lunes, 11 de marzo de 2024

ENTRE DOS AGUAS Capítulo 11 - Reunión de amigos

 El buen humor reinaba entre todos ellos. Estaban satisfechos por el resultado del primer día. Habían realizado su trabajo a la perfección. El foco de todos estaba en la debutante Elizabetta, pues nerviosa como estaba, les preocupaba el resultado de su intervención. Pero todo se había llevado con calma y airosamente. Hacía la mitad del evento. se relajaron. No solamente estaban satisfechos con cada intervención sino que los nervios se iban templando y,  poco a poco la sesión llegaba a su fin. Había sido un día muy largo y de nervios, interminable. Máxime para la más novata e inexperta: Elizabetta, por eso cuando todos se reunieron una vez terminado  el día, acordaron festejarlo a su manera que era  ir a cualquier hamburguesería y descargar adrenalina que en grandes dosis contenían, a pesar de que no era la primera vez para la mayoría de ellos.

Elizabetta desistió de la idea. Estaba muy cansada y deseaba relajarse bajo una buena ducha y acostarse y tratar de dormir porque al día siguiente la prueba continuaba, aunque ya sabía el método de cómo actuar si alguna contingencia se diera.

Por mucho que insistieron no consiguieron que les acompañara. Deseaba estar a solas, relajarse y meterse en la cama para, al día siguiente estar despejada aunque  fuera más de lo mismo. Nunca se sabia porque siempre surgía algo que hacía que cambiase todo, que diera la vuelta la situación imprevista. Y de esa manera y con ese pretexto ella decidió dar un paseo antes de meterse en casa, Reflexionar sobre lo vivido y pensar en cómo actuar cada vez que le tuviera a él como jefe. Pensaba que no se repetiría la historia una vez hubiese pasado esta sesión, Pensaba que había resultado una  especie de rifa y le había tocado a ella por chiripa. Quizás la próxima vez, si se diera el caso, no coincidirían. ¿ Se alegraba de que eso ocurriese?  No sabría decirlo . Mejor no pensar en ello. Transcurriría el tiempo y quién sabe... puede que fuera otro el delegado o incluso que ella no trabajase en Naciones.  Era un buen empleo y bien remunerado, pero su verdadero sueño era el ser guía de turismo. No tenía tantas complicaciones y, además, él no estaría.

Sin apenas darse cuenta, había llegado a su domicilio. Tan inmersa estaba en sus cavilaciones que hasta le había hecho corto el trayecto. Había reflexionado sobre ese día tan extraño y el encuentro con él sin esperarlo. Desilusionada pensó en aquellos tiempos de adolescencia en que eran una piña los tres juntos y, sin embargo ahora mírate, suspirando por alguien que ni siquiera recordaba de quién se trataba la persona que tenía bajo su mando aunque fuese esa vez y, quizás la única.

Y sumida en sus reflexiones se encontraba frente a su casa. El tiempo había transcurrido entre reflexión y reflexión sin darse cuenta.  Subió los escalones que la separaban de la entrada e introdujo la llave en la cerradura cediendo la puerta a su presión. Se trataba de la clásica entrada neoyorquina.  Unos escalones la separaba de la acera. Se detuvo un momento a contemplar la fachada, netamente de los años veinte, cuando Nueva York comenzaba a ser la gran urbe que ahora era. Se preguntaba así misma si se encontraba a gusto en esa ciudad, tan grande, tan desmesuradamente grande con relación a cualquier otra. Y recordaba la primera impresión que tuvo al llegar; miraba hacia los rascacielos y sentía la sensación de que se le venían encima. Que apenas podía encontrar un poco de cielo que no estuviera ocupado por algún rascacielos. Y el tráfico incesante de personas  de coches. Todos con prisa, todos inquietos a donde quiera que fuesen.

De repente añoró desesperadamente el lugar que la vio nacer , en el que llevaba una vida sosegada y tranquila. Pero eso era "el progreso" si es que un ataque al corazón se podía llamar progreso. Esa ajetreada vida llegando siempre tarde a cualquier sitio o a cualquier cita.

Echó de menos su país y a su familia. ¿Pero era ese el motivo? Indudablemente no. Sentía añoranza de su adolescencia y lo feliz que era. En ese momento llegó a su imaginación, la cara de aquel chico, hoy un hombre convertido en político. Creyó que desde siempre era esa su idea, pero ellos eran demasiado jovenes y soñadores para, siquiera imaginar, cómo sería su vida futura y, si se cumplirían los sueños que cada uno de ellos tuviera.  Y su imaginación no paraba de reflejar unas imágenes inexistentes en la realidad. Se veía asimismo corriendo feliz por una campiña de las afueras y los dos chicos corriendo tras ella, alegres y felices. ¿Dónde han ido a parar aquellos jóvenes alegres? Cada uno por un lado, lejos uno de los otros y, tan dispares sus profesiones que era inimaginable volver a verles reunidos y despreocupados como entonces.

Tras un suspiro, metió la llave en la cerradura para entrar en su apartamento. o en parte de el. Fue  directa a su habitación y quitándose los zapatos de una sacudida, se tumbo encima sin siquiera descorrer la colcha. Deseaba seguir pensando en aquellos años de adolescencia que fueron felices, sin ocuparse del futuro y del gran error de pensar que su amistad sería indestructible. Sólo le quedaba Carlo. Él siguió fiel a su amistad, exceptuando cuando fue a cumplir su sueño: el de ser pintor. Lo había conseguido y comenzaba a sonar su nombre como una promesa de futuro. En cambio ella todo lo que anhelaba era ser la guía turística en el Coliseo.. ¿ Por qué esa atracción hacia ese lugar?  Sonrió al recordarlo, seguramente porque siempre se añora lo que no se consigue y el magno edificio era su meta. Siempre había sido su sueño desde que  una vez hace tiempo, paseó por sus ruinas evocando a Nerón  con el pulgar hacia abajo. A pesar de ser cruel, le atraía esa parte de la historia, del momento que que el emperador dio la orden de prenderla fuego. A la hermosa y eterna Roma.

Poco a poco los ojos se la fueron cerrando hasta entrar en el profundo sueño del descanso. Y soñó viéndose cuando estaba en el instituto  y tras ella dos jovencitos gritando su nombre y corriendo tratando de alcanzarla. Y de repente había desembocado  en el Coliseum y se veía sonreír feliz ante esa magna visión  Y de repente, todo se borró ante ella y poco a poco, el frio de la noche la despertó. Mirando a un lado y otro de la cama,  dándose cuenta de que la magia había terminado. Por la mañana tendría otra nueva sesión y la incógnita de si podría hacer bien su trabajo.

—Sí, lo haré. Estoy segura de ello.   

De un salto se tiró de la cama ya que el frio nocturno se hacía notar y ella estaba con la misma ropa con que se echó pensando que no se dormiría.                                                        




ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 10 - Preguntas sin respuestas

 Se escuchaban risas y comentarios. Por el ambiente que reinaba entre ellos supo que todo había ido bien. Aunque tan solo era la primera sesión, es decir la presentación del proyecto a debatir. Sea cual fuere el resultado, para ella había sido la prueba de fuego que necesitaba y de la que había salido airosa. Tenía que tranquilizarse; lo peor había pasado, pero debía estar alerta porque no sería tan sencillo. Vendrían otros días tempestuosos, pero ella también tendría más experiencia.

Unos toques a la puerta la saco de su ensimismamiento. Se trataba de su compañero más inmediato para preguntarla cómo había ido todo. Sabía de lo nerviosa que estaba en su debut y recordó el suyo propio de no hace tanto tiempo. Estaría bien darla ánimos.

— ¿ Se puede, o estás ocupada?

— No. ¡Adelante!

— Sólo quería saber cómo había ido todo

— Mejor de lo que  esperaba. ¡ Hasta me ha felicitado !

