viernes, 25 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 11 - Ese no es mi nombre

 Saludó al guardia y se dirigió hacia el salón y al bar. Tenia que calmarse y al mismo tiempo disimular el alivio que sentía por el acuerdo. Se sentó en la barra y pidió un whisky al tiempo que le preguntó dónde podría encargar unas flores. Debía hacer gala del entusiasmo que sentía por ella, aunque fuera una navaja de doble filo. Contaba que la codicia les cegase y al ver que sentía interés especial en ella, aumentasen la tarifa desmesuradamente. Contaba con ello, pero no retrocedería ante eso; lo importante era salvarla de las garras de esa gentuza a como diera lugar. 

Pensaba detenidamente si Margueritte era conocedora de la trata de las muchachas, y lo lamentaría porque, cuando todo estuviera en su poder, pensaba denunciarles por tráfico ilegal de seres humanos. Lo sentía por ella, pero pagarían por el daño que hacían a personas ingenuas, necesitadas e inocentes y encima secuestradas en una casa de la que no tenían permitido salir, sino fuera con una venta como la que acababa de hacer.


Le repugnaba la sola idea de haber cedido a su petición, pero, al pensar en Adeline, acurrucada en la cama, aterrorizada, pensando que en cualquier momento entrarían para que fuese a trabajar, hacía que la sangre le hirviera. Nunca había sentido por nadie lo que sentía por ella, pero claro, nunca se le había dado el caso que estaban viviendo. 

 Apuró su whisky y se dirigió de nuevo a la habitación, habiendo encargado lo que comerían ese día, especial, en definitiva. 

Esperaba que las flores llegasen al mismo tiempo, dado que la dijo que no abriera a nadie. Además era temprano. Él estaría en la habitación cuando las llevasen.

Las flores serían reflejo de lo que lamentaba, de la situación por la que estaba pasando. Era como compensarla de algo de lo que él no tenía culpa, aunque se culpaba de lo sucedido en aquella habitación. Deseaba, de alguna forma, compensarla aunque no sabía cómo. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no abrazarla. Nunca había vivido algo semejante y eso  que había estado con muchas chicas, pero...ella era especial

— Te estás enamorando, Alex. Eso es lo que te ocurre — le dictaba su conciencia.

No quería pensar en eso. Estaba sometido a presión muy fuerte, y sabía que podría caer en la tentación a la menor insinuación. ¿A ella le estaría ocurriendo lo mismo? Le había lanzado algunas indirectas. Lo rechazó de plano. Eso no era posible. Lo que ambos estaban sintiendo era motivado por la fuerte tensión a la que estaban sometidos. Sólo eso.

Sentía impaciencia por llegar a la habitación. Lo achacó al temor de que surgiera algún imprevisto y ella se asustara y hubiera cambio de planes. No, eso no ocurriría. En la cuenta de la madame había una suculenta cantidad de dinero con la que no contaba y la codicia cierra muchas mentes.

Puso la tarjeta en la cerradura y automáticamente, la puerta cedió. Adeline estaba en la misma posición fetal en que la dejara. Seguramente estaría dormida. Apenas lo había hecho, ninguno, en esa noche pasada. Esta sería más tranquila y relajada, ya que contaba con la palabra de la madame y solía cumplirla, sobre todo a él. Había abierto una suculenta puerta que no dejaría escapar. Pero lo que ignoraba es que en cuanto saliese de aquella casa, todo sería diferente y no volverían a ver a la muchacha.


Ella permanecía fuertemente agarrada a la sábana que la cubría. Su respiración era calmada, pausada. Tenía los labios ligeramente entreabiertos. Se fijó precisamente en ellos. Se sentó despacio en un lado de la cama y comenzó a observarla. Hasta ahora no se había fijado bien en ella.

Los acontecimientos les habían sobrepasado. Cuando entró en esa casa para celebrar su cumpleaños, iba a algo concreto y, aunque la belleza femenina era buscada y celebrada, nunca se detenía mucho rato en inspeccionar el rostro de la mujer que compartiría su lecho. Acudía con la única idea de pasar el rato, un buen rato.
 Lo verdaderamente formal y definitivo, para su vida, no se le ocurriría buscarlo en un burdel.

Recorría su cara con la mirada y suave, muy suavemente, acariciaba los rizos de su cabello. No quería despertarla. Su tez era blanca y sonrosada, muy delicada. ¿ Eran azules sus ojos? Si, Alex son de un azul intenso. Su boca era perfecta, de labios gruesos, pero no en exceso. Su cuello, al menos lo que sobresalía de entre la sábana, se apreciaba largo y esbelto. Sus hombros cuadrados. Sus manos pequeñas pero firmes.

No quiso seguir analizando el resto de su cuerpo y carraspeó ligeramente. 
Para haber vivido una noche extraña, se había fijado mucho, en todos los detalles. "Es hermosa", se repitió en voz queda. Y algo surgió desde su estómago hasta la garganta queriéndole ahogar. Era una punzada extraña, pero firme.

— Haré cuanto haga falta para protegerla — se repitió en voz queda, pero lo suficientemente alta para que ella se removiera en la cama y se despertara sobresaltada.

—Eh. Soy yo ¿Te ocurre algo?

— Ella se incorporó y se abrazó a su cuello, sin pensar que estaba desnuda

—¡Has vuelto! ¡Estás aquí!

— ¿Dónde quieres que esté?  Tengo buenas noticias, pero primero cúbrete

— Perdón no me he dado cuenta. Ni me acordaba que no tenía puesta tu camisa

— No tiene importancia. Sólo que... Está bien, dejémoslo. Pasado mañana saldrás conmigo. Mañana estarás aquí, pero en tu habitación. Todo lo tengo hilvanado, pero de momento hemos de ser muy precavidos. Son muy listos, y podrían echarlo todo a pique.


Ella se abrazó fuertemente a él,  inesperadamente. Alex sentía unos deseos enormes. Una gran tentación y,  era demasiado fuerte después de haber vivido lo que vivieron. Por mucha fuerza de voluntad que tuvieran estaban ocurriendo cosas  inesperadas, que minaban la seguridad que debían mantener cada uno de ellos.

Fue débil al tenerla tan cerca y correspondió ansioso a las caricias que ella le dispensaba. Su cabeza estaba nublada, era incapaz de reaccionar e imponer su buen criterio ante la efusividad mostrada por ella. No la rechazó, no podía ni quería rechazarla. Había estado sometido a la contención desde la noche anterior, y ya no era capaz de decir no.

Así que correspondió a sus caricias cada vez más inquisitivas, más ardientes, más apremiantes. Sin pensárselo dos veces se quitó la camisa y los pantalones, la tumbó en la cama y con la mente nublada por lo que hacía la hizo suya. Pero esta vez no hubo sorpresas: todo estaba consumado. Pero sí fue cuidadoso teniendo en cuenta que posiblemente ella se resintiera. Pero no lo hizo. No le rechazó. Se abrazó a él buscando sus besos. 

 Como en un susurro, Alexander pronunciaba su nombre como si fuera una plegaria: Adeline, Adeline. Adeline...

Ella sólo suspiraba y respiraba profundamente. Cuando la tensión bajó algunos enteros. Tras besarle, le dijo sonriendo:

— Ese no es mi nombre...

— ¿Cómo dices?

— Que no me llamo Adeline. Me lo pusieron ellos, esos hombres horribles. Mi nombre es Danka Novák. Nací en Praga y de allí me trajeron hasta aquí. Mi padre vive en una residencia, y no creo que vuelva a verle.

La miró fijamente a los ojos sin soltar el abrazo. En su mirada había tristeza, furia, rabia, pero sobre todo admiración por aquella jovencita  que había depositado su vida en él.  Y volvió a besarla sin pensar en las repercusiones que aquél ataque de amor pudiera tener. Pasase lo que pasase, sabía que su vida en el futuro estaría ligada a ella.

RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGHT

Autora< rosaf9494quer

edición<  Junio 2021

Ilustraciones< Internet

jueves, 24 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 10 - Truco-trato

 Alexander recorría la habitación como buscando algo, inquieto y con cara de mal humor. Lo que en realidad hacía, era preparar un escenario. Tenía en mente una representación en toda regla. No se le ocurría otra idea mejor que esa, y por ahora, su única salida. Pero debía atar muy bien todos los cabos para que fuera creíble.

No entendía lo que le estaba ocurriendo con esta mujer. La miraba de reojo y la veía inquieta, preocupada. Y no era para menos. En su cabeza estaba planteando algo que, además, aparentase ser cierto. Nunca imaginó verse en esta situación absurda por alguien a la que no conocía, con quién había intentado intimar, pero sin conseguirlo. Ahora se le estaba ofreciendo y ahora, a pesar de sus deseos, no la quería. Las contradicciones del ser humano: nos gusta lo difícil, lo inalcanzable y Adeline era fruta prohibida. No abusaría de su poder sobre ella, por muy desorientada y dolida que la viera.

— Necesito que me devuelvas la camisa — la dijo de improviso, al tiempo que repasaba la habitación.

Y prosiguió dándole explicaciones que debería seguir al pie de la letra.

— ¿Me pongo el vestido?— dijo ella inquieta e indecisa

— No. Te meterás en la cama, desnuda. Fingirás que estás exhausta y deseas dormir. Deja todo tal cual está. Seguramente entrará el camarero a recoger  el servicio. No hagas caso. Permanece quieta, en la misma postura en la que estés. El  baño ha de estar igualmente desarreglado, cuanto más mejor.

— ¿Te has vuelto loco? No entiendo nada.

— Tengo un plan. He de convencer a Margueritte de que deseo estar contigo, no sólo hoy, sino siempre. He de mostrarme apasionado como nunca, deseoso de tenerte en exclusiva ¿Entiendes a donde quiero llegar? Quiero comprar tu libertad. Anda métete en la cama. Cuanto antes empecemos, antes saldremos.

Ella se quitó la camisa de él. No llevaba nada debajo. Tímida se cubrió como pudo. Él se había dado la vuelta para no mirarla. Se acomodó en posición fetal, como era su costumbre, tapada hasta las orejas. Alex , sonrió al verla, se acercó lentamente, mientras se abrochaba la camisa y acarició su cabeza, depositando un casto beso en sus labios.

— Una última recomendación. No abras la puerta a nadie ¿Me oyes? A nadie. Me llevo la tarjeta de apertura de la puerta. No quiero dejarla por ahí. Si entrara el camarero a recoger, finge que duermes. Deja la puerta del baño abierta, como está ahora. Hemos de fingir que hemos tenido una noche borrascosa. Y aunque ha sido así, ellos no saben lo que ha ocurrido entre estas paredes. Procura que la mancha de la cama no se vea. Cuando regrese trataré de limpiarla. Y ahora me voy. Deséame suerte.





