viernes, 22 de abril de 2016

El susurrar del viento - Capítulo 16 - Una visita inesperada

La espera fue larga, muy larga ante la impaciencia de Lucía y Carmen.  Acudieron  muy temprano al hospital. Durante la interminable  noche, no se había producido ninguna llamada, lo que significaba que no había cambios y, por ello respiraron aliviadas. Ante el nerviosismo de Lucía, Santiago las llevaría.  Llegaron a la UCI y fueron recibidas por el médico del turno de noche, que les dio una ligera esperanza.

—  La hemorragia parece haberse contenido, pero hay que  esperar otro día más hasta asegurarnos de que no haya  peligro de una recaída. .  Ha tenido mucha suerte; normalmente si no se actúa rápido, ocurre lo peor. Y quizá este haya sido el caso, que usted acertó a pasar por allí enseguida de ocurrir y actuó .  De no haber sido así, creo que ahora estaríamos hablando de otra circunstancia.
—¿ Está consciente ?— preguntó Lucía
— No señora.  Preferimos continuar con la sedación, para evitar riesgos. Si pasadas las cuarenta y ocho horas, sigue la mejoría, bajaremos la dosis.
—¿ Pueden decirnos cuándo pasará a planta ?
 — Si todo sigue bien, como esperamos, en tres días a partir de mañana, le trasladaremos a una habitación y allí podrán estar con él más tiempo.
— Gracias doctor— dijo Lucía.
— Recuerden podrán venir a verle dos veces al día: por la mañana y a la tarde, pero sólo cinco minutos.
-—Gracias doctor, así haremos.



Pudieron verle a través del cristal. Su rostro estaba pálido, pero tranquilo debido a la sedación.  "Ha sido cuestión de suerte; de haber tardado más ..."  Esas palabras retumbaban en su cabeza machaconamente. ¿ Fue una premonición ? Recordó que la brisa soplaba sólo en su rostro, y fue algo extraño lo que hizo que regresara rápidamente.  Un escalofrío recorrió su cuerpo que la hizo estremecer, y Carmen se dio cuenta de ello.

—¿ Te encuentras bien, mamá ?
— Si hija.  Estoy tranquila ahora que le hemos visto.  Pero no estaré bien del todo hasta que no le vea en planta y pueda tomar su mano y besarle. ¡ Ay Carmen , no quiero ni pensar lo que podía haber ocurrido ! ¿ Qué sucedió ? Mucho me temo que no lo sabremos hasta que él nos lo diga.

Y los cinco minutos, fueron como un suspiro. La enfermera, cumpliendo con su deber, cerró la ventana.  Hasta las cinco de la tarde no podrían volver a verle.

Y el vaticinio se cumplió. Al quinto día de su ingreso en el hospital, le trasladaron a planta. Le sedaban   sólo por la noche, a fin de que pudiese descansar. Lucía y Carmen estaban en la habitación cuando una enfermera,  junto a un celador, transportaron la cama de Sean.  Aún seguía medio adormilado por la medicación nocturna, pero se dio cuenta de que su familia estaba allí, junto a él.  Al quedarse a solas, Lucía no pudo reprimir su emoción y consumo cuidado para no dañarle, abrazó su cabeza besándole en el rostro, mientras sus lágrimas corrían por las mejillas de ambos esposos

— Eh, eh, pequeña. ¿ Qué es eso ? ¿ No te alegras de que esté aquí ?
 —¿ Cómo puedes decirme eso? No sabes el infierno que hemos pasado, hasta verte fuera de peligro. ¿ Qué te ocurrió? Tu eres muy prudente conduciendo ¿ Qué pasó?
— Primero deja que bese a mi hija, y me dices cómo estás tú y mi otro retoño
— Sean ¿ cómo puedes bromear ahora ?
— Bromeo porque pensé que no os vería más.  Fueron unos momentos angustiosos hasta que perdí el conocimiento. ¿ Quién me rescató?
— Yo pasaba por allí de regreso a casa, y creí morirme cuando vi el coche y a ti.  Por suerte el teléfono no quedó dañado, y pude pedir auxilio. ¡ ¡Oh Sean ! Verte tan mal herido, inconsciente y sangrando, pensé ...

 - No pudo continuar porque al revivir nuevamente la escena la angustia oprimíó su garganta.

No hubo forma humana de que Lucía se separase de Sean mientras estuviera en el hospital. Cuando le hubieron trasladado a planta, un agente de policía se personó en la habitación: tenían que esclarecer el accidente y lo ocurrido. Miller, que así se llamaba el policía, llamó a la puerta obteniendo el permiso para entrar .

— ¿ Se encuentra bien, señor?  Si no es así lo dejaremos para otro momento
— No agente, estoy mejor.  Acabemos con el trámite de una vez
— Seré breve, no se preocupe. ¿ Puede decirme algo de cómo ocurrió ? ¿ Fue un fallo mecánico? Porque el cuentakilómetros da una velocidad normal
— Ha sido sencillo: un animal se cruzó en el camino.  Di un volantazo para no atropellarle, y me estrellé contra el árbol.  Sentí un dolor fuerte en el pecho y en la pierna; después perdí el conocimiento y lo siguiente que recuerdo es la UCI del hospital
— Bien señor Flanagan.  Su versión coincide exactamente con lo detectado por nosotros. Así que ya no le molestaré más
—¿ Acaso pensaban que era por otro motivo ?
— No señor Flanagan, pero hay que averiguar  todo.  Hay mucho loco por el mundo suelto.  Me alegro que todo haya ido bien.  Los médicos dicen que ha sido casi un milagro. Las lesiones eran graves. Y ahora, repóngase pronto y olvide este incidente
—Gracias, agente.  Eso espero

Al quedarse solos, Lucía  abrazó a su marido . Se miraban con inmensa ternura, gozando de ese momento, valorando el que estaban juntos.  Ella no hacía más que pensar en que podría no haber sido así, y la congoja nuevamente la invadía.

Habían pasado tres días desde que fuera trasladado a planta, cuando en el hospital se personó alguien que no esperaban ver nunca más:  Moira.  Lucía estaba aguardando afuera, a que las enfermeras y el médico realizaran su inspección, cuando la vio llegar hasta ella

-—Antes de que me digas nada ¿ Cómo está?— preguntó Moira
—¿ Qué haces aquí ?— respondió Lucia
—¿ Podemos hablar en algún sitio más reservado? — dijo Moira
—Estoy esperando a que salga el médico y me informe, así que este no es un buen momento
—Bien. Entiendo que es algo privado.  Aguardaré en la salita.  Tengo mucho interés en que hablemos, por favor.  Es muy importante para mi.

El médico junto a los auxiliares, salían contentos de la habitación; se reflejaba en sus rostros sonrientes, y Lucía respiró aliviada.

— Bien, señora Flanagan.  Su esposo está bastante bien. La hemorragia está totalmente controlada, es decir, con las horas que han pasado, no creo se vuelva a reproducir.  La herida del muslo cicatriza normalmente.  Lo peor son las costillas por molestas.  Solo podemos administrarle algún calmante, porque estará bastante tiempo con dolores, aunque sean soportables, pero nada que no se  pueda solucionar .  Deberá dormir sentado, pero después de lo ocurrido, eso es lo de menor importancia.  Les doy la enhorabuena . Y ahora si lo desea puede entrar a verle.
— Muchas gracias a todos ustedes.  Les estaré eternamente agradecida por todo lo que han hecho por mi marido.  Muchas, muchas gracias

. Estrechó la mano de los médicos y sonriente, entró en la habitación para dar el diagnóstico a Sean

Le beso repetidamente y ambos reian felices. El susto había pasado.  De repente, recordó que en la sala de espera le aguardaba Moira, y sin decir el nombre de la visita, explicó a Sean que tenía que hablar con alguien y después entraría con esa persona que seguro querría verle.

— Ve tranquila. Tómate tu tiempo; yo estoy bien Aprovecharé para dormir un poco.  Aún dura el efecto del calmante que me dieron anoche. 

 Y besando nuevamente a Sean, salió de la habitación. Se dirigió a la sala en donde Moira la aguardaba nerviosa, paseando de un lado a otro.

—¿ Qué querrá esta mujer ahora? ¿ Es que no va a dejarnos tranquilos nunca?— pensó mientras se acercaba a ella— Y bien Moira ¿ qué quieres decirme?
-—Ante todo, lamento muchísimo el accidente de Sean. Estaba pasando unos días en casa, cuando me he enterado. ¿ Qué le ocurrió ?
— Se le cruzó un animal y dio un volantazo, perdió el control y se estrelló contra un árbol
—Supongo que está fuera de peligro
-—Así es, afortunadamente.  Pero creo que no has venido hasta aquí para eso
— Tienes razón. Quería hablar contigo y si me lo autorizas verle
—Yo no te tengo que autorizar nada. Es él quién tiene que hacerlo
—Deseo pedirle perdón, y a ti también, por todo lo ocurrido.  Me marché  muy furiosa contra todos vosotros, pero luego con la distancia que marca el tiempo, y sabedora del accidente de Sean, decidí poner las cosas en orden.  Nunca sabemos si tendremos tiempo de hacerlo
—Eso es ser muy pesimista ¿ Te encuentras bien ?

