miércoles, 23 de marzo de 2016

Cosas de abuelos - Capítulo 5 -Descansad en paz

La salud de mi abuelo estaba muy quebrantada, su corazón ya no era fuerte cuando salió de la cárcel diez años después. Y dos años más tarde fallecía en Madrid a los setenta años,  mientras mi padre estaba en Argentina por motivos de trabajo  El día que se despidieron, padre e hijo  por tener que partir , fue el más emotivo que pudieron vivir.  En casa de mi abuelo, se reunieron todos los hijos. En aquella época no había la facilidad de desplazamiento que ahora, y dieciocho mil kilómetros, eran muchos para una separación, que quizá fuese definitiva..  Él  presentía que no se volverían a ver, como así ocurrió.

 Contaba mi tia Aurora, que murió pronunciando el nombre de su primera esposa y el de su hijo Antonio. La complicidad entre mi abuelo y su hijo mayor, quizá por ser más afines en carácter, hizo que establecieran una especial unión.  Probablemente, mi padre, al perder a su madre a tan temprana edad, depositó en mi abuelo el cariño inmenso que sintiera por ella.  Siempre la recordó; ni un sólo día, mientras vivió,  se olvidó de la madre que murió tan joven. A penas pasaron unos meses desde el viaje, cuando recibieron una carta desde España, notificando la muerte de mi abuelo.. A pesar de ser una noticia esperada, no por eso fue menos dolorosa.   Mi padre se derrumbó y tomó la decisión de volver de nuevo a España.  Quizá por dejar atrás sus raíces, no terminaba de encajar en Buenos Aires.  Era una ciudad enorme , con distancias inmensas,  que para desplazarse de un lado a otro era necesario mucho tiempo; provenían de un Madrid, pequeño, en el que a veces los desplazamientos se podían  hacer caminando o en Metro.  En cuanto tuvo dinero para los pasajes y para poder atender los gastos más perentorios en Madrid, regresó nuevamente.  El reencuentro con sus hermanos fue tan triste como el de la partida, porque faltaba el tronco principal que había unido a todos ellos: el abuelo.

Años más tarde, en vista de que en España no había futuro, ni perspectiva de ello, y teniendo  el estigma de "rojo", mi padre tomó la decisión de volver a Buenos Aires y buscar allí lo que en su país se le negaba. Y nuevamente emprendieron el camino de regresar a Argentina e intentarlo allí. Solo que en esta ocasión no serían tres, sino cuatro.  Mi hermano ya contaba dieciocho años y yo once.  Y allí encontramos paz, trabajo y cariño por parte de todos los que conocimos. Me integré perfectamente en el colegio.  Mis profesores y compañeros me observaban cada vez que hablaba; les chocaba mi acento, y me comentaban a veces mis vecinos de pupitre: " che, vos sos gallega, pero no hablás como gallega ".  Y yo respondía:  "es que no soy gallega, soy de Madrid ", y lo decía con orgullo, con ese orgullo que te da la pertenencia a una familia tan especial como es la mía.

Mi padre falleció en 1986.  Mi madre en el año 2000. y  mi hermano en 2004. Cuatro años más tarde de fallecer mi padre, murió  mi tia Aurora, y así fueron desapareciendo todos.  La última ha sido Inés que murió el 26 de Diciembre de 2012.  Los hijos de Ángeles también han muerto. De los cinco hijos que tuvo Adela, sólo viven dos.  Inés tuvo una hija que vive en la actualidad y está casada y sin hijos.  José, el último hijo de mi abuelo, murió con 47 años soltero.  Yo me casé y tuve dos hijas; mi esposo falleció en 1996.

Todos están enterrados en el cementerio de La Almudena, excepto mi abuela Inés que está en  Alcalá de Henares. Mi abuelo  Antonio, falleció  en 1951 y reposa en un panteón junto a su segunda esposa María , su hijo Álvaro, y  sus hermanos  Manuel , Amparo y  María.

 Mis abuelos  fueron buenas personas que jamás hicieron daño a nadie y que vivieron unas circunstancias que les hicieron difíciles  la vida, pero que su amor inmenso hizo que saltaran todas las barreras...,  menos la de la muerte.  Murió absolutamente pobre, al igual que lo eran sus hijos, pero les dejó una inmensa riqueza en valores, y fueron:

"Sed siempre honestos y honrados.  Cumplid siempre la palabra que prometáis aunque no haya papel por medio. Ayudad a la gente que lo necesite y haced favores siempre que podáis. No mentir jamás,  bajo ningún concepto. Nunca tengáis en cuenta ni la raza, ni la religión ni las posiciones políticas ni sociales. Sed condescendientes,  pensad que no todo el mundo opinará como vosotros, aunque creáis que tenéis razón. Respetad siempre al contrario y no hagáis daño a nadie a sabiendas. Y sobre todas las cosas, jamás robéis a nadie aunque os vierais muy necesitados" - Antonio Fernández Quer

He de decir que todos estos lemas se mantienen  en mi familia y han llegado hasta nuestros días . Fueron inculcados a  sus hijos, y a los hijos de sus hijos.  A todos los descendientes de aquellas personas que tuvieron un destino difícil, pero que reinó en sus vidas el amor más grande que se pudiera sentir.

