miércoles, 15 de julio de 2015

Vivir la vida - Capítulo 7 y último - La despedida



Los días corrian en su contra y Ricardo decidió hacer un viaje con Marita. Irían al lugar romántico por excelencia: Venecia. Para ello decidió suspender las consultas de su gabinete. Las atendería su compañera, pero todo el tiempo del que dispusiera se lo de dicaria a ella ,Una semana increíble, romántica y de amor.

 Marita no quiso seguir ningún tratamiento

- No vida,  quiero vivir con normalidad. Seguir el tratamiento supondrá un poco más de tiempo.  A cambio permanecería en unas condiciones físicas lamentables y mi recuerdo sería el de los últimos días: calva, operada, es decir una mujer postrada.  Dadme los calmantes necesarios para el dolor, pero que no me adormezcan; quiero estar despierta. Deseo que me recuerdes vital, en nuestra vida diaria. No quiero perder ni un sólo segundo que me aleje de ti.

Y así lo hicieron. No mencionaban  para nada,  ni la enfermedad,  ni el corto espacio de tiempo que les quedaba, aunque interiormente cada uno de ellos sabía que cada día que pasaba, era uno menos, y los días transcurrían velozmente.  No podían detener el reloj, que giraba inexorablemente

Se amaban intensamente, pero llegó un día en que los calmantes tardaban más  en hacer efecto y más corta su duración. Se adormecía con más facilidad y el deterioro físico era notable.  Sus fuerzas la iban abandonando paulatinamente. Las ojeras y la palidez las paliaba con el maquillaje para que Ricardo percibiese lo menos posible que el fin se iba acercando.  Ni una sola vez la descubrió llorando, aunque en soledad lo hacía, pero no quería aumentar su dolor más de lo necesario.



Esa noche cenaron juntos como de costumbre. Habían pasado cinco meses desde que les dijeron que irremediablemente no tenía solución  Comió poco, apenas nada y hacía un gran esfuerzo por disimular el malestar que sentía.  Ricardo sabía del sacrificio que ella hacía porque él no se diera cuenta de su padecimiento, aunque era inútil, porque presentía que el fin se acercaba 

-Cariño, voy a acostarme. Estoy cansada
-Si mi cielo, hazlo. Dentro de un momento iré yo



Ricardo presintió que era el final y no se equivocaba. Se tumbó en la cama, a su lado, sin quitarse la ropa. Tomados de la mano los dos recordaban los buenos días vividos.Se reían, se divertían y recordaban el maravilloso crucero que hicieron por el mar Egeo. Recordaron la primera vez que estuvieron juntos y la añoranza inundó los ojos de él que a duras penas disimulaba.

Marita a ratos se quedaba dormida, a ratos tenía frio y otras calor. A veces decía ver a sus padres y en otras revivía el momento en que Ricardo la sacó a bailar después de la cena del capitán, en el crucero.  El dolor comenzó a serle insoportable y lloraba y pedía a gritos a su madre. Parecía una niña pequeña asustada.  Ricardo desesperado acariciaba su rostro, besaba sus labios, la abrazaba. No sabía qué hacer.  Miraba a la señora que ayudaba en casa, que sentada en un rincón lloraba en silencio.  Llamó al médico que acudió inmediatamente, pero cuando entró en la habitación y vio a Marita, todo lo que pudo hacer fue inyectarla una dosis más fuerte que calmara su dolor.  La dosis fue efectiva y Marita entró en una especie de sopor.  Al principio su respiración era tranquila, después se espació más y más .  Por unos momentos recobró la consciencia y buscando con la mirada a Ricardo le dijo

- Amor mio, porque sí,  has sido el amor de mi vida. Contigo he podido  vivir  una vida plena y con inmenso amor. He sido inmensamente feliz , me has hecho inmensamente feliz. Sé que voy a causarte dolor y eso bien mio, es lo que me da pena, una pena atroz que por nada del mundo hubiera querido causarte, pero no he podido evitarlo. En el primer cajón de mi cómoda dejo una carta con lo que deseo hagas después, cuando todo haya ocurrido.  Has sido lo más importante en mi vida; te he querido como no te imaginas.  Me he sentido tu mujer aunque no estemos casados, pero te he pertenecido en cuerpo y alma. No dejes de mirarme, apriétame la mano y bésame, ahora, Deseo que tu rostro sea lo último que vea. Te quiero, te quiero. . .

Lentamente Marita entornó los ojos. Su respiración fue intermitente, hasta que al fin un último suspiró salió de lo más profundo de su ser.  Murió  el día 15 de Mayo, a las 9'25 de la mañana.

Ricardo la besaba repetidamente, acariciaba su rostro y besaba sus labios, dulces, suaves tibios, pero faltos de respiración, y de golpe aquella sensación le hizo comprender que todo había terminado. Miró a la mujer que había sido su vida,  como si con su mirada la hiciera volver  nuevamente. No terminaba de creer que se había quedado solo. Apretaba su mano, se las besaba, la llamaba. . .