— ¡Vaya. es una buena noticia!  Me alegro

Agradeció a su compañero su interés y se despidieron hasta la noche. La segunda sesión comenzaba en unos momentos y de nuevo tenían que estar en sus puestos.     Fue en busca de un café. Lo necesitaba y sería el único que pudiera tomar una vez comenzada la segunda sesión. No entendía cómo es que no pudieran tener una máquina en el habitáculo. Sería para no quitar ojo a lo que estaban traduciendo:

— ¡ Bah, tampoco es tan importante!- dijo en voz alta      

Pero lo cierto es que, pese a su buen trabajo, no se mostraba contenta ni conforme con la visita que la hiciera su "jefe" en agradecimiento:

— ¡ Que agradecimiento...! Es mi trabajo y mi obligación de hacerlo bien  

Pero todo su enfado aparente, era debido a ello precisamente. Al no reconocimiento de él ¿ Cómo había podido olvidarse de ella? No era muy sólido lo que la dijo al despedirse. No sólo no había tratado de verla. ni a ella ni a Carlo, sino que no la recordaba siquiera. Eso no había sido más que un amor juvenil , quizás impresionado porque tenían que separarse. De eso se trataba: El no recordarla era porque había volado de su memoria y, quizás estuviera casado, o prometido, o sencillamente la había olvidado. Su mundo era mucho más pequeño y ella si le recordó durante todo ese tiempo.

Y entonces, sin darse cuenta, echó la vista atrás hacia Carlo. Él si la había amado durante todo ese tiempo. Se había visto en pocas ocasiones, pero las suficientes como para "refrescar" su amor. Y recordó su forma de mirarla y el trato dado cuando se veían, que eran en contadas ocasiones. Pero en los cuadros veía reflejada su imagen o, al menos, se lo parecía. Pero el sentimiento de él, seguía siendo de protección como cuando eran jóvenes  al menos así se lo parecía, porque nunca la había insinuado nada. Sólo sus miradas le delataban o quizás ella lo interpretara mal. ?¿La gustaría que fuera su novio?    Se sentía a gusto con él, segura. pero no estaba enamorada de él. Y el caso es que era un joven bastante guapo y atractivo, inteligente y estaba triunfando. Lo tenía todo lo que era  un hombre de éxito , pero ella le quería como a un hermano. Se había acostumbrado a él.


                              
                                                      

— Carlo...Por qué no eres tú... — se dijo apenada.

Pero una cosa es lo que la vida nos da, que no suele coincidir con lo que nosotros queremos y deseamos y a ella le había ocurrido, Pensó en lo diferentes que eran ambos y lo que respondería si, cualquiera de ellos la pretendiera como novio. Imaginó a uno y a otro entrando en mayor confusión todavía.  Un fuerte timbrazo   la sacó de sus reflexiones, y estuvo a punto de volcar la taza de café que sostenía entre sus manos sin apercibirse de ello.  Dio un respingo y se puso manos a la obra. Todo estaba bien y en orden, dispuesta a una segunda sesión.  

Pero  a Paolo no le tocó intervenir por lo que su cabeza no paraba. Iba de un tema al otro y, por mucho que se recriminara, no conseguía centrarse en ello. La sesión de aquél día se la hizo interminable y de vez en cuando se le escaba un bostezo de aburrimiento . Pero no podía abandonar su puesto por mucho aburrimiento que la produjera. Era su obligación y su trabajo. No lo echaría todo a perder por algo absurdo que sólo ella conocía. No merecía la pena. Si él no la recordaba, sus motivos tendrá.

—Posiblemente es que no soy lo suficientemente atractiva para sus gustos. Pero de adolescente bien que me miraba...No seas boba. Tú lo has dicho; los adolescentes miran a todas las chicas sean guapas o no. Será mejor que pienses en otra cosa y te olvides de Paolo. Tienes a Carlo que bebe los vientos por ti. No tienes más que mirarle con detenimiento. No seas mema.

Y así, dándole vueltas al tema se le pasó la sesión que no había sido trascendente para ella, salvo haber conseguido que se pusiera de mal humor porque sus pensamientos no coincidían con sus sentimientos. Pero tristemente, así es la vida.   Decidieron ir a tomar algo antes de retirarse. Aun era temprano. Ella desistió de acompañarles, pero la convencieron en nombre de su debut, del éxito obtenido y de que habían terminado a una hora razonable. Las chicas casadas aceptaron en el acto. No tenían ninguna gana de llegar a casa y ponerse a hacer cenas. Sus maridos se encargarían de los niños . Y entre todos consiguieron convencerla a pesar de sus protestas. Pensó que, en definitiva la vendría bien. Era un tema que no tenía solución y en vano debiera preocuparse por él.


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miércoles, 10 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 9 - Un encuentro fortuito

 Él estaba enfrascado en los folios que tenía ante si. Con el entrecejo arrugado,  señal de que algo no era correcto,  no la vio entrar y, aunque ella quiso retroceder no pudo hacerlo ya que las puertas se habían cerrado. El ascensor iba demasiado lleno como para percatarse de quien entraba y quien salía. Además
sólo pudo darse la vuelta para que no viera su cara, aunque iba bastante abstraído en lo suyo y no se fijaba en nada ni en nadie, no obstante estaba deseando llegar. Y al fin lo consiguió sin que él se diera cuenta de nada. Algo le preocupaba. De repente había recordado un gesto muy característico de él cuando algo no le cuadraba. Sonrió al darse cuenta de ello, justo cuando las puertas se abrieron y Elizabetta salió del ascensor apresuradamente justo en el momento en que él levantó la cabeza para ver por el piso que iban. El próximo era el suyo.

Tenía montada su oficina en el piso décimo. Era un despacho amplio, pero no  excesivo. Con un gran ventanal que daba a la fachada principal. Desde él se divisaba la ciudad y su ir y venir de las gentes. Hoy era día de Asamblea y lo que se debatía era muy importante para él. No esperaba sorpresas, puesto que había hablado con algunos compañeros y sabían que contaban con su apoyo. Sabía que su traductora era novata, ya que Emily, la antigua, causaba baja por maternidad. No le gustaban los cambios. Se había acostumbrado a ella que leía entre líneas lo que él estaba debatiendo y lo que deseaba lograr. Lo lógico hubiera sido entrevistarse, al menos una vez, para que le conociera y lo que debía aprender a leer entre líneas, pero no contaba con ella. Se había casado hacía poco y el resultado lógico había sido que iban a tener su primer hijo. Por nada del mundo quería que lo perdiera por las exigencias del trabajo, ya que había jornadas muy comprometidas. Así como la de hoy. Hubiera deseado tener un primer encuentro con quien iba a sustituirla, pero no hubo ocasión para ello. Lo resolvería sobre la marcha si es que algún problema surgiera.

Elizabetta respiró aliviada cuando se vio fuera del ascensor. Sabía que en algún momento tendrían que verse pero no hoy. Había mucha responsabilidad por medio y estaba nerviosa y preocupada. Contaba con conocerle de antemano pero podía haber cambiado de forma de ser, en que estuviera nervioso por la responsabilidad del cargo, aunque él tenía más experiencia que ella y sabría salir al paso si algo se complicaba.

Repasó en diversas ocasiones que todo estuviera en orden. Que el micrófono funcionara correctamente, y, que la visibilidad del hemiciclo fuera la debida. El bloc de notas, dos bolígrafos en su sitio. Uno rojo y otro negro. el bloc para tomar notas si diera lugar a ello, y sobre todo calmar los nervios que tenía. También había sido casualidad de coincidir allí.¡ Y en su primer día de trabajo en esos menesteres!

