sábado, 19 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 6 - Adeline. Lo nunca esperado

 Estaban frente a la habitación. Ella temblaba de miedo, de vergüenza y de profundo dolor. No  pensó nunca que llegaría a ser en lo que ahora iba camino de convertirse. Temblaba como una hoja. La cabeza le daba vueltas y un sabor acre subía hasta su garganta. Se iba a vender al mejor postor y ella ni siquiera recibiría, no sólo compensación a su sacrificio, sino que ataría aún más su prisión a esta gentuza sin escrúpulos ni sentimientos hacia ellas.  Eran sólo un número en una puerta, un apunte contable en el siniestro libro de contabilidad de su asqueroso negocio. Estaban allí por secuestro, por obligación, pero eso a los clientes, les traía sin cuidado. Sólo buscaban carnaza para satisfacer sus necesidades que, en la mayoría de las veces, no tenían en sus casas, con sus mujeres.

Al contrario, exigían que sintieran placer al mismo tiempo que ellos,. Que les hicieran cosas vergonzosas fingiendo que a ellas también les gustaba, cuando estaban muy lejos de la realidad, y a veces sofocando las arcadas que les venían a la boca. Porque no todos eran señoritos limpios y atildados. También los había sucios y repelentes, oliendo a sudor y a alcohol, porque ni siquiera habían tenido la delicadeza de ducharse antes de ir a contratar a una esclava y que jugase con ellos.

Para eso estaban y, contrataban cosas que las repugnaban pero que estaban obligadas a ello, porque habían dado una suculenta propina precisamente para eso, para conseguir lo que en sus casas algunas veces , su propia esposa rechazaba. Para eso estaban "ellas." Eran consideradas como "servicio público", sin tener en cuenta los sentimientos que pudieran tener.

Como deferencia, en esa "casa", madame Margueritte las daba descanso en "esos" días, que ellas aprovechaban para descansar. Al menos las facilitaba control médico, pero , ni siquiera para eso pisaban la calle, sino que el galeno iba a "la casa". 

Para tomar el sol, tenían su propio jardín al que no tenía acceso nadie excepto ellas.

— Recuerda, aquí eres Adeline. Nunca, bajo ningún concepto des tu verdadero nombre. Te evitarás problemas en la calle si alguna vez consigues tu libertad.

Era la primera vez que ese hombre trajeado de negro, la había dirigido la palabra. Fue a escondidas, como dándola un consejo. Quizá con un poco de suerte tendría un aliado dentro de aquella colmena de ilegalidad.


Dió unos golpes en la puerta y Alexander la abrió. Se la quedó mirando, probablemente admirando la belleza joven de la muchacha. Levantó la mirada de la chica y dijo al acompañante:

— Dé la orden de que suban una botella de champán, alguna fruta y chocolate. La chica lo merece. ¡ Ah! y ponga el cartel de no molestar. Creo que veré el amanecer. Su jefa ya lo sabe.

— De acuerdo señor. De inmediato doy la orden.

Se echó a un lado para que ella pasase. 

Sentía sus ojos analizando su cuerpo, desde la cabeza a los pies. Sentía como si sus ojos fueran dos brasas que la quemaran por dentro. No debía llorar, no podía hacerlo si no quería sufrir un castigo al que tenía un tremendo miedo.

Alexander dio una vuelta a su alrededor comprobando que en verdad valía los halagos que le habían hecho. Acarició un mechón del cabello que caía libre sobre su espalda. Era suave y brillante, como hebras de oro.

Ella al sentirlo, tuvo un escalofrío que la recorrió el cuerpo. ¿Cómo sería aquel hombre? ¿La respetaría? Bueno... todo lo que en esos lugares se puede respetar. Era joven. Quizá no muchos años mayor que ella. No había levantado la vista del suelo, por tanto no sabía si era guapo, o no. Pero al menos olía bien, a perfume varonil con olor a roble y a hierbas. Era agradable. Esperaba que también sus modales lo fueran.

De nuevo unos golpes en la puerta la distrajeron de sus pensamientos. Él procedió a abrirla, dando paso a un camarero depositando encima de una mesa el pedido formulado.

Ese breve espacio de tiempo, ella lo aprovechó en inspeccionar el lugar en el que "trabajaría". Era una suite moderna, limpia y agradable. Pensó que debía ser un cliente muy especial, o quizás las habitaciones, todas, fueran así de acogedoras. Todas menos las de ellas.

—Estás muy callada. ¿Puedes decirme cómo te llamas? Te aseguro que no muerdo a nadie.

— Adeline es mi nombre

— Un nombre bonito para una chica preciosa.

— Gracias señor

— ¡Vamos! Déjate de tanto protocolo. Estamos aquí para una cosa muy concreta y espero no defraudes las expectativas que has levantado.¿ De dónde eres?

— Extranjera

— Eso ya lo sé — dijo riendo mientas abría la botella de champán y la ofrecía una copa.

— Al menos es educado — pensó para sí.

Ella permanecía de pie ante él. Alex se sentó en un butacón y la examinaba de cerca, embebiéndose en su rostro y en su cuerpo, algo que la violentaba mucho. Poco a poco, él sentía que la sangre se le agolpaba en determinado lugar de su anatomía, poco a poco. Pero no quería impacientarse. Probablemente no sólo la tendría toda la noche, sino que al día siguiente. Si fuera tan buena como es su físico, creía que nunca tendría otra oportunidad de disfrutar de tan bello cuerpo.

No duró mucho tiempo su contemplación. Notaba que minuto a minuto la deseaba más. Se levantó lentamente y se puso cerca de ella. La obligó a levantar la cabeza posando su mano en su barbilla  con delicadeza, entonces vió reflejado en sus ojos el miedo y el nerviosismo que tenía. Nunca se había enfrentado a una situación semejante. Quizá con alguna chica "normal", pero nunca en un burdel, en ese burdel del que era cliente desde hacía tiempo. 

— Qué extraño — se dijo. Pero el deseo podía más que cualquier otra cosa. Hizo que se girara, y comenzó a desabrochar el vestido.

Ella temblaba como una hoja y las lágrimas pugnaban por salir. El vestido se deslizó hasta el suelo, quedando su cuerpo con la ropa interior. Por eso habían insistido tanto en que fuera seductora.

Ella se tapaba el pecho con los brazos, mientras él daba vueltas a su alrededor. Comenzaba a sospechar que había algo que no cuadraba. Pero la madame, estaba seguro de ello, no le hubiera enviado a esta extraña chica si no hubiera algo justificado. Era exquisita. Su piel suave como la seda, aunque algo tímida, pero él se encargaría de que perdiera la vergüenza.

 Depositó un suave beso en su hombro, y retirando el cabello hacia un lado, mordió suavemente el lóbulo de su oreja y depositó un suave beso junto a ella, en el inicio del cuello.

Adeline sintió un escalofrío. Era delicado y había elegido la dulzura en lugar de la posesión inmediata. No todos eran tan delicados como él. Al menos se estrenaría con alguien que merecía la pena.


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viernes, 18 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 5 - La alegre muchachada

 Las condujeron a un anexo a la casa, y allí tendrían sus habitaciones. Había una puerta con seguridad que, para abrirla, había que introducir la clave de una tarjeta en posesión de alguien. En el centro de la puerta un enorme cartel que anunciaba que estaba prohibido el paso. Delante de la fachada de esa especie de cabaña, había un pequeño jardín, y rodeando la casa hasta la central, una valla de alambres espinosos. ¿Guardaban acaso un tesoro? Era lo que la mente de Danka imaginaba y no quería suponer que ellas eran ese tesoro.

Subieron unas escaleras en cuyo final había un corredor compuesto por puertas con un número. No había duda: eran donde vivirían. Había hasta seis puertas, pero ellas eran solamente tres. Probablemente las otras tres estuvieran de vacaciones, de viaje o... ¿trabajando? ¿En qué? No quería ni pensar en la clase de trabajo al que las habían destinado. Ahora todo encajaba.


Una a una las fueron ubicando en cada una de esas puertas. A ella la correspondió la 06, al final de todas. Ni siquiera sabían cómo se llamaban. A las otras dos las acoplaron en la 01 y 02. Echó cuentas y faltaban tres..

Cada una de las puertas tenía una cerradura de seguridad. Tan sólo podía abrirse desde afuera. Estaba claro que , como había sospechado no habían venido como secretarías sino como chicas de alterne.

Había escuchado noticias al respecto, pero nunca pensó que le ocurriera a ella. Ni siquiera tenía su pasaporte, y de ello deducía que era su salvoconducto. Su seguro contra ellas de esos infames mercaderes. No tardarían  mucho en ponerlas en "venta". Parecía un león enjaulado. No podía creerse lo que estaba viviendo. Sola, porque no conocía a nadie ni siquiera la permitirían comunicarse con nadie. Y se acordó de su padre al que posiblemente no volvería a ver. ¿Yuri la ayudaría? Ni siquiera debía pensar en eso; él estaba al tanto de todo, y fue él quién la puso el cebo para que picase . 

Se sentó en la cama mesándose los cabellos con desesperación. Ni siquiera podía comunicarse con las otras dos chicas. Las habían separado a propósito. No podrían hablar ni  con el alfabeto morse a través de las paredes. Miró alrededor de la habitación, que no era bonita. Tenía una cama, una mesita de noche, una especie de pupitre para poner los maquillajes. De la pared pendía un espejo viejo y desgastado. Una lámpara en el techo de poco voltaje y una ventana arriba de la pared con una reja.

Trató de activar el picaporte, que no cedió, ya que se necesitaba una clave para que se abriera la puerta. Estaba prisionera, peor que en la cárcel. Al menos allí podrían pasear y hablar con las compañeras de celda.  Se tumbó en la cama y se puso a llorar.  No sabía la hora que sería pero la luz del día había desaparecido hacía rato.


Palpó el colchón en el que estaba sentada y comprobó que no era muy alto y no parecía de lana, sino de borra. La cama sería incómoda y dura; ni siquiera el descanso las daban. Su llanto se incrementaba cada vez más. No tenía consuelo y constantemente se preguntaba el por qué le había tocado a ella,. el por qué a cualquier chica inocente pescada en la calle.

De repente sintió que abrían la puerta. Uno de los esbirros del avión portaba una bandeja con la cena. Ni  la dio las buenas noches, y no respondió a las desesperadas preguntas que le hizo. Era como si hablara a la pared.

En el rancho Mulligan se celebraba el cumpleaños de Alexander. Harían una barbacoa para todos los empleados, y después a la noche, lo celebraría con sus amigos. 

— En cuanto terminemos la barbacoa,  volveré a Sacramento. Me esperan mis amigos para celebrarlo — dijo a su padre

— Ten cuidado con lo que haces y con quién vas — contestó Alejandro

En la soledad de su dormitorio y, al dar las buenas noches a su mujer siempre charlaba con ella. Hoy sería un día especial: Alex cumplía veinticinco años y trece de la desaparición de su mujer.