— Si desde luego. Quiero que sepas, que amé a tu marido, pero eras tú la que debías ocupar el lugar que yo usurpé. Y es cierto que puse en juego mis armas de mujer para conseguirlo.  Pasabais por una mala racha y yo me aproveché de ello.
— Nos hiciste mucho daño, Moira. Pero no sólo tú tuviste la culpa, yo también , e incluso Sean. Pero ahora todo está bien entre nosotros; hemos recobrado el equilibrio y hemos pasado página. Tú también deberías hacerlo.  Creo que te has casado con un buen hombre.  Sunset es un lugar pequeño, y ya sabes...  las noticias corren por todos lados.
— Si es cierto, Thomas es un buen hombre y me quiere mucho, pero..., aunque le tengo cariño, no le amo.  Y es que sólo he podido amar a un hombre
—No sigas, por favor. Sé a quién te refieres y no deseo escucharlo
— Lo entiendo. Pero como te dije antes, deseo tener las cosas en orden.

 Lucía no entendía muy bien a qué venía ni su visita ni sus palabras, pero al parecer quería estar a bien, y ella no se lo negaría

— ¿Me disculpas un momento? Voy a consultar con Sean si desea recibirte; es él quién tiene que decidirlo
— Lo entiendo.  No te preocupes.  Tampoco me extrañaría que no quisiera. La última vez que nos vimos, la despedida fue muy tensa
—Bien, pues aguarda un momento. Ahora vuelvo. 

 Lucía giró sobre sus pasos y fue a la habitación para consultar con su marido

—¿ Qué demonios quiere ahora ?— dijo Sean
-—No lo sé exactamente. Dice que desea poner en orden su conciencia. Creo que le sucede algo, aunque ella lo niega
— Está bien. Hazla pasar.  Espero que sea breve. No me apetece verla

 Lucía, acompañada por Moira, entró nuevamente en la habitación.  Tanto Moira como Sean, se miraron intensamente. En los ojos de ella, había un brillo especial, en los de él, frialdad.  Lucía hizo intención de marcharse, y él la retuvo de la mano, al tiempo que la decía:

-—No te vayas. Lo que Moira tenga que decirme, tú ya lo conoces
—Lo sé, pero es cosa vuestra y a mi no me apetece escuchar vuestros recuerdos en común. Sólo te ruego, Moira, que la visita sea breve.  No debe fatigarse, está muy reciente todo
— Descuida Lucía, tardaré sólo unos minutos



Y así lo hizo.  Al quedarse a solas los esposos, después de que Moira se marchase, Sean la contó lo que quería, y era pedirle perdón y confesarle que aún le amaba, pero de otra forma muy distinta: con sosiego y agradecimiento por los buenos años pasados.

— Es todo muy extraño— comentó Lucía
—A mi también me lo parece.  Es como si se estuviera despidiendo. La he perdonado, y hemos zanjado el asunto, así que todo terminado.

Unos meses más tarde, supieron que Moira había muerto en Australia, víctima de una enfermedad incurable.  Entonces comprendieron el porqué de su inesperada visita.  Lucía tuvo un recuerdo, si no entrañable, si de piedad y tristeza por el destino de aquella mujer, que tanto influyó en su separación. Decidieron guardar un recuerdo para ella,  y para su marido, que había quedado desconsolado, pues él si estuvo enamorado de ella, aunque Moira nunca le confesó que solamente le tenía cariño.


jueves, 21 de abril de 2016

El susurrar del viento- Capítulo 15 - El diagnóstico

Se levantaron los tres rápidamente y acudieron hasta donde los médicos estaban.  A Lucía le pitaban los oídos y la vista se le nublaba. " Ahora no, ahora no", se repetía al presentir un desmayo. Los cariñosos brazos de Santiago y el abrazo de Carmen, la sostenían para que no cayese al suelo.  La lividez de su rostro y sus ojos desencajados, alarmaron a los médicos que inmediatamente la obligaron a sentarse; uno de ellos pidió a una enfermera un vaso de agua. Los médicos solícitos conociendo el estado de ella tenían mucha cautela con la noticia que iban a darle y, sin embargo, habían de dar su diagnóstico tal cual, aunque fuese suavizando la realidad.

—¿ Está mejor, señora ? Bien.  Hemos tenido que intervenir a su esposo, tenía una hemorragia interna producida por el fuerte golpe sufrido con el choque y el airbag.  Esperamos que se haya controlado de hoy para mañana. Tiene dos costillas rotas, un hombro dislocado y una gran herida en  el muslo, profunda que  a punto ha estado de seccionar la femoral, pero ha tenido suerte. Resumiendo: su esposo está grave y tardará un tiempo en estar totalmente restablecido.  Lo que nos preocupa es la hemorragia.  De momento está controlada, pero las próximas cuarenta y ocho horas serán decisivas.  Le tendremos en la UCI, y permanecerá sedado.

— Pero díganos ¿ su vida corre peligro ? — preguntó Lucía con un hilo de voz, mientras que los ojos de Carmen estaban abiertos desmesuradamente
— No puedo decirle.  Todo depende de la reacción de su organismo.  Es joven y fuerte; esperemos que reaccione bien.  Es todo cuanto podemos decirles, por el momento
— ¿ Podemos verle ? 

Casi era una súplica más que una pregunta por parte de Lucía

— A través de la ventanilla y cinco minutos solamente
— De acuerdo.  No molestaremos
— No señora, no molestan. Pero es en beneficio de su esposo y de usted también. No le conviene en su estado
— Gracias, doctores.
— Bien pues acompáñenme.  Pero sólo cinco minutos
—No se preocupe. Así lo haremos.

Sean permanecía dormido rodeado de toda clase de aparatos que controlaban sus constantes vitales. estaba desnudo de medio cuerpo para arriba. Se podía apreciar el apósito de la operación.  Estaba pálido.  Lucía tapó su boca con la mano para que el sollozo que ahogaba su garganta no saliera.  Debía guardar la compostura ante su hija, para no alarmarla más de lo que ya estaba.  Era la primera vez que visitaba una UCI y, recordó la visita a su madre en una cama de hospital, cuando ella murió.  Las lágrimas resbalaban por sus mejillas incontenibles.  ¿ Por qué se acordaba de esa escena, precisamente ahora ? Mentalmente suplicó a Dios, a pesar de no ser creyente, que salvara a su marido.  No podía irse ahora que eran felices y esperaban la llegada de su segundo hijo.

Si a Sean le ocurriera algo malo ¿ qué sería de ella ? No concebía la vida sin él. Si le hubieran dicho, años atrás que sería el centro de toda su existencia, no lo hubiera creído.  Entonces fue Peter ese centro, ó no. ¿ Fue quizás el camino que el destino eligió para unirla a la persona que estaba en esa cama, con su vida pendiente de un hilo?.  Una enfermera, corrió la cortinilla de la ventana por la que podían verle, señal inequívoca de que los cinco minutos habían pasado ya.

Carmen se abrazó a su madre, impresionada sin duda por la visión del padre, siempre fuerte, rebosante de salud y energía, postrado ahora en esa cama, rodeado de aparatos y,  solo, sin que ninguno de sus rostros queridos estuviera con él.  Lucía abrazó a su hija, e hizo que se sentara en la salita de espera anexa a la UCI.  Ella también necesitaba apoyo, ya que las piernas le temblaban y no era capaz de permanecer de pie. Santiago sólo tuvo tiempo de sujetarla cuando se desmayó.  Carmen corrió desesperada hasta el control de enfermeras pidiendo ayuda; enseguida acudió una enfermera para darla socorro. Tomó su tensión y la hizo beber un poco de agua.  Lucía se recobró poco a poco.

— ¿ Ha tomado alimento ?

 Fue Santiago quién respondió

— No ha habido forma de que tomara ni siquiera un té en todo el día
— Voy a llamar al médico.  Es posible que haya sufrido una bajada de azúcar.  Debe comer..., en su estado...

 Y moviendo la cabeza en señal de reproche,  salió en busca de un doctor.



Poco a poco fue volviendo en si.  Sus ojos estaban perdidos, como si el desmayo, hubiese sido un mal sueño, pero no había soñado, sino que todo era real, dolorosamente real.