    —Cálmate, cálmate...— se repetía una y mil veces. Si al menos hubiera tenido ocasión de entrevistarse con él... Había muchas cosas pendientes que debía aprender. Era su primera vez y con quién menos pensaba. Todo se había puesto de acuerdo para complicarla más la vida. Había estudiado concienzudamente de que se trataba la reunión de hoy y sólo tenía que limitarse a traducir lo que los otros decían y transmitirlo a él, a su jefe. Pero es que él era algo mas que un simple jefe. Quería lucirse ante él. Que se diera cuenta que ella también tenía su mérito que justificaba sobradamente las calificaciones que había obtenido, y derivado de ello el puesto que había conseguido. No sólo él era un cerebrito; ella también lo era.
 Y los timbres sonaron en aviso de que iban a comenzar y debían permanecer atentas. Los demás compañeros seguían charlando tranquilamente: tenían experiencia. Ella repasó una vez más y por ultimo,  que todo estuviera en su sitio.   Al fin el último aviso, el más bronco, Echó una mirada al hemiciclo y,  vio que poco a poco, todos tomaban sus asientos. Buscó con la mirada a Paolo y por primera vez. sus miradas se cruzaron. Ella permaneció tranquila pues sabía lo que ocurriría. Pero él se mostraba extrañado. Recordaba a alguien aunque no la localizara de momento. Él levantó la mano en señal de saludo, o al menos a ella se lo pareció. Afirmó con un gesto de su cabeza que la había localizado, pero no a Elizabetta, sino al traductor. Se dio cuenta que a alguien le recordaba. Conocía cada uno de sus gestos y aquél era de duda como si no creyera en las casualidades.
Lo último que supo de ella era que estaba opositando para ser guía de turistas. No terminaba de creer que esa chica con quien cruzo su mirada fuera Elizabetta, ya que de darse el caso se hubiera acercado, al menos, a saludarle.

El último timbrazo la sobresaltó y comprobó que todos tomaban posesión de su asiento y se ponían los auriculares, señal inequívoca  de que iban a comenzar. El presidente de la cámara entró en ese momento y Elizabetta se santiguó y se encomendó para que todo saliera bien y no se equivocara al tiempo de interpretar una frase.

Tras la salutación del presidente tocó un timbre dando comienzo a la sesión.   Era la primera vez que ella veía esa ceremonia . Siempre lo había visto por televisión y cuando ya había empezado y eran retazos de lo más sobresaliente. Estaba siendo parte de la historia, pensó para si, porque una parte tenía que ver con las traducciones que hicieran en su justa medida.  Se santiguó y se dispuso a ejecutar su trabajo para el que había sido contratada. Tenía que hacerlo al unísono. sin perder ni una coma. 

Y lo consiguió estando nerviosa, pero no perdió ni ùna coma. Al fin se tranquilizó y se dio cuenta que desde el hemiciclo él se había girado en su dirección y le había hecho con el pulgar la señal de que todo había sido captado a la primera.





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martes, 9 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 8 - Ascensor


 

Habia pasado una excelente tarde conversando con Carlo. Recordando su niñez y adolescencia. Había llegado los recuerdos que permanecían adormilados en algún rincón de la memoria, pero de repente afloraron no sin desilusión por parte de ambos aunque ninguno de ellos comentara al respecto. Prefería seguir como adolescentes y no como jóvenes enamoradizos y habiendo fracasado en el amor. A raiz de descubrir la vida de Paolo, todas sus ilusiones se habían venido abajo. Ya no la interesaba volver a verle  no se identificaría aunque tuvieran que verse en el despacho. Le esquivaría al máximo. Tendría que ser él, si se diera la ocasión de volver a encontrarse.

Inició una conversación tratando de que fuese divertida obviando a Paolo y su casualidad de verse; aunque le viera en el despacho no sería ella la que tomase la iniciativa. Si estaba tan flaco de memoria, no merecía la pena volverle a la realidad. Esta con su posible prometida. Se la veía una chica de la alta sociedad que seguramente él frecuentaría y no sólo por su trabajo, sino porque estaba claro que le gustaba. Y decidió no volver a pensar en él. Pero ella se proponía algo y el destino se encargaba de desbaratarlo todo.

Al día siguiente se dispuso ir a su trabajo de mala gana. Nunca le había pasado pero un terrible dolor de cabeza martillaba sus sienes. Sería un día largo , pues cuando tenía jaqueca era para todo el día y no había analgésicos que obrara milagros. Pero ese día era muy especial y de mucho trabajo. Tenía que despejarse a como diera lugar. Dejar a un lado amores no correspondidos y centrarse en lo verdaderamente importante como era su trabajo. Aunque el tema de Paolo para ella era importante también. La desilusión sufrida en el día anterior la estaba machacando y no se le iba de la cabeza. ¿ Cómo evadirse de ello? Tenía que centrarse en su trabajo a como diera lugar. Era , si puede decirse su debut y tenía que ser impecable. Dejaría atrás problemas amorosos y se centraría únicamente en ello. Se olvidaria de Paolo de una vez y comenzaría de nuevo, como si no le conociera. El mundo no se terminaba en él, pero...había comenzado. Su mundo empezó hace tiempo cuando aún era una niña y toda su vida se había basado en él. No podía ahora borrarlo de ella tan alegremente. Simplemente  se centraría en su trabajos. Pero... es que también estaba en él. Pediría un traslado de departamento cuando pase el tiempo.

—¡Como si eso fuera tan fácil ! . se dijo— Quizás con suerte a él le trasladen o  a mi. Ahora dejemos ese tema y centrémonos en el de hoy que es bastante peliagudo y cuenta con su presencia.

 Y había llegado a su destino sin darse apenas cuenta. Volvió a situarse cuando se encontró frente a la entrada. Era como un hormiguero de gentes con un mismo destino. Hoy era especialmente frecuentado: había Asamblea general. Debía estar muy atenta a todo, más que nunca, no sólo por lo que se jugaba sino porque,  al distraerse podía incurrir en un error  y organizarse un trifostio. Era en directo por lo que no cabía rectificación alguna. Máxime tratándose de quién se trataba. 

Habían subido en el mismo ascensor, pero él , enfrascado en la lectura de una especie de guion que debían tener, seguramente para no salirse del tema y, parte de ese guion era ella, corría de su parte, de que no hubiera ningún error y todo estuviera basado en lo que marcaba el tema de hoy.

Le observaba sin que él se diera cuenta. Como era posible que la hubiese olvidado hasta ese extremo. Recordaba su despedida y se le saltaban las lágrimas, porque ella creyó en él y en sus promesas. Pero habían pasado los años; cada uno siguió su propio destino hasta el punto que él la había olvidado.
Sintió como una punzada en en su corazón. Había creído en él, en su sincero amor. Pero eso había durado una siesta y ni siquiera la había reconocido, cuanto menos conservar el amor que la juró.

Les separaban tres palmos y era una desconocida para él. ¿ Tanto había cambiado?  Suspiró quedamente. No quería llorar. No allí, a pesar de que sentía una tristeza increíble.  Había llegado a su piso y pidiendo permiso se hizo paso lentamente sin apenas él se percatara. Sin duda estaba preocupado. ¿ De qué asunto importante se trataría. No había levantado la vista del papel ni siquiera para hacerla sitio en su salida, no había levantado la vista de los papeles. Él iba al piso décimo. Posiblemente allí tendría su despacho, lejos del mundanal ruido, Daría un último repaso hasta la hora de abrir la sesión. 
Faltaban unas cuantas horas. Ella aprovecharía para repasar todo, pues debía tenerlo a punto. Nada podía fallar. Un error de traducción equivalía a un conflicto internacional. Y esa responsabilidad la ponía nerviosa y no había forma de calmarse.

Dado que el café la alteraba aún más decidió beber agua aunque no tuviera sed, pero eso la distraería por un momento. Con suerte encontraría alguna compañera que la distrajera unos segundos.
Todo estaba a punto. A través del cristal, miraba al hemiciclo, ahora casi vacío, pero que se iba poblando poco a poco. Los políticas hacía corrillos esperando impacientes de que fuera la hora de actuar. Uno de ellos era Paolo. Levantó la cabeza hasta conde estaba su traductor pero no vio a nadie

— Sin duda es demasiado pronto - se dijo al tiempo que  Elizabetta entraba en acción.

Siempre establecía contacto con su traductor para ponerse de acuerdo referente a diversos asuntos para que no hubiera ningún error pero en esta ocasión no lo había hecho por falta de tiempo. Confiaba en que no fuera un novato y que no le traicionara los nervios. ¿Por que pensaba que sería un hombre en lugar de una mujer? Era una clase de trabajo  con respecto a su responsabilidad, para un varón en lugar de 
una fémina, pero era algo a que a él no le importaba. Sólo que su traducción fuera la correcta.