—Sería magnífico si te devolvieran mi pasaporte— dijo ella tímidamente

— ¿No tienes pasaporte?

—Se quedaron con él al subir al avión

— ¡Cabrones...! Lo tenían todo previsto. Bueno... Eso ya lo solucionaremos. Ahora es lo menos importante. Me voy

— ¿No vas a besarme de nuevo?

— No, no voy a hacerlo. Y no me tientes. No está el horno para bollos. Las cosas han de seguir como están ¿Me entiendes?

Danka asintió con la cabeza y le dejó ir. Tenuemente con sus dedos, acarició sus labios como reteniendo el beso de él. ¿Sería así como sus amigas habrían conseguido novio? ¿Cómo se le ocurría pensar ahora en esas cosas? Él estaba demostrando ser todo un caballero, pero de ahí a...

— Da igual. Él nunca será para mí. Pero no puedo evitar aprisionarlo en mi memoria. ¡Ojalá y todo hubiera sido más sencillo!

Se hizo un ovillo y lentamente los ojos se le fueron cerrando. Tenía duermevela y sintió como la puerta se abría, pero aún sin abrir los ojos, supo que no era Alexander, por tanto permaneció en la misma posición. De repente sintió miedo y entreabrió un ojo cuando el intruso estaba de espaldas. Llevaba una chaqueta blanca "es el camarero"— pensó y siguió en la misma posición.

A propósito habían devorado todo el desayuno. Tenían que demostrar que habían habido excesos y tenían hambre, aunque lo cierto es que comieron a la fuerza. La realidad era muy distinta a la ficción en la que estaban metidos. Todos los detalles, por insignificantes que fueran, serían importantes. Se trataba de engañar a unas personas muy listas, que se la sabían todas. Pero ellos tenían la fuerza, la verdad de su lado y no les vencerían.


Salió  con el cabello revuelto y la camisa por fuera del pantalón, Daba la impresión de descuido e improvisación y, justo eso, es lo que quería. Al final del pasillo, permanecía sentado uno de los "guardianes" y, a él se dirigió con paso firme.

— ¿Se ha levantado ya Margueritte?

— Creo que sí. Estará en su despacho, seguramente.

— Bien. Muchas gracias

Y hacia allí se dirigió con paso firme. El guardián le miró cuando le dio la espalda y rascándose la coronilla sonrió, mientras pensaba para sí

— ¡Madre mía! Qué noche han debido pasar...

El corazón palpitaba fuertemente, llegando sus latidos hasta el oído en el que resonaban aún más fuertes de lo que en realidad eran. Estaba nervioso e impaciente. Iba a afrontar una situación que iba, a medida que las horas transcurrían, cambiando constantemente y superándose así misma

— Quisiera saber lo que he visto en esta chica para meterme en esta situación tan disparatada y peligrosa al mismo tiempo. Con esta gente no se juega y yo estoy a punto de interpretar una obra de Shakespeare en toda regla. No  sé qué me ha dado, pero no puedo parar de hacerlo. No la puedo dejar abandonada. Es como si hubiera crecido dos metros. Me siento capaz de todo, y no es que no lo fuera hasta ayer, pero en mi interior ha brotado el instinto de protección. La veo ¡tan perdida, tan desorientada, tan...! Deseable, dilo de una vez. No, no es sólo deseo. Es algo que nunca he sentido.

Tamborileo en la puerta del despacho y, al otro lado escuchó la voz de Margueritte

— Pase.

—Buenos días Margueritte. Deseo hablar contigo de algo importante, muy importante para mi

— Pues tú dirás. Por tu aspecto pensaría que te has peleado con alguien

— No exactamente ha sido una pelea. Tenías razón en lo referente a ella. Ha superado todas mis expectativas; ha sido el mejor cumpleaños de toda mi vida


—¡Vaya! Me alegro de haber acertado. Pero creo que no has venido a verme por ese motivo, así que te escucho

—La quiero en exclusiva para mi. Y cuando digo en exclusiva es eso: sólo yo ¿Me entiendes?

—¿Qué mosca te ha picado? Tengo chicas preciosas y nunca has quedado descontento de ellas ¿Qué tiene esta de especial?

—Tú lo has dicho. El sexo con ella es especial. Es más, desearía que me acompañara en alguna ocasión a las cenas de rancheros. O más simple comprártela para que viviera conmigo

— Te desconozco muchacho ¿Qué te ha hecho esa chica que te ha vuelto tan loco? Si es tan especial, pienso que debería subir la tarifa por ella. A simple vista no parece tan extraordinaria. Te conozco desde hace tiempo y, nunca te había visto tan excitado por una mujer.

— Bien. Pon un precio

— Ja,ja,ja. Decididamente estás loco perdido ¿Deseas ser plato de segunda mano?

— Eso es cuenta mía. Dime ¿Cuánto pides?

— Sabes que te tengo aprecio, pero esto he de pensarlo.  Pagué un buen dinero por su traspaso. He de recuperarlo y obtener beneficios.

— Pero tu precio fue superado, y aún estoy dispuesto a incrementarlo más. Te repito ¿Cuánto pides?

— Veinte mil dólares por día que la saques para tu evento, y cinco mil aquí.

— Te estás pasando, pero acepto. Te pagué hasta el mediodía de hoy, así que será a partir de las doce que correrá la nueva tarifa porque pasaré esta noche de hoy también. La tendrás a mi disposición pasado mañana en que tengo una cena de negocios; deseo llevarla .¡Ah! Y facilítale ropa más adecuada que un vestido de noche.


— Bien. Si estás de acuerdo te llevaré la minuta a la habitación.

— De acuerdo cárgalo a mi cuenta. ¿O Prefieres una tarjeta Visa? Y piénsate en traspasármela definitivamente, pero sin exageraciones. Has recogido con ella en dos días más beneficios que en una semana con tus otras chicas.

— Un total de veinticinco mil dólares

— Has subido la tarifa en cinco minutos ¿Cómo puedo fiarme de que no la cederás a otro hombre cuando yo no esté?

— Te doy mi palabra. La mantendré en su habitación y cuando me avises estará preparada.

— Hoy estará conmigo y pasado vendré a recogerla a las doce. Acuérdate. 

— Está bien. Dame la Visa., y márchate de una vez. Tengo trabajo que hacer- dijo sonriéndole y despidiéndole con la mano.

— Entonces ¿Está cerrado? ¿Cuento con tu palabra?

— Sabes que sí. Que el trato va a misa.

— Bien, pues pasado mañana a las doce del mediodía, tenla lista. Pasaré a por ella. Mis socios se van a sorprender

— Anda, anda. ¡Estás rematadamente loco?

Recogió el duplicado de la Visa y salió del despacho. Se apoyó en la puerta al cerrarla y respiró aliviado. Hasta ahora su plan estaba en marcha, pero hasta el final nadie es dichoso. Aún quedaba mucho por hacer, y debía ser con lentitud y cabeza para que nada fallase que delatara sus planes.


RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR < COPYRIGHT

Autora< rosaf9494quer

Edición<  Junio 2021

Ilustraciones< Internet 

miércoles, 23 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 9 - Ante lo inesperado

 Sentados uno frente al otro, guardaban silencio. Tenían hambre y devoraban el desayuno que les habían preparado, demasiado copioso, pensando quizás que la noche había sido especial y que posiblemente estuvieran medio desmayados. Ella le miraba mientras llevaba el tenedor o la cuchara a su boca. Él sin embargo no lo hacía. Tenía una arruga en la frente y, aunque no le conocía, ese gesto denotaba preocupación.

La que debía estar preocupada era ella; tenía un porvenir no solo incierto, sino problemático. Pensaba que lo que fuera que él había pensado, no tendría éxito. Le hubiera gustado conocerle en otra situación, pero las cosas ocurrieron como ya sabemos. ¡Que distinto hubiera sido todo si se hubieran encontrado en otro lugar!  




Debía ser alguien generoso, porque otro, ante lo ocurrido,  hubiera seguido hasta terminar lo que había iniciado sin importarle lo que la otra persona sentía. Sin embargo, él reaccionó en el acto. ¡Menuda sorpresa debió llevarse! Ella sabía cuál era su destino y se había resignado a él. Pero tampoco esperaba que fuera su "bautizo" como mujer con alguien tan atractivo, tan generoso, caballeroso y...tan guapo.  Desechó de inmediato la  idea que se abría paso en su cabeza. Era absurdo y, de todo punto descabellado, pero la imaginación era libre y después de verle anoche en toda su integridad, las hormonas se la disparaban. La situación no era como para pensar en "eso". Debía prepararse para lo que sería su día a día, tan distinto a aquella noche. Eso fue una casualidad, el dar con alguien tan sensible y generoso.

¿Qué la esperaría en lo sucesivo? ¿Se convertiría en una mujer vacía por dentro?¿Aprendería a fingir lo que no sentía? Al menos ahora tenía una referencia en la que invertiría el tiempo que estuviera con cualquier cliente, haciéndose a la idea de que estaba con él.

¡Qué cosas pensaba! En lugar de estar preocupada por su situación estaba pensando en quién tenía enfrente. ¿Se había vuelto loca? Nunca  lo hubiera imaginado, aunque saliera con algún chico que la gustase. Pero él se había comportado de un modo tan poco usual, en una situación extrema y, sin querer,  imaginaba lo que sería si se hubieran conocido en la calle, en algún semáforo esperando el cruce, o en una cafetería, o en el cine. En cualquier lugar menos en aquella casa. La había salvado, pero venían más noches y más clientes y lo normal es que solo pensaran en disfrutar por lo que habían pagado y ese importe se traduciría en algo en lo que no quería ni pensar.


Sin embargo con él se sentía segura, a salvo. Se había comportado como un caballero de siglos pasados, aunque en aquél burdel era conocido, señal que lo frecuentaba. Y lo normal hubiera sido que, pese a todo, él no se interrumpiera sin importarle la condición física de ella, sino el importe suculento que la madame había cobrado por pasar una noche con ella. Y de repente pensó que no la importaría ser su amante, aún a riesgo de que la magia ya no estuviera, porque seguramente fuera la sorpresa, con lo  que no contaba y sucediera. Le pillo fuera de órbita. Nunca lo hubiera imaginado, seguramente. Pero, lo que no se había preguntado, si sería un hombre comprometido. No lo creía, porque de ser así no hubiera estado y aún estuviese con ella. De tener novia no vendría a un burdel, sino que se irían a un motel u hotel, pareciendo una pareja normal.

Ahora ya daba lo mismo. Si acaso volviera a ver a su padre, no podría mirarle a la cara. Ella no tenía la culpa de lo que había pasado, o quizá si, por egoísta. No se paró a pensar que nadie regala ni trabajo ni dinero, que posiblemente había gato encerrado. Tuvo muchas horas de avión para analizar la situación y en cualquier escala de las realizadas, y con la excusa de ir al servicio, haber tratado de huir cuanto antes y esconderse en cualquier lugar en el que no pudieran encontrarla.

