dirección y se despidió de
la pareja. Paolo, por conocerle bien, supo en el acto que estaba molesto y
trató de excusarse, al tiempo que le abrazaba al despedirse:
— Perdona. Lo
olvidé por completo. En cuanto tenga un rato libre, te doy mi palabra que te
visitaré.
Él no dijo nada y al tiempo que se despedía de la mujer que le acompañaba, dirigió su mirada hacia su propia mesa y, respiró aliviado de que Elizabetta siguiera entretenida con algo y no se diera cuenta de que estaba hablando con él.
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Autora< rosaf9494quer
Edición< Junio 2023
Ilustraciones< Internet

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 6 - Una desconocida
Mientras caminaba hacia su casa reflexionaba sobre lo
vivido en ese día y en cómo la vida se empeñaba en jugar con ellos y, rememoró
el momento en que se enteró de que al congresista que asistiría era, ni más ni
menos que Paolo, el chico del que estaba enamorada desde que era una
adolescente en ciernes. Recordó que estaba destinado a un alto cargo en
diplomacia, o en cualquier gobierno regional o quién sabe si nacional. Era el
sueño acariciado de sus padres y, aunque él no estaba conforme con ese destino,
terminó por entusiasmarle hasta el punto de aceptar con más o menos ganas la
carrera diplomática. Por si era inalcanzable se había distanciado un poco más.
De todas formas, no era probable que se vieran nuevamente. Si ya había sido
difícil en las vacaciones, lo sería aún más una vez terminada s sus respectivas
carreras, tan dispares entre sí. Alguna embajada estaría destinada para él. O bien
formaría parte de algún gobierno que le llevara hasta la presidencia. Estaba a
mil años luz de los otros dos soñadores muchachos de entonces.
Se hizo el propósito de que en ese fin de semana iría
a ver la exposición de Carlo. Él, además de inspirarla más confianza era más
asequible. No era tan remilgado como la familia de su otro compañero, de un
compañero que no sentía ningún interés por ellos a pesar de que se juramentaron
que se enviarían noticias y que su amistad permanecería inalterable por los siglos
de los siglos.
Al llegar a este punto, sonrió bajando su cabeza para
ocultar su risa a los ojos de los demás transeúntes y no la tomaran por una
loca que andaba suelta. En cuanto llegara a su apartamento, buscaría en
internet todo lo relacionado a Carlo Bianchi que, poco a poco se abría paso en
ese mundo difícil del arte. El cartel anunciador de su exposición la había
subyugado y tenía una ligera idea de haber visto algún borrador de algo parecido
a lo que fuera un boceto definitivo.
Metió la llave en la puerta de su pequeño reino que era su apartamento en el que reinaba junto a otra compañera azafata que paraba poco en casa debido a su trabajo. Muchas veces había conversado sobre lo interesante, a la vez que inquietante de pasarse la vida volando de un lugar a otro sin siquiera conocer nada de donde hacían escala. Lucille tenía una ruta fija en Alitalia de Roma a El Cairo y se había hecho novia de uno de los pilotos de su misma ruta, sólo que él, si tenía el itinerario bastante cambiante, por tanto, se veían poco, pero ellos insistían en sus proyectos de algún día formar su propio hogar con hijos incluidos. Se necesita mucha fuerza de voluntad para mantener una relación como la de ellos tan cambiante y con escasas presencias personales, pero no había más que mirarlos para que todos los muros que se pudieran construir se derrumbasen de una vez al verlos juntos y las miradas que se dirigían uno y otro. Elizabetta comentaba muchas veces con su compañera de piso, las pocas veces que coincidían, en que has de estar muy segura del amor de otra persona con tan escasos momentos tenidos para ellos solos. Pero Lucille estaba tan segura de lo que quería que rebatía cualquier comentario en contra. Se querían y deseaban formar una familia, de eso estaban muy seguros y lo harían en cuanto reunieran todo el presupuesto que se habían trazado para ver satisfechos sus logros. Con esos argumentos no había forma de hacerles desistir de ello.
Estaban seguros de que se amaban y de la fidelidad
de cada uno de ellos. A veces Elizabetta les ponía, ante sus ojos, como ejemplo
de amor inquebrantable, como en el fondo ella sentía desde casi una niña pero
que había perdurado en el tiempo. Bien es verdad que tampoco había tenido
muchas oportunidades de salir con otros chicos. Ni tan siquiera con sus
compañeros de clase. Sabía que para sus padres era un sacrificio tremendo el
darle esos estudios y ella, les reconocía el esfuerzo correspondiendo del único
modo que podía y era estudiando y esforzándose a fondo en ellos para sacar su
carrera adelante. Se sentía orgullosa de
haberlo conseguido; ya habría tiempo para noviete o simplemente algún que otro
escarceo amoroso, pero mucho se temía que, mientras no se le fuera de la cabeza
el arrogante Paolo no conseguiría nada.