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domingo, 7 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 7 - Olvido


 

Elizabetta se paró frente a la entrada de la sala en la que se celebraba la exposición de su antiguo amigo.  Contemplaba su fotografía y en grandes letras su nombre: Carlo Bianchi. Y en una silueta difuminada el perfil de una mujer joven sentada de espaldas, desnuda, tapada únicamente por un velo transparente que hacía adivinar sus bellas formas. No se le veía el rostro. Una larga melena la llegaba casi a media espalda. Uno de sus brazos era el soporte de su cabeza inclinada de la que sólo se difuminaba su perfil perfecto. El otro brazo se alargaba a lo largo de su cuerpo y en su mano una hermosa rosa de color rojo.

Era una fabulosa    composición, algo no de extrañar dado que se anunciaba como un nuevo genio de la pintura impresionista moderna.

 

—Será su modelo — pensó Elizabetta, ya que era imposible adivinar su rostro al completo. Lo que no podía imaginar es que era ella misma revivida en la imaginación de Carlo.

Siempre, desde muy jóvenes, ella formaba parte del mundo del futuro artista, aunque nunca demostró nada que pudiera hacer sospechar de sus sentimientos hacia ella. Tampoco daba señales de que la modelo que posó para él, fuera en realidad unos dibujos que rescató de su estudio. Iba a tirarlos cuando lo pensó mejor. Eran hermosos. Estaban bien realizados…Iba a desecharlos pero de repente a su cabeza llegó el rostro infantil de su mejor amiga de la que estaba profundamente enamorado. Lo examinó de nuevo y decidió guardarlos. Nadie imaginaría que era ella. Sólo en algunos detalles de su rostro que se sabía de memoria. El resto del cuerpo lo imaginó sin saber si correspondía a la realidad. La respetaba al máximo y sabía que ella no le daría el consentimiento para crear esa obra siendo ella su modelo. Pero la conocía tan bien que no le supuso ningún esfuerzo hacer un nuevo boceto actual. Sabia que ella no daría su aprobación, pero tampoco le hizo mucha falta. Ahora que la tenía delante analizó su silueta lentamente y se dio cuenta de que era un calco de la realidad, pero se libraría muy mucho de confesar la verdad. Elizabetta era una rara avis, dado los tiempos que corrían, pero ella seguía siendo una chica nacida en una localidad pequeña y no comprendería que los pintores sólo dibujan la silueta de la modelo que posa en ese momento. No tienen tiempo para fijarse en otra cosa que no sea su obra, aunque después, al terminar la sesión hagan su vida como mejor les plazca. Eso son cosas de hombre y mujer. Ni siquiera pensó en buscarla y solicitarla que fuera su modelo. Ni siquiera sabía que vivían en la misma ciudad. Amalfi era su destino, pensó. Aunque se equivocara de medio a medio. El destino de cada uno de ellos distaba mucho de estar escrito aún.

Fue una sorpresa cuando la vio entrar. Estaba más bonita de lo que recordaba. Vivía en Roma, junto con una compañera, en un apartamento alquilado y trabajaba en la sede de las Naciones Unidas en la capital italiana. Amalfi sólo en vacaciones y algún que otro puente para ver a sus padres. Eso le llenó de alegría, puesto que tendría, al menos algún día, de poder salir con ella e invitarla a tener una noche romántica, aún a sabiendas de que ella no era de ese estilo y por tanto obtendría un rotundo no de su parte. 

Se fundieron en un abrazo y reían como si, de repente, les hubiera entrado un ataque de nervios. Hacía tanto tiempo que no se veían que, de improviso, a su memoria acudieron todos aquellos años de final de niñez y de una adolescencia turbulenta de parte de los chicos y más calmada en ella.

Las preguntas se agolpaban por salir. Deseaban recuperar tanto tiempo de no haberse visto y en esta bonita casualidad se agolparon todos aquellos años de inocente hermandad. Elizabetta pregunto por Paolo una vez que se hubieron calmado.

   Con un poco de suerte, volveremos a estar los tres juntos de nuevo. Me lo ha prometido, aunque empiezo a dudarlo. Al fin cumplió sus sueños y anda metido en política o en qué se yo que laberintos. Se va a llevar una grata sorpresa cuando te vea. Siempre que nos vemos, que no es mucho, ciertamente, me pregunta por ti. Se va a llevar una sorpresa. Por cierto, me extraña que no haya llegado aún. Hizo mucho hincapié en que le dijera si vendrías. Pero veo que ha sido él quién ha faltado a la cita. Es hora de cerrar la galería, así que le veremos otro día.

   —¡Qué lástima! — exclamó Elizabetta que se había hecho ilusiones de poder estar nuevamente los tres, es decir la ilusión sería volverle a ver.

   Permíteme un momento. Voy a despedirme de mi secretaria para que cierre. Es tarde y no creo que nadie venga a estas horas. Iremos a cenar y allí tranquilamente charlaremos de nuestras cosas y recordaremos esa época tan feliz del instituto, aunque a nosotros nos pareciera insufrible.

Ella ocultó como pudo la desilusión sufrida por la no asistencia de su otro amigo.  Cuando se lo anunció, de golpe, el corazón se agitaba dentro de su pecho. Sabía de sobra a que se debía, pero estaba claro que debía apartarle de sus pensamientos ya que él andaba por otros caminos. Carlo había insinuado que le gustaban bastante las faldas. Ella sabía, que sería lo más probable, que tuviera alguna cita femenina, ya que ella sabía perfectamente que no había sesión en esa tarde. Aún siendo fin de semana, había ocasiones, cuando alguna urgencia lo requería, que debían ir a trabajar, pero en esa ocasión no se daba el caso. No deseaba que su decepción fuera tan evidente y, a pesar de que no le apetecía ir de cena, se mostró contenta por seguir con su charla. Una charla que inevitablemente derivaría en si algunos de ellos tuvieran novia o mejor dicho novio, porque era ella el motivo de interés del pintor.

Con familiaridad la tomó del brazo y continuaron la charla. La llevaría a uno de los mejores restaurantes de la ciudad: La Pérgola, con estrellas Michelín.

Elizabetta se preguntaba si habría ganado tanto dinero como para permitirse ese lujo. Ella conocía el restaurante, no porque hubiera estado en él, pero en sus estudios para turismo, era una asignatura obligada conocer los lugares en donde se comiera bien, y ese restaurante reunía todos los requisitos. Caminaban despacio mientras desgranaban lo vivido durante esos años de ausencias. Supo que  Carlo había tenido una novia que no cuajó, porque él apreciaba a la muchacha, pero estaba enamorado de otra y no pudo ser. Él cayó prudente de quién estaba enamorado, la llevaba del brazo y, sin Duda iba a ser la noche más feliz de su vida. Y hasta se alegró de que Paolo no estuviera con ellos. Sabía del enamoramiento temprano que tuvo ella de su amigo y aunque pasaron los años, no deseaba tentar a la suerte. Aunque lo cierto no albergaba ningún tipo de esperanza respecto a que ella le mirase con algo más que como amigo, pero con tenerla cerca se conformaría.

Sin ser habitual, Carlo era conocido por el maitre del restaurante, dado que les creó los dibujos para las cartas y el logotipo para diversos objetos del restaurante. Por tanto, nunca tendría pegas si llegaba de improviso a comer, a cenar: siempre sería bien recibido.

Tras saludarse afectuosamente, le pidió una mesa discreta, pero no arrinconada:

   Es una compañera de instituto a la que quiero como a una hermana y nos hemos visto hoy por primera vez en muchos años. Danos una mesa discreta pues nuestra charla de puesta al día va a ser larga

   Sabes que aquí siempre tendrás lo que desees y viniendo con una dama tan bella y exquisita aún con mas motivo. Seguidme. Tendréis la intimidad que queráis tener, pero, al mismo tiempo no estaréis solos o arrinconados.