— Sé que no lo apruebas, pero es su cumpleaños. Es todo un hombre y un día es un día. No me regañes por ello — decía a la fotografía sonriente de Amanda en plena juventud.

Alexander, gritaba más que cantaba cuando iba en carretera hasta la ciudad y allí comenzaría el verdadero festejo de su cumpleaños. Sus amigos le esperaban. Después de echarse unos tragos, irían todos a la casa de Madame Margueritte a celebrarlo a lo grande. Eran habituales  clientes, aunque principalmente Alexander Jiménez, bastante conocido por la madame y que antes lo fuera su padre.


Habían pasado tres días desde que las chicas llegasen a ese lugar que ni siquiera sabían cómo se llamaba y dónde estaban.

Danka estaba nerviosa y no sabía muy bien el porqué las tenían encerradas sin trabajar ni hacer nada. Había asimilado que terminaría siendo una puta de burdel. Estaba claro. Pero no entendía tanto despilfarro en los vestidos que habían gastado en ellas. Pronto saldría de dudas.

 Hacia media tarde, volvieron a abrir la puerta para darles instrucciones, que debían cumplir al pie de la letra:

-Elegid el vestido que queráis, pero que sea elegante. Una ropa interior seductora. Algo de maquillaje y los zapatos con el tacón más alto que tengáis. Son las seis, a las siete volveré a recogeros y os llevaré hasta el "despacho". Cuando estemos allí, os daré el resto de instrucciones que debéis cumplir de inmediato. Tenemos un eslogan que dice: "el cliente ha de quedar satisfecho en todo lo que le ofrezcamos". Así que haceros una idea del porqué estáis aquí.

Y así fueron puerta por puerta de las tres novatas. Se acordó de su padre y se le saltaron las lágrimas.

— Mejor que no lo sepa nunca— se dijo ahogando un sollozo.

No tenían mucho tiempo que perder. Tenían una hora para acicalarse, y debían hacerlo, de lo contario, les darían un gran escarmiento. No quería ni pensar en lo que pudiera ser.

Se dispuso a ser sumisa, ya que no tenía otra solución. Esperaría haciendo de tripas corazón, hasta conocer bien el sitio y encontrar una salida. Para ello debía ser dócil y no dar señales de disconformidad, con el fin de ganarse la voluntad de sus guardianes.




Y al fin conocieron el .local de Madame Margueritte. Se asombró del lujo asiático con el que estaba decorado. Era una estancia grande, muy grande. En uno de los rincones había unas mesas para dos personas, en las que se suponía que bebían o concretaban el trabajo. En una de las paredes, un sofá grande y sendos butacones a su lado, y cojines por el suelo, muchos cojines. Al fondo, una barra en la que un camarero servía la bebida y unas camareras ligeras de ropa, servía las mesas.

Y chicas semi desnudas dando vueltas alrededor de la sala o recibiendo a los clientes que en esa noche de fin de semana, eran asiduos, y muchos. De todos los pelajes: elegantes y otros burdos.

Las habían dicho que tenían que hacer que bebieran y que cuanto más lo hicieran, mayor sería la comisión que recibirían. 

Nuestros muchachos entraron alegres y sonrientes, buscando con la mirada la oferta que tenían para ese día.. Margueritte, al ver a Alex. se levantó del sofá y fue a su encuentro. Sabía que era su cumpleaños y, como gentileza de la casa por las buenas propinas que dejaba, guardaba algo especial para él. Fue en su burdel, no en éste, sino con el que comenzó el negocio, en que el chico perdió su virginidad. Le tenía cariño y, siempre tenía alguna cortesía para él. Quizá fueran reminiscencias  de su padre, pues  durante algún tiempo frecuentó su garito después de perder a su mujer, y hasta llegó a tener esperanzas de ser algo más que una "fulana" para él. Pero no fue así.

— ¡Mi querido Alex! Feliz cumpleaños.

— Madame ¿Cómo lo sabe?


— Hijo mío. Me lo dijo tu padre. Fue un viejo amigo, pero ahora se ha olvidado de nosotras.  ¡Menos mal que te tenemos a ti! Y por ser tu fiesta, te he guardado algo especial y recién llegado. Te va a sorprender. Mira está en lo alto de la escalera.

Alexander dirigió la mirada a donde la Madame le indicaba y, efectivamente en la escalera estaba la asustada y horrorizada Danka.

— Gracias Margueritte. Es preciosa. Espero que cumpla con su trabajo

— Yo también lo espero. Yo también lo espero. Os he reservado la suite especial, en tu homenaje ¿Cuánto tiempo estarás?

— Señora es  muy directa. Pero sabe que eso no es problema. Si quedo satisfecho, igual hasta mañana. No se preocupe por el precio. Creo que la chica lo merece. A mis amigos, ya sabe. Que ellos elijan. Póngalo todo a mi cuenta..

La madame hizo una seña con la cabeza a uno de los guardianes y a Alex le dio el número de habitación. Y hacia allí se encaminaron los dos, cada uno por su lado. Pero ella sería la que entrara después, porque así causaría más impacto e impaciencia en el cliente. Eran normas de la casa.


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El día que nunca existió - Capítulo 4 - Con destino desconocido

 En el puente de San Carlos se encontraron y fueron hasta un café cercano para ultimar los detalles. Él partiría al día siguiente, pero regresaría diez días después. En ese tiempo tendría que dejar instalado a su padre en una residencia y,  arreglada la casa que sería atendida por la portera del edificio. Para todos esos gastos pidió un anticipo, que le fue concedido ampliamente. Yuri volvería en el tiempo previsto y le dio instrucciones para que tuviera el pasaporte listo y la documentación que precisase. También habría de firmar un contrato por el importe de los adelantos monetarios obtenidos.

Iría con ella a las mejores boutiques de Praga y a una buena peluquería para su presentación ante su socio. Había borrado de su cabeza la desconfianza. Hasta ese momento había cumplido con todo lo que le había prometido. 

Y así, poco a poco, se convenció de que era cuestión de suerte el estar en el lugar adecuado en un determinado momento. Debería tener todo listo para cuando regresase. No admitiría demoras, así que en ese corto espacio de tiempo tenía que realizar todas las gestiones. 



Visitó a su padre en la residencia que, efectivamente era a todo lujo y lo más importante:  él estaba contento en ella. Se despidió de él con la promesa de que en tres o cuatro días estaría de regreso y volvería a visitarle.

—¿Adónde vas? — la preguntó

— No lo sé aún, hasta que mi jefe no llegue. Pero en dos o tres días estaremos de regreso. Pienso que será a algún pais vecino.

— ¿Dónde puedo llamarte?

— No lo sé, papá. Yo te llamaré.

Se abrazaron la dio un beso y salió de la residencia. Al día siguiente llegaría su jefe y pasarían el día de tienda en tienda eligiendo ropa. Poco tiempo tendría libre. El suficiente para hacer el equipaje y luego tomar un avión con rumbo desconocido.

Sesión de peluquería y compra de trajes, tanto de salida, de tarde, como de noche. Fina lencería y por último los zapatos de tacón altísimos a los que no estaba acostumbrada.

Algunas veces la  incomodaban las miradas que Yuri la dirigía. No eran miradas de admiración sino más bien lascivas, y eso no la gustaba nada. Lo cierto era que se había convertido de cenicienta a princesa antes de chasquear los dedos. Estaba desconocida. Aparentaba mas edad debido a la ropa elegida y al maquillaje empleado, pero en realidad seguía teniendo dieciocho años.    

Permanecerían en Praga dos días más y sería presentada a uno de sus socios . Les acompañó esa noche en la cena, pero a los postres se disculpó ya que, quizá por el vino, al que no estaba acostumbrada, no se encontraba muy bien. Le habían reservado una habitación en el mismo hotel. Tardó menos de media hora en caer rendida por el sueño.


Conocía el hotel, pero sólo su fachada. Quedó deslumbrada cuando entró en la habitación. Nunca imaginó pernoctar en un lugar tan lujoso. ¿ Qué clase de trabajo tenían para tanto derroche? No terminaba de encajar las piezas. Se hacía mil preguntas y ella sola las respondía.

Era casi mediodía, cuando el teléfono interior de la habitación la despertó:

— Danka, soy Yuri. Mi socio te ha dado el visto bueno, así que debutarás en el empleo. Os adelantaréis. Iréis en avión hasta América. Yo me reuniré con vosotros en un par de días.

— ¿América? No me hablaste de ir tan lejos. Dijiste que sería cuestión de un par de días y si vamos a América serán más  

— No lo sabía, pero no creo te importe. Te he dado todas las facilidades del mundo. Ahora no empieces con remilgos.  Si no te gusta, en cuanto terminéis puedes largarte. Es así de sencillo, pero ten en cuenta que tienes contraída una deuda, con nosotros, bastante importante. Si te despides, deberás saldarla antes de irte

—  Esto no es lo que me dijiste

— Haz este trabajo y después puerta. Así de sencillo. Pero ahora no me puedes dejar en mal lugar. No después de las recomendaciones que he hecho por ti.

— Está bien, por esta vez pase. Pensaré, con arreglo a lo que vea, si continúo o me voy cuando regresemos.

— No me hagas quedar mal. Hasta que nos veamos—se despidió

— Adiós Yuri. 


El nuevo jefe la esperaba en la puerta del hotel vigilando que el equipaje estuviera dentro del taxi que había  llamado. Echaba de menos a Yuri , era más simpático y hablador. Con éste apenas había cambiado hola y adiós. Su gesto era huraño y ni siquiera sabía de dónde era ni en que idioma se expresarían. Seguramente en inglés, que ella dominaba. Pero no se sentía a gusto en presencia de este hombre. No le inspiraba confianza. Se sentía muy tímida ante sus miradas que recorrían su cuerpo casi constantemente. Le daba miedo. 

— Si al menos Yuri estuviera aquí...— Pensaba.

Y llegaron al aeropuerto, allí supo que su destino sería California . Demasiado lejos. Un viaje ocultado ¿Qué de particular tendría que se lo hubieran dicho? ¿Guardaban algo? Pero el caso era que al pasar las aduanas, el equipaje no escondía nada. Los pasaportes eran auténticos, es decir no se trataba de malhechores que quisieran ocultar algo. Su pasaporte obraba en manos de este jefe poco hablador que la acompañaba en el viaje.

— Quizá sea su costumbre: no dar explicaciones de nada; sólo las justas —se dijo.

Ya instalados, observó que otras dos muchachas ocupaban asientos detrás de ellos, y que era el mismo jefe quién también estaba al mando, aunque las acompañaban otros dos sujetos bien vestidos, pero con cara de pocos amigos. Ni siquiera saludaron. Le preguntaría si serían compañeras. Se sintió más tranquila al saber que ellas también viajaban con ellos, pero no pudo averiguar qué clase de trabajo desempeñarían. En los asientos detrás de las muchachas, iban los hombres con quienes había hablado su jefe antes de entrar al avión.