¿En serio piensa en eso? ¿Creía acaso que la dejarían marchar, sin más, después del dineral que habían invertido en ella?¿Terminaría como madame Margueritte regentando una casa de citas cuando fuese mayor para ejercer la prostitución? ¿Sería ese su destino? Pues, qué triste. Merecía algo mejor. Su futuro lo había pensado en cosas muy básicas: encontrar un buen trabajo, tener un novio del que estuviera locamente enamorada, casarse, tener hijos... Pero nada de eso sería ya posible, sino todo lo contrario.

Imaginó como hubiera sido su novio si las cosas hubieran transcurrido por el camino normal. Y no lo pensó ni un segundo: como Alexander.

Sin darse cuenta y, sumida en sus pensamientos, no se dio cuenta de que había dejado de comer y le miraba fijamente, con la cucharilla suspendida en el aire con un bocado de huevo escalfado. Tampoco vió que él, extrañado, la observaba desde hacía rato con cara de preocupación. No quería volver a la realidad, porque sus pensamientos eran bonitos, y la verdad era cruda y dura. 



¿Se refugiaría en lo sucesivo en sus fantasías? Seguramente así sería, mientras fingía un éxtasís debajo de un barrigón que se creía que la producía el máximo placer. Ese sería su día a día, hasta que, al llegar a una determinada edad ya no atrajera a los hombres y entonces...

—¿Qué te ocurre? Llevo un rato observándote y no me has hecho caso de lo que te decía. Estás muy distraída y, lo entiendo, pero has de alimentarte. En cuanto termines tu desayuno, te explicaré el plan. Tendremos que vivir, seguramente, situaciones parecidas a las de hace un rato. Tendremos que hacerlo para convencerles de que nuestro plan funcione, de lo contrario no sé de qué modo podré ayudarte.

— Lo siento, discúlpame. Es que tengo la cabeza embotada de tanto pensar. No creas que no aprecio en el problema en que te he metido. ¿ Por qué no lo dejas pasar? Ya me las arreglaré. ¡Bastante has hecho! Anoche te portaste como un caballero de la edad media. Otro en tu lugar...

— Pero es que ni tu eres otra, ni yo tampoco. Me enseñaron desde muy pequeño los valores que hemos de tener a lo largo de nuestra vida y lo de anoche...Francamente, ni en mil años pensé que eso pudiera ocurrirme. Te ruego me perdones; de haberlo sabido, no te hubiera elegido. Por cierto ¿te encuentras bien?

— En eso discrepo. Agradecí que ocurriera contigo una vez vista tu reacción. Otro no se hubiera comportado tan generosamente. Me consta que pagaste un dineral por estar conmigo hasta hoy, y en serio te lo agradezco. Pero ya ves no tengo escapatoria.


—Te prohíbo que pienses así. No al menos mientras nuestro plan pueda funcionar. Me gustas Adeline y lo hubiera hecho con cualquier otra mujer que estuviera en tu misma situación. Siento hacia tí una atracción que no tiene fundamento, pero te vi tan perdida ayer. Con una cara tan pálida y tan tímida, que enseguida pensé que eras novata en estas cosas y que no necesitabas a un bruto a tu lado, sino a alguien que te cuidará. Y lo traté, pero la segunda parte es la que ni siquiera imaginé. 

—¿Deseas terminar lo que ayer quedó interrumpido? Lo comprendería. Tienes derecho a ello. Pagaste mucho dinero por tener una noche alegre y, lo que conseguiste fue cargar con un problema que en nada te concierne. Así que si lo quieres, estoy disponible para tí. Termina lo que empezaste anoche.

— ¿Me estás insinuando que deseas tener relaciones hoy, ahora?

— Pagaste por ello y yo he terminado aquí por esa causa. Si lo quieres, que sea. Procuraré responder a tus expectativas

— ¿Qué te pasa? ¡No me puedo creer lo que me estás proponiendo! No creo que sea procedente, por mucho que te desee, porque sí, te deseo. Pero habrá tiempo para ello, y ahora no lo es. Centrémonos en lo que nos ocupa y te ruego que no tientes a la suerte. Eres una mujer hermosa y muy tentadora, pero no ahora. Sería aprovecharme de tu debilidad y ese no es mi estilo. Cuando estoy con una mujer quiero que se entregue a mi con los cinco sentidos, que me atraiga y que yo la  atraiga  también. Que sea consciente de lo que hacemos. Tú en estos momentos estás muy desorientada y no sabes lo que dices. Termina tu desayuno y enciende el televisor.

Ella guardó silencio ¿Decepcionada? ¿Esperaba otra respuesta? Sí, la esperaba desde que le vió salir del baño con la cabeza empapada de agua, sabía  a qué se debía. No tenía experiencia con hombres, pero sus amigas y compañeras de instituto si, y sus conversaciones, sobre todo los fines de semana se basaban en eso. Sorbió un poco de zumo y siguió el consejo de él. Se acurrucó en el sofá y encendió la tele. Le daba igual el programa que fuera. Estaba inquieta con una sensación nunca antes experimentada, y lo que buscaba era distraer su imaginación, y apagar algo que se abría paso en su interior.

RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR < COPYRIGHT

Autora< rosaf9494quer

Edición<  Junio 2021

Ilustraciones< Internet 

lunes, 21 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 8 - El plan

Se despertó sobresaltado. Miró a su alrededor como para ubicarse en dónde estaba, y de repente, volvieron a su cabeza las imágenes vividas la noche anterior. Ella estaba a su lado. Parecía tranquila en su respiración. Estaba boca arriba, pero inclinada su cabeza en  dirección a él.

 Algunas guedejas de cabello  estaban sobre la almohada. Sonrió y tomó una de ellas enroscándola suavemente entre sus dedos. Su pelo era como hebras de oro suave y de un color luminoso.

La experiencia  que ambos habían vivido sería difícilmente explicable. Había personas que se quejaban de que nunca en sus vidas habían vivido nada que les alterase. Sin embargo, ellos, dos desconocidos, habían vivido algo que jamás olvidarían. Se sentía, en parte, responsable de esa muchacha que descansaba tranquila y confiada a su lado. Pero él, ciertamente no había tenido nada que ver en lo ocurrido aunque fuera el autor del suceso. ¿ Por qué se sentía mal? 





Miraba al techo de la habitación pensando en cómo salir de ese embrollo. No se le ocurría nada. Ella se rebulló en la cama sin despertarse. Tenía que hacer algo. Estaba vestido con sus vaqueros y una camisa. Se calzó y dejó una nota a la muchacha para que no se impacientara si se despertaba. Se le había ocurrido algo que debía gestionar con madame Margueritte. Volvería enseguida, y esperaba que con buen resultado.

— He salido un momento. No abandones la habitación por nada hasta que yo regrese. No abras a nadie. Tenemos que hablar pero será luego. Trataré de arreglar tu situación confía en mi.

¿Qué confiara en él? ¿Cómo? Se estaba metiendo en un buen lio y no pintaba nada bien. Si fuera lo que imaginaba, debía andar con cuidado. Esas gentes son peligrosas y hay que andar con mucho tiento.

Había silencio en el pasillo. Ningún ruido salía de las habitaciones. Debía hablar con la madame. Ella sería su última esperanza si es que fuera tan leal como decía. Pero no la encontró. Preguntó a uno de los hombres de negro y le dijo que se había retirado a descansar

— Anoche tuvimos bastante trabajo. Hace poco que se ha ido a dormir. ¿Puedo ayudarle?

— No lo sé. Aparte de que deseo desayuno para dos, copioso — y dijo esto riendo de medio lado como dando a entender que su noche también había sido intensa—Creo que con  otro asunto que me importa no creo que pueda ayudarme. Necesito a la chica que está en mi habitación para una presentación de un negocio que tengo en perspectiva dentro de un par de días. ¡ Caray amigo! ha sido la bomba! Necesito hacerla pasar por mi novia, pero para eso tendría que acompañarme a una cena. Margueritte me conoce desde hace años ¿ Cree que podría ser?






— No lo sé, señor. En esas cosas no intervengo. Efectivamente, tendrá que hablarlo con ella.

— Si quisiera estar con ella al menos hasta mañana ¿sería posible? Pagando, por supuesto y con una buena propina.

—No creo que haya inconveniente, pero no puedo responderle. La dejaré una nota para cuando se despierte. Pienso que lo admitirá. Si es de su gusto y lo paga, a nosotros nos da igual. Me alegro que esté conforme con el servicio. Se lo transmitiré a la señora en cuanto la vea.

— Muy bien. Pues entonces está todo dicho. ¡Ah una última cosa! No nos molesten .¿me entiende?

—Perfectamente señor

— Muy bien, pues espero el desayuno y ya sabe: no deseo interrupciones.


Volvió a la habitación sin haberlo resuelto más que  a medias. pero al menos seguiría con ella. Con él estaría a salvo. Esperaba que Margueritte no se extrañara de su comportamiento, porque nunca lo había hecho. Pero ya pensaría en la respuesta si es que le preguntara.

Tranquilizaba en parte su conciencia quedándose con ella y protegiéndola. No le llevaba otro deseo más que ayudarla. Sabía que la explicación dada al hombre de negro no tenía porqué darla, pero al menos si alguno de sus amigos preguntara por él, sabrían qué responder. Estaba seguro que hasta mediodía no vería la sonrisa de la madame. Y es que en realidad era esclava de su negocio. Empezó en una triste habitación de un mísero hotel de los bajos fondos y ahora era una mujer  reconocida y respetada en ese ambiente. Por eso no se explicaba que  interviniese en algo tan sucio como en lo que estaba. Quizá a ella también  la engañaran. Pronto lo sabría.

Abrió la puerta y al no verla se sobresaltó por un instante, hasta que sintió el ruido del agua en la ducha. Deberían pasar varias horas metidos en esa habitación, y la ropa que tenían ambos no era la más adecuada para representar la comedia que él pretendía. Debía avisarla porque de un momento a otro llegarían con el desayuno.


— Adeline, vístete  y sal a la habitación lo más pronto que puedas. Te lo explicaré más tarde, pero ahora hazme caso en todo lo que te diga.

— ¿ Qué ocurre? 

—Ahora no hay tiempo. Ponte  mi camisa. Muy bien. Ahora súbete a la cama y muéstrate coqueta conmigo. Después te lo explicaré. Cubre , cubre...

Le daba corte por ella y por él. Iban a representar una comedia y debían atar todos los cabos muy bien para que nada fallase. Debían ocultar la prueba de lo ocurrido allí la noche pasada. Nadie, excepto ellos, lo sabrían. Ignoraba el porqué de esa reacción, pero algo, en su interior, le advertía de que debía ser así.