La mesa era excelente y el menú recomendado por el maître exquisito. Todo se cumplía paso a paso. Deseaba obsequiarla con lo mejor y todo se le haría poco para festejarla. Le parecía imposible que, al fin estuvieran sentados frente a frente, aunque los pensamientos de cada uno de ellos fueran diferentes. Ella, en su interior, echaba de menos a su otro compañero, a Paolo, para rememorar los bonitos años del inicio de la adolescencia. A su memoria acudió la super protección que ambos muchachos ejercieron sobre ella y creyó que no se repetiría más. Al hacerse mayores fueron abandonando, sin darse cuenta, aquella especie de caballeros andantes que no permitían que nadie se acercase a su “Dulcinea”. Sin embargo, hoy, al menos uno de ellos desoyó, no sólo a ella, sino a su amigo que le había invitado expresamente a su inauguración. No tuvo en cuenta que ahora ya no era el muchacho reconcentrado en sí mismo que se incorporó a su pequeñísimo grupo formado por dos personas.

Algo retirado de ellos, había una pareja conversando animadamente y expresivamente. Él había tomado la mano de ella y cada vez que miraba su rostro, la acariciaba suavemente en los nudillos de su mano deteniéndose en uno en especial que portaba un anillo muy significativo. La miraba directamente a los ojos, con intensidad tal que, ella se veía obligada a bajar su vista. Estaban distantes de la mesa de nuestros chicos, pero no tanto como para no verlos. Carlo les daba la espalda y, por tanto, ni siquiera los veía, pero Elizabetta si y seguía maquinalmente el movimiento de manos, en especial de él. No prestaba. A penas, atención a lo que Carlo le narraba. Ni siquiera mostraba interés por saber a lo que se estaba refiriendo, pero movía alternativamente su cabeza indicando que le escuchaba y que le interesaba su narración, aunque fuera todo lo contrario. Carlo, se calló bruscamente habiéndose percibido de que ella estaba en otro lugar bastante lejos de aquel restaurante y que tenía en un sitio determinado su vista puesta en algún rincón del restaurante y, que pausadamente, más por tragar saliva, que para degustar la copa, se la llevaba a los labios intermitentemente pero demasiado frecuente. Estaba claro que se había evadido de su compañía y, triste sin demostrarlo, giró la cabeza siguiendo la visión de ella y, entonces descubrió quién era el portador de su atención, justo en el momento en que él acariciaba la otra mano de su acompañante.

Sabía de sus andanzas y, cuando llamó para invitarle a la inauguración, le aseguró que no faltaría y estaba visto que había incumplido totalmente su promesa.  Lo lamentó por Elizabetta que, a todas luces, se había desilusionado por su ausencia.

Con el pretexto de ir un momento al servicio, se levantó pasando casi rozando a la pareja que estaba totalmente absorta en su ritual. Comprendió en el acto lo que ella miraba con tanta fijeza.

Comprobó que ella no estaba mirando y decidió tomar cartas en el asunto. No sólo era por Elizabetta, sino por él mismo: fue un desaire y tenía que hacérselo notar.

Paolo se sorprendió mucho cuando le tuvo de frente procurando tapar con su cuerpo, la presencia de Elizabetta. No le daría ese gusto. Buscó cualquier pretexto y, tras despedirse, emprendió sus pasos hacia donde estaba ella que le aguardaba jugando con el mango de una cucharilla de postre. Aprovechó que no miraba en esa dirección y se despidió de la pareja. Paolo, por conocerle bien, supo en el acto que estaba molesto y trató de excusarse, al tiempo que le abrazaba al despedirse:

   Perdona. Lo olvidé por completo. En cuanto tenga un rato libre, te doy mi palabra que te visitaré.

Él no dijo nada y al tiempo que se despedía de la mujer que le acompañaba, dirigió su mirada hacia su propia mesa y, respiró aliviado de que Elizabetta siguiera entretenida con algo y no se diera cuenta de que estaba hablando con él.


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ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 6 - Una desconocida


Mientras caminaba hacia su casa reflexionaba sobre lo vivido en ese día y en cómo la vida se empeñaba en jugar con ellos y, rememoró el momento en que se enteró de que al congresista que asistiría era, ni más ni menos que Paolo, el chico del que estaba enamorada desde que era una adolescente en ciernes. Recordó que estaba destinado a un alto cargo en diplomacia, o en cualquier gobierno regional o quién sabe si nacional. Era el sueño acariciado de sus padres y, aunque él no estaba conforme con ese destino, terminó por entusiasmarle hasta el punto de aceptar con más o menos ganas la carrera diplomática. Por si era inalcanzable se había distanciado un poco más. De todas formas, no era probable que se vieran nuevamente. Si ya había sido difícil en las vacaciones, lo sería aún más una vez terminada s sus respectivas carreras, tan dispares entre sí. Alguna embajada estaría destinada para él. O bien formaría parte de algún gobierno que le llevara hasta la presidencia. Estaba a mil años luz de los otros dos soñadores muchachos de entonces.

Se hizo el propósito de que en ese fin de semana iría a ver la exposición de Carlo. Él, además de inspirarla más confianza era más asequible. No era tan remilgado como la familia de su otro compañero, de un compañero que no sentía ningún interés por ellos a pesar de que se juramentaron que se enviarían noticias y que su amistad permanecería inalterable por los siglos de los siglos.

Al llegar a este punto, sonrió bajando su cabeza para ocultar su risa a los ojos de los demás transeúntes y no la tomaran por una loca que andaba suelta. En cuanto llegara a su apartamento, buscaría en internet todo lo relacionado a Carlo Bianchi que, poco a poco se abría paso en ese mundo difícil del arte. El cartel anunciador de su exposición la había subyugado y tenía una ligera idea de haber visto algún borrador de algo parecido a lo que fuera un boceto definitivo.

Metió la llave en la puerta de su pequeño reino que era su apartamento en el que reinaba junto a otra compañera azafata que paraba poco en casa debido a su trabajo. Muchas veces había conversado sobre lo interesante, a la vez que inquietante de pasarse la vida volando de un lugar a otro sin siquiera conocer nada de donde hacían escala. Lucille tenía una ruta fija en Alitalia de Roma a El Cairo y se había hecho novia de uno de los pilotos de su misma ruta, sólo que él, si tenía el itinerario bastante cambiante, por tanto, se veían poco, pero ellos insistían en sus proyectos de algún día formar su propio hogar con hijos incluidos. Se necesita mucha fuerza de voluntad para mantener una relación como la de ellos tan cambiante y con escasas presencias personales, pero no había más que mirarlos para que todos los muros que se pudieran construir se derrumbasen de una vez al verlos juntos y las miradas que se dirigían uno y otro. Elizabetta comentaba muchas veces con su compañera de piso, las pocas veces que coincidían, en que has de estar muy segura del amor de otra persona con tan escasos momentos tenidos para ellos solos. Pero Lucille estaba tan segura de lo que quería que rebatía cualquier comentario en contra. Se querían y deseaban formar una familia, de eso estaban muy seguros y lo harían en cuanto reunieran todo el presupuesto que se habían trazado para ver satisfechos sus logros. Con esos argumentos no había forma de hacerles desistir de ello.

 Estaban seguros de que se amaban y de la fidelidad de cada uno de ellos. A veces Elizabetta les ponía, ante sus ojos, como ejemplo de amor inquebrantable, como en el fondo ella sentía desde casi una niña pero que había perdurado en el tiempo. Bien es verdad que tampoco había tenido muchas oportunidades de salir con otros chicos. Ni tan siquiera con sus compañeros de clase. Sabía que para sus padres era un sacrificio tremendo el darle esos estudios y ella, les reconocía el esfuerzo correspondiendo del único modo que podía y era estudiando y esforzándose a fondo en ellos para sacar su carrera adelante.  Se sentía orgullosa de haberlo conseguido; ya habría tiempo para noviete o simplemente algún que otro escarceo amoroso, pero mucho se temía que, mientras no se le fuera de la cabeza el arrogante Paolo no conseguiría nada.

Encendió el televisor al tiempo que se quitaba los zapatos de un empujón con el pie contrario. El estar todo el día con tacones era un sacrificio al que tendría que acostumbrarse dado que en su presente trabajo había de tratar con gentes de las muy altas esferas, totalmente       diferentes a los turistas, más prácticos, que iban con calzado y ropa cómodas para abarcar el máximo de visitas a todo cuanto de maravilloso Italia les ofrecía. La cultura, la historia y los propios italianos formaban un mosaico riquísimo y variado que había que contemplar y aprovechar al máximo.