Los motores comenzaron a escucharse. Los asientos en vertical y los cinturones abrochados. Poco a poco, el avión comenzó a rodar por la pista. Danka se aferraba fuertemente al brazo de su asiento; la daba miedo el despegue. Lo cierto es que no había viajado en avión. No tenía dinero para hacer un viaje largo y, este sería su primera vez.  El jefe, sentado a su lado, notó  el temor de ella y puso una de sus grandes manos sobre las de ella, al tiempo que la decía:

— No tengas miedo, enseguida tomaremos altura y después ni te enterarás de que vamos en este trasto metidos.

Ella le sonrió suavemente y asintió con la cabeza. Una vez tomada la altura correspondiente,  reclinó hacia atrás el asiento e intentó, o fingiría dormir. Su jefe la intimidaba y no tenía ganas de entablar conversación con él. Si es que lo hiciera. No sabía de qué podrían hablar.

Harían escala en San Francisco, pero tardarían casi quince horas en llegar a la ciudad y después  casi otra hora en llegar a su destino. Había fingido estar durmiendo. Las otras chicas y sus acompañantes también lo hacían, pero su jefe de al lado, hablaba por teléfono con alguien y por él supo que su destino final sería Sacramento al que llegarían en casi una hora desde San Francisco.

   Y se repetía mentalmente ¿por qué tan lejos y con tanto secretismo? Algo había que no terminaba de convencerla. Y su alarma interior se encendió, pero ya no había arreglo. Estaba a miles de kilómetros de su casa y sin conocer a nadie. Los únicos, eran estos  hombres tan  extraños y, por supuesto a ellos no podía pedir ayuda y con sus propias fuerzas, porque tampoco de Yuri podía fiarse. Trataría de hablar con las otras chicas en la primera ocasión que tuviera, a ver si ellas la sacaban de sus sospechas.                                                                        

    Ya estaban en el aeropuerto de Sacramento ¿Sería su destino final? Posiblemente, porque se dirigían a recoger el equipaje, que extrañamente el de ellos era una pequeña maleta, mientras que las de ellas, las de las tres, eran maletas grandes y lo menos seis.

Danka trataba de encontrar respuesta a todas las preguntas que se hacía, y  todas   tenían sus conclusiones lógicas, pero la ignorancia, la incomunicación con quienes viajaban hacían que levantara los pies más altos que la cabeza. Y eso la intranquilizaba. 

También encontraba extraño el que las prohibieran hablar entre ellas, cuando lo más natural del mundo es que al juntarse las mujeres, comentaran las incidencias del viaje, el destino al que habían llegado... etcétera. Pero ellas lo tenían prohibido, es más ni siquiera habían tenido oportunidad de saludarse y saber sus nombres.

Y ahora ¿Dónde irían a parar? ¿A algún hotel? Tomaron un coche grandísimo, como nunca había visto que, les aguardaba a la salida del aeropuerto. Lo tenían todo previsto. 

— Así de organizados son éstos del este — pensó en voz baja. Había deducido que eran rusos.

Algo más tranquila pararon delante de una casa de dos plantas de estilo colonial, pero en lugar de entrar por la  fachada principal, lo hicieron por la trasera, también bonita pero...  

— ¡Qué extraño es todo esto !

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lunes, 14 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 3 - Yuri Ivanov

 Al sentir la presión en su hombro se giró y ante ella estaba el hombre que la había entretenido y el causante del estropicio que había causado en su vida. Ni una sonrisa le dedicó, sino que frunciendo la boca, esperó en silencio a que él se disculpara, si es que se hubiera enterado del despido. Aparentemente nada sabía. La sonreía ampliamente dándose a conocer, como si ella no supiera exactamente quién era, y a quién debía su despido. Trató de zafarse de él, pero la detuvo suavemente del brazo:

— Espere ¿No se acuerda de mí?

— Si señor. Muchísimo. Créame le recuerdo con más frecuencia de la que debiera. Y ahora disculpe. He de irme

— ¿Qué prisa tiene? Pregunté por usted en el hotel y me dijeron que ya no trabajaba allí

— Efectivamente y se lo debo a usted

— No comprendo ¿Por qué yo?

— Déjelo. Tengo prisa.


— Lástima. Pregunté por su dirección y no quisieron dármela. Y es una verdadera lástima porque estoy buscando a alguien para un trabajo. La casualidad ha querido que nos encontráramos. Eso es señal de que el trabajo ha de ser para usted.

— ¿ Me toma el pelo? Ni siquiera sabe la preparación que tengo. Sólo es una fanfarronada para algún extraño motivo.

Intentó seguir su camino, pero él, la corto el paso

— Espere. Vayamos a algún café y le explico todo. Efectivamente no sé nada de su preparación, pero es bonita, tiene una silueta esbelta, no necesita nada más, ni yo tampoco.

— No le entiendo y no quiero entenderle. No me interesa

— Mil euros semanales ¿serían suficientes?

Ella se paró en seco y se giró para quedar frente a él ¿ Había oído bien? Esa  cantidad no había nadie que la ganara honradamente. No quería saber más, aunque las cifras bailasen en sus ojos. Con esa cantidad podrían vivir bien y acceder a la medicación necesaria para su padre. Pero por otro, no se fiaba. 

Podría escucharle a ver que era lo que proponía. Siempre tendría tiempo de levantarse y salir corriendo.

— Sé lo que está pensando, pero está equivocada. Hay mucha gente que gana eso y mucho más. Créame es un trabajo apropiado para usted. Claro que necesitará algún retoque, pero nada que con dinero no se solucione.

— Exactamente ¿ De qué trabajo se trata?

— Ser mi secretaria

— Se ha vuelto loco. No tengo ni idea de cosas de oficina. Atender un teléfono es lo máximo a lo que llego. ¿ De qué retoques habla?

— Ropa y peluquería, a eso me refiero. Es que no necesita nada más. Yo la enseñaría a llevar mi agenda. Sólo ha de aprender a  despedir a alguien que quiera entrevistarse conmigo y yo no lo desee. También puede que algún viaje... corto. De ida y vuelta ¿ Qué le parece?

— ¿Sabe ? No me fio. Nadie va por la vida regalando dinero. Creo que es algo ilegal y para eso necesita alguna tapadera para distraer a quién sea. Pero míreme. No soy una belleza como para desempeñar ese papel. Decididamente no le creo. Además tengo a un padre delicado de salud a quién atender. No se puede quedar solo.


— Y no lo estaría. Con ese dinero bien puede permitirse el tener una enfermera que le cuide o que viva en una residencia a todo lujo. Estaría dispuesto a ofrecerle más sueldo si acepta

—¿ Que oculta, señor...?

—Mi nombre es Yuri Ivanov y me dedico a exportaciones mayormente, aunque también realizo importaciones. Piénselo. Créame no se le presentará otra oportunidad en su vida. Le dejo mi teléfono del hotel, aunque supongo lo tendrá usted, puesto que ha trabajado en él. Cuando llame diga que la pasen con la habitación 612. Estaré allí hasta pasado mañana. Atrape esta oportunidad, quizá no tenga otra.

Debía haber algún truco oculto. El sueldo era alto y estaría dispuesto a subirlo si aceptaba. ¿ Qué hacía? ¿Buscaba chicas por la calle? ¿Sería una casualidad que le había tocado a ella? ¿ Reclutaba gente para hacer qué? 

No la buscaba a ella especialmente, sino a la que antes "cayera". O quizá no. Si acaso fuera cierto que había preguntado por mí en el hotel y le dijeron  que ya no trabajaba en él... También puede que le dieran mi dirección  e iba a casa... Demasiado fácil. Hay trampa, pero ¿Y si no la hubiera y dejase pasar esa oportunidad? Para dejarlo siempre tendría tiempo.

No quería pensar en que hubiera sido un flechazo; esas cosas no ocurren en la vida real, sólo en las películas. En total, fueron cinco minutos los que hablaron en la habitación y otro tanto ahora.

— No seas ilusa, nena. Nadie se enamora a primera vista. Cierto que eres guapa y resultona como para ser secretaria, pero no sabes nada de él. Y sus ojos. Te echa una mirada que da escalofríos. No te fíes. Pero mil euros a la semana son muchos euros y papa estaría bien cuidado, sin faltarle de nada. Lo estudiaré.

Aquella misma noche, no paraba de dar vueltas en la cama. Nada había dicho a su padre. Había respetado el horario en el que regresaba a casa para que no percibiera que ya no tenía trabajo, pero no se le iba de la cabeza la extraña proposición que había recibido del ruso o serbio, o de donde demonios fuera.

Aún tenía tiempo de estudiarlo, pero sólo a día de hoy, porque le había dicho que marcharía el día de mañana. Fingiría que estaba indispuesta y que no iría a trabajar. En la soledad de su habitación no paraba de una y otra vez escuchar las palabras de aquel desconocido ¿Debía aceptar? ¡ Total por intentarlo nada perdía!, y su padre lo merecía.

Descolgó el teléfono y marcó el número de su anterior trabajo. Al otro lado de la línea escucho la voz de la telefonista, a la que respondió:

— Con la habitación 612, por favor — La suerte estaba echada.

La voz de Yuri atendió su llamada amablemente. Al otro lado la de ella, que escuetamente fijó una cita con él:

— A las doce en el puente de San Carlos — Y colgó.


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domingo, 13 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 2 - Danka Novák

 Adoraba el arte en cualquiera de sus manifestaciones, pero la música era su preferida y en especial la danza. Se sentía distinta nada más calzarse sus zapatillas de puntas. Iba dos veces por semana al conservatorio de Praga  a estudiar ballet, su sueño desde que siempre recordara. También estudiaba bachillerato y ambicionaba ir a la universidad de medicina. Quería ser médico, aunque lo veía difícil y lejano.

Vivía en el casco más hermoso de Praga, su ciudad natal, junto con su padre. La madre había fallecido hacía algunos años.

 En sus pocas horas libres, se buscaba algún trabajo que ayudase en casa. La crisis económica azotaba a toda Europa y más aún a los paises cuya economía no era muy boyante.





Sabía que en casa no sobraba el dinero, pero los empleos a los que ella pudiera tener acceso, estaban bastante restringidos. Quizá de empleada de hogar. Se ahorraría su comida y entraría más dinero en casa, pero para eso habría de renunciar a sus clases en el conservatorio y suspender de momento el bachiller.

Su padre estaba delicado de salud y por tanto, no lo pensó más. Corrió la voz entre los comercios en los que solía comprar ,a ver si alguien necesitase alguna asistenta o mujer de servicio. Dejó su teléfono en los hoteles más cercanos a su domicilio, pero no hubo llamada alguna. La recesión, también atacaba al turismo y, a pesar de que Praga gozaba de las excelencias del mismo, se había notado también su falta.