— Señora, debe irse a casa y descansar.  Lleva aquí todo el día, y por lo que me dicen no ha probado bocado alguno. Debe comer algo, lo que sea.  Mire, la criatura tiene sus horas de comida, y las toma de su organismo; si usted no lo repone, se sentirá mal y debilitada.  Así que anden, váyanse a casa. Aquí no hacen nada; no pueden verle y él está tranquilo.  No siente dolores por la sedación.  Si surgiera algo, les llamaríamos inmediatamente, pero ahora váyanse.
— Mamá, por favor.  Haz caso al médico.  No quiero preocuparme por ti también, por favor.  Mañana venimos nuevamente, temprano, si tu quieres.  A papá no le gustaría verte así, por favor, vayámonos . 

Y lo dijo llorando.  Lucía acarició su rostro y asintió con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra alguna.

Cuando llegaron a casa, todos los empleados estaban reunidos en la cocina, aguardando noticias de lo ocurrido. Fue Santiago quién hizo de portavoz.  Finalmente, Lucía agradeció a todos su interés y, en silencio, salieron de la estancia.

 — La señora debía descansar — dijo Luisa. Todos obedecieron después de ofrecerse para lo que pudieran necesitar.

Como hicieran en otra época, Carmen, quiso dormir con su madre.  No la perdería de vista ni un sólo instante.  Aquella mujer resuelta, fuerte y feliz de por la mañana, había dado paso a otra totalmente destrozada, silenciosa y demacrada.  Parecía haber envejecido.  Mientras estuvieron separados, nunca habría pensado que quisiera tanto a su padre; se mostraba hundida, e incapaz de reaccionar.   Luisa la llevó un cuenco con sopa recién hecha y la ayudó a incorporarse en la cama para que lo tomase, cosa que hizo a duras penas.

— ¡ Ay mi niña Lucía ! Ha de cuidarse, de lo contrario cuando su esposo vuelva a casa la encontrará mal—.  Dijo cariñosamente la mujer para animarla.  Pero ella ni siquiera podía articular palabra.  La imagen de Sean atrapado dentro del coche se repetía una y otra vez.  Los sollozos la ahogaban sin poderlo evitar.  Sólo su nombre salía de la garganta:

— Sean, Sean, amor mío, vuelve, vuelve, por favor 

  Mientras era abrazada por Carmen y acariciada su cabeza por la fiel Luisa



miércoles, 20 de abril de 2016

El susurrar del viento - Capitulo 14 - En un recodo del camino

Ya estaba en su quinto mes de embarazo, y era inmensamente feliz.  A veces le daba miedo sentir tanta felicidad; pensaba que la vida no regalaba nada y, temía que aquella  tranquilad, sosiego y  tanto amor, se quebrara por algún motivo que estuviera fuera de su control.  Se levantó esa mañana con un estado de ánimo algo decaído.  Se lo comentó a Sean, pero él no le dio importancia.

— Seguro que es por el embarazo.  Ya no nos acordamos del de Carmen, pero seguro que te ocurriría algo por el estilo, aunque dicen que ninguno es igual.  No te preocupes, verás que en el transcurso del día se te pasa. ¿ Dormiste bien esta noche ?
— Si dormí perfectamente, cuando me dejaste
— Ja, ja, ja— rió Sean feliz— ¿Vas a decirme que no te gustó?
—Haz el favor de callarte,  me vas a sacar los colores— replicó ella fingiendo rubor. Como hacían casi constantemente, se abrazaron y besaron.

Carmen estaba en el instituto. Sean se dirigió al trabajo y ella decidió ir a dar un paseo.  Llevaría unas flores a la parte de su familia que reposaba en aquel pequeño cementerio, a las afueras de la finca.  Las cortó del jardín, e hizo con ellas tres ramilletes.  Subió al coche y puso rumbo al cementerio.  Sean hacía rato que había salido hacia  la cooperativa, cuyas oficinas las habían instalado en la ciudad; ahora era más grande.  Se había convertido en una de las más importantes del lugar, todo bajo la dirección de su marido. Y al recordarlo, sonrió satisfecha. Dejó las flores en la sepultura de aquellos tres seres que representaron tanto en su vida, pero en la de Nancy, se detuvo un momento y, como si la escuchara, le dedicó unas palabras.



—Mi querida Nancy.  Descansa tranquila y en paz; ya todo está bien y somos felices. Amo a tu hijo como nunca pensé poder amar a alguien y él me ama tan profundamente como yo. Traeré al bebe para que le conozcáis, porque es un chico.  Le pondré el mismo nombre que lleva su padre; se lo merece,  ¡deseó tanto éste hijo ...! Nancy te debo tanto, que espero estés complacida donde quiera que te encuentres.  Hubiera querido tenerte a mi lado.  Eras una abuela increíble y seguro que te alegraría mecer entre tus brazos a este nuevo inquilino de la Casa Grande.  Volveré. Adiós mi querida Nancy.


Subió al coche y puso rumbo a su casa.  Hacia una mañana preciosa, y se desvió del camino.  Pasaría un rato en el sitio preferido de Sean y de ella.  Había magia en él, paz y una belleza increíble.  Allí había ido muchas veces antes y después de casados, e incluso una vez, tumbados en la hierba, Sean la hizo el amor.  Bajó despacio la pequeña cuesta del camino hasta llegar a la charca y se sentó en unas piedras que habían puesto como asiento.  Paseó la mirada por el bello entorno y sonrió satisfecha: era un día bueno.  Bueno en todos los sentidos; se sentía tranquila y en paz. Se levantó una ligera brisa que agitaba sus cabellos y rozaba su cara.

 Era como recibir un suave beso. Le pareció un leve susurro, pero al mismo tiempo y sin saber por qué, algo la impacientó.  Sintió algo desagradable en su interior, y no comprendía muy bien lo que la ocurría. La brisa se sentía  levemente; levantó la vista hacia los árboles y comprobó que las hojas no se movían.  Sólo ella recibía la brisa.  Se levantó presta con esa sensación extraña.  No creía en premoniciones, pero algo la inquietaba y decidió regresar apresuradamente.

Recorrió el desvió que la condujo hacia la charca y salió a la carretera general.  Cuando llevaba recorrido un largo trecho, divisó a lo lejos un coche estrellado contra un árbol.  No se divisaba apenas nada, pero a ella la dio un vuelco el corazón, y de pronto supo que era el coche de Sean, aceleró  y enseguida llegó junto al accidentado.  No se había equivocado, Sean estaba allí aprisionado por el volante del  coche, inconsciente y sangrando por el rostro, por un brazo, y una de sus piernas aprisionada entre hierros.  Desesperada le llamaba, pero él no respondía.  Puso su mano en su garganta para buscar un halo de vida

- No Dios mío, no.  Por favor, no lo permitas; él no puede morir.

 Dijo llorando buscando su pulso. Lo encontró débil, pero estaba vivo.  Por suerte y como un milagro, el teléfono del coche de Sean funcionaba.  Llamó desesperada buscando ayuda, y fue Santiago quién la contestó

— Señora cálmese.  Salimos inmediatamente para allá. Dígame donde está
— No lo sé, Santiago.  En la carretera general que lleva hasta casa. Soy incapaz de pensar
— No se preocupe. Llamo a una ambulancia y parto para allá rápidamente

No sabría calcular lo que tardaron en llegar los auxilios, pero a Lucía se le hizo eterno.  No se separó de su marido.  Le acariciaba la frente, las mejillas, le llamaba, pero él no respondía. Lloró amargamente; lo había pensado y la respuesta ahí estaba con toda su crudeza: ese era el precio de la felicidad de la que disfrutaban.

— Háblame amor mío. Háblame — lloraba sin parar

Ni siquiera se dio cuenta cuando la ambulancia se puso paralela a donde estaba, ni tampoco que unos brazos la levantaron y la llevaron fuera del coche de Sean. Los sanitarios intervinieron inmovilizando a Sean después de que los bomberos rescataran,  de entre la chapa,  el cuerpo inanimado de él. Tampoco fue consciente de cuando subió a la ambulancia acompañando a su esposo.  Sentada a los pies de su cuerpo para no estorbar, miraba sin ver, las maniobras de los médicos para estabilizar a Sean.  Era como si las palabras hubiesen huido de su cabeza: no podía articular ninguna.  Pero debía preguntarles cómo estaba, y sin embargo no podía.  Estaba como paralizada por el miedo a que la respuesta fuera la de la tragedia.

Cuando llegaron al hospital, ya esperaban a la puerta los médicos, a la ambulancia.  Rápidamente llevaron a Sean hasta el quirófano;  detrás iba Lucía desencajada, sostenida por Santiago, el fiel sirviente de toda la vida

— Lo siento, no pueden pasar.  Por favor esperen en esa sala.  En cuanto revisen a su esposo, los médicos la informarán
— Pero quiero estar a su lado
— No puede ser, señora. Déjenos hacer nuestro trabajo, por el bien del herido y el suyo propio. Está embarazada ¿ verdad?