Encendió el televisor al tiempo que se quitaba los
zapatos de un empujón con el pie contrario. El estar todo el día con tacones
era un sacrificio al que tendría que acostumbrarse dado que en su presente
trabajo había de tratar con gentes de las muy altas esferas, totalmente diferentes a los turistas, más
prácticos, que iban con calzado y ropa cómodas para abarcar el máximo de
visitas a todo cuanto de maravilloso Italia les ofrecía. La cultura, la historia
y los propios italianos formaban un mosaico riquísimo y variado que había que
contemplar y aprovechar al máximo.
Por un momento sintió nostalgia de no haber optado por ese empleo, diverso, simpático, enriquecedor al conocer a gentes de los
cinco continentes que se maravillaban ante cualquier monumento que
contemplasen. Ese había sido el sueño dorado de ella, pero al ponerle frente
así la posibilidad que aceptó, sin ningún género de dudas de Naciones Unidas.
Era un campo difícil de explorar, pero también enriquecedor, aunque más
monótono y, concretamente el de ella, encasillada en el cubículo insonorizado y
en plena concentración debido a que los cinco sentidos de interés serían
insuficientes para que nada fallase y se organizara un trifostio de mucho
cuidado. Era interesante y sentía que formaba parte de ese reducido círculo que
intervenía en el bienestar en la vida de las personas, pues no sólo de guerras
se trataba. La lucha contra el hambre y la desnutrición infantil era el protagonista
de muchas sesiones y sabía que ella aportaba su granito de arena para que las
gentes de cualquier latitud viviesen mejor, aunque ella todo lo que podía hacer
era no perderse ni una coma de la traducción que debía hacer. Pero a su modo
era también partícipe de que todo fuera más justo y el reparto no fuera solo
para los poderosos sino para quienes Labran la tierra.
Ni siquiera prestaba atención a lo que la televisión
decía. Tapó su boca con la mano cuando, un bostezó le avisó de que estaba
cansada, que debía cenar y meterse en la cama. Al día siguiente se levantaría a
la hora de costumbre y haría las averiguaciones para asistir a la exposición de
Carlo y, con un poco de suerte, quizás le viera por allí.
El día había amanecido algo plomizo y bochornoso,
pero sabía que, a medida que transcurriera la mañana, las nubes se despejarían
y el sol sería el astro rey, aunque cabía la posibilidad de que eso no sucediera,
sino que cayese un chaparrón de antología. Metería en su bolso, su gran bolso,
un paraguas plegable por si acaso.
Tomó un café con leche a palo seco, y después de
recoger el servicio, fue a su habitación para elegir la ropa que llevaría. Se
decidió por un conjunto de chaqueta y pantalón color beige conjuntado con una
blusa de lino en color marrón, zapatos a juego con el bolso también del mismo color
que la blusa. Se lo puso por encima para comprobar el efecto y satisfecha
sonrió. Lo dejó todo encima de la cama y se dirigió al baño para asearse.
En un principio no se percató de la admiración que
causaba a su paso entre algunas personas. No era coqueta, aunque le gustaba la
buena ropa y bien conjuntada y, hoy, efectivamente iba muy bien arreglada.
Deseaba impactar a Carlo, aunque sabía que para ello, no se necesitaba mucho.
Tal y como pensó, Carlo estaba allí departiendo con
una señorita bien arreglada que ordenaba algunos catálogos puestos encima de
una mesita adornaba por un gran jarrón de peonías color rosa y ciclamen en
perfecta conjunción de color. Él estaba de espaldas a ella cuando entro en el
salón. Se quedó boquiabierta al contemplar la obra de su amigo. La mayoría eran
carteles de tamaño grande de mujeres en distintas posiciones y distintos
atavíos, pero en todo el rostro era el mismo. Se fijó más detalladamente en
ellas y hasta encontró un ligero parecido a alguien, pero no terminaba de
identificar. Desde lejos, la azafata que charlaba con Carlo, le hizo una
indicación con la cabeza y él giró la suya para contemplar el rostro de la
joven que acababa de entrar en la sala, y que era sobradamente conocido por él.
Era una inesperada visita que le hizo abrir los ojos desmesuradamente. Ni por
lo más remoto imaginaría que ella iba a visitar su exposición. Se dirigió hacia
Elizabetta que ahora sí, le sonreía ampliamente al tiempo que se notó abrazada
con intensidad por él:
— —Te
imaginaba mostrando el Coliseo y estás ¡aquí ¡
— —Pues claro.
No soy guía, entérate. Ahora soy traductora en Naciones Unidas — él silbó suavemente
con admiración— ¡Vaya con nuestra dama!
— —Habrás
coincidido con nuestro amigo. Estuvo ayer aquí y me lo comentó
— —Ya lo sé.
Le traduje ayer su discurso
— —Pues no me
comentó nada
— —Es que no
lo sabe. No tuvimos ocasión de saludarnos siquiera.