Lo único que pudieron darla en uno de los hoteles, fue un puesto de limpiadora que, además ayudaría a las doncellas a arreglar las habitaciones. Al menos podría asegurarse la compra de la medicación de su padre, y quizá, con un poco de suerte hasta su comida, ya que lo haría en el hotel.

Adiós a sus sueños, a sus proyectos, a su ideal de  vida. Aunque al principio lo lamentó, pronto  pensó que su padre estaría atendido y, eso la compensaba de todo. Cada día llegaba a casa cansada, muy cansada, ya que el trabajo era pesado y a toda velocidad. Había que tener las habitaciones listas en cinco minutos y perfectas. En cuanto hubiera alguna queja, sería despedida la camarera o ayudante que hubiera cometido alguna infracción. Se esmeraba al máximo y presto. 


Alcanzó, digamos, la perfección en su trabajo al cabo de poco tiempo, pero los días, los meses pasaban y seguía en el mismo puesto de trabajo. No había ascenso posible, a menos que la situación económica resurgiese y,  por el momento no se veía color.

Habían vivido en esa zona turística desde que sus padres se casaron, que en aquella época era un lujo, pero ahora estaban con un pie dentro y otro fuera a expensas de que el casero tuviera consideración con ellos.

El casero y su padre, habían luchado juntos contra el comunismo, y por ese motivo, tenía alguna consideración.-

Fue uno de los huéspedes que, al entrar en su habitación, la vio terminando de arreglarla. Era un turista de mediana edad procedente de algún pais del este. Era apuesto, simpático y atractivo, aunque   la mitad de las palabras que la dirigía no las  entendía.

Se puso muy nerviosa al temer por la regañina que iba a recibir, al haber demorado  el arreglo de la habitación "importunando al cliente". Por mucho que ella lo negó aduciendo que había sido él quién la entretuviera, de nada sirvió:

— Estás despedida. Sabes que es una estricta norma del hotel.

Al abandonarlo ese día, iba triste, furiosa y de mal humor. Había sido injusto el despido y, además ella no tuvo la culpa. Se preguntaba: ¿Qué hubiera pasado si no le hubiera hecho caso y siguiera con lo que estaba haciendo? Estaba claro, que el cliente no se llevaría la regañina.  Pero la repercusión que tendría en su vida y en la de su padre sería fuerte, sin haber cometido infracción alguna. Se aprovechaban de la necesidad de la gente que no tenía más remedio que, bajar la cabeza y tirar para adelante como mejor pudiera.


Trataría de ocultárselo al padre. Saldría a la misma hora de siempre a buscar trabajo en lo que fuera, pero tenía muy claro de que a él ni le faltaría la comida ni su medicación.

Y así día tras día seguía rutas distintas, alejadas de su vivienda a ver si tuviera más suerte. Había pasado una semana, y se acercaba el día en que debiera recibir su jornal, y no tenía nada que entregar a su padre ¿ Qué le diría? ¿ Que la habían despedido? Pero a pesar de que sería un disgusto para él, si le ofrecía un trabajo a cambio, el disgusto sería menor. Pero ¿cómo?

Transitaba cabizbaja por el puente de Carlos, cuando alguien tocó su hombro.

Frente a ella estaba el causante de su aflicción. Le miró con unos ojos que taladraban su cara y él se dio cuenta de ello. No tenía ni idea de que la hubieran despedido por su causa. Ella le contestaba secamente y deseando perderle de vista.

Los ojos del hombre escudriñaban cualquier signo de la cara de Danka y, comprendió al momento que, a esas horas, en las que debiera estar trabajando, no lo estaba y su vestimenta era la adecuada para presentarse a algún trabajo. Era un hombre astuto y esa chica le gustaba. Entablaría conversación con ella con cualquier excusa. Pero veía en ella un gran potencial y no desperdiciaría la ocasión.


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Autoraz rosaf9494quer

Edición.  Junio 2021

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sábado, 12 de junio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 1 - Alexander Jiménez Mulligan

 

Era alto, fuerte, atlético, simpático y... un juerguista empedernido. Muy amigo de sus amigos, por lo que siempre estaba rodeado de ellos. A menudo pagaba las copas de todos, así que tenía una "corte" de  adeptos a él, y prestos a alcanzar cualquier capricho que se le antojara.

Vivía en Sacramento, lejos del rancho de su padre. De oficio: nada. De vez en cuando pasaba alguna que otra temporada en casa tratando de calmar la ira paterna  que en nada estaba conforme con su modo de vida. Había ido a la universidad, pero de nada valió. A trancas sacó los estudios, pero se dedicó a la gran vida a costa de papá.


El señor Jiménez, lo intentó todo para reconducirle al buen camino. No terminaban de conectar y discutían con más frecuencia de la debida, por eso Alex, decidió tener piso por su cuenta y hacer de su capa un sayo lejos de las miradas reprobadoras del señor Alejandro Jiménez.

Regentaba el rancho él solo, ayudado por buenos empleados desde hacía años. De origen mejicano, se casó con una neoyorkina que pasó por California haciendo turismo. Se le rompió el coche en la carretera y él acertó a pasar por allí, quedando prendado de ella. 

La ofreció su casa y el arreglo del coche por su mecánico. Pero la estancia, que debería ser corta, se prolongó más días de lo debido y terminaron enamorándose y un tiempo después casándose. 

Ella dejó su vida de chica acomodada en la gran ciudad, para instalarse en el campo entre ganado, caballos, sol abrasador y días monótonos. Pero no la importó en absoluto. Amaba a aquel mejicano de piel morena, ojos negros y carácter amable, pero muy seguro de sí mismo. Como regalo de bodas, el rancho Jiménez, pasó a llamarse Mulligan, como homenaje a su mujer. A los dos años de casados nació Alexander, nuestro chico rebelde.

La salud de Amanda, se resentía desde que diera a luz, algo que inquietaba a su marido que no sabía qué hacer. Consultó a varios médicos y todos coincidían en el mismo diagnóstico:

— Su corazón está débil. Sólo podemos medicarla y recetarla tranquilidad. Quién sabe, si con el tiempo tendríamos que pensar en un trasplante. De lo contrario, mucho me temo que...

Alejandro, removió Roma con Santiago en consultas médicas en Nueva York, en San Francisco... pero todos le decían lo mismo. Se dedicó por entero a ella. A amarla y a rodearla de comodidad y caprichos, pero ella iba lentamente perdiendo fuerzas. Sólo deseaba ver crecer a su hijo. Cuando el chico tenía doce años, la madre falleció sumiendo en la desesperación al padre y en la rebeldía al hijo.

A remolque sacó los estudios adelante y, obligado acudió a la universidad. A duras penas se hizo ingeniero agrónomo, carrera que no le gustaba nada en absoluto, pero su padre se la impuso para que en su día, él gobernara el rancho, algo con lo que discrepaba con su progenitor.

En realidad no sentía interés por nada; sólo la diversión. El fallecimiento de su madre, le dejó marcado, ocurrido en esa edad difícil preámbulo de la adolescencia.  Estaba muy unido a ella, y por ese motivo, a veces, el padre, hacía la vista gorda, aun a sabiendas de que no iba por buen camino.



A los dieciocho años, sus amigos le llevaron a un burdel y allí se "hizo hombre", y al mimo tiempo se hizo muy buen cliente del lugar. Había descubierto otra cara de la vida mucho más placentera que encerrarse en el rancho y oler todo el día a vacas y caballos. 

El capataz, Anselmo que, llevaba toda la vida en el rancho, fue quién informó a Alejandro de los pasos que daba el muchacho, algo que le hizo montar en cólera. Fue en su búsqueda y le encontró liado con una prostituta algo que le enfadó sobremanera porque le había dejado en ridículo delante de la mujer que reía a carcajadas.  Pensó que había llegado el momento de hablar seriamente con él, hablarle de los pros y los contras del tipo de vida que estaba llevando y, las consecuencias que le acarrearían si él no modificaba su conducta.

— Has de saber dónde te metes. Debes tener mucho cuidado de que no contraigas una enfermedad irremediable  ¿te enteras?  El placer dura poco, pero si enfermas lo llevarás toda la vida, y no podrás tener contacto con mujer alguna para evitar el contagio, así que en tu mano está elegir los lugares y con quién vas. Seguro que tus amigos te hablarán de que no debes hacer caso de todo esto que te digo, seguro, pero piensa en quién tiene más interés en tu vida, si ellos o yo. Te has convertido en un hombre y a partir de ahora, serás dueño de tus actos, pero has de hacer algo productivo, al menos ayúdame un poco. Me voy haciendo viejo y el interés por vivir me abandona. El rancho lleva el nombre de tu madre, y por ella, te pido que cuides de tu vida.

Esa reflexión le duró poco y de nuevo volvió a divertirse, pero tenía en cuenta los consejos y advertencias de su padre. Así que cambió de lugar a otro más seguro y discreto que, al menos tenía fama de ello. Tomó precauciones, pero siguió en sus trece: los fines de semana eran para él y haría lo que le viniese en gana.


Los viernes por la tarde, abandonaba el rancho y se dirigía a la ciudad de Sacramento. Regresaría el domingo, pero esos dos días serían de absoluta libertad para él. 

Su padre le había hablado de la casa de Madame Margueritte, de toda "confianza". Se imaginó que él hablaría con justificada causa. Adoraba a su madre mientras vivió, pero se fue joven, así que imaginó que él también la frecuentaba después de guardar el luto por su mujer.

Sería la primera vez que acudiría y su primera impresión fue de su agrado, pero faltaba la segunda parte el trato "amable" con la clientela.  Lo que vió al entrar le gustó, así que esbozó una sonrisa  cuando la Madame, llegó hasta él para presentarse y tratando de ganar un nuevo cliente. La planta del muchacho, no tan muchacho ya, le recordó otro rostro que hacía tiempo no llamaba a su puerta, que había sido un buen cliente, pero... los años no pasan en balde.

    Nota de la autora: Los personajes, lugares y situaciones, son ficticios #1996rosafermu

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Autora. rosaf9494quer

Edición< Junio 2021

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domingo, 4 de abril de 2021

La Infiel - Capítulo 13 - Un camino de espinas

La situación con su hija mayor seguía igual. No admitía el por qué de la existencia de su hermana pequeña, y sin embargo la adoraba. La enemistad con la madre se hacía patente en cada detalle. Preparaba su boda y, sin embargo, no la hacía partícipe de ello. Si tenía que elegir el ajuar, iba con su futura suegra. No contaba con ella para nada. Era como si fuera huérfana también de madre .Imposible mantener una conversación calmada entre las dos. Y eso era motivo de, no sólo  tristeza, sino también de desesperanza para Elva. La culpaba de todo, pero sobre todo de su infidelidad.

