martes, 3 de octubre de 2017

Matrimonio por contrato - Capítulo 9 - Amor, fracaso, sepración

Los meses corrían, y la inspiración no llegaba. ¿ Había sido un  espejismo ? Quizá se cumpliera  su vaticinio: no servia para escribir.  No tenía ideas. El primer libro resultó bien, porque sabía de memoria el tema y su desarrollo.  Pero había algo más y no tenía iniciativa para plasmarlo Los beneficios obtenidos por las ventas de su primer libro, se esfumaban al igual que sus ideas.  Melissa trabajaba más horas de las razonables; no tenía vida propia entre acudir a su empleo y organizar su casa, no le quedaba tiempo para cuidarse. Había que estirar el poco dinero que aún les quedaba, y tenía que elegir entre comer o pagar la renta del pequeño apartamento.

Harto de esa situación, volvió a escribir como negro.  Al menos tendrían unas entradas fijas.  Pero si era capaz de hacerlo para otro  ¿ por qué no para él mismo ?  Melissa se lo repetía hasta la saciedad, pero ni él mismo conocía la respuesta.  Sólo que, cuando se sentaba ante unos folios, ni siquiera era capaz de escribir el título.  Pensaba que si se le ocurría un tema, después sería fácil arrancar con el desarrollo de la trama.


 Ella cayó enferma y no tenían para las medicinas que necesitaba para su curación. Y tomó una de las decisiones más difíciles de su vida, pero también una de las más importantes.  Viajaría hasta Bibury y pediría a su padre le ayudase; haría lo que fuese por ella. La quería y era correspondido, motivos suficientes para pedir , algo de dinero.

Le recibió con frialdad, y con una irónica sonrisa dibujada en su rostro.  Era como una bofetada en plena cara, como diciendo " te lo advertí.  Vendrás suplicante ".  Trató de olvidrse de ese gesto muy de su familia, y habló con él abiertamente.  Su padre le escuchaba en silencio, pero no dejaba traslucir si efectivamente iba a obtener lo que había ido a  solicitar.  Entonces  Richard, con una calma que le exasperaba, anunció que les ayudaría, con una condición:  su regreso en solitario a Bibury nada de Melissa, esa chica insulsa y poco menos que analfabeta.

El asombro se reflejaba en su cara ni se le había pasado por la cabeza que pudiera siquiera insinuar el abandono de la mujer que le había ayudado a salir adelante.  La decisión del padre era tajante, y en realidad,  lo importante,  era ella, su salud.  Una vez que le diera el dinero para las medicinas, vería cómo lo resolvía.  Y regresó a Londres, y Melissa mejoró, pero debía cumplir con lo firmado: su regreso al lugar que más odiaba en el mundo.  Mentalmente recurrió a su abuelo, que de vivir, no se vería en esa situación, pero él ya no estaba y su padre le apremiaba para el regreso.


La separación fue dolorosa, triste, desgarradora. Además de renunciar al amor de su vida, renunciaba a su libertad, a su sueño de ser escritor. A partir del momento que pisara Bibury, se convertiría en un hombre de negocios, pero además de ser algo que no quería, tendría que soportar el silencioso reproche de su familia. El hijo pródigo, el idealista, se ha rendido, como hicieron todos, al vil metal. Y aunque él sabia el motivo por lo que lo había hecho, se sentía ruin y que no sólo había fallado a Melissa, a sus abuelos también.  Ellos fueron valientes y rompieron con todo sin importarles nada, sólo ellos y su amor profundo. ¿ Le ocurriría a él lo mismo, o sería uno más de su familia que sólo se interesaba por el dinero?  Nunca renunciaría a Melissa; sólo necesitaba tiempo y todo volvería a ser como antes.

Pero el tiempo pasaba y las musas seguían sin llegar, y menos aún lejos de ella y ocupado únicamente en llenar las arcas, ya rebosantes de la empresa familiar.  Conoció a Aisling durante la celebración de un party a lo que su familia era tan aficionada desde tiempos de sus bisabuelos. Seguían con la costumbre casamentera y  habían echado el ojo a esa graciosa joven de familia irlandesa, afincada ahora en Bibury. Pero él no entraría por el aro, de eso nada.  Pero poco a poco, el rostro amado de Melissa, se fue desdibujando y al cabo de un año, se vio dando el si a  una esposa que no amaba.  Nuevamente la historia se repetía.


 Perdido el contacto con ella, poco  poco se resignó a su suerte: sería la maldición de los Durham: casarse sin amor y por dinero.  Algo que él nunca pensó le ocurriera, pero si había ocurrido y se encontraba en la habitación de un hotel, haciendo el amor con una mujer a la que se había unido sin amor, pero que si  estaba cumpliendo con el rito sagrado del matrimonio

Y la odió en ese momento, a sabiendas de que ella era inocente, como lo fue Phoebe, y que si ella estaba enamorada de Patrick, amor que él debía representar, aunque estaba muy lejos de sentir.  Pero Aisling no era tan ingenúa como fue su abuel,a  ni los tiempos eran los mismos, y supo que lo que hacía su marido, era cumplir con un expediente, por eso cuando su fin se cumplió, decidió hablar abiertmente con él, rechazando de plano ese matrimonio no deseado por ninguno de ellos.

Patrick reconoció lo obvio ante su mujer, y la excplicó  todo lo que le había llevado a esa situación:  debía pagar una deuda y el precio había sido su retorno a Bibury, y, posteriormente su matrimonio con ella.  Le escuchaba en silencio compadeciéndose de él, pero no necesitaba compasión, sino comprensión y paciencia. , algo  que ella estaba dispuesta a dar.  Sabía que su marido era buena persona obligado por las circunstancias a actuar egoistamente, pero estaba dispuesta a ayudarle, y lo haría, en pimer lugar volviendo a Londres, viviendo fuera de la influencia familiar.  Harían su vida como ellos quisieran y no como sus padres mandasen.  Y de esta forma Patrick y Aisling decidieron darse una oportunidad,  comenzando de nuevo su vida en común.

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