— —Seguramente
volverá hoy. Al menos es lo que me dijo
— —Te tenías muy guardado tu arte ¡eh pillín! ¿Quién ha sido tu modelo? Es la misma cara en todos tus carteles
— —Si es la
misma chica. Tenía un boceto arrinconado en el estudio y casualmente lo vi y me
pareció una cara preciosa y a propósito para lo que tenía en mente. et voilá.
La mismísima Elizabetta en sus años mozos
— —¿Yo? ¡Qué
va ¡No soy yo! Esta chica es muy bonita
— —¿Es que tú
no te crees bonita? Pues lo eres y mucho. Bastante más en persona que en mis
carteles. Ven. Bebamos una copa de champán. Tu visita hay que celebrarla.
— —Es muy
pronto— dijo ella rechazándola
— —De eso
nada. Es mi primera exposición. Ha venido mi mejor amiga y posiblemente mi otro
mejor amigo venga también. ¿Te parece poca la celebración?
— —Dices que
va a venir Paolo
—Eso me prometió ayer
—Entonces déjame que vea
detenidamente tu trabajo y me iré. Tendréis miles de cosas que hablar
—De eso nada de nada. Hace siglos
que no nos vemos los tres juntos y si cabe la casualidad de que hoy estemos los
tres reunidos, habremos de celebrarlo. ¡Menuda sorpresa va a llevarse! Pero
ahora que caigo me has dicho que ayer estuvisteis juntos
— —No
exactamente. Te he dicho que le hice la traducción: él en el hemiciclo y yo casi
en el tejado. Pero le vi por el cristal que nos separa de la Cámara. Así que él
no sabe nada de nada. Y te ruego que no se lo hagas notar.
— —¿Por qué?
— —Porque
quiero comprobar si se acuerda de mí.
— —Está bien.
Mi boca será una tumba.
Ambo se echaron a reír tomados de la mano. Para
ellos los años habían dado marcha atrás y se hicieron cuentas de que estaban de
nuevo en aquel instituto de Amalfi protegiendo a una jovencita que traía locos
a la mitad de los chicos de bachillerato
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Autora< rosaf9494quer
Edición< Junio 2023
Ilustraciones< Internet

sábado, 6 de enero de 2024
ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 5 - Camaradas
Se dirigieron al restaurante elegido y frecuentado a menudo por
ellos. Les conocían y se apresuraban a servirles deprisa ya que sabían que
debían retornar al trabajo con prontitud. En esa ocasión no era el caso, puesto
que, por ese día, la asamblea había quedado disuelta hasta dentro de dos días.
Debían preparar la ponencia como respuesta a lo expuesto en esa mañana. Se
presumía tediosa y con grandes discusiones, según comentaban el resto de los compañeros.
Parecía ser que, era lo habitual. Cosas de la política. Tenían que reafirmarse
en lo expuesto por cada uno de ellos, estuvieran en el camino correcto o no, de
lo contrario darían la impresión de que habían claudicado ante no se sabía que
artículo, del párrafo tal, folio…. etcétera.
Hablaban en un lenguaje que no tardaría mucho en ser el suyo
también, pero estaba algo asustada y a la vez se preguntaba si habría hecho su
trabajo de acuerdo a las ordenanzas, es decir correctamente. Llevaban una línea
de discurso para que todos lo entendieran, fueran del país que fueran. A pesar
de que el inglés era el idioma oficial de la Cámara, pero, como el que no
quiere la cosa, a veces, se escapaban algunos párrafos dichos en el país de origen
del parlamentario que en ese momento estaba disertando en la cámara. Son trucos
que se buscaban para resaltar más ante el resto de sus compañeros. Para eso
debían ser ágiles en la reacción y tener dispuesto el idioma que trataba de
camuflar.
De todo eso se trataban las recomendaciones dadas por sus
compañeros. El que menos llevaba un año en el puesto y ya había cogido el
tranquillo de la experiencia. A fuerza de escucharlos, se conocía todos los
trucos de según cada interviniente.
Y de eso mismo, el compañero que tenía al lado, la estaba hablando
y, aunque todo parecía muy sencillo, hasta que ella no llevara, siquiera unos
días más, no encontraría sus propios trucos con los que salir airosa en
determinadas ocasiones.
Hoy había tenido suerte o que el interviniente de turno había
sido muy claro y a penas ella intervino, nada mas que para pasarlo al datáfono
que lo grabaría en una cinta a modo de archivo por si alguien tuviera alguna
reclamación que hacer. Todo se hacía sobre la marcha. No se podía negar que
tenían a su alcance todos los medios para facilitarles el trabajo al máximo.