Por un momento sintió nostalgia de no haber optado por ese empleo, diverso, simpático, enriquecedor al conocer a gentes de los cinco continentes que se maravillaban ante cualquier monumento que contemplasen. Ese había sido el sueño dorado de ella, pero al ponerle frente así la posibilidad que aceptó, sin ningún género de dudas de Naciones Unidas. Era un campo difícil de explorar, pero también enriquecedor, aunque más monótono y, concretamente el de ella, encasillada en el cubículo insonorizado y en plena concentración debido a que los cinco sentidos de interés serían insuficientes para que nada fallase y se organizara un trifostio de mucho cuidado. Era interesante y sentía que formaba parte de ese reducido círculo que intervenía en el bienestar en la vida de las personas, pues no sólo de guerras se trataba. La lucha contra el hambre y la desnutrición infantil era el protagonista de muchas sesiones y sabía que ella aportaba su granito de arena para que las gentes de cualquier latitud viviesen mejor, aunque ella todo lo que podía hacer era no perderse ni una coma de la traducción que debía hacer. Pero a su modo era también partícipe de que todo fuera más justo y el reparto no fuera solo para los poderosos sino para quienes Labran la tierra.

Ni siquiera prestaba atención a lo que la televisión decía. Tapó su boca con la mano cuando, un bostezó le avisó de que estaba cansada, que debía cenar y meterse en la cama. Al día siguiente se levantaría a la hora de costumbre y haría las averiguaciones para asistir a la exposición de Carlo y, con un poco de suerte, quizás le viera por allí.

El día había amanecido algo plomizo y bochornoso, pero sabía que, a medida que transcurriera la mañana, las nubes se despejarían y el sol sería el astro rey, aunque cabía la posibilidad de que eso no sucediera, sino que cayese un chaparrón de antología. Metería en su bolso, su gran bolso, un paraguas plegable por si acaso.

Tomó un café con leche a palo seco, y después de recoger el servicio, fue a su habitación para elegir la ropa que llevaría. Se decidió por un conjunto de chaqueta y pantalón color beige conjuntado con una blusa de lino en color marrón, zapatos a juego con el bolso también del mismo color que la blusa. Se lo puso por encima para comprobar el efecto y satisfecha sonrió. Lo dejó todo encima de la cama y se dirigió al baño para asearse.

En un principio no se percató de la admiración que causaba a su paso entre algunas personas. No era coqueta, aunque le gustaba la buena ropa y bien conjuntada y, hoy, efectivamente iba muy bien arreglada. Deseaba impactar a Carlo, aunque sabía que para ello, no se necesitaba mucho.

Tal y como pensó, Carlo estaba allí departiendo con una señorita bien arreglada que ordenaba algunos catálogos puestos encima de una mesita adornaba por un gran jarrón de peonías color rosa y ciclamen en perfecta conjunción de color. Él estaba de espaldas a ella cuando entro en el salón. Se quedó boquiabierta al contemplar la obra de su amigo. La mayoría eran carteles de tamaño grande de mujeres en distintas posiciones y distintos atavíos, pero en todo el rostro era el mismo. Se fijó más detalladamente en ellas y hasta encontró un ligero parecido a alguien, pero no terminaba de identificar. Desde lejos, la azafata que charlaba con Carlo, le hizo una indicación con la cabeza y él giró la suya para contemplar el rostro de la joven que acababa de entrar en la sala, y que era sobradamente conocido por él. Era una inesperada visita que le hizo abrir los ojos desmesuradamente. Ni por lo más remoto imaginaría que ella iba a visitar su exposición. Se dirigió hacia Elizabetta que ahora sí, le sonreía ampliamente al tiempo que se notó abrazada con intensidad por él:

   —Te imaginaba mostrando el Coliseo y estás ¡aquí ¡

   —Pues claro. No soy guía, entérate. Ahora soy traductora en Naciones Unidas — él silbó suavemente con admiración— ¡Vaya con nuestra dama!

   —Habrás coincidido con nuestro amigo. Estuvo ayer aquí y me lo comentó

   —Ya lo sé. Le traduje ayer su discurso

   —Pues no me comentó nada

   —Es que no lo sabe. No tuvimos ocasión de saludarnos siquiera.

   —Seguramente volverá hoy. Al menos es lo que me dijo

   —Te tenías muy guardado tu arte ¡eh pillín!  ¿Quién ha sido tu modelo? Es la misma cara en todos tus carteles

   —Si es la misma chica. Tenía un boceto arrinconado en el estudio y casualmente lo vi y me pareció una cara preciosa y a propósito para lo que tenía en mente. et voilá. La mismísima Elizabetta en sus años mozos

   —¿Yo? ¡Qué va ¡No soy yo! Esta chica es muy bonita

   —¿Es que tú no te crees bonita? Pues lo eres y mucho. Bastante más en persona que en mis carteles. Ven. Bebamos una copa de champán. Tu visita hay que celebrarla.

   —Es muy pronto— dijo ella rechazándola

   —De eso nada. Es mi primera exposición. Ha venido mi mejor amiga y posiblemente mi otro mejor amigo venga también. ¿Te parece poca la celebración?

   —Dices que va a venir Paolo

—Eso me prometió ayer

—Entonces déjame que vea detenidamente tu trabajo y me iré. Tendréis miles de cosas que hablar

—De eso nada de nada. Hace siglos que no nos vemos los tres juntos y si cabe la casualidad de que hoy estemos los tres reunidos, habremos de celebrarlo. ¡Menuda sorpresa va a llevarse! Pero ahora que caigo me has dicho que ayer estuvisteis juntos

   —No exactamente. Te he dicho que le hice la traducción: él en el hemiciclo y yo casi en el tejado. Pero le vi por el cristal que nos separa de la Cámara. Así que él no sabe nada de nada. Y te ruego que no se lo hagas notar.

   —¿Por qué?

   —Porque quiero comprobar si se acuerda de mí.

   —Está bien. Mi boca será una tumba.

Ambo se echaron a reír tomados de la mano. Para ellos los años habían dado marcha atrás y se hicieron cuentas de que estaban de nuevo en aquel instituto de Amalfi protegiendo a una jovencita que traía locos a la mitad de los chicos de bachillerato

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sábado, 6 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 5 - Camaradas

 

Se dirigieron al restaurante elegido y  frecuentado a menudo por ellos. Les conocían y se apresuraban a servirles deprisa ya que sabían que debían retornar al trabajo con prontitud. En esa ocasión no era el caso, puesto que, por ese día, la asamblea había quedado disuelta hasta dentro de dos días. Debían preparar la ponencia como respuesta a lo expuesto en esa mañana. Se presumía tediosa y con grandes discusiones, según comentaban el resto de los compañeros. Parecía ser que, era lo habitual. Cosas de la política. Tenían que reafirmarse en lo expuesto por cada uno de ellos, estuvieran en el camino correcto o no, de lo contrario darían la impresión de que habían claudicado ante no se sabía que artículo, del párrafo tal, folio…. etcétera.

Hablaban en un lenguaje que no tardaría mucho en ser el suyo también, pero estaba algo asustada y a la vez se preguntaba si habría hecho su trabajo de acuerdo a las ordenanzas, es decir correctamente. Llevaban una línea de discurso para que todos lo entendieran, fueran del país que fueran. A pesar de que el inglés era el idioma oficial de la Cámara, pero, como el que no quiere la cosa, a veces, se escapaban algunos párrafos dichos en el país de origen del parlamentario que en ese momento estaba disertando en la cámara. Son trucos que se buscaban para resaltar más ante el resto de sus compañeros. Para eso debían ser ágiles en la reacción y tener dispuesto el idioma que trataba de camuflar.

De todo eso se trataban las recomendaciones dadas por sus compañeros. El que menos llevaba un año en el puesto y ya había cogido el tranquillo de la experiencia. A fuerza de escucharlos, se conocía todos los trucos de según cada interviniente.

Y de eso mismo, el compañero que tenía al lado, la estaba hablando y, aunque todo parecía muy sencillo, hasta que ella no llevara, siquiera unos días más, no encontraría sus propios trucos con los que salir airosa en determinadas ocasiones.