La señora salió del rincón en el que había permanecido y le abrazó para infundirle valor. Un sollozo desgarrador salió del pecho de Ricardo dando salida a la angustia que sentía.  Se abrazó a la señora como lo hubiera hecho con su madre si hubiera vivido. Necesitaba el consuelo de unos brazos amigos.

- Señor, tenemos que hacer unos trámites, y tiene que ser ahora

Estaba como sonámbulo, como un autómata.Llamó  al médico nuevamente, El doctor ya traía en su cartera  el certificado de defunción de Marita. Aún le quedaban unos dolorosos trámites que cumplir:  debía llamar a la funeraria       Cuando llegaron y ultimaron el sepelio procedieron a llevarse el cuerpo . Ricardo no pudo ver cómo se la llevaban y roto de dolor y llanto, giró la cabeza para no presenciarlo.

Tardarían un par de horas en instalarla en el Tanatorio  Le parecía imposible estar viviendo todo aquello, pero era real desgraciadamente.  Acudieron sus compañeros de trabajo para hacerle compañía en aquellos tristes momentos.  Se negaba a dejarla en aquel lugar sola, sin más compañía que unas flores y unos cirios. Aquello no iba con ella, era irreal.  A duras penas le pudieron arrancar de la sala a la que volvió apenas amanecía.  Era un día festivo en Madrid, soleado y templado, primaveral.  Al salir a la calle miró al cielo en el que algunas estrellas parpadeaban aún, y ella ya no estaba no podría contemplarlas.  Se echó a llorar sin poderlo remediar.  Llegó al Tanatorio enseguida, ya que además de ser muy pronto,  al ser festivo (San Isidro), el tráfico era escaso.

Entró en la habitación en donde reposaba su amada. La tez blanca, la rigidez le hizo pensar que aquella figura inerte no era su Marita.  Había dispuesto ser incinerada y a los doce en punto del mediodía, en el cementerio de La Almudena, se cumplió el ritual.

Apenas acudieron  cinco o seis personas. Pero estaban las necesarias, las que verdaderamente sentían su pérdida.

El día anterior, había tratado de contactar con Angel, pero no lo había logrado. En el despacho de las oficinas le dijeron que estaba de negocios en Marbella. . .

- Solamente ruego le comunique que su esposa María del Carmen, ha fallecido. A mi no me conoce, y créame no tengo ningún interés por hacerlo.  Gracias por atenderme, buenas noches

Es todo el comentario que hizo a la secretaria que le había atendido en la inmobiliaria de Angel.

El olor de la cremación lo inundaba todo, lo tenía metido en los sentidos. A las cinco de la tarde, le fueron entregadas en una urna las cenizas de Marita y a continuación procedió a sepultarlas en un columbario.



Ricardo, vencido por el dolor, permaneció delante . . .   Y aquí la narración nos lleva al prólogo de la historia, que aún no concluye.

Angel se enteró del fallecimiento de Marita por una conversación telefónica que tuvo con su empresa. Se quedó impasible; ni un ápice de cariño, ni un sólo recuerdo. Hacía años que no se veían.  Tampoco había sentido excesivo amor por ella. El interés económico en un porcentaje muy alto, es lo que había movido a su enlace con ella.  Su amor se lo había llevado una muchacha que tenía como secretaria, y que a penas transcurridos unos meses comprobó que era poseedor de una pequeña fortuna , que aseguraría su porvenir.  De esta manera Angel cayó en las redes de un amor que imaginaba interminable y que no lo fue tanto.

Efectivamente estaba de negocios en Marbella. Unos negocios que se habían venido abajo tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y verse implicado en temas de corrupción.  Se enfrentaba a un juicio con cárcel al estar imputado. Su  inmobiliaria se vino abajo al haberle cortado el crédito las entidades bancarias.  Se encontró de la noche a la mañana con un buen número de bloques de casas inacabados por falta de fondos y su ruina total.  La amante le  abandonó, después de haber "saqueado" su cuenta bancaria y ya no interesarla ese amor que ciego él la había dado.

Uno de los enemigos de Marita (el marido de Luchi) y por el mismo motivo que Angel, estaba también imputado en la misma trama, pero no pudo soportar la presión y murió sólo,  de un infarto en su propio despacho.  Pasando el tiempo,  hizo llegar hasta Luchi el recorte del periódico en el que daban la noticia.  Ella nunca regresó a España, pero al quedarse viuda se casó con el hombre que la había hecho feliz del cuál había tenido un hijo que les colmó de felicidad.  Escribió una cariñosa carta a Ricardo en la que expresaba su inmenso dolor por la pérdida de su querida amiga.

¿ Qué fué de Ricardo ?