Apenas había terminado de organizar el escenario, cuando los golpes en la puerta les indicaron que el desayuno estaba allí. Abrió la puerta con el torso desnudo y  puesto una toalla de baño por la cintura. El escenario era perfecto. Quería dar una impresión falsa que les hiciera pensar que lo dicho al hombre guardián tenía su base. Y no era otra más que se había encaprichado de la chica y la deseaba para él solo.
Mientras recogía el servicio de la noche anterior, y acomodaba el desayuno, la imaginación del camarero tejía su historia. la que ellos deseaban transmitir, y a kilómetros de distancia de la realidad. Pero aún faltaba un detalle y era que ellos juguetearan como si el camarero no estuviera. Ella captó la idea e incorporándose en la cama se acercó a Alex, rodeó el cuello con sus brazos y le besó apasionadamente. Él no lo esperaba, pero correspondió al beso. Después se darían todas las explicaciones del mundo, cuando estuvieran a solas.


No sabía porqué, pero confiaba en él. Le había dado muestras para ello. No se había aprovechado de la situación, al contrario, buscaba denodadamente una situación para sacarla de allí, a sabiendas del peligro que eso supondría.

El no tenía ni idea en  lo que se iba a meter la noche anterior. Debió advertirle, pero fue todo tan rápido y tan sorpresivo, que no supo reaccionar hasta que fue demasiado tarde. Pero la reacción que tuvo al darse cuenta, fue de todo un caballero. Quizá tuviera novia, o prometida... La chica que le hubiera enamorado no conocía la clase de hombre que se llevaría.

Había correspondido a su beso no como un comediante, sino como un hombre ardiente besando a una mujer, correspondiendo a su caricia.

Cuando el camarero salió apresuradamente, ellos se separaron de su abrazo. Se miraron fijamente durante un instante, pero en esa fracción de segundo, había ocurrido algo que ninguno de los dos esperaba que ocurriese, pero así había sido.

— Debemos desayunar — dijo Alex mirándola muy fijamente

— Si, de acuerdo.

Cruzó la camisa de él, envolviendo su cuerpo y se bajó de la cama, sentándose en una silla junto a la mesa. Alexander recogió sus vaqueros y entró en el cuarto de baño. A los pocos minutos salió con los pantalones puestos, y el pelo mojado. Se había tenido que refrescar la cabeza. Estaba viviendo algo que era superior a su control y no quería tirar por el suelo lo conseguido hasta ese instante.

Esperarían pacientes a que llegase la tarde y con ella la posible presencia de la madame.


RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGHT
Autora< rosaf9494quer
Edición < Junio 2021
Ilustraciones< Internet
TRANSLATE 

domingo, 20 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 7 - ¿ Qué ?

 Cada vez su sangre corría más aprisa a medida que caricia tras caricia tomaba contacto con su impoluta piel. ¿ Qué la había llevado hasta esa clase de vida? Ella no era una vulgar ramera; merecía algo mejor. Pero él no estaba ahí para rescatar a nadie. Pagaría por un servicio y ella una trabajadora del sexo dispuesta a "complacerle en todo lo que necesitara", según las habían arengado antes de bajar al templo del placer. 

Suavemente besó sus labios, y tomándola en brazos la condujo hasta la cama y allí la tendió. No tenía prisa y ella, al parecer era inmune a sus atenciones, por tanto tendría que convencerla de que era un excelente amante cuando se lo proponía.

Recorría su cuerpo alternando las caricias junto con los besos, mientras ella cerraba los ojos. Él lo interpretaba como que se iba caldeando el ambiente, y nada más lejos de lo que en verdad  Danka sentía. Aún conservaba puesto su delicado tanga, y él, despacio, se lo fue bajando. Había llegado la hora de la verdad. Vería si  era tan buena como la madame le había prometido. Estaba deseoso de comprobar "su magia". Bruscamente entró en su cuerpo, y bruscamente ella lanzó un grito de dolor.

Él se dio cuenta de que algo no cuadraba y tan bruscamente, como entró salió estupefacto. Ella lloraba y se tapaba la cara con las manos

— ¿Eras virgen? ¿Qué? Responde ¿Eras virgen?

— Si — no pudo decir más




Él se sentó al borde la cama y la miraba sin comprender lo ocurrido. Había algo que no encajaba. ¿Se refería la madame a lo "especial" de la situación a modo de regalo de cumpleaños? ¡Pero era un delito! No podía ser verdad. Ella nunca obraba con malicia. Quién trabajaba para ella sabía a lo que se comprometía. Entonces ¿Qué pasaba?

La chica no paraba de llorar. Se había puesto de lado y encogida , hecha un ovillo, seguía llorando con desesperación. Entonces comprobó en la ropa la señal de lo que había sucedido. No le había engañado  ¡Era virgen!  Un sentimiento de piedad, incredulidad y asombro, comenzó a abrirse paso en su cabeza. No quería dar crédito a lo que recordaba  haber leído con demasiada frecuencia en los periódicos. Y una palabra saltó a su mente "trata de blancas".

Estaba claro que la chica era extranjera. Demasiado joven y...¡virgen! Esa palabra le machacaba la cabeza. Pero al fin se dio cuenta de que posiblemente la habían traído engañada a este pais. Era algo frecuente en las noticias, que a muchas les había costado la vida. Encontraban sus cuerpos inertes, pero nunca a los culpables de ello.


Pero ahora, tenía las pruebas delante de él. La miraba de soslayo y no sabía qué decirla ni cómo aplacar su dolor. Con movimientos mecánicos, extendió la sábana cubriendo el cuerpo desnudo de ella.

Fue hasta el cuarto de baño y la llevó un vaso de agua, para ver si así se calmase. Le rompía el corazón imaginando en qué situación se vería envuelta para llegar hasta aquí.

Acariciaba su cabeza y sus mejillas con ternura y la hablaba quedamente:

— Cálmate. No voy a hacerte nada. Ya te lo he hecho. Lo siento mucho, pero te aseguro que no lo sabía. ¿Por qué alguien no me lo advirtió? De haberlo sabido te hubiera rechazado. No voy por ahí violando chicas. No soy de esos. Pero no me explico nada de lo ocurrido. Margueritte no suele obrar así. Salvo que... ella no supiera nada. Bueno no te preocupes. No voy a tocarte. Espero que te calmes y me expliques de dónde te han traído y el por qué. Tenemos tiempo hasta mañana. ¿Quieres darte una ducha? ¿Comer algo? ¿Beber? No sé qué hacer contigo. Perdóname. Nunca te haría daño a sabiendas y, puedes creerme, ni por lo más remoto lo hubiera imaginado.

— Tenemos mucho de lo que hablar. Habrás de explicarme cómo has llegado a este oficio. Si has venido coaccionada y si quieres irte. Si es así pensaré de qué modo puedes lograrlo. Pero ahora, lo primero es que te calmes. Tenemos tiempo para que me cuentes todo. Estate segura de que no tomarán represalias contigo, porque nunca sabrán de mí que no cumpliste el trabajo. Por eso no debes preocuparte. Pero sé que si lo estarás. Cálmate y después hablamos. Voy a ducharme.


Y se adentró en el cuarto de baño cerrando la puerta. No terminaba de asimilar lo ocurrido. Bajo el chorro del agua, trataba de tranquilizarse. Como por arte de magia, sus deseos de ella, se habían esfumado, es decir no sería capaz de hacer nada ni con ella ni con otra. Trataba por todos los medios de acoplar sus ideas a lo que en realidad había ocurrido. Pero tendría que ser ella quién le contase la verdad, para ello, había que esperar a que se calmara.

— Daría cualquier cosa por deshacer lo hecho, pero por desgracia eso es imposible. Siempre llevaré lo ocurrido sobre mi conciencia, pero no saldrá de ella, nadie lo sabrá. Ni mis mejores amigos, se enterarán de lo pasado aquí esta noche.

Se puso la toalla anudada a su cintura y se asomó para ver si la muchacha se había calmado. Seguía llorando, pero más quedamente.

Lo primero que haría sería ganar su confianza. Hacerla ver que no la traicionaría, y que entre esas cuatro paredes se quedaría su secreto. Daba vueltas en su cabeza la manera de sacarla de allí. Pero no veía cómo. Ni hablar de confiar en la madame, pues sabría Dios si ella no estuviera compinchada en el tema.

¿Qué podría hacer? No quería ni imaginar si esta chica tuviera un hermano ignorante de lo sucedido. O que él fuera hermano de una muchacha en su misma situación. Era un juerguista, mujeriego y hasta bebedor, pero nunca haría algo fuera de la ley, y mucho menos violar a una pobre jovencita sin que ella otorgara su consentimiento. Mientras se vestía, se echó una copa de champán. Tenía la boca seca y ella parecía que se había dormido, seguramente exhausta por los nervios y las emociones vividas. Ni siquiera ahora, viéndola tan vulnerable posaría una de sus manos en su cuerpo. Nunca sin el consentimiento de una mujer, y estaba visto que a ella se lo habían impuesto no dándola oportunidad de decir no.

Sabía que era buen amante, ya que ninguna de las mujeres con las que había estado rechazaron nunca una segunda oportunidad, o una tercera en la misma noche. Pero con esta mujer, ni pensarlo. Se arrepentía de lo ocurrido, que jamás hubiera hecho de saberlo con antelación. Había muchas profesionales esperando clientes. ¿ La hubiera cambiado por una experta? No sabría decir, pero pensaba que no. Esa chica necesitaba ayuda y él, si pudiera, se la daría.

La observaba desde la puerta del baño. Parecía que se había dormido, o quizá ya no llorase y entornado los ojos, analizando la experiencia vivida aquella noche horrible, y no sólo para ella. También para él, inocente víctima de la confabulación de mentes perturbadas, ambiciosas de dinero y ciegas de poder.

No sabía como hacerla comer algo. Estaba seguro que en todo lo día no habría ingerido alimento alguno, sólo de pensar en lo que le aguardaba tras esa puerta. Repitió con el champan. Lo necesitaba. No para emborracharse, que no haría, sino para serenarse él también. Porque él también había sido una víctima. Imaginó la escena con alguno de los borrachos que frecuentan el burdel. La hubiera desecho por dentro. Él al menos retrocedió a tiempo de no hacerla más daño del que ya le había infringido.