Que no hubiera ni un solo error, ya que los temas que allí se desmenuzaban era
de vital importancia para el país de turno y por lógica para el resto de la
Cámara. Todos hablaban alegremente,
despreocupados, pero Elizabetta, a pesar de escucharlos, su cabeza no dejaba de
dar vueltas y su compañero más cercano, se dio cuenta de que ella no
participaba en la tertulia y que permanecía callada y con la mirada fija en
algún punto de la mesa, de cualquier vaso, o plato que tuviera cercano.
—¿Estás preocupada por algo? — la preguntó discretamente— Si es
por eso tu silencio, no te preocupes, mañana podremos repasar las traducciones
y si hubiera algún error, tenemos margen para rectificarlo. Ya te
acostumbraras. Trabajamos a mil por hora. Algunos parlamentarios que hablan con
calma, pero otros, en cambio, parecen que les dan cuerda, lo que te obliga a ti
a traducir a la velocidad del rayo, pero tenemos un margen de error, que luego
podemos rectificar al transcribirlo a limpio. Olvídate de todo y disfruta. Si
necesitas ayuda, ya sabes que cuentas con nosotros. Todos la hemos necesitado,
al principio. No tienes más que decírnoslo y enseguida estaremos a tus órdenes.
Lo bueno de este departamento es que somos como una familia bien avenida y nos
ayudamos unos a otros. Ahora tu, vosotras — dijo dirigiéndose a la otra chica—
no tenéis más que decírnoslo. Sin pudor. Hoy por ti mañana por mi.
— —No estoy preocupada. Estoy nerviosa por lo vivido.
Pero tengo la seguridad de tenerlo y hacerlo bien. Gracias. Sé que en algún
momento os necesitaré
— —Bien. Pues olvídate del día de hoy. Mañana lo
pondremos todo en limpio y ahora no pienses en el trabajo.
— —¿Conoces al parlamentario que me ha tocado en turno?
— —Puede que si, pero en ese momento estaba pendiente
de mi intervención, y no le presté atención ¿Por qué, le conoces?
— —Tendría que verle de cerca. Pero sí. Me recuerda a un
antiguo compañero de instituto.
No se daba cuenta del porqué de aquél volver una y otra vez a
visionar la misma imagen del a penas visto rostro. Tendría que volverle a ver y
de esta forma lo confirmaría o la dejaría en paz de una vez por todas. Creía
haber superado lo de aquellos días de adolescencia, pero estaba claro que no lo
había conseguido. Superado el primer peldaño, tendría que seguir subiendo esa
escalera imaginaria de su cabeza si quería recobrar de nuevo la tranquilidad.
¿Podría verle de frente en alguna ocasión?
— —Seguramente—se dijo. No tanto por dejar de pensar en ello, sino por comprobar que su corazón no la había engañado. Quedaba aún mucha leña por quemar dentro de esa cabecita tan inteligente, pero, que en los menesteres amorosos dejaba mucho que desear.

jueves, 4 de enero de 2024
ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 4 - Naciones Unidas
Y allí estaba. Frente al imponente edificio que sería su empleo si todo saliera bien en la entrevista que iba a realizar. Pensaba que sería el último trámite y después ya podría respirar tranquila. Era como si sus pies permanecieran anclados en el suelo. Interrumpía el constante entrar y salir de las personas que allí acudían a diversas gestiones. No se dio cuenta de ello, ya que miraba permanentemente hacia arriba, haciéndose visera con la mano, mientras pensaba en todo aquello. En el salto que significaría para ella. Bajo de su ensimismamiento cuando alguien la empujó ligeramente al tropezar con ella. Volvió en sí cuando escuchó que alguien la pedía disculpas. Y fue entonces cuando, aterrizó definitivamente en la tierra.
Se excusó lo mejor que pudo y, al fin, se decidió a dar los
primeros pasos, adentrándose en aquél enorme vestíbulo de uno de los edificios
más importante del mundo. Hizo un barrido con la mirada y al fondo, encontró un
mostrador que indicaba “Información” en un rótulo.
Llevaba a mano su carta de presentación, pero en recepción no la
pidieron nada, tan sólo la interrogaron a qué planta se dirigía. Brevemente,
les contó lo de su presencia allí, y la señorita que, amablemente la atendía,
sonrió al tiempo que la entregaba un cartel pequeño, con una cinta para que se
la pusiese colgando del cuello visible a todo el mundo que mirara de qué se
trataba “Visitante” ponía en letras relativamente grandes y en negrilla. Tras eso, la indicó a la planta a la que
tenía que dirigirse:
-
Diríjase a la décima planta. Allí la recibirá el
director y la indicará a donde ha de ir.
-
Gracias. Ha sido muy amable.