Hoy había tenido suerte o que el interviniente de turno había sido muy claro y a penas ella intervino, nada mas que para pasarlo al datáfono que lo grabaría en una cinta a modo de archivo por si alguien tuviera alguna reclamación que hacer. Todo se hacía sobre la marcha. No se podía negar que tenían a su alcance todos los medios para facilitarles el trabajo al máximo. Que no hubiera ni un solo error, ya que los temas que allí se desmenuzaban era de vital importancia para el país de turno y por lógica para el resto de la Cámara.  Todos hablaban alegremente, despreocupados, pero Elizabetta, a pesar de escucharlos, su cabeza no dejaba de dar vueltas y su compañero más cercano, se dio cuenta de que ella no participaba en la tertulia y que permanecía callada y con la mirada fija en algún punto de la mesa, de cualquier vaso, o plato que tuviera cercano.

—¿Estás preocupada por algo? — la preguntó discretamente— Si es por eso tu silencio, no te preocupes, mañana podremos repasar las traducciones y si hubiera algún error, tenemos margen para rectificarlo. Ya te acostumbraras. Trabajamos a mil por hora. Algunos parlamentarios que hablan con calma, pero otros, en cambio, parecen que les dan cuerda, lo que te obliga a ti a traducir a la velocidad del rayo, pero tenemos un margen de error, que luego podemos rectificar al transcribirlo a limpio. Olvídate de todo y disfruta. Si necesitas ayuda, ya sabes que cuentas con nosotros. Todos la hemos necesitado, al principio. No tienes más que decírnoslo y enseguida estaremos a tus órdenes. Lo bueno de este departamento es que somos como una familia bien avenida y nos ayudamos unos a otros. Ahora tu, vosotras — dijo dirigiéndose a la otra chica— no tenéis más que decírnoslo. Sin pudor. Hoy por ti mañana por mi.

   —No estoy preocupada. Estoy nerviosa por lo vivido. Pero tengo la seguridad de tenerlo y hacerlo bien. Gracias. Sé que en algún momento os necesitaré

   —Bien. Pues olvídate del día de hoy. Mañana lo pondremos todo en limpio y ahora no pienses  en el trabajo.

   —¿Conoces al parlamentario que me ha tocado en turno?

   —Puede que si, pero en ese momento estaba pendiente de mi intervención, y no le presté atención ¿Por qué, le conoces?

   —Tendría que verle de cerca. Pero sí.  Me recuerda a un antiguo compañero de instituto.

 En ese momento, uno de ellos alzo su vaso de cerveza y solicitó un brindis por las buenas compañeras que tenían. Todos aplaudieron y sonrientes le secundaron entre aplausos.

 Se despidieron cada uno de ellos y se dirigieron a sus respectivos domicilios para, al día siguiente volverse a encontrar en su sitio de trabajo.

 La manera de gesticular, de expresarse, aunque más refinado ahora de acuerdo su condición de trabajo, le recordaba a Paolo. No podía apartarle de su cabeza y no solo eso, sino que tenuemente resurgía el sentimiento que desde joven había sentido por el chico Rossi. Su recuerdo permanecía como en una bruma durante aquel tiempo, pero hoy aunque, le viera desde lejos, sus gestos, el timbre de su voz, su manera de expresarse, se acordó  de golpe de él. No sería algo casual. Habían pasado los años, pero en ella permanecían muy vivos los recuerdos del chico de quién se enamoró cuando aún era una niña. No sería una mera anécdota, sino que había permanecido vivo dentro de su cabeza. Pero ¿por qué ese senador? Ni siquiera sabía su nombre, pero lo averiguaría al día siguiente en cuanto entrara a trabajar, ya que debían reseñar todos los datos en el encabezamiento. Nombre, cargo, país… etcétera. Ahí lo tendría todo hasta la fecha de su nacimiento personal y como diplomático. Además, coincidía con la profesión que eligiera para ganarse la vida. Debía ser muy inteligente para tener ese cargo importante en nada más y nada menos que en Naciones Unidas. Y recordó que deseaba ser diplomático. Todo coincidía. Le vio de perfil ligeramente y, eso es lo que le faltaba para asegurar de quién se trataba.

    Será mejor que deje de divagar, — se dijo para sí mientras iba llegando a su apartamento.

No se daba cuenta del porqué de aquél volver una y otra vez a visionar la misma imagen del a penas visto rostro. Tendría que volverle a ver y de esta forma lo confirmaría o la dejaría en paz de una vez por todas. Creía haber superado lo de aquellos días de adolescencia, pero estaba claro que no lo había conseguido. Superado el primer peldaño, tendría que seguir subiendo esa escalera imaginaria de su cabeza si quería recobrar de nuevo la tranquilidad. ¿Podría verle de frente en alguna ocasión?

   —Seguramente—se dijo. No tanto por dejar de pensar en ello, sino por comprobar que su corazón no la había engañado. Quedaba aún mucha leña por quemar dentro de esa cabecita tan  inteligente, pero, que en los menesteres amorosos dejaba mucho que desear.

 Pero era el caso que no le ocurría lo mismo con su otro amigo, con Carlo. De él apenas se había acordado y eso que había visto un cartel anunciado su próxima exposición. Era de carteles publicitarios y, uno de ellos estaba puesto en una especie de tablón de anuncios cercano a la parada del autobús que la condujo en esa mañana, hasta su nuevo trabajo. Se hizo la promesa interior de, en ese fin de semana, acudir a ver la exposición. Lo poco que había visto en ese cartel comprobó que era muy bueno. Que lo que tanto ansiaba ser, se convertiría pronto en una firma reconocida. Y sintió algo de culpa por haberle mantenido al margen de sus recuerdos. ¿Sería que no terminaba de asimilar que la persona por quién bebía sus vientos llevaba otro nombre que no era el del dibujante? Y sintió lástima por él, porque sabía desde aquellos años, que estaba enamorado  de la entonces chiquilla, que ya se anunciaba como una preciosa jovencita. Era injusto si así fuera. Él siempre la había defendido de las miradas inoportunas de los otros chicos, incluso de las de Paolo. Ella se había dado cuenta de que gustaba a los muchachos y, aunque se enfadara con ella misma, sentía que la gustaba que los chicos la mirasen a su paso. Necesitaba seguridad en sí misma y esas miradas, mayormente indiscretas, la infundía seguridad independientemente de la defensa que de ella hacía Paolo, de quién se había percatado que estaba loco por ella.

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jueves, 4 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 4 - Naciones Unidas


Y allí estaba. Frente al imponente edificio que sería su empleo si todo saliera bien en la entrevista que iba a realizar. Pensaba que sería el último trámite y después ya podría respirar tranquila. Era como si sus pies permanecieran anclados en el suelo. Interrumpía el constante entrar y salir de las personas que allí acudían a diversas gestiones. No se dio cuenta de ello, ya que miraba permanentemente hacia arriba, haciéndose visera con la mano, mientras pensaba en todo aquello. En el salto que significaría para ella.  Bajo de su ensimismamiento cuando alguien la empujó ligeramente al tropezar con ella. Volvió en sí cuando escuchó que alguien la pedía disculpas. Y fue entonces cuando, aterrizó definitivamente en la tierra.

Se excusó lo mejor que pudo y, al fin, se decidió a dar los primeros pasos, adentrándose en aquél enorme vestíbulo de uno de los edificios más importante del mundo. Hizo un barrido con la mirada y al fondo, encontró un mostrador que indicaba “Información” en un rótulo.

Llevaba a mano su carta de presentación, pero en recepción no la pidieron nada, tan sólo la interrogaron a qué planta se dirigía. Brevemente, les contó lo de su presencia allí, y la señorita que, amablemente la atendía, sonrió al tiempo que la entregaba un cartel pequeño, con una cinta para que se la pusiese colgando del cuello visible a todo el mundo que mirara de qué se trataba “Visitante” ponía en letras relativamente grandes y en negrilla.  Tras eso, la indicó a la planta a la que tenía que dirigirse:

-   Diríjase a la décima planta. Allí la recibirá el director y la indicará a donde ha de ir.