Se tumbó a su lado, sin apenas rozarla y también se quedó dormido. Había sido una noche plena de emociones y no buenas precisamente. No olvidaría jamás ese cumpleaños


RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGHT

Autora< tosaf9494quer

Edición< Junio 2021

Ilustraciones Internet

TRANSLATE




sábado, 19 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 6 - Adeline. Lo nunca esperado

 Estaban frente a la habitación. Ella temblaba de miedo, de vergüenza y de profundo dolor. No  pensó nunca que llegaría a ser en lo que ahora iba camino de convertirse. Temblaba como una hoja. La cabeza le daba vueltas y un sabor acre subía hasta su garganta. Se iba a vender al mejor postor y ella ni siquiera recibiría, no sólo compensación a su sacrificio, sino que ataría aún más su prisión a esta gentuza sin escrúpulos ni sentimientos hacia ellas.  Eran sólo un número en una puerta, un apunte contable en el siniestro libro de contabilidad de su asqueroso negocio. Estaban allí por secuestro, por obligación, pero eso a los clientes, les traía sin cuidado. Sólo buscaban carnaza para satisfacer sus necesidades que, en la mayoría de las veces, no tenían en sus casas, con sus mujeres.

Al contrario, exigían que sintieran placer al mismo tiempo que ellos,. Que les hicieran cosas vergonzosas fingiendo que a ellas también les gustaba, cuando estaban muy lejos de la realidad, y a veces sofocando las arcadas que les venían a la boca. Porque no todos eran señoritos limpios y atildados. También los había sucios y repelentes, oliendo a sudor y a alcohol, porque ni siquiera habían tenido la delicadeza de ducharse antes de ir a contratar a una esclava y que jugase con ellos.

Para eso estaban y, contrataban cosas que las repugnaban pero que estaban obligadas a ello, porque habían dado una suculenta propina precisamente para eso, para conseguir lo que en sus casas algunas veces , su propia esposa rechazaba. Para eso estaban "ellas." Eran consideradas como "servicio público", sin tener en cuenta los sentimientos que pudieran tener.

Como deferencia, en esa "casa", madame Margueritte las daba descanso en "esos" días, que ellas aprovechaban para descansar. Al menos las facilitaba control médico, pero , ni siquiera para eso pisaban la calle, sino que el galeno iba a "la casa". 

Para tomar el sol, tenían su propio jardín al que no tenía acceso nadie excepto ellas.

— Recuerda, aquí eres Adeline. Nunca, bajo ningún concepto des tu verdadero nombre. Te evitarás problemas en la calle si alguna vez consigues tu libertad.

Era la primera vez que ese hombre trajeado de negro, la había dirigido la palabra. Fue a escondidas, como dándola un consejo. Quizá con un poco de suerte tendría un aliado dentro de aquella colmena de ilegalidad.


Dió unos golpes en la puerta y Alexander la abrió. Se la quedó mirando, probablemente admirando la belleza joven de la muchacha. Levantó la mirada de la chica y dijo al acompañante:

— Dé la orden de que suban una botella de champán, alguna fruta y chocolate. La chica lo merece. ¡ Ah! y ponga el cartel de no molestar. Creo que veré el amanecer. Su jefa ya lo sabe.

— De acuerdo señor. De inmediato doy la orden.

Se echó a un lado para que ella pasase. 

Sentía sus ojos analizando su cuerpo, desde la cabeza a los pies. Sentía como si sus ojos fueran dos brasas que la quemaran por dentro. No debía llorar, no podía hacerlo si no quería sufrir un castigo al que tenía un tremendo miedo.

Alexander dio una vuelta a su alrededor comprobando que en verdad valía los halagos que le habían hecho. Acarició un mechón del cabello que caía libre sobre su espalda. Era suave y brillante, como hebras de oro.

Ella al sentirlo, tuvo un escalofrío que la recorrió el cuerpo. ¿Cómo sería aquel hombre? ¿La respetaría? Bueno... todo lo que en esos lugares se puede respetar. Era joven. Quizá no muchos años mayor que ella. No había levantado la vista del suelo, por tanto no sabía si era guapo, o no. Pero al menos olía bien, a perfume varonil con olor a roble y a hierbas. Era agradable. Esperaba que también sus modales lo fueran.

De nuevo unos golpes en la puerta la distrajeron de sus pensamientos. Él procedió a abrirla, dando paso a un camarero depositando encima de una mesa el pedido formulado.

Ese breve espacio de tiempo, ella lo aprovechó en inspeccionar el lugar en el que "trabajaría". Era una suite moderna, limpia y agradable. Pensó que debía ser un cliente muy especial, o quizás las habitaciones, todas, fueran así de acogedoras. Todas menos las de ellas.

—Estás muy callada. ¿Puedes decirme cómo te llamas? Te aseguro que no muerdo a nadie.

— Adeline es mi nombre

— Un nombre bonito para una chica preciosa.

— Gracias señor

— ¡Vamos! Déjate de tanto protocolo. Estamos aquí para una cosa muy concreta y espero no defraudes las expectativas que has levantado.¿ De dónde eres?

— Extranjera

— Eso ya lo sé — dijo riendo mientas abría la botella de champán y la ofrecía una copa.

— Al menos es educado — pensó para sí.

Ella permanecía de pie ante él. Alex se sentó en un butacón y la examinaba de cerca, embebiéndose en su rostro y en su cuerpo, algo que la violentaba mucho. Poco a poco, él sentía que la sangre se le agolpaba en determinado lugar de su anatomía, poco a poco. Pero no quería impacientarse. Probablemente no sólo la tendría toda la noche, sino que al día siguiente. Si fuera tan buena como es su físico, creía que nunca tendría otra oportunidad de disfrutar de tan bello cuerpo.

No duró mucho tiempo su contemplación. Notaba que minuto a minuto la deseaba más. Se levantó lentamente y se puso cerca de ella. La obligó a levantar la cabeza posando su mano en su barbilla  con delicadeza, entonces vió reflejado en sus ojos el miedo y el nerviosismo que tenía. Nunca se había enfrentado a una situación semejante. Quizá con alguna chica "normal", pero nunca en un burdel, en ese burdel del que era cliente desde hacía tiempo. 

— Qué extraño — se dijo. Pero el deseo podía más que cualquier otra cosa. Hizo que se girara, y comenzó a desabrochar el vestido.

Ella temblaba como una hoja y las lágrimas pugnaban por salir. El vestido se deslizó hasta el suelo, quedando su cuerpo con la ropa interior. Por eso habían insistido tanto en que fuera seductora.

Ella se tapaba el pecho con los brazos, mientras él daba vueltas a su alrededor. Comenzaba a sospechar que había algo que no cuadraba. Pero la madame, estaba seguro de ello, no le hubiera enviado a esta extraña chica si no hubiera algo justificado. Era exquisita. Su piel suave como la seda, aunque algo tímida, pero él se encargaría de que perdiera la vergüenza.

 Depositó un suave beso en su hombro, y retirando el cabello hacia un lado, mordió suavemente el lóbulo de su oreja y depositó un suave beso junto a ella, en el inicio del cuello.

Adeline sintió un escalofrío. Era delicado y había elegido la dulzura en lugar de la posesión inmediata. No todos eran tan delicados como él. Al menos se estrenaría con alguien que merecía la pena.


RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR < COPYRIGHT

Autora< rosaf9494quer

Edición <Junio 201

Ilustraciones < Internet

viernes, 18 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 5 - La alegre muchachada

 Las condujeron a un anexo a la casa, y allí tendrían sus habitaciones. Había una puerta con seguridad que, para abrirla, había que introducir la clave de una tarjeta en posesión de alguien. En el centro de la puerta un enorme cartel que anunciaba que estaba prohibido el paso. Delante de la fachada de esa especie de cabaña, había un pequeño jardín, y rodeando la casa hasta la central, una valla de alambres espinosos. ¿Guardaban acaso un tesoro? Era lo que la mente de Danka imaginaba y no quería suponer que ellas eran ese tesoro.

Subieron unas escaleras en cuyo final había un corredor compuesto por puertas con un número. No había duda: eran donde vivirían. Había hasta seis puertas, pero ellas eran solamente tres. Probablemente las otras tres estuvieran de vacaciones, de viaje o... ¿trabajando? ¿En qué? No quería ni pensar en la clase de trabajo al que las habían destinado. Ahora todo encajaba.


Una a una las fueron ubicando en cada una de esas puertas. A ella la correspondió la 06, al final de todas. Ni siquiera sabían cómo se llamaban. A las otras dos las acoplaron en la 01 y 02. Echó cuentas y faltaban tres..

Cada una de las puertas tenía una cerradura de seguridad. Tan sólo podía abrirse desde afuera. Estaba claro que , como había sospechado no habían venido como secretarías sino como chicas de alterne.

Había escuchado noticias al respecto, pero nunca pensó que le ocurriera a ella. Ni siquiera tenía su pasaporte, y de ello deducía que era su salvoconducto. Su seguro contra ellas de esos infames mercaderes. No tardarían  mucho en ponerlas en "venta". Parecía un león enjaulado. No podía creerse lo que estaba viviendo. Sola, porque no conocía a nadie ni siquiera la permitirían comunicarse con nadie. Y se acordó de su padre al que posiblemente no volvería a ver. ¿Yuri la ayudaría? Ni siquiera debía pensar en eso; él estaba al tanto de todo, y fue él quién la puso el cebo para que picase . 

Se sentó en la cama mesándose los cabellos con desesperación. Ni siquiera podía comunicarse con las otras dos chicas. Las habían separado a propósito. No podrían hablar ni  con el alfabeto morse a través de las paredes. Miró alrededor de la habitación, que no era bonita. Tenía una cama, una mesita de noche, una especie de pupitre para poner los maquillajes. De la pared pendía un espejo viejo y desgastado. Una lámpara en el techo de poco voltaje y una ventana arriba de la pared con una reja.

Trató de activar el picaporte, que no cedió, ya que se necesitaba una clave para que se abriera la puerta. Estaba prisionera, peor que en la cárcel. Al menos allí podrían pasear y hablar con las compañeras de celda.  Se tumbó en la cama y se puso a llorar.  No sabía la hora que sería pero la luz del día había desaparecido hacía rato.


Palpó el colchón en el que estaba sentada y comprobó que no era muy alto y no parecía de lana, sino de borra. La cama sería incómoda y dura; ni siquiera el descanso las daban. Su llanto se incrementaba cada vez más. No tenía consuelo y constantemente se preguntaba el por qué le había tocado a ella,. el por qué a cualquier chica inocente pescada en la calle.

De repente sintió que abrían la puerta. Uno de los esbirros del avión portaba una bandeja con la cena. Ni  la dio las buenas noches, y no respondió a las desesperadas preguntas que le hizo. Era como si hablara a la pared.

En el rancho Mulligan se celebraba el cumpleaños de Alexander. Harían una barbacoa para todos los empleados, y después a la noche, lo celebraría con sus amigos. 

— En cuanto terminemos la barbacoa,  volveré a Sacramento. Me esperan mis amigos para celebrarlo — dijo a su padre

— Ten cuidado con lo que haces y con quién vas — contestó Alejandro

En la soledad de su dormitorio y, al dar las buenas noches a su mujer siempre charlaba con ella. Hoy sería un día especial: Alex cumplía veinticinco años y trece de la desaparición de su mujer.