 Lucía respondió afirmativamente con la cabeza- Bien, pues cálmese.  No la conviene estar nerviosa.  Y ahora perdone pero tengo que entrar.

Pasaron ¿ cuánto ? Lucía había perdido la noción del tiempo, pero ya la tarde iba cayendo y aún no habían salido del quirófano.  De repente se acordó que no había avisado a Carmen y estaría intranquila

— Santiago, he de llamar a casa.  Mi hija no sabe nada
—Tranquila señora, ya lo he hecho yo.  Está en camino con Luisa
—Gracias.  No sé dónde tengo la cabeza. ¡ Oh Dios mío, no lo permitas !.

 Y exhaló un sollozo que conmovió a Santiago que hizo que se sentara y le ofreció tomar algo

— No ha probado bocado en todo el día y ha de alimentarse, señora
—Santiago ¿ Crees que tengo hambre? Estoy desesperada por no saber nada
— Pero eso es buena señal.  Piense que si hubiera ocurrido algo malo, ya hubieran salido a comunicárselo

En ese momento se abrió bruscamente la puerta y Carmen llorosa y nerviosa corrió a refugiarse en los brazos de su madre

— Mama, mama ¿ Qué ha ocurrido ?
— No lo se cielo Cuando le vi, ya había ocurrido el accidente.  No pude hacer nada...

Aún transcurrió un buen rato, antes de que la puerta  se abriera y dos doctores se reunieran con ellos.



martes, 19 de abril de 2016

El susurrar del viento - Capítulo 13 - Una mujer frente a otra

Pareciera que el destino siempre las enfrentaba .  Fue al salir del establecimiento cuando vió a Moira apearse de un coche, dispuesta a entrar en el mismo comercio que Lucía acababa de abandonar.  Se paró un momento, y la mirada de ambas se cruzaron . Paradas una frente a la otra, ninguna de las dos pronunció palabra.  Pero fue Lucía, la que adelantando unos pasos, acortó la distancia que las separaba.  No iba en son de guerra, no deseaba broncas y menos en la calle, pero fue Moira la que arremetió bruscamente contra ella, destilando todo el odio que le inspiraba.



— ¡ Vaya, mira quién está aquí ! — dijo en tono burlón a un inexistente compañero
— Hola Moira
—¿ Cómo te atreves siquiera a dirigirme la palabra? ¿ Eh? ¿ Cómo te permites hacerlo? Has arruinado mi vida y la de tu marido. Hiciste todo lo posible porque volviera y,  lo has conseguido.  No te ha importado destruir algo tan hermoso como lo que teníamos.
— ¿ Teníais? Tu no tenias nada.  Sólo ansias de poder.  De conquistar un lugar que no te correspondía.  Te recuerdo que fuiste tú la que se metió en su cama, es decir en mi cama, porque ocupaste un lugar que no era tuyo. Y por tu culpa rompimos nuestro matrimonio, algo que habías calculado desde el principio, y no paraste hasta conseguirlo.  El calificativo que mereces ya sabes cual es, pero no voy a darte el gusto de pronunciarlo, porque me rebajaría hasta tu altura. Por cierto, me he enterado que vas a casarte; me alegro por ti, y haces bien en irte al otro lado del mundo, así te olvidarás de todos nosotros. Y ahora, adiós Moira.  Que te vaya bien, es todo lo que te deseo.

Moira perpleja por la reacción de Lucía, se quedó sin palabras, y vio cómo le daba la espalda y se dirigía hacia el coche que la conduciría de regreso a su hogar.  Iba nerviosa, muy lejos de sentir la aparente calma que había demostrado. La hubiera dicho algunas cosas más, y más fuertes, pero no quería dar un espectáculo y ser la comidilla del lugar. Se metió en el coche y arrancó, pero hubo de detenerse unos metros más adelante, porque los nervios la hacían temblar.  Aparcó a un lado de la cuneta y esperó a calmarse.  Tampoco deseaba llegar a su casa en esas condiciones; Sean y su hija se darían cuenta de que algo había sucedido.  Aguardó unos instantes y bebió un poco de agua de una botella que llevaba en el salpicadero. Estaba caliente y desagradable, pero sirvió para suavizar la sequedad de la garganta, que los nervios habían dejado.  Más calmada, arrancó el coche y prosiguió su camino

— ¡ Ah, ya estás aquí ! — exclamó Sean cuando entró en el salón en donde tranquilamente leía el periódico
— Perdona.  Me he entretenido un poco y luego me he encontrado con alguien que se paró a saludarme
— Muy bien.  Deduzco que has pasado una buena tarde
— Efectivamente.  Ha sido estupenda
— No sé... ¿ Ha ocurrido algo?  Te noto irónica, extraña
— En absoluto.  Estoy fenomenal 

Ocultó su encuentro.  No quería romper la armonía de la que ahora disfrutaban,  por Moira.  No se lo merecía. Se sentó sobre las rodillas de su marido y, éste la abrazó y la beso con inmenso placer y cariño.  Ahora todo marchaba bien, y eran felices nuevamente.  Carmen estaba siempre contenta y no había nada que enturbiase su horizonte.

Y así transcurrió el tiempo,  apaciblemente. 

 En los corrillos de los obreros, se hablaba de la próxima boda de Moira, y ella, aunque los escuchaba, no prestaba oídos a ello, muy al contrario, estaba deseando de que se dieran el sí quiero.  No se fiaba de esa mujer;  esperaba que de un momento a otro se personara en la finca y organizase algún espectáculo, a pesar de estar próxima a contraer matrimonio.  Sean no la había vuelto a mencionar, pero eso no tranquilizaba a Lucía, más bien, opinaba que se acordaría de ella en alguna ocasión, pero borró de su cabeza el que hiciera comparaciones entre ambas a la hora de hacer el amor.  Ella ponía todo su empeño en que fuera especial, y Sean así se lo hacía saber. 
 Y poco a poco, se fue olvidando de Moira, y descansó cuando supo que se habían casado en el juzgado de Sunset Valey.  Pero no estaría tranquila hasta que partieran  hacia Australia, cosa que ocurriría transcurrida su luna de miel que, por motivos de trabajo,  del su ya marido, debía dejar zanjado antes de partir a las Antípodas.

A Sean se le veía tranquilo, y sonreía más que nunca. La solicitaba más que nunca, y la abrazaba y la besaba como nunca había hecho, y definitivamente dio por zanjado el asunto Moira.

Aquella noche, Lucía, tomó la iniciativa y sus relaciones sexuales fueron las más especiales de todas las que habían tenido en esta segunda etapa de sus vidas.  Tan especiales fueron, que de aquella noche, Lucía quedó embarazada.  Cuando el médico se  lo confirmó , un Sean emocionado, abrazaba a su mujer y no paraba de hacerla caricias.

—¡ Vamos a tener un hijo. Vamos a tener un hijo!— Decía mientras ella reía como una chiquilla
- ¡Si supieras los deseos que tenía de dejarte encinta!  Recuerda que lo dejamos en suspenso, pero pienso que ahora es el momento perfecto. Todo está bien entre nosotros, es un hijo amado y deseado. Savia nueva en nuestra familia; el mejor broche de esta nueva etapa en nuestro matrimonio.  Bendita seas Lucía, y bendito sea este hijo que viene en camino
— No estoy muy segura de que Carmen lo reciba tan entusiasmada como nosotros
— ¿ Es que vamos a tener visita ? 

 Carmen había llegado y escuchaba la última frase de lo que sus padres hablaban, pero no a quién se referían.

— Verás...Tenemos una excelente noticia que darte. Mamá te va a dar un hermano ó hermana, que aún no sabemos
— ¿ Cómo ? ¿ Quieres decir que estás... ?— respondió la chica
— Si hija, estoy embarazada
— ¿ No sois un poco viejos para ello ?

—¡ Carmen, tengo treinta y siete años ! ¿Acaso no estás contenta por nosotros? Quisimos tenerlo hace tiempo, pero surgieron problemas y lo dejamos.  Pero ahora es el momento, y vamos a tenerlo
  —Me alegro mucho por vosotros. Era una broma. ¡ Claro que me alegro de que venga un hermano !
Dadme un abrazo los dos, ahora mismo.