No quería saber los motivos que su madre tuviera para cometer el desliz, así como también ignoraba el motivo del accidente del padre; es decir no quería saberlo. Precisamente por la adoración que tenía hacia su padre, Elva no quiso que, la venda que tenía en los ojos, cayera. Si alguna vez se enterase sería por alguien que no fuera ella.

Por mucho que insistiera su futuro marido a un acercamiento con la madre, era rechazado de inmediato. No quería asumir que, quizá su padre, también hubiera tenido culpa de algo. Su mente estaba cerrada totalmente a ello. No la perdonaba que le fuera infiel precisamente cuando más necesitaba su ayuda.
Ni siquiera se paraba a pensar en la necesidad que tuviera su madre para, al menos por unas horas, huir de su casa. Por la parte que a Elva correspondía, nunca sabría su hija el destino tan triste que había tenido junto a Frederick; ya no vivía y debía dejarle descansar en paz, aunque eso supusiese la enemistad con su propia hija.

Adoraba a su hermana. A ella si la echaría de menos cuando se casara, y la fecha estaba próxima. Pareciera que el karma de Elva  se había cebado en ella. Prácticamente vivía del recuerdo fugaz de su encuentro con James en aquel establecimiento. Como él la dijera, pensaba que ya estaría en Estados Unidos, y posiblemente estuviera organizando su propia boda, a un mismo tiempo que  Olivia.


¿ Estaba condenada a que su vida fuera un eterno calvario? Si al menos Olivia la hubiese perdonado y vivieran tranquilas ! 
Reservaría para cuando estuviera a solas en su habitación el breve encuentro con James.  Hubiera dado cualquier cosa porque se hubiera prolongado eternamente. Pero fue ella quién lo cortó. El la había pedido ir a un lugar en el que pudieran hablar ¿ Por qué no lo aceptó? Seguramente su vida cambiaría radicalmente en ese instante. Él habría sabido la verdadera naturaleza de la niña que llevaba en brazos. y su vida sería ahora diáfana, transparente y feliz. Cien años que viviera  no se arrepentiría bastante por ese impulso que tuvo de salir corriendo.

Seguramente se establecería en Estados Unidos, y aunque ahora no tuviera novia, seguro que encontraría a alguna muchacha de la que se enamoraría, y ella sería una anécdota en su vida. Pero también pensaba que la pequeña, alma inocente, si a ella la ocurriese algo quedaría desamparada. ¿ ¿Sería capaz Olivia de no hacerse cargo de ella? ¿ Cómo podría contactar con la familia de James?

Por la experiencia vivida con su marido, pensaba que las vidas están siempre al albur del destino y hay que tenerlo todo previsto. Que no se puede dejar todo al azar. Demasiado sabido lo tenía ella por el accidente de Frederick. A solas en su habitación, le pedía interiormente, que la ayudara, para que ella, cuando su hora llegase, pudiera descansar tranquila. Olivia tendría el respaldo de su futuro marido, pero ¿ Sarah?

Se volvía loca de tanto pensar. Entonces, como si una fuerza oculta la señalara el camino, se le ocurrió escribir una carta y entregarla a los padres de James. Al menos que él supiera que tenía una hija y que los abuelos se hicieran cargo de ella, si acaso Oliva  no pudiera.

Pero primero debía averiguar quienes eran y dónde vivían. Buscó en internet, pero sólo sabía el apellido de James "Mulligan", pero había cientos. Tenía tiempo y empeño en encontrar alguna pista y con paciencia y tiempo se puso a ello. Pero la tarea era ardua y larga. 

Pensó recurrir al doctor Foster. Tanto Sheryl como el médico, mantenían relación con James. Ellos la darían algún dato o el domicilio de la familia. Tenían bastante relación y además íntima, por lo que deberían saber  algo  que facilitase su trámite.

Como último recurso, requeriría las señas en  América, de James. Se sentía ansiosa y preocupada por localizar algo. Nunca hasta ahora se le había ocurrido que la pudiera pasar algo, pero contando con su mala suerte, tampoco era de extrañar. No obstante hablaría con Olivia si acaso su gestión no diese sus frutos

Consiguió hablar con Sheryl y fue su amiga quién la dio la dirección del domicilio de los padres de James. No quiso preguntar si seguía aún en los Estados Unidos. Si se casaba y cuándo. No quería saber nada. Cuanto menos supiera, más fácil sería todo. Debía dejar que él viviera su vida en pqaz. Con uno que lo pase mal, era suficiente.
Pero la impresión que tenía, desde su último encuentro con él, era que aún tenía algún tipo de interés por ella. ¿ O eran ilusiones suyas? No debía pararse en averiguar nada. Lo importante era localizar a los abuelos de Sarah, Aparte de que tenían derecho a saberlo, lo importante es que la pequeña estuviera segura si ella llegase a faltar. Si eso ocurriera, la invadía la tristeza por su hija; era demasiado pequeña para quedarse sin madre y quién sabe si olvidada por el padre.

No se sentía bien, la depresión estaba llamando a su puerta y desfallecía por tan mala suerte. No quería eso para sus hijas, para ninguna, porque Olivia era un dolor añadido. Sentiría  irse de este mundo y que ella el recuerdo que mantuviera, fuera la infidelidad cometida.

No podía dormir: Era muy pesimista y sentía algo en su interior, que la tenía nerviosa. Era como un presentimiento. Se levantó y fue hasta el salón y allí comenzó a escribir la carta más decisiva que había escrito nunca. Se trataba del bienestar de su pequeña.

Y comenzó a plasmar en un folio los sentimientos que tenía, acompañados por un quedo y silencioso llanto. Mentalmente se la dirigía a James, aunque el encabezamiento fuese para sus padres. Esa carta, al menos, la proporcionaría un ligero alivia, de esa preocupación constante que tenía en mente.

domingo, 3 de enero de 2021

Doctor O´Reilly - Capítulo 20- Aidan, Kyra, Stella y ....

 La estabilidad reinaba entre ellos. Todos los fines de semana acudían a la casa de sus suegros, ahora también considerados como tal por Kyra, para pasar el día con ellos y con la niña. Todo era normal, y el cambio experimentado por Aidan era el tema de conversación entre Arthur y Molly. Era lo que necesitaba, y aunque no fue fácil, al fin las piezas han encajado perfectamente.

Aidan se mostraba cada vez más cariñoso y enamorado de Kyra, y ella de él. Los momentos amargos pasados les habían hecho reflexionar y comprendieron que sólo el amor puede alcanzar las cotas de poder que otro sentimiento no tiene. Con frecuencia la agasajaba con algún regalo y ella lo recibía de la única manera que sabía agradecer a su marido: abrazándole y diciéndole " te quiero ".

- Es la única manera en que puedo expresar los sentimientos que tengo por ti. No hay palabras, así que pienso que las más sencillas son las más sinceras. Te quiero Aidan , desde el mismo día en que te encontré. Me estás haciendo la mujer más feliz del mundo y agradezco al cielo que te pusiera en mi camino.

- ¡ Oh Kyra ! . Nunca creí poder alcanzar de nuevo la felicidad, pero a tu lado todo es sencillo, hasta nuestras disputas, porque eres cabezota, pero mi adorable cabezota.

Imaginemos como terminaban esas declaraciones de amor. Stella crecía entre el amor de sus padres. Tenía una infancia feliz, pero como todos los niños, con infinitas evoluciones. Había algo en su cabecita que deseaba aclarar con ellos y era  que todos los niños de su escuela, a sus madres les llaman mamá, y ella lo hace por su nombre ¿ por qué?

Kyra pensó que había llegado el momento de responder a sus dudas.  Cuando por la tarde llegó Aidan del hospital y mientas la niña jugaba, Kyra habló con él para que la explicase el por qué los niños llaman a sus madres de una manera y ella a la suya de otra.

- Cariño ¿ por qué no se lo has explicado tú ? Merece ser tu hija también por derecho propio.  Ha de conocer que hicimos un pacto por ella, aunque la que peor lo pasó fuiste tú; te has ganado el derecho a que te llame mamá, pero sin olvidar que la suya biológica  es la imagen que refleja la foto de su mesilla de noche.

- Por mi parte siempre sabrá quién fue su madre, pero me encantaría que así me llamase. La quiero de verdad y tu lo sabes

- Más a mi favor debiste decírselo.

- No me corresponde, Aidan. Tu eres su padre

- Y tú su madre, caramba. ¿ Hasta cuándo vas a tener dudas? Pocas personas hubieran hecho el sacrificio que hiciste por ella. Que luego ha resultado fascinante, pero ¿ y si hubiera ocurrido todo lo contrario? Para que no te sientas violenta, lo haremos entre los dos, y que ella decida cómo desea llamarte.


Y así lo hicieron. Stella se echó en los brazos de Kyra y en los de su padre, y desde ese momento la llamó mamá, y cada vez que lo hacía a Kyra se le ensanchaba el corazón. Empezaron juntas a dar vueltas por la habitación simulando que bailaban un vals, sonriendo y cantando, ante el asombro de Aidan que no cabía en sí de satisfacción.

De repente, Kyra tuvo que agarrarse  a la niña. Un fuerte mareo la sacudió al dar una vuelta en el baile, y Aidan tuvo que ir rápido a su lado para que no cayera.

- ¿ Qué te pasa ?

- Me he mareado al dar una vuelta

- ¿ Seguro ?

- Estás asustando a la niña. Seguro, no te preocupes. Estoy bien

Pero sí se preocupó tenia miedo de que pudiera pasarle algo malo. Desde que perdió a su otra mujer, cualquier cosa le sobresaltaba y esa noche, al acostarse, a penas durmió para estar pendiente de ella. Cuando se despertaron, la ordenó tajante:

- Vístete, vamos al médico

- Pero ¿ qué dices? Estoy perfectamente

- He dicho que vamos al médico.

Y el tono de Aidan no dejaba lugar a dudas, y la recordó otro tiempo, así que decidió obedecer. Presentía cuál había sido la causa de ese mareo, pero él tenía razón: mejor que el médico lo confirmase. Y lo confirmó: serían padres nuevamente. Desde ese momento se extremaba en los cuidados a su mujer. Era aún más cariñoso con ella. Sus miradas eran de inmensa ternura, pero también de preocupación, hasta que no llegase el bebe a este mundo, no estaría tranquilo. Sabía el riesgo que entraña un alumbramiento, a pesar de que en esta época no se le concede tanta importancia como en realidad tiene. Y temía el post parto y todo lo concerniente a un nacimiento le intranquilizaba, máxime tratándose de su familia.



Vivía en constante preocupación por ello, hasta que los nueve meses se cumplieron y llegó al mundo un bebe precioso y Aidan estuvo a punto de echarse a llorar de la emoción. ¡ Cómo se podía ser tan feliz, cuando hacía tiempo lo daba todo por perdido !  Misterios de la vida, de ese sino que cada uno de nosotros tiene marcado desde antes de nacer.

Y hasta aquí ha sido la otra parte de la historia, la vivida por él, tan dubitativo, tan temeroso y tan enamorado.