Las piernas la temblaban a cada paso que daba. Se aproximaba hacia
lo que sellaría su destino. Aún estaba a tiempo de dar media vuelta y
marcharse. Pero ella no era una cobarde. Había luchado mucho para conseguir, no
el resultado por el que se encontraba allí, sino por otro de menos categoría,
pero igualmente importante. Seguramente menos que éste, pero al menos no le
habría producido tanto sobresalto como el que estaba sintiendo. Se dio ánimo ella misma y se dirigió a los
ascensores que, constantemente estaban en funcionamiento. Aquel vestíbulo era
todo un mundo y eran aquellas personas, o al menos lo hacían sus jefes, quienes
manejaban los hilos de todas las vidas humanas desperdigadas por el mundo. Bien es
verdad que ellos trataban de evitar lo inevitable en algunos casos, cuando los países
están manejados por manos incompetentes que manejan los hilos y las vidas de
todos ellos bajo su mandato. ¿Se daba cuenta de la importancia que tendría su
papel? Hasta ese momento no se había parado a pensarlo, pero de repente supo
que de sus traducciones dependería la interpretación que hiciera su jefe más
inmediato, es decir el congresista que, a su vez debía transmitir a su
presidente lo acordado y éste, decidir si seguía adelante con lo que
proyectaban o debía prepararse para una guerra inmediata resultara lo que
resultara.
Y entonces comprendió la importancia de lo que ella dijera o
transmitiera y lo que la persona que la escuchaba a través de unos auriculares,
entendiera bien lo traducido. Y fue, ese descubrimiento, como si una losa la
cayera encima. Ya no había tiempo de retroceder y salir corriendo de allí. Al
otro lado de la puerta una voz la ordenaba que pasase. Ya no tenía escapatoria.
Tenía que dar la cara, pero lo primero, sería calmarse y pensar muy bien las
respuestas que diera porque estaba segura de que sufriría también otro
interrogatorio.
Con una amplia sonrisa la recibió levantándose de su sillón y
dándola la enhorabuena por lo conseguido. Tas las palabras de salutación la
indicó con un gesto que tomara asiento frente a él e inició la conversación
extrayendo de entre los documentos que tenía sobre su escritorio una carta con
el membrete tan conocido por ella y pensó que sería la recomendación de sus
profesores.
Inmediatamente fue puesta en antecedentes de lo que sería su misión
a partir de aquel mismo momento, aunque no empezaría a desempeñar su puesto
hasta dos días después, en que se celebraría la primera, para ella, de las
asambleas de Naciones Unidas. Debió
poner cara de susto porque, de inmediato y sonriendo, su jefe la indicó que no
se preocupara y para acostumbrarse al ritmo y por tanto a su trabajo, tendrían
dos días para realizar ensayos. Que no debía preocuparse porque lo haría bien….
Bla bla bla. Pero si estaba preocupada. Tras unos momentos a modo de
introducción, la indicó que la presentaría a sus compañeros y la explicó que,
todos sin excepción, habían tenido los mismos comienzos que ella. Que eran
simpáticos y solidarios. Después la condujo hasta su cubículo y, dando un
repaso rápidamente comprobó que era una habitación no demasiado grande,
insonorizada. En el frente un cristal panorámico que comunicaba con el salón de
conferencias. Rápidamente repasó en una sola mirada y vio los asientos vacíos y
una especie de pupitres delante de cada asiento con una placa en la que
señalaba el nombre de cada interviniente y el país al que representaba. En un
lado del escritorio, un pequeño micrófono que sería para el congresista y junto
a ello, unos diminutos auriculares, que seguramente sería su cordón de contacto
con el intérprete correspondiente. El traductor, se sentaría frente a la
cristalera diáfana y en su mesa habría una serie de aparatos, sobradamente
conocidos por ella que grabarían en tiempo real la traducción y a un mismo
tiempo las preguntas y respuestas tanto del traductor como del representante en
el hemiciclo. Folios, bolígrafos, rotuladores de colores y una botella con
agua. A su mano izquierda, un pequeño teléfono que la conectaría con el mando
central por si fuera necesario rectificar la traducción. Se tendría que hacer
con su puesto en el plazo de un mes como máximo, teniendo en cuenta que las
sesiones importantes son cuestión de dos o tres días. Las auxiliares, es decir
las que ordenan lo vivido en el hemiciclo, era cuestión de los secretarios de
cada secretario. Posiblemente tendría que los traductores también interviniesen
por si tuvieran que rectificar algo antes de sacarlo en limpio y entregarlo al
ministro o secretario de turno de cada uno de ellos.
No era un trabajo tan sencillo como imaginaba y que tanto le
alababan. Nadie regala sueldos a la ligera, tendría que “sudarlo”, pero eso no
la asustaba. Nada la asustaba ya que, a medida que avanzaba el día, la toma de
contacto con sus compañeros la iban tranquilizando. Le daban ánimos y contaban
anécdotas de lo que cada uno de ellos vivió en sus primeros días en la Sede.
Poco a poco, la hora del almuerzo llegó y todos estuvieron de
acuerdo en ir juntos a una cafetería cercana a la Sede y, que frecuentaban con mucha asiduidad. Todos estaban alegres y joviales y cada uno de ellos no ha mucho que
se habían incorporado a ese puesto que ahora era su referente para Elizabetta.