 Y nuevamente, como en tantas ocasiones, los tres se fundieron en un abrazo, riendo, alegres y esperanzados.

lunes, 18 de abril de 2016

El susurrar del viento - Capítulo 12 - Volver al punto de partida

Guardaron silencio.  Carmen reflexionaba sobre lo que acababa de escuchar; Sean recordaba nuevamente los años de sus comienzos con Lucía.  El tiempo que había transcurrido desde entonces, y su larga ausencia.  Ella  se había convertido en el centro de su universo, desde siempre y, ahora, cuando estaba cercano el día de su reunión, imaginaba lo que sería su vida nuevamente como marido y mujer, y no como extraños.


 Estaba en paz consigo mismo; había solucionado su relación con Moira, y ya nada les impedía volver a ser felices. Se habían convertido en personas más adultas, más comprensivas y sabía que los motivos por los que se separaron, no se repetirían nunca más.  Ya no.  Ahora se conocían bien y sabían lo que significaba renunciar al amor.  Eran jóvenes todavía, ya que no llegaban a la cuarentena, pero habían vivido cosas que ocuparían toda una vida. A pesar de todos los sinsabores, recelos y dudas, volvería a unirse a Lucía nuevamente si la vida le presentara otra ausencia.  Todo había merecido la pena con tal de tenerla.



Y llegó el gran día.  En el aeropuerto Sean y Carmen, aguardaban impacientes el aterrizaje del avión que les traía a Lucía.  Ella aguardaba nerviosa que tomaran tierra.  Estos pocos momentos se habían  convertido en interminables para ella; mucho más largos que las horas que llevaba metida en el avión.  Por fin se fundieron en un abrazo, largo, intenso..., como el beso que se dieron bajo la emocionada mirada de su hija.  Luego los tres,  se fundieron en uno solo.

Sus conversaciones de regreso a casa, eran entre risas y preguntas atropelladas, apenas contestadas con impaciencia.  Y a la revuelta del camino, apareció su casa.  Aquella casa que Sean mandó construir para formar una familia en ella y, que tan poco tiempo disfrutó y si albergo otra pareja. Pasaron de largo, pero el silencio se hizo entre ellos.  Lucía miró de soslayo la casa y a su marido.  Este intuyó lo que con la mirada le dijo, y respondió a ello:

— Todo se ha solucionado.  No estés preocupada.  No se qué haré con la casa.  Ya lo pensaremos
—No te preocupes por mi.  Ya no importa. Ya todo está bien entre nosotros.

Cuando llegaron a la entrada principal de la Casa Grande, todos los empleados les aguardaban.  Lucía era querida por ellos y la alegría con que la saludaron, se lo demostró. Fue un día intenso de cariñosas palabras  y dulces miradas entre ellos, como si aún no se creyeran que estaban juntos, y esta vez sería para siempre.  Discretamente, después de cenar y, con la excusa de que estaba cansada por las emociones Carmen, se disculpó y se retiró a su habitación.  Sabía que sus padres necesitaban intimidad, y aunque permanecían con ella de sobremesa, sabía de sobra que era protocolaria, pues lo que ansiaban era encontrarse a solas en su habitación.  Sería como una segunda luna de miel.

En la intimidad de su dormitorio, Lucía recordó el juramento que se hizo así misma: "fuera timidez, es mi  esposo, y yo además de su esposa he de ser su amante... "  
Decidida por ello y porque amaba con locura a su marido, quería demostrarle lo importante que era para ella y la necesidad que tenía de ser suya nuevamente.  Recordó el encuentro sexual que tuvieron aquella noche en Madrid, y nuevamente se repitió.  El amor que sentían, la necesidad el uno del otro hizo que todo fuera descontrolado, ferviente, como dos chiquillos enamorados que hicieran el amor por vez primera.   Aquella, era su noche, la del regreso al punto en donde lo dejaron años atrás. Pero ahora lo tenían más claro.  La separación les había hecho madurar y daban importancia a lo que en realidad la tenía, y lo verdaderamente importante estaba  ahí y en el ahora .  Y era que al fin estaban juntos, y volverían a empezar de nuevo.


Se levantaron tarde.  Carmen, con una excusa, se alejó de la casa, en la que sólo estaban los sirvientes.  Sabía que a su madre le daría pudor encontrarse con ella a sabiendas de que habían tenido una noche de película.  Sonrió y decidió reunirse en el centro comercial de Sunset y pasar la mañana con sus amigos.  Dejó el encargo a Luisa de que les advirtiera que vendría a la hora de la comida, con el fin de que no se preocuparan. Mientras,  ellos estaban felices, radiantes, como dos chiquillos,  y decidieron dar un paseo a caballo

— Sean, yo no sé a penas montar.  En todo este tiempo no lo he practicado
— No importa. Montaremos los dos en un mismo caballo y así puedo llevarte abrazada.
— Eso se considera abuso ¿ Lo sabes ?— le dijo bromeando
— Bueno... No importa.  Me gusta abusar de mi mujer — y, riendo se dirigieron a las cuadras.

La normalidad se impuso en sus vidas. Cada uno de ellos acudía a su trabajo; Carmen a sus estudios y,  el ambiente era más relajado.  Se respiraba cariño en esa casa grande que había vuelto a cobrar vida después de tantos sinsabores.

Nuevamente llegó el acontecimiento mayor de todos: la fiesta de los cooperativistas.  Lucía recordó aquella otra, de hace tanto tiempo, en la que Sean se la declaró y la pidió en matrimonio.
 Faltaba algún granjero y, sus propios suegros.  Recordó a Nancy con infinito cariño y el día en que acudieron a comprarla el traje de fiesta.  Allí conoció a Moira.  Ya no le molestaba pensar en su afair, sabía que su marido le pertenecía sólo a ella.  Se preguntó si iría a la fiesta.  Escuchó la conversación que Luisa mantenía con María, su hija, acerca de Moira y los rumores de boda que corrían por Sunset.  parece que un australiano, ocupaba ahora su corazón.

—Mejor— pensó al escucharlo— No la quiero cerca de nosotros. Si se va a vivir a Australia será mucho mejor para todos.  No me fio de ella. Y de Sean ¿ me fio ?— se dijo— Tuvieron algo muy fuerte, difícil de borrar de su vida.  Fue mucho tiempo. ¡ Bah ! deja ya de pensar en tonterías. Él está loco por ti  ¿Es que no lo sabes?

  Mantenía un constante monólogo con ella misma, acaso aún con dudas sobre aquella relación.  Desechó tal idea, y se centro en la elección del vestido para la fiesta.


domingo, 17 de abril de 2016

El susurrar del viento - Capítulo 11- Cuando el viento susurra

Aquella era una bonita mañana de domingo. El final del verano se acercaba, pero aún hacía calor a mediodía. Todo estaba dispuesto para la llegada de Lucía que se produciría en dos o tres días. Sean y Carmen estaban felices esperando ansiosos la llegada de ella. Se levantaron pronto y decidieron dar un paseo   padre e hija, por los terrenos de la estancia.  Ensillaron los caballos y despacio, sin prisas charlaban como dos amigos.

— Vayamos por ahí— dijo Sean a su hija señalando un camino a su derecha
— ¿ Por qué? ¿ Hay algo especial por allí?
—Si. Al menos para mi lo es.  Es una charca natural que descubrimos Peter y yo, cuando éramos niños.  Cuando conocí a tu madre,  allí me refugiaba y pasaba horas escuchando el susurro del viento. Me tumbaba en la hierba y cerraba los ojos.  La imaginaba sentada a mi lado y, a veces el viento parecía que me traía su voz, aunque desconocía completamente el timbre que tenía , era como un susurro llamándome.