                                                   F    I    N

Autora :  rosaf9494quer

Ilustraciones:   Internet

Editada:  Diciembre de 2020

Primera parte: Kyra y el Doctor O´Reilly

Editada: Enero de 2021

DERECHOS DE AUTOR RESERVADOS


Doctor O´Reilly - Capítulo 19 - Amor sin fisuras

  Tenia que explicárselo, necesitaba hacerlo, y el sentimiento  que le produjo y que no admitía, hasta que día a día se dio cuenta de que era algo más que la tutora de su hija. el sentimiento por ella le ahogaba, la necesitaba a su lado y sin embargo al mismo tiempo la rechazaba porque pensaba que faltaba a la memoria de la que fuera su esposa. Y que la noche de bodas, le impulsó algo más grande que  una simple obligación de la cláusula del contrato. Fue el darse cuenta de que la amaba y la necesitaba en ese momento y al buscarla, se encontró con un torrente de ternura y deseo. Pero al mismo tiempo, el recuerdo se adueño de su cabeza y dijo cosas que son innombrables.

-Te quiero más que a nada y a nadie. Y deseo que seamos una familia normal. Pienso que es justo y lo merecemos. Sé que ha sido toda mi culpa  y ese sentimiento de negación que me invadió. El sábado quiero que vayamos los tres a la cabaña, y allí borrar de una vez los días pasados.  Nunca, excepto mi primera esposa, ha estado nadie más que yo, y allí te prometeré mi amor inquebrantable, sin fisuras, sin malos recuerdos. Sólo los felices que de ahora en adelante seguro que seremos.

 Y juntos , abrazados , amanecieron.





 La mayor sorpresa se la llevó Stella, que a la hora de levantarse no fue  Felicity quién lo hiciera, sino Kyra. Se lanzó a su cuello besándola. El padre lo presenciaba, como el abrazo que Kyra la dió. Si alguna duda aún quedase, con esa explosión de cariño se desvanecería totalmente. Las dos mujeres más importantes de su vida, se querían y allí estaba él para ratificarlo.

- ¡ Has venido ! - la decía la niña sonriente y feliz.

- ¡ Claro, mi amor ! Tú me esperabas y papá también ¿ Cómo no podía venir?

Los tres se fundieron en un único abrazo, formando un círculo sin fisuras. Los malos ratos habían marcado sus tiempos y era hora de pasar página.  Nunca más ocultar sentimientos, ni reproches, sólo comprensión y cariño. Habían pasado una etapa durísima que no querían recordar. Le pondrían un broche de oro definitivamente.

Organizaron el pasar esos dos días en la cabaña, Aidan necesitaba cerrar sus cuentas y debía ser allí, con su hija y su  mujer como testigos. Primero pasarían por el cementerio y depositarían un gran ramo de flores ante su tumba. Así lo quiso Kyra, aunque Aidan tenía reticencias. Debía hacerlo; era una página que necesitaba poner el final y debía ser ella, quién lo hiciera.

Y allí ante su tumba,  Aidan y Stella retirados de ella, Kyra la habló mentalmente, prometiéndola que siempre le haría feliz, y que cuidaría de su hija a la que adoraba. Que Aidan, a pesar de parecer un hombre fuerte, era noble y muy vulnerable: "cuida de ellos". Ese fue su broche final.

Pasarían el día fuera. Dormirían en la cabaña y al día siguiente regresarían los tres a casa, como una familia auténtica.  Tanto Kyra como Stella, acompañaban con grandes voces la música que Aidan ponía para el viaje. Él no cantaba, no podía, porque al verlas tan unidas, con tanta complicidad, reia alegre y hasta le parecía mentira que, el día anterior a esta misma hora, ni siquiera presintiera  lo que cambiaría su vida nuevamente.  Pero esta vez de alegría, y reconciliación. Al fin había encontrado la paz en su interior.

Su luna de miel, había sido horrible, cruel y amarga, por tanto la debía un viaje y un anillo de compromiso que no la había dado. Tan sólo las alianzas brillaban en los dedos de ambos, Unas alianzas que al contemplarlas, tan sólo unos días antes, les herían como puñales, pero ya se había terminado. Nuevamente había triunfado el amor incondicional y la paz regresaría a su casa.  Hoy ponían punto final y abrirían un nuevo libro con las páginas en blanco aún por escribir, pero el prólogo había sido de lo más prometedor.

De vez en cuando giraba su cabeza y miraba el perfil de su mujer, que radiante cantaba a pleno pulmón, a veces tapando la pequeña voz de Stella. Era como si necesitara echar fuera todo lo que la había  herido durante esos días horribles que vivieron.


 Estaría siempre agradecida a su amigo, que la acogió cuando más lo necesitaba.Se refugió, en un principio en casa de James, y a él contó el relato de su vida. El amigo no dijo nada, no la reprochó nada, a pesar de que la advirtió de lo disparatado de esa boda. No quiso aumentar más su tristeza. Estuvo solamente unos días; necesitaba aislarse y sobre todo pensar. Y para ello debía ausentarse de allí, de la tentación de volver a él

Debía hacerle reaccionar, y la única manera que se le ocurría, era que notara su ausencia y reflexionara. Pero para ello debía estar fuera de la ahora su casa, siquiera por unos días. Que se diera cuenta de que la había hecho daño, aún sin querer, pero que merecía amor y respeto, y no ser un cuerpo para desahogar su sexualidad.

Se refugió en el campo, del que ni siquiera recordaba el nombre. Y pasó todo ese tiempo encerrada entre las paredes de la pequeña pensión en la que vivia. Y no cargó su teléfono, de manera que tampoco tenía conexión con ellos.  No quería saber nada de nada, por mucho que la doliera. Imaginaba la incertidumbre de él, pero la había hecho daño y sería difícilmente perdonable. No al menos durante el tiempo en que se las tuviera que ver solo. A ver si de una vez reaccionaba de que él no había tenido culpa del accidente que mató a su mujer. Y que ella estaba allí, que le quería, pero él siempre estaba permanentemente ausente, aunque estuviera a su lado.

Bien,  había explicado el por qué procedió de esa forma, y ella le perdonó. Esperaba que nunca más se repitiera la historia, que se hubiese curado de una vez y para siempre, y que comenzando una nueva etapa en sus vidas, echaran al olvido las incertidumbres pasadas. Ahora deberían tener la prioridad de Stella; hacerla ser nuevamente la niña encantadora que consiguió que fuera. Era una empresa algo difícil, ya que la niña había adquirido unas costumbres muy rebeldes; había cambiado no sólo en edad, también en carácter. Kyra confiaba que todo, poco a poco, se tornara normal, al menos como antes lo era. Ahora contaba con la comprensión y ayuda de él. Ya no tendría motivos para sus ausencias y ella se encargaría de recordárselo.

Hicieron un viaje, ellos solos, como compensación por no haber tenido luna de miel, quedando Stella con los abuelos, que también se veían más felices contando con la presencia de su nieta con mayor frecuencia que antes. Lentamente, y poco a poco, iban recobrando la calma y la felicidad. Aidan era un esposo cariñoso, y delicado cuyo amor la expresaba siempre que tenía ocasión.
Pero no todo era una balsa de aceite. Ambos esposos tenian un carácter fuerte y a veces chocaban, pero el enfado duraba lo que una mirada de él, o una caricia de ella.

Aidan hacía las guardias correspondientes en el hospital, pero durante ellas, siempre encontraba un momento para llamar a su casa y charlar, siquiera un minuto, con Kyra. Ella siguió trabajando en el instituto y en la casa se respiraba calor de hogar entre todos ellos. El servicio estaba relajado y tranquilo, pues ellos también sufrieron las consecuencias del desencuentro tenido.  Felicity se convirtió en una amiga, más que ama de llaves de Kyra. Nada les faltaba, y al fin habían recobrado la paz que necesitaba cada uno de ellos.

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Autora: rosaf9494quer

Edición Enero 2021

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sábado, 2 de enero de 2021

Doctor O´Reilly - Capítulo 18 - El regreso

 Como cada día, una costumbre adquirida: una ducha caliente, larga, muy larga para que le ayudase a conciliar el sueño que seguía resistiéndose. Pero ni eso hacía que durmiese. Tras vueltas y vueltas en la cama, pensamientos siempre negativos e incertidumbre constante, formaba parte de su guion diario. Era más de media noche cuándo al fin, parecía que el cansancio se hacía dueño de su cabeza y de su cuerpo. Poco a poco iba entornando los ojos hasta conseguir cerrarlos y al fin dormir, al menos por dos o tres horas.


Todos los días igual, todos los días el  mismo ritual. Pero aquella noche fue diferente. No sabía si era muy tarde o muy temprano, pero algún sonido extraño al que no estaba acostumbrado, se escuchó en el silencio de la noche. Estaba adormilado, porque desde que ella se fue, su sueño no era profundo, sino que cualquier ruido, por ligero que fuera,  le despertaba.

No prestó demasiada atención a ello, pero sabía que no volvería a quedarse dormido. Ni siquiera le importó qué era lo que lo había producido. Seguramente alguna cortina por una ventana abierta, habría tirado cualquier objeto y ese habría sido  el motivo de su desvelo. Aídan así permaneció en la cama tratando de volverse a dormir.



Pero los ruidos persistieron. Cierto que eran muy leves, pero no se desvanecían. En un primer lugar pensó que podía ser Stella que se había levantado adormilada. Fue hacia su habitación, pero la niña estaba profundamente dormida. ¿ Qué hacía, se levantaba ya o intentaba nuevamente dormir? Fue hacia el apartamento de Kyra, que desde que ella se fue, era ahora el suyo. Miró el reloj y comprobó con desagrado que eran las cuatro de la madrugada. Demasiado pronto para levantarse y, si así lo hiciera, al menor ruido que se produjera, alarmaría al personal. Aunque no durmiera, sería mejor volver a la cama. Cogería algún libro que Kyra tuviera y trataría de leer durante un rato.  Se solía levantar a las siete, así que aun le quedaba mucho tiempo.

La pequeña biblioteca de ella, seguía tal y como la dejara. Pasó el dedo índice por los lomos de los libros y entre ellos escogió Cumbres borrascosas. Le hizo sonreír el título: tan borrascosas como su propia vida.

Acomodó la almohada tras su espalda y se sentó con la espalda apoyada en ella y los pies extendidos. Quizá con un poco de suerte, la lectura le trajera de nuevo el sueño.


Ya no se  escuchaba nada, pero percibió unos pasos ahogados, como de unos tacones de mujer, e iban en su dirección. El corazón se le desbocaba, ¿ sería ella que ha vuelto. Pero a estas horas? ¿ De dónde vendría? Siguió escuchando, y oyó que los pasos subían e iban en  dirección a la habitación de la niña. Escuchó el leve chirriar  abrir la puerta sigilosamente. No podía ser otra persona más que Kyra que volvía a casa. Tardó un instante en volver a salir quien quiera que fuese, y de nuevo el andar  sigiloso y esta vez se acercaba, se acercaba hacia donde él estaba. No tenía la menor duda, se trataba de Kyra. No se atrevía a moverse, no quería asustarla, pero al mismo tiempo se moría de ganas por verla y abrazarla. Sentía una impaciencia tremenda, pero optó por permanecer en la cama como estaba.