— Sé que no lo apruebas, pero es su cumpleaños. Es todo un hombre y un día es un día. No me regañes por ello — decía a la fotografía sonriente de Amanda en plena juventud.

Alexander, gritaba más que cantaba cuando iba en carretera hasta la ciudad y allí comenzaría el verdadero festejo de su cumpleaños. Sus amigos le esperaban. Después de echarse unos tragos, irían todos a la casa de Madame Margueritte a celebrarlo a lo grande. Eran habituales  clientes, aunque principalmente Alexander Jiménez, bastante conocido por la madame y que antes lo fuera su padre.


Habían pasado tres días desde que las chicas llegasen a ese lugar que ni siquiera sabían cómo se llamaba y dónde estaban.

Danka estaba nerviosa y no sabía muy bien el porqué las tenían encerradas sin trabajar ni hacer nada. Había asimilado que terminaría siendo una puta de burdel. Estaba claro. Pero no entendía tanto despilfarro en los vestidos que habían gastado en ellas. Pronto saldría de dudas.

 Hacia media tarde, volvieron a abrir la puerta para darles instrucciones, que debían cumplir al pie de la letra:

-Elegid el vestido que queráis, pero que sea elegante. Una ropa interior seductora. Algo de maquillaje y los zapatos con el tacón más alto que tengáis. Son las seis, a las siete volveré a recogeros y os llevaré hasta el "despacho". Cuando estemos allí, os daré el resto de instrucciones que debéis cumplir de inmediato. Tenemos un eslogan que dice: "el cliente ha de quedar satisfecho en todo lo que le ofrezcamos". Así que haceros una idea del porqué estáis aquí.

Y así fueron puerta por puerta de las tres novatas. Se acordó de su padre y se le saltaron las lágrimas.

— Mejor que no lo sepa nunca— se dijo ahogando un sollozo.

No tenían mucho tiempo que perder. Tenían una hora para acicalarse, y debían hacerlo, de lo contario, les darían un gran escarmiento. No quería ni pensar en lo que pudiera ser.

Se dispuso a ser sumisa, ya que no tenía otra solución. Esperaría haciendo de tripas corazón, hasta conocer bien el sitio y encontrar una salida. Para ello debía ser dócil y no dar señales de disconformidad, con el fin de ganarse la voluntad de sus guardianes.




Y al fin conocieron el .local de Madame Margueritte. Se asombró del lujo asiático con el que estaba decorado. Era una estancia grande, muy grande. En uno de los rincones había unas mesas para dos personas, en las que se suponía que bebían o concretaban el trabajo. En una de las paredes, un sofá grande y sendos butacones a su lado, y cojines por el suelo, muchos cojines. Al fondo, una barra en la que un camarero servía la bebida y unas camareras ligeras de ropa, servía las mesas.

Y chicas semi desnudas dando vueltas alrededor de la sala o recibiendo a los clientes que en esa noche de fin de semana, eran asiduos, y muchos. De todos los pelajes: elegantes y otros burdos.

Las habían dicho que tenían que hacer que bebieran y que cuanto más lo hicieran, mayor sería la comisión que recibirían. 

Nuestros muchachos entraron alegres y sonrientes, buscando con la mirada la oferta que tenían para ese día.. Margueritte, al ver a Alex. se levantó del sofá y fue a su encuentro. Sabía que era su cumpleaños y, como gentileza de la casa por las buenas propinas que dejaba, guardaba algo especial para él. Fue en su burdel, no en éste, sino con el que comenzó el negocio, en que el chico perdió su virginidad. Le tenía cariño y, siempre tenía alguna cortesía para él. Quizá fueran reminiscencias  de su padre, pues  durante algún tiempo frecuentó su garito después de perder a su mujer, y hasta llegó a tener esperanzas de ser algo más que una "fulana" para él. Pero no fue así.

— ¡Mi querido Alex! Feliz cumpleaños.

— Madame ¿Cómo lo sabe?


— Hijo mío. Me lo dijo tu padre. Fue un viejo amigo, pero ahora se ha olvidado de nosotras.  ¡Menos mal que te tenemos a ti! Y por ser tu fiesta, te he guardado algo especial y recién llegado. Te va a sorprender. Mira está en lo alto de la escalera.

Alexander dirigió la mirada a donde la Madame le indicaba y, efectivamente en la escalera estaba la asustada y horrorizada Danka.

— Gracias Margueritte. Es preciosa. Espero que cumpla con su trabajo

— Yo también lo espero. Yo también lo espero. Os he reservado la suite especial, en tu homenaje ¿Cuánto tiempo estarás?

— Señora es  muy directa. Pero sabe que eso no es problema. Si quedo satisfecho, igual hasta mañana. No se preocupe por el precio. Creo que la chica lo merece. A mis amigos, ya sabe. Que ellos elijan. Póngalo todo a mi cuenta..

La madame hizo una seña con la cabeza a uno de los guardianes y a Alex le dio el número de habitación. Y hacia allí se encaminaron los dos, cada uno por su lado. Pero ella sería la que entrara después, porque así causaría más impacto e impaciencia en el cliente. Eran normas de la casa.


    RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGHT
Autora< rosaf9494quer
Edición < Junio 021
Ilustraciones< Internet


El día que nunca existió - Capítulo 4 - Con destino desconocido

 En el puente de San Carlos se encontraron y fueron hasta un café cercano para ultimar los detalles. Él partiría al día siguiente, pero regresaría diez días después. En ese tiempo tendría que dejar instalado a su padre en una residencia y,  arreglada la casa que sería atendida por la portera del edificio. Para todos esos gastos pidió un anticipo, que le fue concedido ampliamente. Yuri volvería en el tiempo previsto y le dio instrucciones para que tuviera el pasaporte listo y la documentación que precisase. También habría de firmar un contrato por el importe de los adelantos monetarios obtenidos.

Iría con ella a las mejores boutiques de Praga y a una buena peluquería para su presentación ante su socio. Había borrado de su cabeza la desconfianza. Hasta ese momento había cumplido con todo lo que le había prometido. 

Y así, poco a poco, se convenció de que era cuestión de suerte el estar en el lugar adecuado en un determinado momento. Debería tener todo listo para cuando regresase. No admitiría demoras, así que en ese corto espacio de tiempo tenía que realizar todas las gestiones. 



Visitó a su padre en la residencia que, efectivamente era a todo lujo y lo más importante:  él estaba contento en ella. Se despidió de él con la promesa de que en tres o cuatro días estaría de regreso y volvería a visitarle.

—¿Adónde vas? — la preguntó

— No lo sé aún, hasta que mi jefe no llegue. Pero en dos o tres días estaremos de regreso. Pienso que será a algún pais vecino.

— ¿Dónde puedo llamarte?

— No lo sé, papá. Yo te llamaré.

Se abrazaron la dio un beso y salió de la residencia. Al día siguiente llegaría su jefe y pasarían el día de tienda en tienda eligiendo ropa. Poco tiempo tendría libre. El suficiente para hacer el equipaje y luego tomar un avión con rumbo desconocido.

Sesión de peluquería y compra de trajes, tanto de salida, de tarde, como de noche. Fina lencería y por último los zapatos de tacón altísimos a los que no estaba acostumbrada.

Algunas veces la  incomodaban las miradas que Yuri la dirigía. No eran miradas de admiración sino más bien lascivas, y eso no la gustaba nada. Lo cierto era que se había convertido de cenicienta a princesa antes de chasquear los dedos. Estaba desconocida. Aparentaba mas edad debido a la ropa elegida y al maquillaje empleado, pero en realidad seguía teniendo dieciocho años.    

Permanecerían en Praga dos días más y sería presentada a uno de sus socios . Les acompañó esa noche en la cena, pero a los postres se disculpó ya que, quizá por el vino, al que no estaba acostumbrada, no se encontraba muy bien. Le habían reservado una habitación en el mismo hotel. Tardó menos de media hora en caer rendida por el sueño.


Conocía el hotel, pero sólo su fachada. Quedó deslumbrada cuando entró en la habitación. Nunca imaginó pernoctar en un lugar tan lujoso. ¿ Qué clase de trabajo tenían para tanto derroche? No terminaba de encajar las piezas. Se hacía mil preguntas y ella sola las respondía.

Era casi mediodía, cuando el teléfono interior de la habitación la despertó:

— Danka, soy Yuri. Mi socio te ha dado el visto bueno, así que debutarás en el empleo. Os adelantaréis. Iréis en avión hasta América. Yo me reuniré con vosotros en un par de días.

— ¿América? No me hablaste de ir tan lejos. Dijiste que sería cuestión de un par de días y si vamos a América serán más  

— No lo sabía, pero no creo te importe. Te he dado todas las facilidades del mundo. Ahora no empieces con remilgos.  Si no te gusta, en cuanto terminéis puedes largarte. Es así de sencillo, pero ten en cuenta que tienes contraída una deuda, con nosotros, bastante importante. Si te despides, deberás saldarla antes de irte

—  Esto no es lo que me dijiste

— Haz este trabajo y después puerta. Así de sencillo. Pero ahora no me puedes dejar en mal lugar. No después de las recomendaciones que he hecho por ti.

— Está bien, por esta vez pase. Pensaré, con arreglo a lo que vea, si continúo o me voy cuando regresemos.

— No me hagas quedar mal. Hasta que nos veamos—se despidió

— Adiós Yuri. 


El nuevo jefe la esperaba en la puerta del hotel vigilando que el equipaje estuviera dentro del taxi que había  llamado. Echaba de menos a Yuri , era más simpático y hablador. Con éste apenas había cambiado hola y adiós. Su gesto era huraño y ni siquiera sabía de dónde era ni en que idioma se expresarían. Seguramente en inglés, que ella dominaba. Pero no se sentía a gusto en presencia de este hombre. No le inspiraba confianza. Se sentía muy tímida ante sus miradas que recorrían su cuerpo casi constantemente. Le daba miedo. 

— Si al menos Yuri estuviera aquí...— Pensaba.

Y llegaron al aeropuerto, allí supo que su destino sería California . Demasiado lejos. Un viaje ocultado ¿Qué de particular tendría que se lo hubieran dicho? ¿Guardaban algo? Pero el caso era que al pasar las aduanas, el equipaje no escondía nada. Los pasaportes eran auténticos, es decir no se trataba de malhechores que quisieran ocultar algo. Su pasaporte obraba en manos de este jefe poco hablador que la acompañaba en el viaje.

— Quizá sea su costumbre: no dar explicaciones de nada; sólo las justas —se dijo.