Tenían el aplomo y la experiencia de quién ya conocía su misión y la dominaba.
Trataban de infundir a las nuevas la seguridad de que ellos hacían gala y
restaban importancia para infundirlas valor de lo que a ellos les costó
asimilar del mismo modo que a ellas, ahora les faltaba. Las ayudarían en todo
lo que pudieran y trataban de restar importancia al primer día. A la primera
vez que se enfrentó a unos auriculares y un micrófono que transmitiera el
resultado de su traducción a la persona que, nerviosa aguardaba en el hemiciclo
pendiente de escuchar por el audífono lo que desde un lugar alejado de allí le
estaba transmitiendo. Eran dos extraños que tenían que conectarse con afinidad.
Que no se conocían físicamente, pero esperaban que todo saliera bien. Estaban a
años luz de distancia una del otro y ni siquiera con esperanzas de hacerse
visible. Quizás con suerte pudiera echar una mirada al hemiciclo cuando
estuvieran interviniendo y, al menos saber cómo era “su jefe”. El tipo de voz
la diría si era mayor o joven. Había cultivado su oído y afinaba mucho en el
reconocimiento de las voces. Ese era un tanto más a su favor, además requisito
indispensable dentro de su profesión.
Entre risas y bromas, sus compañeros trataban por todos los
medios de que se relajara tanto ella como la otra chica nueva que había
entrado. Existía el buen compañerismo. Podían contar con ellos si
en algún momento su voz se quebrara o alguna traducción se les
atragantara. Esas concesiones de sus
compañeros la tranquilizaban y a un tiempo la ponían nerviosa, porque
narraban unas situaciones que podían darse. No se imaginaba quedarse sin voz en
la mitad de una alocución e imaginó que el parlamentario giraría de inmediato
su cabeza buscando la cabina acristalada desde la cual le transmitieran la
traducción al idioma oficial de Naciones Unidas. Pero También pensó que, si sus
compañeros lo daban como posible accidente, es porque se había dado. Y ese
pensamiento la dejó aún más intranquila. La sacó de su aislamiento la voz de
uno de sus compañeros al notar que su cabeza no estaba allí con ellos, e
imaginó en lo que pensaba, puesto que a él mismo le pasó algo parecido el primer día.
Apretó una de sus manos que descansaba sobre la mesa y con un guiño, la dio a
entender que no ocurriría, que solo era un ejemplo para prevenirlo si se diera:
— No te preocupes no suele ocurrir, pero por si acaso. En los
años que llevó aquí, jamás me ha sucedido. No vas a ser tu la primera y, además
nos tienes a nosotros para echarte una mano si se diera el caso. Aprovecha tu comida y
al menos hasta mañana olvídate de este edificio

miércoles, 3 de enero de 2024
ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 3 - ¡ Lo conseguí !
Nunca hubiera imaginado que serían tantos los alumnos a punto de terminar sus carreras en Turismo. Debería haberlo imaginado, sabiendo que Italia es uno de los primeros destinos para viajar. Patrimonio de la Humanidad, toda ella era bella, interesante, histórica y amable, además de una rica gastronomía y un carácter afable en sus habitantes. Los italianos son alegres y despreocupados en cuanto a vivir la vida se refiere. Pensó que había elegido bien su porvenir: nunca le faltaría trabajo y cuando ya no estuviera en edad de tanto viaje, siempre podría dar clases en cualquier instituto sobre ese tema.
Se encontraba exultante y algo nerviosa. Al día siguiente sería la prueba suprema en la que se jugaba su porvenir. Había decidido no estudiar esa noche. Llevaba varios días repasando el temario, de manera que, trataría de dormir si ello fuera posible, para estar más descansada al día siguiente; aunque lo dudaba ya que los nervios hacían que diera vueltas y más vueltas en la cama tratando de encontrar el descanso. De repente, se centró en sus recuerdos de adolescencia y en ellos estaban sus grandes amigos y guardaespaldas de aquella época. Sonrió divertida recordándoles en aquella noche de la despedida en la que los tres se achisparon un poco. En los años siguientes a su separación, no habían coincidido ni una sola vez los tres juntos. Paolo desde luego en ninguna.
Y al llegar a este punto, Elizabetta se detuvo unos instantes tratando de recordarle ¿Cómo estará ahora? Su última visión era la de un jovencito rondando los dieciocho años. Simpático, ocurrente, alegre y atractivo hasta decir basta. Él había sido, desde que le viera, su galán indiscutible, a pesar de la pena que le daba el otro escudero Carlo que, por edad, aunque no en exceso respectivo a ellos, era más sensato y circunspecto. Lo que ignoraba ella, es que esa introspección de él se la debía a ella, a su cercanía, a su futuro que había forjado en su cabeza junto a Elizabetta. Ella ignoraba el interés de Carlo y el alejamiento de Paolo, al que poco a poco se tuvo que acostumbrar.