— Háblame de mamá ¿ Cómo os conocisteis ?
— Es una historia muy larga y extraña
—Tenemos todo el tiempo del mundo, y siempre he deseado conocer por qué me llamo Carmen, un nombre tan español, y yo soy americana y rubia. No casa con nada de los estereotipos establecidos.- respondió la chica
— Tu abuelo, el padre de mamá, era tenor  o barítono, no sé muy bien su tesitura musical,   sin suerte porque la guerra civil española, truncó sus sueños, pero adoraba la música. A mamá le puso Lucía por la ópera Lucia de Lammermoor, que era su preferida. Su segunda predilecta fue Carmen. Y en homenaje a su padre, mamá te puso su nombre.
—¡ Oh papá !. Nunca lo hubiera imaginado. Quiero que me cuentes su historia, vuestra historia.  En una ocasión se lo pedí a mamá. La pedí que me contara cómo os conocisteis. También quiero que me cuentes qué sucedió para separaros, amándoos como os amáis.
-—Está bien hija, te lo contaré todo. Ocurrió que mi hermano Peter, fue destinado a una base americana en España: Torrejón. En un permiso viajó hasta el centro de la ciudad. Comenzó a llover torrencialmente y se resguardo bajo el techo del escaparate de un comercio. Unas muchachas estudiantes corrían para guarecerse de la lluvia; estaban empapadas por el agua, y él les hizo un hueco para que se refugiaran. Eran muy jóvenes, una de ellas casi una niña, pues tenía dieciséis años. Era bonita como una estrella y tenía unos profundos ojos oscuros y una sonrisa espectacular. Venían de una academia en la que estudiaban ingles.  Tío Peter, quedó prendado de aquella chica, increiblemente simpática y tímida.  Debían irse a sus casas, pues se les había hecho tarde.  Peter entró de nuevo en el comercio y compró un paraguas. Acompañó a la chica hasta el metro y después hasta su casa... Y allí comenzó el noviazgo más puro y hermoso que puedas imaginar. Después, él fue destinado a Vietnam, y allí cayó en una emboscada.  Fue algo terrible para todos nosotros; la abuela estaba desesperada por haber perdido a su primogénito. El abuelo furioso, porque siempre estuvo en contra de que fuera soldado, y yo, había perdido a mi único hermano, a mi referente, a mi cómplice de aventuras.  Una noche,  recién llegado de España,  antes de partir a extremo oriente, me enseño una fotografía de su novia española, con la que pensaba casarse en cuanto le licenciasen.  Y entonces la conocí.  Su sueño nunca se cumplió.   A solas en mi habitación contemplaba una y otra vez el rostro sonriente de la fotografía, y me enamoré perdidamente de ella.  Pero debía respeto a mi hermano . Nunca,  nunca le di a entender lo que yo sentía por Lucía.

—Me dejó encargado de una carta que debía hacérsela llegar si a él le ocurriera algo. Y después de pasar algún tiempo en casa, partió hacia Vietnam Tras unos pocos meses ocurrió el desenlace. Tuvimos que hacer muchos trámites para que nos entregaran su cuerpo y poderle enterrar en nuestro panteón familiar.  Fueron días tremendos en lo que creí que la abuela se enfermaría, y el abuelo desesperado, no encontraba la forma de echar fuera el dolor que le consumía. Y yo, con mi propio sufrimiento, teniendo que hacer frente a esa situación con mis padres.  Me encerraba en el estudio y lloraba amargamente por todos, por Peter y por aquella desconocida,  a miles de kilómetros, ajena a todo el drama que estábamos viviendo.

—Pasaron los días y, aún sin asimilar la tragedia, quise cumplir el encargo de mi hermano, y partí hacia España para transmitir la noticia que nunca hubiera querido dar. Cuando la vi frente a mi, por primera vez, mis expectativas fueron superadas: era mucho más bonita que en la foto.  Era menuda y débil: había perdido a su madre hacía poco tiempo, y se mostraba ¡ tan vulnerable ...! La entregué la carta y ella con manos temblorosas la recogió para leerla en la intimidad de su habitación.  No me digas porqué, ni cómo, establecimos una relación de sincera amistad, por parte de ella, y un amor profundo y oculto por mi parte.  Al llamar a la abuela Nancy, porque quiso hablar con ella, se derrumbó totalmente y entre todos la convencimos de que se viniera a vivir con nosotros como uno más de la familia, ya que en España no tenía a nadie.  Y así conseguimos que viniera.

—Pasó el tiempo. Se suavizó su herida y comenzó a darse cuenta que yo estaba ahí y poco a poco recobró las ganas de vivir y se volvió a enamorar... de mi.  Nos casamos y al cabo de los meses, tú viniste al mundo.

— ¡ Dios mío, papá ! Qué historia tan triste y tan hermosa.  Lo que no entiendo es por qué os separasteis si está claro que os amáis con locura.
—Surgieron terceras personas en nuestras vidas. Discutimos una noche y me fui de casa regresando de madrugada y medio bebido.  Aquél fue el primer disgusto serio que tuvimos, y conseguimos arreglarlo.  Pero había empezado a sentir  algo muy malo: la desconfianza.  Porque siempre que llegaba tarde, mamá pensaba que estaba por ahí de juerga, y nada más lejos de la realidad.  Los negocios no iban bien.  habíamos tenido muchas pérdidas por una fuerte sequía, y yo estaba de un humor de perros.  Llegué cansado, de mal humor... y lo pagué con ella.  La discusión surgió rápidamente, las voces fueron más altas de lo debido, y volví a salir de casa, sólo que esta vez regresé cuando ya era de día.  Un día en el supermercado tropezó con unas charlatanas que iban difundiendo el rumor de que yo estaba liado con una mujer, cosa totalmente falsa, en esa ocasión no era verdad.  Pero el día de la última discusión, me dirigí al bar y allí había otra persona dispuesta a recoger los pedazos de vida que acababa de romper.  Todavía no sé porqué me deje engatusar. El caso es que me acosté con ella, y como ya llovía sobre mojado... mamá se dio cuenta de ello y enlazó con la conversación que había escuchado.  Decidió abandonarme, a pesar de que la pedí perdón, porque estaba verdaderamente arrepentido y  no me explicaba lo que acababa de hacer.  El caso es que hizo su maleta y contigo en brazos salió de casa rumbo a Madrid.

—Yo no pensaba divorciarme, pero estaba absurdamente dolido por su reacción.  Aún me pregunto cómo fui tan estúpido para no luchar para ganármela. A cambio de mi gran estupidez, deje correr el tiempo pensando que la escarmentaba y , me uní a Moira.  Nunca, nunca, me arrepentiré lo suficiente por haberlo hecho.  Venía desesperado,  hasta este rincón,  añorando a tu madre  y aquí gritaba  al viento mi desesperación por haberla perdido, ¡tanto como la deseé!. El viento me susurraba y yo lloraba y lloraba llamándola a gritos. Y de pronto un día, cuando ya había perdido todas las esperanzas, en el entierro de la abuela, ella volvió, no a mi vida...,  pero la vi y entonces todo se aclaró en mi mente.  Supe que seguía amándola y nada ni nadie podría cambiar eso.  Y así ocurrió todo.  El resto ya lo sabes.

— Papá, papá

 Gimoteaba agarrada a su padre

— Dime,  la mujer del bar ¿fue Moira? 
-— Si, fue ella.  Nos conocíamos desde muy jóvenes y siempre tuvimos una relación extraña, ocasional. Hasta que apareció tu madre.

El llanto de Carmen se incrementaba, y Sean acariciando su mejilla trataba de consolarla.

—No llores cielo.  Ya todo está arreglado; volvemos a ser nosotros porque nunca, ninguno de los dos, se olvidó del otro. Sólo estas piedras y estos árboles, saben cuánto la amé, cuánto la lloré, cuanto  me arrepentí.  Pero es hora de pasar página y recobrar la felicidad perdida. Dentro de nada estará aquí, y ya nada ni nadie nos separará.

sábado, 16 de abril de 2016

El susurrar del viento - Capítulo 10 - Enfrentarse a sus demonios

No sería  fácil ni sencillo para Sean, hablar con Moira, a pesar de que ella imaginaba a qué se refería y lo que iba a decirla.  Acababa de regresar de España, había visto a su mujer, y en consecuencia dedujo que la iba a plantear acabar con su relación.  Pero no se rendiría tan fácilmente como él creía.  Sabía que tenia la batalla perdida, pero aún le quedaba la guerra, y no le iba a poner las cosas muy fáciles. Su mujer le había abandonado y ella tuvo que recomponer su destrozada vida, pero había de reconocer que siempre la amó a pesar de que viviese con ella, de que durmiera con ella, y de que su intimidad fuese placentera, pero también estaba segura que cuando le hacía el amor, era en ella en quién pensaba.  No era algo nuevo para Moira, pero sentía tanto odio y desprecio por Lucía, que le plantaría cara; no iba a entregársele tan fácilmente. Pensaría en algo para, a poder ser, volver a separarles.

No pudo dormir aguardando la llegada de Sean a la que hasta hace poco había sido su casa, aunque en verdad era la casa de Lucía.  Sean la había construido para ella, para que fuese su hogar una vez casados y en esa casa fundar su familia.  Pocos años la había disfrutado, pero era su hogar, el hogar que ella había deseado y que ahora tendría que abandonar por esa estúpida chica que llegada de lejos le había robado al hombre del que siempre estuvo enamorada, aunque su relación era de amante más que de otra cosa.  Y aguardó la visita, en esta ocasión, no deseada de Sean.

Durmió poco y mal. Pero nada más despertar, su recuerdo voló hacia Madrid, e imaginó lo que a esa hora podría estar haciendo su mujer.  Hablaría con ella más tarde, después de hacerlo con Moira.  Necesitaba estar tranquilo y sereno; calculaba en su mente lo que habría de decirla.  No quería violencias, a pesar de que sabía serian inevitables.  Conocía lo suficiente a Moira para saber que no se daría por vencida.  Que esgrimiría todos los argumentos habidos y por haber para tratar de que la separación no se produjera.  Pero el rostro de Lucía, permanecía en su imaginación constantemente, y lucharía con todas sus fuerzas para  que fuera una separación todo lo amistosa que fuese posible, aunque lo dudaba.