Ya instalados, observó que otras dos muchachas ocupaban asientos detrás de ellos, y que era el mismo jefe quién también estaba al mando, aunque las acompañaban otros dos sujetos bien vestidos, pero con cara de pocos amigos. Ni siquiera saludaron. Le preguntaría si serían compañeras. Se sintió más tranquila al saber que ellas también viajaban con ellos, pero no pudo averiguar qué clase de trabajo desempeñarían. En los asientos detrás de las muchachas, iban los hombres con quienes había hablado su jefe antes de entrar al avión.

Los motores comenzaron a escucharse. Los asientos en vertical y los cinturones abrochados. Poco a poco, el avión comenzó a rodar por la pista. Danka se aferraba fuertemente al brazo de su asiento; la daba miedo el despegue. Lo cierto es que no había viajado en avión. No tenía dinero para hacer un viaje largo y, este sería su primera vez.  El jefe, sentado a su lado, notó  el temor de ella y puso una de sus grandes manos sobre las de ella, al tiempo que la decía:

— No tengas miedo, enseguida tomaremos altura y después ni te enterarás de que vamos en este trasto metidos.

Ella le sonrió suavemente y asintió con la cabeza. Una vez tomada la altura correspondiente,  reclinó hacia atrás el asiento e intentó, o fingiría dormir. Su jefe la intimidaba y no tenía ganas de entablar conversación con él. Si es que lo hiciera. No sabía de qué podrían hablar.

Harían escala en San Francisco, pero tardarían casi quince horas en llegar a la ciudad y después  casi otra hora en llegar a su destino. Había fingido estar durmiendo. Las otras chicas y sus acompañantes también lo hacían, pero su jefe de al lado, hablaba por teléfono con alguien y por él supo que su destino final sería Sacramento al que llegarían en casi una hora desde San Francisco.

   Y se repetía mentalmente ¿por qué tan lejos y con tanto secretismo? Algo había que no terminaba de convencerla. Y su alarma interior se encendió, pero ya no había arreglo. Estaba a miles de kilómetros de su casa y sin conocer a nadie. Los únicos, eran estos  hombres tan  extraños y, por supuesto a ellos no podía pedir ayuda y con sus propias fuerzas, porque tampoco de Yuri podía fiarse. Trataría de hablar con las otras chicas en la primera ocasión que tuviera, a ver si ellas la sacaban de sus sospechas.                                                                        

    Ya estaban en el aeropuerto de Sacramento ¿Sería su destino final? Posiblemente, porque se dirigían a recoger el equipaje, que extrañamente el de ellos era una pequeña maleta, mientras que las de ellas, las de las tres, eran maletas grandes y lo menos seis.

Danka trataba de encontrar respuesta a todas las preguntas que se hacía, y  todas   tenían sus conclusiones lógicas, pero la ignorancia, la incomunicación con quienes viajaban hacían que levantara los pies más altos que la cabeza. Y eso la intranquilizaba. 

También encontraba extraño el que las prohibieran hablar entre ellas, cuando lo más natural del mundo es que al juntarse las mujeres, comentaran las incidencias del viaje, el destino al que habían llegado... etcétera. Pero ellas lo tenían prohibido, es más ni siquiera habían tenido oportunidad de saludarse y saber sus nombres.

Y ahora ¿Dónde irían a parar? ¿A algún hotel? Tomaron un coche grandísimo, como nunca había visto que, les aguardaba a la salida del aeropuerto. Lo tenían todo previsto. 

— Así de organizados son éstos del este — pensó en voz baja. Había deducido que eran rusos.

Algo más tranquila pararon delante de una casa de dos plantas de estilo colonial, pero en lugar de entrar por la  fachada principal, lo hicieron por la trasera, también bonita pero...  

— ¡Qué extraño es todo esto !

RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGH

AUTORA< rosaf9494quer

Edición< Junio 2021

Ilustraciones< Internet



lunes, 14 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 3 - Yuri Ivanov

 Al sentir la presión en su hombro se giró y ante ella estaba el hombre que la había entretenido y el causante del estropicio que había causado en su vida. Ni una sonrisa le dedicó, sino que frunciendo la boca, esperó en silencio a que él se disculpara, si es que se hubiera enterado del despido. Aparentemente nada sabía. La sonreía ampliamente dándose a conocer, como si ella no supiera exactamente quién era, y a quién debía su despido. Trató de zafarse de él, pero la detuvo suavemente del brazo:

— Espere ¿No se acuerda de mí?

— Si señor. Muchísimo. Créame le recuerdo con más frecuencia de la que debiera. Y ahora disculpe. He de irme

— ¿Qué prisa tiene? Pregunté por usted en el hotel y me dijeron que ya no trabajaba allí

— Efectivamente y se lo debo a usted

— No comprendo ¿Por qué yo?

— Déjelo. Tengo prisa.


— Lástima. Pregunté por su dirección y no quisieron dármela. Y es una verdadera lástima porque estoy buscando a alguien para un trabajo. La casualidad ha querido que nos encontráramos. Eso es señal de que el trabajo ha de ser para usted.

— ¿ Me toma el pelo? Ni siquiera sabe la preparación que tengo. Sólo es una fanfarronada para algún extraño motivo.

Intentó seguir su camino, pero él, la corto el paso

— Espere. Vayamos a algún café y le explico todo. Efectivamente no sé nada de su preparación, pero es bonita, tiene una silueta esbelta, no necesita nada más, ni yo tampoco.

— No le entiendo y no quiero entenderle. No me interesa

— Mil euros semanales ¿serían suficientes?

Ella se paró en seco y se giró para quedar frente a él ¿ Había oído bien? Esa  cantidad no había nadie que la ganara honradamente. No quería saber más, aunque las cifras bailasen en sus ojos. Con esa cantidad podrían vivir bien y acceder a la medicación necesaria para su padre. Pero por otro, no se fiaba. 

Podría escucharle a ver que era lo que proponía. Siempre tendría tiempo de levantarse y salir corriendo.

— Sé lo que está pensando, pero está equivocada. Hay mucha gente que gana eso y mucho más. Créame es un trabajo apropiado para usted. Claro que necesitará algún retoque, pero nada que con dinero no se solucione.

— Exactamente ¿ De qué trabajo se trata?

— Ser mi secretaria

— Se ha vuelto loco. No tengo ni idea de cosas de oficina. Atender un teléfono es lo máximo a lo que llego. ¿ De qué retoques habla?

— Ropa y peluquería, a eso me refiero. Es que no necesita nada más. Yo la enseñaría a llevar mi agenda. Sólo ha de aprender a  despedir a alguien que quiera entrevistarse conmigo y yo no lo desee. También puede que algún viaje... corto. De ida y vuelta ¿ Qué le parece?

— ¿Sabe ? No me fio. Nadie va por la vida regalando dinero. Creo que es algo ilegal y para eso necesita alguna tapadera para distraer a quién sea. Pero míreme. No soy una belleza como para desempeñar ese papel. Decididamente no le creo. Además tengo a un padre delicado de salud a quién atender. No se puede quedar solo.


— Y no lo estaría. Con ese dinero bien puede permitirse el tener una enfermera que le cuide o que viva en una residencia a todo lujo. Estaría dispuesto a ofrecerle más sueldo si acepta

—¿ Que oculta, señor...?

—Mi nombre es Yuri Ivanov y me dedico a exportaciones mayormente, aunque también realizo importaciones. Piénselo. Créame no se le presentará otra oportunidad en su vida. Le dejo mi teléfono del hotel, aunque supongo lo tendrá usted, puesto que ha trabajado en él. Cuando llame diga que la pasen con la habitación 612. Estaré allí hasta pasado mañana. Atrape esta oportunidad, quizá no tenga otra.

Debía haber algún truco oculto. El sueldo era alto y estaría dispuesto a subirlo si aceptaba. ¿ Qué hacía? ¿Buscaba chicas por la calle? ¿Sería una casualidad que le había tocado a ella? ¿ Reclutaba gente para hacer qué? 

No la buscaba a ella especialmente, sino a la que antes "cayera". O quizá no. Si acaso fuera cierto que había preguntado por mí en el hotel y le dijeron  que ya no trabajaba en él... También puede que le dieran mi dirección  e iba a casa... Demasiado fácil. Hay trampa, pero ¿Y si no la hubiera y dejase pasar esa oportunidad? Para dejarlo siempre tendría tiempo.

No quería pensar en que hubiera sido un flechazo; esas cosas no ocurren en la vida real, sólo en las películas. En total, fueron cinco minutos los que hablaron en la habitación y otro tanto ahora.

— No seas ilusa, nena. Nadie se enamora a primera vista. Cierto que eres guapa y resultona como para ser secretaria, pero no sabes nada de él. Y sus ojos. Te echa una mirada que da escalofríos. No te fíes. Pero mil euros a la semana son muchos euros y papa estaría bien cuidado, sin faltarle de nada. Lo estudiaré.

Aquella misma noche, no paraba de dar vueltas en la cama. Nada había dicho a su padre. Había respetado el horario en el que regresaba a casa para que no percibiera que ya no tenía trabajo, pero no se le iba de la cabeza la extraña proposición que había recibido del ruso o serbio, o de donde demonios fuera.

Aún tenía tiempo de estudiarlo, pero sólo a día de hoy, porque le había dicho que marcharía el día de mañana. Fingiría que estaba indispuesta y que no iría a trabajar. En la soledad de su habitación no paraba de una y otra vez escuchar las palabras de aquel desconocido ¿Debía aceptar? ¡ Total por intentarlo nada perdía!, y su padre lo merecía.

Descolgó el teléfono y marcó el número de su anterior trabajo. Al otro lado de la línea escucho la voz de la telefonista, a la que respondió:

— Con la habitación 612, por favor — La suerte estaba echada.

La voz de Yuri atendió su llamada amablemente. Al otro lado la de ella, que escuetamente fijó una cita con él:

— A las doce en el puente de San Carlos — Y colgó.


RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGHT
Autora< fosaf9494quer
Edición. Junio de 2021
Ilustraciones< Internet


domingo, 13 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 2 - Danka Novák

 Adoraba el arte en cualquiera de sus manifestaciones, pero la música era su preferida y en especial la danza. Se sentía distinta nada más calzarse sus zapatillas de puntas. Iba dos veces por semana al conservatorio de Praga  a estudiar ballet, su sueño desde que siempre recordara. También estudiaba bachillerato y ambicionaba ir a la universidad de medicina. Quería ser médico, aunque lo veía difícil y lejano.

Vivía en el casco más hermoso de Praga, su ciudad natal, junto con su padre. La madre había fallecido hacía algunos años.

 En sus pocas horas libres, se buscaba algún trabajo que ayudase en casa. La crisis económica azotaba a toda Europa y más aún a los paises cuya economía no era muy boyante.