Fue de las primeras en terminar el examen, algo que la llenó de satisfacción y oportunidad de repasarlo una vez más antes de entregarlo. Lo leía con nerviosismo que iba relajando a medida que en su análisis avanzaba y comprobaba que el examen estaba realizado correctamente, al menos ella no observaba fallo alguno. La sobró tiempo y decidió entregarlo al profesor para su examen, ya que si continuaba repasándolo, seguro que los nervios encontrarían alguna falta, aunque no la hubiera.
Hasta dos días después no se anunciarían en el tablón del vestíbulo a las personas que habían aprobado y, si así fuera, tendría que pasar por el despacho de su profesor para recibir instrucciones referentes a la entrega de diplomas. Hasta no efectuar este último trámite, no estaría tranquila, por más que hubiera repasado hasta el último renglón del examen y creía haber comprobado que estaba impecable.
Demoraba adrede el arreglo personal para acudir a la cita con su profesor. No durmió nada bien esa noche intranquila, repasando mentalmente de nuevo su examen. El cansancio, los nervios la rindieron y estaba casi amaneciendo cuando pudo conciliar el sueño. El despertador repiqueteó a las siete de la mañana, cuando mejor y más sumida estaba en él. De un salto se tiró de la cama y se metió en el baño para arreglarse. Se miró en el espejo para dar una última mirada a su arreglo y dando el visto bueno salió de su casa. Llevaba el semblante preocupado y nervioso. El camino hasta el centro donde había estudiado hasta hacía unos pocos días, apareció ante ella imponente, como si fuera la primera vez que lo viera y los cuatro años se hacían presentes en su memoria. Aspiró el aire de la mañana, hinchó su pecho y, con paso firme entró en el hall del edificio.
Con paso firme y seguro se encaminó hasta el vestíbulo de estudiantes en donde había colgado el cartel que contenía el porvenir o las repeticiones de los examinados. Buscaba entre los nombres de los suspendidos el suyo ¿Por qué lo hacia? Estaba segura de que había aprobado, a no ser que algo de última hora hubiera fallado y eso le restaría puntuación. Suspiró aliviada cuando comprobó que no era tal cosa. Decidida oriento su vista hacia otro apartado con los aprobados. Estaban por orden alfabético y, derecha se dirigió hacia el renglón que contenía la inicial de su primer apellido en la columna de los aprobados. Extrañada, vió que no estaba el suyo. Tenía miedo de rastrear la otra columna. Sería la última. El corazón le latía apresuradamente y no se atrevía a cambiar la dirección. Enfiló su mirada hacia el encabezamiento de la lista que, con letras mayúsculas y en negrilla encabezaba una lista menos poblada que las otras dos anteriores. Nunca la palabra que sobresalía en el listado le había parecido más extraordinaria que nunca y, efectivamente SOBRESALIENTES, era su encabezamientos y no se refería al tipo de nota sacado, sino a la magnífica capacidad de los exámenes realizados. Y en el primer lugar, el suyo. Se tapó la boca con la mano para no lanzar al aire un grito de satisfacción. Pasados los primeros momentos, extrajo de su bolso el teléfono móvil. Sacaría una fotografía y se la enviaría a su padres que esperaban expectantes el resultado de ese fin de curso tan especial. Solamente cinco jóvenes habían sacado la excelente puntuación, y entre ellos estaba Elizabetta. Contentos intercambiaron las enhorabuenas y los cinco se dirigieron al despacho del profesor que había sido responsable durante cuatro años de que ellos recibieran su acreditación como Intérpretes y Guías turísticos. Lo había conseguido. No se lo podía creer. Pero también pensó que a partir de ese momento, comenzaría la otra etapa dura de su vida: buscar empleo en alguna agencia de turismo, o de intérprete en algún hotel. En fin, ya se vería.
Repiqueteó con los nudillos de su mano sobre la madera de la puerta que le daría acceso al despacho del director reunido con su profesor. Esta especie de ceremonia privada, la ponía un tanto nerviosa. En pocas ocasiones se daba esta oportunidad y no acertaba a entender el porqué de tanto ceremonial. Que ella recordase, en contadas ocasiones había sucedido y, eso le dio miedo. ¿ Sería para darle malas noticias? En contadas ocasiones se había dado el caso y, además, en sus manos llevaba el certificado que la acreditaba como la mejor y más adelantada alumna de su promoción.
Tras concederla el permiso de entrada y, aunque temblaba de pies a cabeza, tragó saliva, carraspeó para aclarar su garganta y comenzó a salvar la distancia entre los profesores y ella misma. Aclaró su garganta de nuevo, temiendo que las palabras no la respondieran, aspiró una bocanada de aire y se decidió, al fin, a expresar el motivo por el que allí se encontraba A penas abrió la boca, el Decano y el profesor, ambos se pusieron de pie ante ella y con una sonrisa de satisfacción, extendieron sus respectivos brazos para estrechar la mano de su alumna más aventajada de este presente curso que en ese día terminaba.