Pulsó el timbre de la puerta, a pesar de que tenía las llaves en su bolsillo.  Pero las circunstancias habían cambiado y no deseaba ejercer su derecho a entrar y salir de su casa cada vez que le apeteciera.  No en esta ocasión; creía ser un caballero y dar espacio a Moira. Iba a ser muy desagradable para ambos, pero estaba resuelto a solucionarlo aquella misma mañana.

- ¡ Vaya, si que has madrugado ! - fue el saludo de ella al franquearle la entrada - ¿Acaso te has dejado las llaves en casa ? - le dijo irónica
- No Moira, las tengo aquí, pero no me parecía oportuno hacer uso de ellas
- Ya.  ¿ Y desde cuando eres tan mirado? Esta es tu casa. La que sobra aquí soy yo ¿ no ?
- Mira Moira, vengo en son de paz. Ya es bastante difícil lo que tengo que decirte, como para que aún lo pongas más duro.
- ¿ Y qué tienes que decirme que no sepa ya ? Vas a volver con ella  ¿cierto ?
- Si. No te equivocas, y te recuerdo que ella es mi mujer, que esta es su casa, y que el motivo de que ella se fuera y viviéramos juntos, fuiste tú.  De manera que deja las ironías aparte, porque no te van a servir de nada.  Siempre has sabido que la amaba más que a nada.  Que tu y yo nunca nos casaríamos, y que vivíamos juntos por pura conveniencia de ambos
- Pero no eras tan puntilloso cuando nos acostábamos y me hacías el amor. ¿ De verdad crees que me lo trago ? Disfrutábamos como locos.  Nuestra unión sexual era apasionada, desenfrenada, y perdona, pero no creo que con ella fuese igual que conmigo

-No sabes nada de nada. No te atrevas a decir nada de mi vida íntima con mi mujer, porque no te lo voy a permitir.  Es cierto, nuestra relación en la cama, era buena, quizá porque eres experta en desatar pasiones en ese terreno, pero no había amor, al menos por mi parte.  Pero no he venido para oir ni decir reproches en cuanto a mi vida sexual.  Contigo no, y quiero zanjar este enojoso asunto de una vez.  Lucía vendrá en unos días y quiero y deseo dejar solucionado lo nuestro
- ¡ Lo nuestro !. Como si fuera un paquete que se queda en el apartado de correos. Entérate bien, tengo mis derechos; durante todos estos años hemos sido más que amantes ocasionales. Hemos ido a fiestas juntos, los vecinos me aceptaron como compañera, casi como tu mujer.  Teníamos una vida resuelta y en paz, y ahora me vienes con esas. A la niña se le ha antojado que quiere volver, sin importarle nada los destrozos que pueda ocasionar en nuestras vidas.
- En mi vida no, Moira. Ya la tenía destrozada cuando ella me dejó. Tu te las arreglaste muy bien para darme consuelo, y yo fuí un estúpido que lo acepté, en lugar de ir en su busca y solucionar el problema.  El origen de tanto desastre está en tí, en aquella noche que discutí con ella, y te encontré en el bar, y te las arreglaste muy bien porque había bebido demasiado, y cuando quise darme cuenta estaba en tu cama y teníamos relaciones sexuales, algo que nunca debió ocurrir. No le eches la culpa a ella, porque no la tiene; la tuvimos tú y yo, especialmente yo por imbécil.  Luego te las seguiste arreglando al decirme que te había dejado embarazada, cosa que era absolutamente mentira. Y nuevamente fuí cobarde, porque en lugar de reaccionar cuando lo descubrí, decidí olvidarme del tema.  Pero el día del entierro de mi madre, al verla nuevamente, todos los reproches que yo mismo me había hecho durante esos años de nuestra separación , afloraron nuevamente.  No lo esperaba, ni siquiera la avisé a pesar de que sabía que mi madre y ella sentían profundo cariño.  Pero al verla apartada de todos como si fuera una visita no deseada, me di cuenta que la seguía amando con desesperación, que precisamente en ese momento la necesitaba, a ella, y no a ti.  Lo siento pero así son las cosas; luego todo vino por si solo.

- ¿ Te has acostado con ella en Madrid ?
-No voy a decirte nada de mi vida . Tú ya no estás en ella, Moira, y cuanto antes te des cuenta, será mejor para todos, especialmente para ti, porque yo te olvidaré en cuanto salga por esa puerta.  Sé que estoy siendo duro, pero es algo que ya sabías, aunque pensases que nunca se produciría.  He decidido pasarte una pensión para que vivas cómodamente hasta que algún día te  cases  o decidas unirte a otro hombre.  Entonces por deferencia a él, te lo suspendería.  Creo que estoy siendo muy claro, a pesar de la dureza de mis palabras, pero esto es lo que hay, y tuya es la decisión de si lo tomas o no, porque no hay marcha atrás. Y por último te agradecería que te trasladaras a tu apartamento, lo antes posible.  No deseo verte por aquí cuando ella haya llegado.
- Eres duro y despiadado. Para nada tienes en cuenta todo lo que yo te he dado
- ¿ Hablas del amor que me has dado? Te lo agradezco enormemente, porque pasé por momentos difíciles y es cierto, tu estabas ahí, pero también has vivido como una reina, y has figurado en todas las fiestas que has organizado como si fueras la primera dama.  Nunca te hice reproche alguno, simplemente te dejaba hacer. Eran los honorarios que debía pagar por tenerte.
- Basta.  Basta ya de humillaciones  y desdenes.No te conozco; tu no eras así. Ha sido ella la que te ha cambiado; seguro que te ha llenado la cabeza de grillos en mi contra
- Moira..., no tengo nada más que decirte. Es volver una y otra vez a los reproches.  Y si estoy siendo duro y claro; no quiero que en el futuro tengamos ningún resquicio en donde agarrarnos.  Ya no Moira, ya no. Sigue tu camino, y de verdad deseo que encuentres la felicidad que yo no he sabido darte. A partir de mañana, tendrás en tu cuenta en el banco, la asignación que he dispuesto para ti.  El resto corre de tu cuenta. Con estas palabras doy por zanjado nuestro asunto. Adiós Moira.

Y dando media vuelta, salió de la casa.  Había sido cruel con ella, con duras palabras, pero ella era una persona a la que había que tratar con cuidado, porque su ambición no tenía límites, y cuando deseaba algo, no paraba hasta conseguirlo, y a él le consiguió con bastante facilidad. Fue un total idiota al no darse cuenta de que cambiaba el oro por el cobre, pero cuando lo supo, ya era demasiado tarde.

Al encontrarse de nuevo al aire libre, respiró profundamente. No le había gustado la forma en que la dijo que se fuera, las duras palabras que le había dirigido, pero también sabía que era la única forma de acabar con aquella relación; si hubiera sido más suave, ella se agarraría a él y no soltaría la presa.  Necesitaba regularizar su situación cuanto antes, pero sobretodo verse libre de ella antes de que Lucía llegase.  Fue una relación, la suya con Moira, que nunca debió producirse, ni siquiera debió tener contacto con ella, y mucho menos meterla en casa. ¿ Cómo no se dió cuenta de ello? La única excusa que se le ocurría, era su aturdimiento y dolor por la ausencia de su mujer.  Por su intención de vengarse de la forma que más a ella pudiera dolerle: siéndola infiel; pero no calculó, que al irse a España, no tendría oportunidad de enterarse de nada de su vida ¿ Cómo no se dió cuenta ?.  De nada servírían  los reproches, era demasiado tarde.  Nunca debió producirse este encontronazo como el de hoy, pero no había solución.  Entró en el coche y se alejó rápidamente de allí.
 Estaba nervioso y molesto con él mismo por la crueldad mostrada.  No controló su sinceridad, pero tampoco creía pudiera hacerlo de otra forma, para que todo quedase claro y diáfano.  Llegó a la oficina y se sumergió en el trabajo; más tarde hablaría con Lucía, y trataría de olvidarse del tema de una vez, si es que podía.

Moira se quedó mirando la puerta por donde había salido Sean. Todo se había consumado. Largo tiempo esperando que llegase el día de su separación, no obstante, a pesar de saberlo, nunca imaginó que ocurriría, al cabo de tanto tiempo. Había sido brutal con ella, y creia no merecerlo. Las lágrimas pugnaban por salir, pero ella inspiró y con furia a penas contenida, le gritó como si aún él estuviera frente a ella:

-Esto no ha terminado, querido. Soy yo la que tiene la última palabra, y puedo asegurarte que vas a arrepentirte de todo lo que me has dicho .  No voy a dejaros en paz, hasta conseguir mi propósito. Sé que no volverás conmigo, pero voy a amargaros la vida. Ya lo veréis.