-   Gracias. Ha sido muy amable.

Las piernas la temblaban a cada paso que daba. Se aproximaba hacia lo que sellaría su destino. Aún estaba a tiempo de dar media vuelta y marcharse. Pero ella no era una cobarde. Había luchado mucho para conseguir, no el resultado por el que se encontraba allí, sino por otro de menos categoría, pero igualmente importante. Seguramente menos que éste, pero al menos no le habría producido tanto sobresalto como el que estaba sintiendo.  Se dio ánimo ella misma y se dirigió a los ascensores que, constantemente estaban en funcionamiento. Aquel vestíbulo era todo un mundo y eran aquellas personas, o al menos lo hacían sus jefes, quienes manejaban los hilos de todas las vidas humanas desperdigadas por el mundo. Bien es verdad que ellos trataban de evitar lo inevitable en algunos casos, cuando los países están manejados por manos incompetentes que manejan los hilos y las vidas de todos ellos bajo su mandato. ¿Se daba cuenta de la importancia que tendría su papel? Hasta ese momento no se había parado a pensarlo, pero de repente supo que de sus traducciones dependería la interpretación que hiciera su jefe más inmediato, es decir el congresista que, a su vez debía transmitir a su presidente lo acordado y éste, decidir si seguía adelante con lo que proyectaban o debía prepararse para una guerra inmediata resultara lo que resultara.

Y entonces comprendió la importancia de lo que ella dijera o transmitiera y lo que la persona que la escuchaba a través de unos auriculares, entendiera bien lo traducido. Y fue, ese descubrimiento, como si una losa la cayera encima. Ya no había tiempo de retroceder y salir corriendo de allí. Al otro lado de la puerta una voz la ordenaba que pasase. Ya no tenía escapatoria. Tenía que dar la cara, pero lo primero, sería calmarse y pensar muy bien las respuestas que diera porque estaba segura de que sufriría también otro interrogatorio.

Carraspeó ligeramente para aclararse la voz, y apretó el picaporte que cedió al impulso de su mano, cediendo suavemente. Tragó saliva para suavizar su garganta seca y con una sonrisa que, más bien era una mueca, se plantó delante del que sería su jefe inmediato que, cortésmente se puso de pie al entrar ella en la habitación.                                  

Con una amplia sonrisa la recibió levantándose de su sillón y dándola la enhorabuena por lo conseguido. Tas las palabras de salutación la indicó con un gesto que tomara asiento frente a él e inició la conversación extrayendo de entre los documentos que tenía sobre su escritorio una carta con el membrete tan conocido por ella y pensó que sería la recomendación de sus profesores.

Inmediatamente fue puesta en antecedentes de lo que sería su misión a partir de aquel mismo momento, aunque no empezaría a desempeñar su puesto hasta dos días después, en que se celebraría la primera, para ella, de las asambleas de Naciones Unidas.  Debió poner cara de susto porque, de inmediato y sonriendo, su jefe la indicó que no se preocupara y para acostumbrarse al ritmo y por tanto a su trabajo, tendrían dos días para realizar ensayos. Que no debía preocuparse porque lo haría bien…. Bla bla bla. Pero si estaba preocupada. Tras unos momentos a modo de introducción, la indicó que la presentaría a sus compañeros y la explicó que, todos sin excepción, habían tenido los mismos comienzos que ella. Que eran simpáticos y solidarios. Después la condujo hasta su cubículo y, dando un repaso rápidamente comprobó que era una habitación no demasiado grande, insonorizada. En el frente un cristal panorámico que comunicaba con el salón de conferencias. Rápidamente repasó en una sola mirada y vio los asientos vacíos y una especie de pupitres delante de cada asiento con una placa en la que señalaba el nombre de cada interviniente y el país al que representaba. En un lado del escritorio, un pequeño micrófono que sería para el congresista y junto a ello, unos diminutos auriculares, que seguramente sería su cordón de contacto con el intérprete correspondiente. El traductor, se sentaría frente a la cristalera diáfana y en su mesa habría una serie de aparatos, sobradamente conocidos por ella que grabarían en tiempo real la traducción y a un mismo tiempo las preguntas y respuestas tanto del traductor como del representante en el hemiciclo. Folios, bolígrafos, rotuladores de colores y una botella con agua. A su mano izquierda, un pequeño teléfono que la conectaría con el mando central por si fuera necesario rectificar la traducción. Se tendría que hacer con su puesto en el plazo de un mes como máximo, teniendo en cuenta que las sesiones importantes son cuestión de dos o tres días. Las auxiliares, es decir las que ordenan lo vivido en el hemiciclo, era cuestión de los secretarios de cada secretario. Posiblemente tendría que los traductores también interviniesen por si tuvieran que rectificar algo antes de sacarlo en limpio y entregarlo al ministro o secretario de turno de cada uno de ellos.

No era un trabajo tan sencillo como imaginaba y que tanto le alababan. Nadie regala sueldos a la ligera, tendría que “sudarlo”, pero eso no la asustaba. Nada la asustaba ya que, a medida que avanzaba el día, la toma de contacto con sus compañeros la iban tranquilizando. Le daban ánimos y contaban anécdotas de lo que cada uno de ellos vivió en sus primeros días en la Sede.

Poco a poco, la hora del almuerzo llegó y todos estuvieron de acuerdo en ir juntos a una cafetería cercana a la Sede y, que frecuentaban con mucha asiduidad. Todos estaban alegres y joviales y cada uno de ellos no ha mucho que se habían incorporado a ese puesto que ahora era su referente para Elizabetta. Tenían el aplomo y la experiencia de quién ya conocía su misión y la dominaba. Trataban de infundir a las nuevas la seguridad de que ellos hacían gala y restaban importancia para infundirlas valor de lo que a ellos les costó asimilar del mismo modo que a ellas, ahora les faltaba. Las ayudarían en todo lo que pudieran y trataban de restar importancia al primer día. A la primera vez que se enfrentó a unos auriculares y un micrófono que transmitiera el resultado de su traducción a la persona que, nerviosa aguardaba en el hemiciclo pendiente de escuchar por el audífono lo que desde un lugar alejado de allí le estaba transmitiendo. Eran dos extraños que tenían que conectarse con afinidad. Que no se conocían físicamente, pero esperaban que todo saliera bien. Estaban a años luz de distancia una del otro y ni siquiera con esperanzas de hacerse visible. Quizás con suerte pudiera echar una mirada al hemiciclo cuando estuvieran interviniendo y, al menos saber cómo era “su jefe”. El tipo de voz la diría si era mayor o joven. Había cultivado su oído y afinaba mucho en el reconocimiento de las voces. Ese era un tanto más a su favor, además requisito indispensable dentro de su profesión.

Entre risas y bromas, sus compañeros trataban por todos los medios de que se relajara tanto ella como la otra chica nueva que había entrado. Existía el buen compañerismo. Podían contar con ellos si en algún momento su voz se quebrara o alguna traducción se les atragantara.  Esas concesiones de sus compañeros la tranquilizaban y a un tiempo la ponían nerviosa, porque narraban unas situaciones que podían darse. No se imaginaba quedarse sin voz en la mitad de una alocución e imaginó que el parlamentario giraría de inmediato su cabeza buscando la cabina acristalada desde la cual le transmitieran la traducción al idioma oficial de Naciones Unidas. Pero También pensó que, si sus compañeros lo daban como posible accidente, es porque se había dado. Y ese pensamiento la dejó aún más intranquila. La sacó de su aislamiento la voz de uno de sus compañeros al notar que su cabeza no estaba allí con ellos, e imaginó en lo que pensaba, puesto que a él mismo le pasó algo parecido el primer día. Apretó una de sus manos que descansaba sobre la mesa y con un guiño, la dio a entender que no ocurriría, que solo era un ejemplo para prevenirlo si se diera:

— No te preocupes no suele ocurrir, pero por si acaso. En los años que llevó aquí, jamás me ha sucedido. No vas a ser tu la primera y, además nos tienes a nosotros para echarte una mano si se diera el caso. Aprovecha tu comida y al menos hasta mañana olvídate de este edificio

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