Y al fin, el picaporte de la puerta giró y su silueta se dibujó a la tenue luz de la lamparita. Kyra asombrada por lo que estaba viendo, no acertaba a decir palabra alguna. Se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, y exclamó:

- ¿ Se puede saber qué haces aquí?

Él saltó de la cama y antes de que pudiera reaccionar, se vió estrechada por unos fuertes brazos y unos abrasadores labios que la besaban. No sabía qué decir ni qué hacer. Estaba como paralizada. Lo que menos esperaba es que él estuviera en su habitación, en su cama.  La sangre corría a raudales por sus venas sin poder hablar ni rechazarle.

¡ Qué bien se estaba entre sus brazos! ¿Sería verdad que deseaba que volviera? No quería hacerse ilusiones. Había sufrido mucho con lo ocurrido y no quería que de nuevo la rompiera el corazón.

Aidan tenía los ojos brillantes, mirándola intensamente. Acariciaba su rostro y se daba cuenta de que ella no le rechazaba. "Es demasiado bonito para ser verdad"- se decía. Seguramente aún estaba sorprendida y por eso no reaccionaba. Tenía que aprovechar su confusión para abrazarla, besarla, decirla cosas hermosas, porque quizá no tendría otra oportunidad.


- ¿ Me puedes decir qué es lo que haces en mi apartamento?

- Desde que me abandonaste estoy aquí. Me sentía más cerca de ti. Yo te debería haber hecho esa pregunta, pero ¿ sabes qué? Con tal de tenerte no me importa a lo que hayas venido. ¿ Significa que vamos a hablar?

- ¿ No es eso lo que querías?

- Con toda mi alma. He de explicarte todo; muchas cosas de las que ni yo mismo me había dado cuenta. Estaba muy confundido, pero ya he puesto mis ideas en orden y quiero que estés aquí, donde te corresponde. porque eres mi mujer y esta es tu casa y tu familia. Sé que tienes mucho que perdonarme, pero quién te habló de esa manera no era yo. Era mi sentido de culpa, me reprochaba que yo pudiera ser feliz, habiendo sido el culpable de la muerte de otra persona.  No tenía derecho a serlo. Y lo había sido, y mucho, contigo, pero no me lo perdonaba. No era cierto todo lo que te dije. Tú eres la única que ocupa mi alma.
Me he confesado con ella, en el lugar en donde está y sé que ella no sólo no me ha reprochado nada, sino que ha bendecido nuestra unión

- Sigues desvariando ¿ Cómo va a bendecir nada, si la pobrecilla no vive?

- Lo sé. Ella me guió hacia ti. Me lo dijo en sueños, pero sé que es cierto. Créeme por favor

- No lo sé Aidan. He de pensarlo y no creo sean horas para hacerlo. Estoy cansada y supongo que tú también. Ahora ve a tu habitación. Tengo que dormir siquiera un par de horas.

-¿ Dónde has estado? ¿ De donde vienes?

- Lejos de aquí, a muchos kilómetros. Hace horas que vengo conduciendo

-Por favor Kyra, sellemos ya la paz entre nosotros. Te necesito a mi lado. No sabía lo que te quería hasta aquél aciago día. Te prometo que no volverá a repetirse nunca jamás. La casa está vacía sin ti. La niña está triste y está volviendo de nuevo a su rebeldía. Te necesito, te necesitamos aquí, porque eres el timón de nuestras vidas.


- Cállate ya, de una vez. Vas a hacerme llorar.. Anda acuéstate de una vez, yo dormiré al otro lado.

- ¿ Quieres decir que nos acostemos los dos, juntos, en esta cama?

- Si, pesado; en mi cama. Bueno en la tuya, en tu apartamento porque todo esto es tuyo

- No mi amor, en todo caso es nuestro.

Y lo que tenía que pasar, pasó. Era muy fuerte la tensión vivida y grande el amor que se profesaban. Había pasado por una prueba durísima y cada uno de ellos había aprendido la lección. Necesitaba hablar con ella, explicarla sus sensaciones para de una vez sellar la paz y que nunca, nunca volviera a ocurrir algo tan horrible como lo que habían vivido.

Ninguno de los dos quería dormirse, no podían. Había sido todo tan rápido, que no creían que hubiera acabado esa agonía sentida. Pero era Aidan a quién correspondía hablar, explicarse, y aunque ella ponía su mano en la boca para que no lo hiciera, él lo necesitaba y comenzó poco a poco a desgranar lo pasado en sus últimos seis años. Pasar de la felicidad más absoluta a la desesperación más grande. Las dificultades de criar a su hija, y el dolor que le desgarraba. La búsqueda incesante de una mujer para darle una nueva madre a su pequeña. Y la irrupción en su vida de ella.


DERECHOS DE AUTOR RESERVADOS / COPYRIGHT
Autora: rosaf9494quer
Edición: Enero 2021
Ilustraciones: Internet



Doctor O´Reilly - Capítulo 17 - Ausencia

Insistió una y otra vez . Sabía que era ella, pero estaba claro que con él no quería nada. La emoción le ahogaba y no sabía qué decirla para que convencerla de que todo sería diferente.

-Sólo quiero saber si has recogido a la niña

- Por favor Kyra.  Háblame. Necesito hablar contigo

- No Aidan, nosotros ya lo tenemos todo dicho, y si algo  quedara pendiente , existe un acuerdo en el que está todo muy especificado.

Necesito mi espacio, así que de momento no regresaré. Sé que estoy infringiendo  uno de los artículos del contrato, no me importa, puedes demandarme. Recoge a la niña y dile cualquier excusa. No tengo nada más que decirte. Adiós.

- Espera no cuelgues. Te pido perdón, te lo pediré mil veces si es necesario, pero, por favor, escúchame

No tienes ni idea la lucha interior que he tenido durante todo el tiempo desde que te conocí. Sé que es difícil de explicar. Deja que lo haga. Veámonos en un terreno neutral si así lo deseas, pero tienes que escucharme y si después no quieres saber nada de mí, lo admitiré. Pero por favor, dame una oportunidad.





Al otro lado no se escuchaba nada, sólo ligeramente la respiración de alguien que estaba¿ nerviosa, indecisa, llorando?  Transcurrían los minutos,  Aidan no sabía si es que había cortado la comunicación o que se lo estaba pensando. Al fin Kyra respondió:

- Está bien, escucharé lo que tengas que decirme. Te volveré a llamar cuando esté dispuesta a ello, pero de momento no. No puedo verte, lo siento.

- Está bien, estoy dispuesto a esperar todo el tiempo que sea necesario, pero por favor no me dejes. No nos dejes. No sé qué le voy a decir a la niña.

- Ya se te ocurrirá algo.  Eres muy ingenioso para ciertas cosas. Y ahora sí me voy. Adiós.

Se quedó mirando el teléfono como si él tuviera todas las respuestas. Al menos había aceptado volver a verse, pero ¿ cuándo ? A pesar de todo, respiró tranquilo en cierto modo. Su matrimonio estaba en juego, su amor destrozado, pero ella estaba viva y a salvo, eso le tranquilizó un poco.  Tenía que pensar en qué decirle a su hija cuando llegase a casa y no encontrara a Kyra. En estos difíciles momentos no se le ocurría nada; su mente trabajaba a mil por mil, pero todo lo que se le venía a la cabeza se repetía una y otra vez. Seguía sin saber dónde estaba y cuanto tardaría en verla. Sabría que en cuanto viera a Molly o a Arthur las preguntas serían el plato del día, y necesitaba dar una respuesta.

No quería desvelar su intimidad habida en aquella noche. Eso era cosa de ellos , ni tampoco contar el motivo de su espantada; eso era a solucionar entre ellos dos. No sabía qué decir y tenía que dar alguna explicación y a su hija ¿ qué iba a decirla? No quería mentirle, pero estaba claro que no tenía edad para decir la verdad, así que se inventaría una excusa, aunque a ella no le valiese.

Molly abrió la puerta. Le abrazó y con la mirada le interrogaba, aunque no con palabras. Tenía un aspecto horrible. En su rostro se reflejaba el cansancio. Estaba desaliñado, con la barba crecida más de la cuenta y demacrado. Se asustó al pensar que el disgusto había sido de los que hacen época y que él había sido el causante. No le preguntó, sino que le dijo:

- Anda pasa. Te haré una taza de té. La niña se está preparando para ir a la escuela

-Yo la llevaré.

- ¿ Sabes algo de Kyra?

- Si, me ha llamado, pero sigue sin querer verme. Me he disculpado, la he suplicado que me dijera dónde estaba, pero no lo he conseguido. Sé que me escuchará si es que llegamos a vernos, pero no volverá conmigo de eso estoy seguro

- Son cosas vuestras en las que no debo intervenir, ni quiero saber, pero... no debisteis casaros. No conforme tú estabas. No tuviste en cuenta que ella es una mujer joven, preciosa y que está loca por tí. ¿Cómo era posible aceptar tal despropósito? No podía salir bien, y es una lástima porque merecéis ser felices. Tú eres un buen hombre y ella adora a tu hija, razón suficiente. Pero también está en la flor de la vida ¿ cómo pensaste que iba a ser una mujer florero? ¿ Cómo no pensaste en tí también? Sabes que te queremos como a un hijo. A mi hija la adorabas y la hiciste feliz, pero eso terminó, y por el bien de todos debes volver a vivir. Enamorarte, casarte, si, pero como es debido y no con un contrato de por medio. Incluso volver a tener hijos. Eso es lo normal. Te quiero Aidan y me alegraría que volvieras a enamorarte y fueras feliz. Si yo que he sido su madre lo veo de esta forma, la lógica, ¿ cómo tú no te diste cuenta de ello?

- Me dí, Molly, me dí y fue esa misma noche, pero al día siguiente insinué que no podría querer a nadie más.

- ¡ Por Dios Aidan ! ¿ Qué esperabas ?

- No lo sé Molly, no lo sé. 

- Está bien, cálmate. La niña está a punto de bajar. Creo que debe quedarse con nosotros unos días hasta que salga alguna luz por algún lado. Buscaremos un pretexto.

Y llevó a su hija al colegio, pero él no tenía ánimos para ir a trabajar. No podría, en su estado , enfrentarse a ningún paciente. Regresó a su casa, vacía y sola y se encerró en su despacho. No deseaba encontrarse con ningún empleado porque sin duda se preguntarían por lo sucedido, y no estaba en condiciones ni de dar explicaciones ni de poner excusas.  Llamó al director del hospital y dijo que estaba enfermo.  En ese aspecto no tuvo ningún problema. Su jefe sabía que nunca había faltado al trabajo y que hacía más guardias de las debidas, y además se había casado y tenía días libres por luna de miel. Y el buen hombre pensó: " Qué extraño, debería estar de viaje con su mujer y no pensando en el trabajo".