Y conteniendo su furia, se dirigió a la habitación que había compartido con Sean hasta hacía poco tiempo, hasta el día del entierro de Nancy.  Abrió el armario y del maletero extrajo una maleta.  La llenó apresuradamente con su ropa y efectos personales.  No quería permanecer en esa casa ni un minuto más. La humillación sufrida hacía que su sangre hirviera en sus venas. Tiró las llaves encima de una mesa, y sin volver la vista atrás salió, se metió en su coche y partió hacia su apartamento.  Deseaba borrar de su imaginación la imagen de aquel hogar que había sido el suyo durante algunos años.

viernes, 15 de abril de 2016

El susurrar del viento - Capítulo 9 - Un amor desenfrenado

Ella reclinó la cabeza en el pecho de su marido. Había vuelto a por ella..., por ella, y sintió los brazos fuertes protectores de él .  No quería pensar en nada, porque en ese momento supo que no le dejaría; que todas las reflexiones, las dudas y las indecisiones, se habían desvanecido ante el arrebato de pasión de Sean. La dejó en la cama bruscamente, y se puso frente a ella, señalando con su dedo índice, al tiempo que tragaba saliva.

—Óyeme bien lo que voy a decirte, ya no espero más, no quiero esperar más. Vas a ser mi esposa quieras o no, tengo derecho a ello y lo voy a hacer valer. Me importa un comino si no quieres, y te ruego no me hagas imponer la fuerza, porque no quiero llegar a lo que sería una violación. Quiero que te entregues a mi como si nada hubiera pasado entre nosotros. Pasemos página de una buena vez, y comencemos a vivir como lo que somos: dos tontos enamorados, cabezotas y tercos.  Es decir, en este caso la terca eres tú. Posiblemente haya sido yo el causante de todo, pero tampoco fuiste muy sincera conmigo y en lugar de hablar, diste pábulo a unas cotorras pueblerinas, deshaciendo lo más hermoso que teníamos, nuestro amor. Ese amor que me quema por dentro, que me llena de furia y rabia porque no sé cómo demostrártelo.  Porque anduve detrás de ti desde el mismo momento en que te vi en la fotografía de mi hermano.  Entonces eras inalcanzable porque eras su novia, pero ahora eres mi mujer y sigues igual de distante que entonces. Y me consume la angustia porque estoy loco por ti. Porque he tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos para no abrazarte después de no verte durante tanto tiempo.  Porque estoy loco por hacerte el amor y acariciar tu cuerpo, ese cuerpo que me pertenece y al que no puedo llegar por tu intransigencia. Porque querría que tu sintieras el mismo fuego que abrasa mi interior por no tenerte cerca, y por no poder besarte y acariciarte y abrazarte. Porque eres y serás el amor de mi vida.  Porque no hay ni ha habido nadie más que tú.  Porque no pareces darte cuenta del fuego que me consume. Porque ya no puedo más.
— Basta. Basta ya— dijo ella sollozando— Eres un cegato empedernido que no sabes ver más allá de tus narices. ¿Es que no te das cuenta de todo lo que he pasado? Tuve que dejar mi casa, la única familia que tenia , y me sentí engañada por ti. Y tuve que renunciar porque no  era capaz de compartirte con otra. No sé si fue humillación o un dolor inmenso lo que me hizo dejarte.
— ¿ Cómo voy a decirte, una vez más, que todo fue mentira? Qué fue después de que me dejaras cuando me acosté con ella, por dolor, por vengarme de alguna manera de ti, por estúpido, por no salir corriendo a buscarte y aclararlo todo de una vez. ¿ Fue orgullo herido? Acaso porque éramos muy jóvenes, o porque el destino nos hizo ver que nuestro amor era más fuerte que nosotros mismos.  No lo sé, pero yo no puedo seguir así.

Lucía se levantó de la cama en donde él la había depositado, y se abrazó a su cuello besándole y llorando. Los brazos fuertes de su
marido la apretaban contra él, como para que no se escapara, como para fundirse en uno solo. Los besos se sucedían, y las palabras de amor, de un dulce amor , y las caricias.  Y se rindió a él, a ese amor desesperado que sentía por ella, y a la  necesidad de ella por él. Atrás deberían quedar todos los resquemores y las causas que habían motivado su distanciamiento. Ya habría tiempo de hablar con tranquilidad y que cada uno explicara al otro lo que lo había motivado; pero ahora no lo era.  Era la hora del amor incondicional que ambos necesitaban. Y a pesar de su rubor por el tiempo transcurrido desde su último encuentro sexual con Sean, dejó que la desvistiera y él hizo lo mismo, y ambos se mostraron desnudos, uno frente al otro y se fundieron en uno solo con la misma pasión y ardor que sintieron cuando aún no habían surgido las discrepancias en sus vidas.  No había lugar para el sueño, sino para el amor desenfrenado y ardiente que ambos experimentaban.  Y así amanecieron. Lucía ya no tenía rubor, y se mostraba tal cual.  Era su marido, estaba enamorada de él y era correspondida.  Su sexualidad era clara, sin tapujos, tal cual ellos deseaban y necesitaban.  Sus ardorosos deseos, siguieron en la ducha.  No querían que aquello se acabase nunca, como si fuera la última noche de su vida, pero sólo era el principio de una nueva etapa, de otra más..

Ella, al haberse separado de Sean, cambió su forma de pensar y sentir.  Ahora lo veía claro; todo debía ser diferente a partir de ahora: se ganaría a Sean día a día; no permitiría que se repitiera otra ocasión en la que otra Moira, se aprovechara de ello. Y decidió que además de esposa sería su amante

— ¿ En qué piensas ? — la preguntó Sean mientras recobraban el aliento, al verla tan callada, mientras le miraba fijamente a los ojos
— Pienso en nada y en todo. Que hemos perdido el tiempo durante todos estos años.  Que lo de esta noche ha sido maravilloso y me he sentido amada , plenamente amada por ti y no quiero que esta magia se diluya en el tiempo. Que cada noche sea la primera y que hagamos el amor como si fuera la última. 

Se besaron largamente abrazados uno al otro, mientras el agua de la ducha caía sobre sus cuerpos enlazados.

Desayunaban cuando Carmen se reunió con ellos en la cocina.  Lo primero que hizo fue ver el rostro sonriente de sus padres, y supo que aquella noche se habían reconciliado con lo que quiera que tuviese cada uno.  Sonreían y se miraban con complicidad.  Su padre tomaba la mano de Lucía y la apretaba cariñosamente, y ella le respondía con un guiño de ojos y una abierta sonrisa.

—Los adultos no tienen arreglo — pensó Carmen satisfecha al comprobar que ellos eran absoluta y rotundamente felices.  Ya no había ningún nubarrón por encima de sus cabezas; todo había vuelto a su lugar y ellos serían nuevamente una familia feliz.

— Siéntate hija— dijo Sean señalando a Carmen una silla para que ella también desayunara— Como imaginarás, mamá y yo, hemos solucionado nuestros problemas, de modo que nos reuniremos otra vez en Sunset. Yo he de arreglar  lo mío con Moira y mamá su trabajo. Cuando hayamos solucionado todo, que espero sea pronto, de nuevo estaremos juntos.
— He pensado — dijo Lucía — que como el nuevo curso empieza en poco tiempo, te traslades con papa a América, para que puedas inscribirte en el instituto.  Yo no creo que tarde mucho, a lo sumo una semana ¿ Te parece bien ?

— Si, si, si.  Os quiero, os quiero, os quiero

  Y levantándose como un torbellino se abrazó a sus padres, y los tres rieron felices.


Tal y como lo habían planeado padre e hija partieron hacia Sunset Valley, pero esta vez no fue una despedida amarga y triste, sino alegre y plena de esperanzas en el futuro.  Marido y mujer se abrazaron y besaron largamente, porque a pesar de que la separación sería corta, habían descubierto que estar juntos era lo más maravilloso del mundo, y aunque fuera por poco tiempo les era triste tener que separarse.

Lucía arreglo los asuntos de trabajo, y se dispuso a organizarlo todo para su marcha a USA.  Sean no volvió a vivir con Moira; ahora vivían en la casa grande, que volvería a ser su hogar.

 Cuando llegaron, Sean llamó a Moira y dijo que se acercaría a verla, puesto que tenia que hablar con ella. Sabía que sería un amargo trago, pero que debía apurar,  para que todo quedase claro entre ella y Sean de una vez por todas.  Lucía regresaba a su lado en pocos días, y antes debía dejar zanjado el asunto Moira.

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