El susto, a penas la dejaba respirar, pero al escuchar las primeras palabras del decano respiró aliviada y al fin supo, la idea que, para ella, tenían ambos profesores.
— Dadas tus calificaciones, no sólo del examen final sino de todos los llevados durante el curso, hemos pensado que mereces algo más que una simple guía turística, como habías expresado durante todo este tiempo. De Naciones Unidas, para su central en Nueva York, hemos recibido una petición para traductoras en las asambleas. De inmediato hemos pensado en tí y en otras dos personas más que, los tres, habéis resultado ser brillantes. Creo que es una buena oportunidad para tí. Bien es cierto que tendrías que vivir permanentemente en Nueva York pero sería un extraordinario paso hacia adelante en tu carrera. ¿ Qué dices?
— Pues la verdad... no lo sé. Ha sido todo tan repentino e inesperado que...¿ Puedo sentarme?— pidió antes de desmayarse.
— Piénsalo bien. Es una ocasión única para ti. Además de un extraordinario sueldo. Un horario de trabajo cómodo, es un paso de gigante para tu carrera.
Elizabetta no se lo pensó dos veces. Ni siquiera se había atrevido a pensar en un escalafón tan altísimo como sería traductora de Naciones Unidas. Ella misma se asombró cuando, cortando la palabra al vice rector dijo de inmediato:
— Si, acepto. Habría de estar loca para no hacerlo.
— Bien muchacha. Haces lo correcto y darás un paso gigantesco en tu carrera. Conocerás gentes que de otra forma sería impensable. Verás de cerca a los mandamases que rigen el mundo. Vivirás cómodamente con un horario sin presiones, excepto cuando haya asambleas o algún representante solicite tu presencia en su despacho para efectuar alguna gestión.
— Si. Decididamente acepto. Aunque nunca expresé mi opinión, en el fondo de mi, siempre he pensado en un puesto como este. Así que, decididamente acepto.
Acto seguido la enhorabuena por el acierto realizado por ella. En ese empleo escalará cotas altas debido a su alta capacitación. Tendría no sólo un buen puesto, sino la estima de todos cuantos la rodeasen. Conocería gentes heterogéneas y quién sabe qué cotas alcanzaría y un buen sueldo que la permitiría vivir desahogadamente, entre otras cotas altas de su status.
Decididamente era su empleo soñado, se decía sonriente mientas salía del edificio. Aún sentía en su mano la calidez de quienes fueran sus profesores dándola la enhorabuena por su aceptación. ¿Tan magnífico empleo era? ¡Las Naciones Unidas ! ¡Uau! ¡Jamás pensó en ello, ni siquiera se le había pasado por la cabeza! Se había centrado exclusivamente en su empleo como guía turística. Nada que ver con la carta de recomendación que llevaba en su bolso.
Dos días después se encontraba frente a la entrada principal del imponente edificio que albergaba el poderío universal. Allí se dilucidaban planteamientos que afectarían al resto de los humanos y ella tendría la misión de traducirlos correctamente a la persona que le adjudicaran para ser su traductora. ¿ Y si se equivocaba? ¿ Y si no lo hacía bien? Si así fuera, tendría el poder maléfico de cambiar el rumbo de la Humanidad. Al llegar a este punto, se detuvo impidiendo el paso de las personas que entraban detrás de ella. Se hizo a un lado pidiendo disculpas con una sonrisa. En eso no había pensado. Y entonces todas las dudas del mundo inundaron su cabeza haciéndola dudar de su capacidad.
Pero, al mismo tiempo se decía que si no estuviera capacitada para el puesto, no la habrían recomendado. Aún estaba a tiempo de rechazarlo. Una voz interior la gritaba que no fuera absurda. Que si sus profesores, todos unos talentos, la habían dado esa carta de recomendación que acreditaba su sobrada preparación para el puesto, ella no era quién para dudar hasta el punto de rechazarlo. Como si una mano invisible la empujara, dio el primer paso y después otro y otro hasta llegar hasta el mostrador de recepción. Escuchaba como sonámbula las indicaciones de a donde debía dirigirse. Ya no tenía escapatoria, debía dar la cara para no dejar en mal lugar a los decanos que la habían recomendado. Les diría que rechazaba el empleo ¿En serio lo haría? Carraspeó un segundo para aclarar su garganta y con paso firme y mano segura, repiqueteó en la puerta de la habitación, cuyo cartel decía que era allí dónde debía presentarse. Al escuchar la voz que la autorizaba a entrar, puso su mano firme en el picaporte que la daría entrada,
RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGHT
Autora< rosaf9494quer
Edición< Marzo 2023
Ilustraciones< Internet

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