Así pasó una semana y otra. Ninguna novedad, ninguna respuesta en positivo. Cada vez más desesperado, pero seguía con la rutina de siempre más por su hija que por él. Sabía que  Kyra había sido una presencia positiva para su hija, y un conflicto para él. Pero todo seguía igual. Recordó las veces que había ido a recoger a la niña al colegio porque le avisaron de su conducta, y que en una de esas veces, se encontró con ella, y ahí volvió a empezar la historia, ahora terminada. Porque no creía que tuviera solución.

Hasta su carácter con los enfermos había cambiado. Se había vuelto más escueto, y sonreía en contadas ocasiones. Stella cada vez se impacientaba más y preguntaba casi a diario cuándo iba a llegar Kyra. Felicity la daba una versión, y su padre otra, de manera que la niña hacía sus conclusiones y eran que no volvería nunca más que se había marchado lo mismo que hizo su mama de verdad.

Todo en esa casa era negativo. Ya no se escuchaban ruidos, ni risas de la niña, ni pisadas apresuradas de los tacones de Kyra, ni siquiera la voz del médico.  Daba la impresión de que estuviera deshabitada, aunque no fuera así.

Y comenzó a hacer las guardias de siempre, hasta tres seguidas. Nadie se explicaba la fortaleza que tenía, pero él aguantaba porque no quería estar en su casa, y en el trabajo despejaba su cabeza. Fue imposible evitar que los compañeros, hasta los más cercanos, se extrañaran de su comportamiento. Un comportamiento que nunca había tenido, y hacían sus cábalas, pero ninguno acertaba, y es que era todo muy surrealista para dar con lo que ocurría en realidad.

Y así se sucedían los días  esperando una llamada que nunca llegaba. Otra semana más había transcurrido y definitivamente había perdido la esperanza. Llegaba cansado de las guardias, agotado física y anímicamente. Stella le esperaba para cenar, pero tampoco quiso tomar alimento. La leyó el cuento diario, y al dormirse la niña, él se encerró en su habitación. No quiso tomar ni tan siquiera un vaso de leche. Sólo quería dormir, dormir, dormir y con suerte no despertar.


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Edición: Enero 2021

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Doctor O´Reilly - Capítulo 16 -Alarma

 Enfiló la carretera y a más velocidad de la debida se dirigió a la cabaña. Allí podría gritar a los cuatro vientos todo su fracaso. Allí estaría en  el aire la presencia de ella , y la pediría ayuda y perdón a un mismo tiempo por haber olvidado en su noche de bodas otra noche con ella. Y abrió su corazón a voces en plena Naturaleza.  Estaba solo en el mundo, en aquel lugar perdido. Y gracias a la soledad del lugar gritó, lloró, se desespero y la pidió de rodillas que le ayudase.

No sabía cómo, pero abrió su corazón ante la presencia inexistente de quién fuera su mujer. Llanto, desesperación, furia...  Y pensó abiertamente que Kyra hubiera sido la única esperanza para él. Qué no sabía cómo había sucedido pero que la amaba tanto como la amó a ella. 

- Pero la he perdido. ¿ Por qué lo hice. Por qué  pronuncié esas palabras hirientes para ella? Jamás la consideré una mujer que no fuera ella misma, no se parece a ninguna otra, y la quiero, la quiero con toda mi alma y la he perdido. Sé que te prometí ante tu tumba no volver a enamorarme de otra persona. Pero no he podido evitarlo; me ha vuelto a pasar y en ambos casos he sido yo el culpable. Tendré que vivir toda mi vida con esta losa sobre mí. Perdí a dos mujeres excepcionales. Si no fuera por Stella, no me importaría morir en este preciso momento, porque no puedo vivir así. No atiende mis llamadas, no sé donde está. Sé que estará sufriendo y eso es lo que más me duele, de nuevo yo tengo la culpa.  No puedo más, no puedo más.




 Lloraba, lloraba sin parar como una criatura. Hincadas las rodillas en el suelo, escondiendo la cara entre sus manos y maldiciendo su mala suerte. La vida estaba siendo injusta con él. Había amado a dos mujeres  y había sido correspondido por ellas, pero la vida se las había arrebatado.  Sería su castigo.

Poco a poco el llanto se iba calmando, pero no la angustia. Se tumbó en la hierba que rodeaba la cabaña, boca abajo, hundiendo la cara en la tierra, y se quedó dormido.

 Sentía una infinita paz, y en su delirio se repetía: " he muerto y al fin la tranquilidad ha vuelto a mi". En un duermevela, quería despertar y no podía, una luz cegadora lo invadía todo y entre ella, apareció la silueta de un rostro muy conocido por él: 

" Aidan, para de lamentarte. No te sientas culpable, porque no has hecho nada malo que no estuviera destinado a ocurrir. Era mi destino, pero estoy bien y cuido de vosotros. ¿ Crees acaso que fuiste tú quién hizo que Kyra estuviera en casa con la niña? ¿ Crees acaso que ella te quiere así por las buenas? Me pediste ayuda y te la he brindado

No vuelvas a repetir lo de esta mañana. La has herido y no se lo merece, porque ella daría la vida por ti y por nuestra hija. Búscala y dile cuánto la amas y sé un buen padre y mejor marido. De esta forma descansaré tranquila"

¿ Qué había sido eso? Estaba tumbado en la hierba y era de noche  ¿Cuánto tiempo había durado el sueño? Y aunque era agridulce, le gustó recordar el rostro de su antigua mujer. Pero también  algunas palabras entre cortadas y la recomendación de que fuera un buen marido. ¿ Significaba eso que le había perdonado? Se lo preguntaba al viento, pero nadie le respondió. Se levantó lentamente.  Ni siquiera entró en la casa; se montó en el coche, lo puso en marcha  y  desanduvo el camino que le había llevado hasta allí. Llamó a Molly, pero no había cobertura hasta unos kilómetros más adelante.

Estaba ansioso por tener noticias. Quizás ella esté ya en casa. Sus manos se aferraban al volante con tanta fuerza que los nudillos de las manos se le ponían blancos, pero ni siquiera se daba cuenta. Transcurridos esos kilómetros, paró en el arcén y marcó el número de sus suegros. Le respondió la voz ansiosa de Molly:

- ¿ Dónde estás ? ¿ Estás bien?

- ¿ Sabes algo? ¿ Ha vuelto a casa?

- No Aidan no ha vuelto ni ha llamado. Haz el favor de volver, antes de que la niña se dé cuenta de que algo ocurre. Siquiera por ella, hazlo Aidan.

- Si, ya voy para allá. Dentro de aproximadamente una hora estaré con vosotros. Y no te preocupes no me pasa nada.

Colgó sin dar más explicaciones. Lo único que deseaba es que le hubiera dicho que ella había regresado, y no lo hizo, así que todo daba igual. Recogería a su hija y de nuevo empezaría de cero.

Cuando llegó a casa de sus suegros, la niña ya estaba dormida y no quisieron despertarla. No quiso tomar nada, sólo necesitaba estar solo. Y se marchó después de dar un ligero beso a su hija.

Por ella comenzó todo, pero ha terminado por él. Y había sido la segunda vez y quizá la definitiva. Hacía un año que la echó de casa por llegar tarde, y aquél recuerdo fue amargo y supo que la necesitaba. Ahora lo comprendía todo. Se suponía que era un tipo inteligente, pero en cuestión de mujeres estaba visto que no sabía nada. Agasajaba a las que no le importaba y apartaba de su lado a quienes le querían.  Verdaderamente no merecía ser feliz. Y tampoco le importó demasiado si su felicidad consistía en hacer daño a quienes amaba.

No quería dormir. Bajó al salón y tomó la botella de whisky. echó en un vaso una cantidad más que respetable y casi la bebió de un solo trago. Buscaba aturdirse hasta caer redondo al suelo. El silencio, la soledad de la casa le pesaba enormemente. Hacía  sólo un par de días, había tenido vida., y sin embargo ahora, todo era quietud y silencio. Apuró el resto que le quedaba y se echó otro tanto. Buscaba emborracharse, perder la consciencia y dejar de sufrir. Eso era lo que quería. No subiría a su habitación, no resistía ver la cama vacía. Pero si lo haría en la de Kyra. En ella había sido inmensamente feliz. Había sido suya sin restricciones. Subió tambaleando las escaleras y al entrar en el departamento de ella, su aroma, su perfume le saludó. Y como hiciera la noche de bodas, recorrió la estancia, y se volvió a fijar en todos los rincones. Entró en el dormitorio, que había sido testigo de su placer.
La cama estaba deshecha, con la ropa revuelta y encima de todo ello, la bata y el camisón que llevara Kyra cuando él entró. Lo cogió y se lo llevó a la cara besándolo y llorando sobre ello.
Sólo había transcurrido una noche, pero parecía una eternidad. Y en una sola noche había sucedido lo peor que le ocurriera después de la muerte de su primera mujer. Había perdido a otra a la que había hecho que creyera de nuevo en el amor, pero eso ya era agua pasada.
Se tumbó en la cama, en el lado en el que durmiera Kyra y abrazado a su ropa y llorando, vió amanecer un nuevo día. Un nuevo día de desespero  e impotencia. ¿ Debería llamar a la policía? La cabeza le estallaba. Miró la botella y casi estaba vacía. Su estómago, acostumbrado a no beber, lo tenía del revés, pero nada de eso tenía importancia. Todo le daba igual: hoy tampoco iría al hospital. Le daba lo mismo que fuera despedido, eso no tenía importancia en relación por lo que estaba pasando.
Pensó en su hija: tendría que ir a buscarla, y hoy se incorporaría el personal de la casa. No quería que le vieran en ese estado. Tampoco sabía qué decirles por la ausencia de su mujer. Todo le daba igual, que sacaran las conclusiones que quisieran, le eran totalmente indiferentes.

Una nueva mañana comenzaba, la misma rutina de siempre, pero comenzó a pensar en que quizá ella sufriera un accidente y posiblemente estuviera herida en alguna carretera sin nadie que la auxiliase. Se daba puñetazos en la cabeza aumentando más su dolor. No quería ni pensar en que de nuevo la historia se repitiese.

Sonó el teléfono, pero nadie respondió. Sabía que era ella y la llamó con desesperación:

- Kyra, Kyra, por favor vuelve a casa. Todo ha sido un error por mi parte. Te quiero, te quiero. Por favor vuelve.


RESERVADOS DERECHOS DE AUTOR / COPRIGHT

Autora: rosaf9494quer

Edición: Diciembre 2020

Ilustraciones:  Internet


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