A los quince días del fallecimiento de Marita, recibió una visita con una citación para que acudiera al despacho de un Notario: iba a proceder a la lectura del testamento
 En un principio renunció a ir. No quería escuchar las decisiones de su amada, no tenía fuerzzas, pero al fin se decidió y acudió al despacho del letrado

" Dejo heredero universal a la persona que me ha dado el único y sincero amor, que aparte de mis padres, he tenido en la vida.  Renuncio  a los bienes gananciales que me corresponderían por haber estado casada con Angel Rey Andrade.  No deseo recibir por su parte nada en absoluto; todos los bienes aquí dispuestos, son los que de soltera heredé de mis padres, por tanto D. Angel Rey Andrade no percibirá absolutamente nada material de mi propiedad.  Si así ocurriera por error, autorizo a . Ricardo Ortiz Loraque, a interponer una demanda judicial.
En Madrid , a  20 de Octubre de 2011

Firmado:  Mª del Carmen Núñez  Bernal

Una vez realizados los trámites, Ricardo salió del domicilio del notario, llevando en una carpeta las últimas voluntades de Marita. Estaba triste, muy triste. De nuevo había vuelto a vivir los últimos instantes del ser que más había amado y que tan corto había sido el paso por su existencia.  Deseaba pasear. No sabía  la decisión que tomaría. Marita tenía una pequeña fortuna además del piso de Martínez Campos y el que había compartido con él hasta su muerte. Caminando hasta la casa pensó en el destino que había de dar.  No había podido entrar en la habitación que habían ocupado mientras estaban juntos.  La señora de casa, la había ordenado, pero tenía la orden expresa de no tocar nada, así que estaba como la dejó Marita.

Esa     noche  se revistió de valor y abrió la puerta de la habitación a oscuras. Aún permanecía en ella el perfume de su amada.  Paseó la mirada por todos los rincones de la estancia.  Fue hasta el mueble  tocador en donde ella guardaba sus cremas, perfumes y el cepillo con que cada noche alisaba su cabello.  Lo tomó entre sus manos y se sorprendió al comprobar que aún tenía algunos cabellos de la última vez que lo usó.  Buscó alguna cajita que seguramente Marita conservaba en algún cajón, y al encontrarla extrajo del cepillo aquellos queridos cabellos y los depositó en ella. Sería algo vivo que conservaría siempre.  Al rebuscar en el cajón, encontró un papel doblado con unas letras en clave, que él interpretó automáticamente: L/Chile, y una dirección de Valparaiso. Sin duda era la dirección de su querida amiga Luchi a la que escribió pasado unos días anunciándole el fallecimiento de Marita  Su ropa se conservaba en el armario tal cual ella la dejara. La olió cerrando los ojos, percibiendo el perfume, el olor de Marita, y lloró silenciosamente abrazado a aquellas prendas.  En un joyero estaban las alhajas, valiosas, que su madre la había dejado. A Marita no la gustaban en exceso.  Entre todas ellas extrajo dos objetos: unos pendientes que ella lució su primera noche de amor con Ricardo y una sortija que él la había comprado a modo de alianza, y que siempre llevaba en su dedo anular de la mano derecha.  Recogió unas fotografías y salió de la habitación.  Ya tenía decidido  lo que    hacer con todo ello.
Lo vendería, liquidaría la cuenta corriente y el resultante lo distribuiría entre unas organizaciones humanitarias: Médicos sin fronteras, Cruz Roja, Unicef y Asociación de Mujeres Maltratadas.

Encargó a su abogado que lo organizara  todo y lo legalizara. Ricardo volvió a vivir en la casa en la que tenía también su gabinete y que había sido su anterior domicilio.

Un día recibió una solicitud de visita de parte de Angel Rey Andrade " a fin de regularizar lo que me corresponde en herencia de mi esposa Mª del Carmen . . ., etc .Era la única esperanza que tenía para poder depositar la fianza y eludir el encarcelamiento. El dinero que recibiría de su unión con Marita sería su salvación. . .

Ricardo le envió una escueta nota en la que le anunció que no tenían nada de qué hablar y que se pusiera en contacto con el abogado Sr. . . ., por no ser de mi interés un encuentro con Vd.


 Tras la entrevista con el abogado de Ricardo, se dió cuenta que no tenía derecho a reclamar nada, puesto que lo poseído por Marita eran bienes de soltera.

Angel totalmente arruinado, está a la espera de juicio por malversación de caudales públicos y blanqueo de dinero.  Una vez celebrado el juicio  ingresó en prisión. Allí pasaría una larga temporada. . .


Ricardo sigue ejerciendo su profesión de psicólogo asistiendo a mujeres maltratadas en una asociación.  De vez en cuando acude al cementerio a llevar unas flores a Marita. Nunca se casó ni consiguió  olvidarla.  Falleció diez años después y sus cenizas reposan al lado de la mujer que más le había querido.

                                                                                    F     I     N   

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