Sabía que en casa no sobraba el dinero, pero los empleos a los que ella pudiera tener acceso, estaban bastante restringidos. Quizá de empleada de hogar. Se ahorraría su comida y entraría más dinero en casa, pero para eso habría de renunciar a sus clases en el conservatorio y suspender de momento el bachiller.

Su padre estaba delicado de salud y por tanto, no lo pensó más. Corrió la voz entre los comercios en los que solía comprar ,a ver si alguien necesitase alguna asistenta o mujer de servicio. Dejó su teléfono en los hoteles más cercanos a su domicilio, pero no hubo llamada alguna. La recesión, también atacaba al turismo y, a pesar de que Praga gozaba de las excelencias del mismo, se había notado también su falta.

Lo único que pudieron darla en uno de los hoteles, fue un puesto de limpiadora que, además ayudaría a las doncellas a arreglar las habitaciones. Al menos podría asegurarse la compra de la medicación de su padre, y quizá, con un poco de suerte hasta su comida, ya que lo haría en el hotel.

Adiós a sus sueños, a sus proyectos, a su ideal de  vida. Aunque al principio lo lamentó, pronto  pensó que su padre estaría atendido y, eso la compensaba de todo. Cada día llegaba a casa cansada, muy cansada, ya que el trabajo era pesado y a toda velocidad. Había que tener las habitaciones listas en cinco minutos y perfectas. En cuanto hubiera alguna queja, sería despedida la camarera o ayudante que hubiera cometido alguna infracción. Se esmeraba al máximo y presto. 


Alcanzó, digamos, la perfección en su trabajo al cabo de poco tiempo, pero los días, los meses pasaban y seguía en el mismo puesto de trabajo. No había ascenso posible, a menos que la situación económica resurgiese y,  por el momento no se veía color.

Habían vivido en esa zona turística desde que sus padres se casaron, que en aquella época era un lujo, pero ahora estaban con un pie dentro y otro fuera a expensas de que el casero tuviera consideración con ellos.

El casero y su padre, habían luchado juntos contra el comunismo, y por ese motivo, tenía alguna consideración.-

Fue uno de los huéspedes que, al entrar en su habitación, la vio terminando de arreglarla. Era un turista de mediana edad procedente de algún pais del este. Era apuesto, simpático y atractivo, aunque   la mitad de las palabras que la dirigía no las  entendía.

Se puso muy nerviosa al temer por la regañina que iba a recibir, al haber demorado  el arreglo de la habitación "importunando al cliente". Por mucho que ella lo negó aduciendo que había sido él quién la entretuviera, de nada sirvió:

— Estás despedida. Sabes que es una estricta norma del hotel.

Al abandonarlo ese día, iba triste, furiosa y de mal humor. Había sido injusto el despido y, además ella no tuvo la culpa. Se preguntaba: ¿Qué hubiera pasado si no le hubiera hecho caso y siguiera con lo que estaba haciendo? Estaba claro, que el cliente no se llevaría la regañina.  Pero la repercusión que tendría en su vida y en la de su padre sería fuerte, sin haber cometido infracción alguna. Se aprovechaban de la necesidad de la gente que no tenía más remedio que, bajar la cabeza y tirar para adelante como mejor pudiera.


Trataría de ocultárselo al padre. Saldría a la misma hora de siempre a buscar trabajo en lo que fuera, pero tenía muy claro de que a él ni le faltaría la comida ni su medicación.

Y así día tras día seguía rutas distintas, alejadas de su vivienda a ver si tuviera más suerte. Había pasado una semana, y se acercaba el día en que debiera recibir su jornal, y no tenía nada que entregar a su padre ¿ Qué le diría? ¿ Que la habían despedido? Pero a pesar de que sería un disgusto para él, si le ofrecía un trabajo a cambio, el disgusto sería menor. Pero ¿cómo?

Transitaba cabizbaja por el puente de Carlos, cuando alguien tocó su hombro.

Frente a ella estaba el causante de su aflicción. Le miró con unos ojos que taladraban su cara y él se dio cuenta de ello. No tenía ni idea de que la hubieran despedido por su causa. Ella le contestaba secamente y deseando perderle de vista.

Los ojos del hombre escudriñaban cualquier signo de la cara de Danka y, comprendió al momento que, a esas horas, en las que debiera estar trabajando, no lo estaba y su vestimenta era la adecuada para presentarse a algún trabajo. Era un hombre astuto y esa chica le gustaba. Entablaría conversación con ella con cualquier excusa. Pero veía en ella un gran potencial y no desperdiciaría la ocasión.


RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPYRIGHT

Autoraz rosaf9494quer

Edición.  Junio 2021

Ilustraciones < Internet

sábado, 12 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 1 - Alexander Jiménez Mulligan

 

Era alto, fuerte, atlético, simpático y... un juerguista empedernido. Muy amigo de sus amigos, por lo que siempre estaba rodeado de ellos. A menudo pagaba las copas de todos, así que tenía una "corte" de  adeptos a él, y prestos a alcanzar cualquier capricho que se le antojara.

Vivía en Sacramento, lejos del rancho de su padre. De oficio: nada. De vez en cuando pasaba alguna que otra temporada en casa tratando de calmar la ira paterna  que en nada estaba conforme con su modo de vida. Había ido a la universidad, pero de nada valió. A trancas sacó los estudios, pero se dedicó a la gran vida a costa de papá.


El señor Jiménez, lo intentó todo para reconducirle al buen camino. No terminaban de conectar y discutían con más frecuencia de la debida, por eso Alex, decidió tener piso por su cuenta y hacer de su capa un sayo lejos de las miradas reprobadoras del señor Alejandro Jiménez.

Regentaba el rancho él solo, ayudado por buenos empleados desde hacía años. De origen mejicano, se casó con una neoyorkina que pasó por California haciendo turismo. Se le rompió el coche en la carretera y él acertó a pasar por allí, quedando prendado de ella. 

La ofreció su casa y el arreglo del coche por su mecánico. Pero la estancia, que debería ser corta, se prolongó más días de lo debido y terminaron enamorándose y un tiempo después casándose. 

Ella dejó su vida de chica acomodada en la gran ciudad, para instalarse en el campo entre ganado, caballos, sol abrasador y días monótonos. Pero no la importó en absoluto. Amaba a aquel mejicano de piel morena, ojos negros y carácter amable, pero muy seguro de sí mismo. Como regalo de bodas, el rancho Jiménez, pasó a llamarse Mulligan, como homenaje a su mujer. A los dos años de casados nació Alexander, nuestro chico rebelde.

La salud de Amanda, se resentía desde que diera a luz, algo que inquietaba a su marido que no sabía qué hacer. Consultó a varios médicos y todos coincidían en el mismo diagnóstico:

— Su corazón está débil. Sólo podemos medicarla y recetarla tranquilidad. Quién sabe, si con el tiempo tendríamos que pensar en un trasplante. De lo contrario, mucho me temo que...

Alejandro, removió Roma con Santiago en consultas médicas en Nueva York, en San Francisco... pero todos le decían lo mismo. Se dedicó por entero a ella. A amarla y a rodearla de comodidad y caprichos, pero ella iba lentamente perdiendo fuerzas. Sólo deseaba ver crecer a su hijo. Cuando el chico tenía doce años, la madre falleció sumiendo en la desesperación al padre y en la rebeldía al hijo.

A remolque sacó los estudios adelante y, obligado acudió a la universidad. A duras penas se hizo ingeniero agrónomo, carrera que no le gustaba nada en absoluto, pero su padre se la impuso para que en su día, él gobernara el rancho, algo con lo que discrepaba con su progenitor.

En realidad no sentía interés por nada; sólo la diversión. El fallecimiento de su madre, le dejó marcado, ocurrido en esa edad difícil preámbulo de la adolescencia.  Estaba muy unido a ella, y por ese motivo, a veces, el padre, hacía la vista gorda, aun a sabiendas de que no iba por buen camino.



A los dieciocho años, sus amigos le llevaron a un burdel y allí se "hizo hombre", y al mimo tiempo se hizo muy buen cliente del lugar. Había descubierto otra cara de la vida mucho más placentera que encerrarse en el rancho y oler todo el día a vacas y caballos. 

El capataz, Anselmo que, llevaba toda la vida en el rancho, fue quién informó a Alejandro de los pasos que daba el muchacho, algo que le hizo montar en cólera. Fue en su búsqueda y le encontró liado con una prostituta algo que le enfadó sobremanera porque le había dejado en ridículo delante de la mujer que reía a carcajadas.  Pensó que había llegado el momento de hablar seriamente con él, hablarle de los pros y los contras del tipo de vida que estaba llevando y, las consecuencias que le acarrearían si él no modificaba su conducta.

— Has de saber dónde te metes. Debes tener mucho cuidado de que no contraigas una enfermedad irremediable  ¿te enteras?  El placer dura poco, pero si enfermas lo llevarás toda la vida, y no podrás tener contacto con mujer alguna para evitar el contagio, así que en tu mano está elegir los lugares y con quién vas. Seguro que tus amigos te hablarán de que no debes hacer caso de todo esto que te digo, seguro, pero piensa en quién tiene más interés en tu vida, si ellos o yo. Te has convertido en un hombre y a partir de ahora, serás dueño de tus actos, pero has de hacer algo productivo, al menos ayúdame un poco. Me voy haciendo viejo y el interés por vivir me abandona. El rancho lleva el nombre de tu madre, y por ella, te pido que cuides de tu vida.

Esa reflexión le duró poco y de nuevo volvió a divertirse, pero tenía en cuenta los consejos y advertencias de su padre. Así que cambió de lugar a otro más seguro y discreto que, al menos tenía fama de ello. Tomó precauciones, pero siguió en sus trece: los fines de semana eran para él y haría lo que le viniese en gana.


Los viernes por la tarde, abandonaba el rancho y se dirigía a la ciudad de Sacramento. Regresaría el domingo, pero esos dos días serían de absoluta libertad para él. 

Su padre le había hablado de la casa de Madame Margueritte, de toda "confianza". Se imaginó que él hablaría con justificada causa. Adoraba a su madre mientras vivió, pero se fue joven, así que imaginó que él también la frecuentaba después de guardar el luto por su mujer.

Sería la primera vez que acudiría y su primera impresión fue de su agrado, pero faltaba la segunda parte el trato "amable" con la clientela.  Lo que vió al entrar le gustó, así que esbozó una sonrisa  cuando la Madame, llegó hasta él para presentarse y tratando de ganar un nuevo cliente. La planta del muchacho, no tan muchacho ya, le recordó otro rostro que hacía tiempo no llamaba a su puerta, que había sido un buen cliente, pero... los años no pasan en balde.

    Nota de la autora: Los personajes, lugares y situaciones, son ficticios #1996rosafermu

RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / CIPYRIGHT

Autora. rosaf9494quer

Edición< Junio 2021

Ilustraciones< Internet



Entradas populares