A mi abuela Inés sólo la conozco por las coversaciones familiares, y de  mi abuelo Antonio acabo de narrar su trayectoria, Ambos abuelos por parte de mi padre  Por parte de mi madre, tampoco pude disfrutarlos. Mi abuelo murió siendo mi madre muy pequeña y mi abuela falleció cuando yo contaba dos años. Tampoco su vida fue fácil ni sencilla.  Nacieron en un pequeño pueblo de Ávila y se ganaron la vida malamente, pero con honradez. La tierra en que nacieron se denomina " Ávila de los Caballeros", por la sencillez y  formalidad de sus gentes. Fue la tierra de Santa Teresa de Jesus Pero ellos merecen capítulo aparte, que cualquier día narraré.  Sólo yo sé, lo que les he echado de menos, a todos ellos.


Cementerio viejo de Alcalá de Henares

Entrada principal del Cementerio de La Almudena de Madrid

Recuerdo que cuando era adolescente y en uno de los   viajes  que realizamos mi padre y yo a Alcalá de Henares, visitamos la tumba de mi abuela, y todavía siento  la emoción de mi padre ante la sepultura de su madre, que jamas olvidó .  La tumba de Antonio, mi abuelo,  la visito con frecuencia en La Almudena . Descansa en paz, Antonio, ya todos estáis juntos de nuevo y seréis completamente felices.




                                                    F     I      N

Antología por:  1996rosafermu  ( Septiembre de 2011 )
Fotografías:  Archivo 1996rosafermu

martes, 22 de marzo de 2016

Cosas de abuelos - Capítulo 4 - No pasarán

Durante los tres años de la guerra no se movió de Madrid, a pesar de que le ofrecieron refugiarse en Méjico,.   Respondió al ofrecimiento: < " no he hecho nada malo. No tengo nada que temer; no me muevo de mi pais, ni me separo de mi familia.  Gracias,  pero no voy a salir de Madrid > ". Lo mismo ofrecieron al hijo mayor, que también rechazó la oferta: <"yo no estoy en política, sólo soy afiliado al partido. No,  tampoco acepto ">.

Había que dar ejemplo a la población civil, de que lo más acertado, para librar a los niños de los bombardeos de Madrid, era que se evacuaran a Levante.  Aquella era zona republicana y serían bien acogidos.  Pero para que la gente colaborarse, había que comenzar por la propia familia,  y a regañadientes, los primeros fueron su mujer, Maria,  con el pequeño José. Rosa la  esposa de su hijo mayor, con el niño de corta edad. Y agregaron a Angeles con sus tres hijos, pequeños también. A los tres meses de ser evacuados en Murcia, Rosa y su pequeño hijo, regresaron a Madrid, para estar con su esposo  María con su hijo José,  y  Angeles, con sus hijos Angelita ,  Eduardo y Fausto, se quedaron en Levante.   Rosa, no quiso dejar solo  a su marido : <" lo que sea de uno, que sea lo de todos>",  es lo que respondió, ante la reclamación de Antonio hijo, por haber dejado un "refugio " seguro, ya que Madrid, estaba asediada por las tropas franquistas.

Muerte de un miliciano de Robert Kappa
Antonio hijo,   hacía carteles a favor de la República que alguien hizo llegar hasta Cuba. Por las noches, patrullaba con un compañero, por las calles del barrio de Chamberí, donde vivían, con el fin de que algunos descontrolados, no se desmandaran. Álvaro combatió en el frente del Cuartel de La Montaña, en donde resultó herido, y evacuado a un hospital.  No tuvieron la misma suerte algunos parientes y amigos que cayeron en la batalla.

Mi abuelo, diputado, veía que la situación de la guerra iba a ser larga y cruenta. Su inteligencia y don para la política,  le hacían  tener una visión real de lo que pasaba y veía que a pesar de todo, la guerra estaba perdida. Visión que compartían muy pocos y , quizá fuese uno de los  motivos de lo que al final ocurrió .  Al descontrol de la situación, se unió el hambre por la falta de alimentos, los bombardeos..., en definitiva el sitio a Madrid, que duró tres largos y angustiosos años.  Pero todos tenían la moral muy alta.  Las arengas de Pasionaria, la ayuda de las Brigadas Internacionales, hacían que en ningún momento decayera la voluntad de que Franco no pasase de la Ciudad Universitaria, y un lema que aún se recuerda es el de " No pasarán "



 Franco entró en Madrid y la guerra fue ganada por él.. Las primeras medidas que tomó fueron  anular todo el dinero en curso legal.  El   pueblo se quedó sin un sólo centavo ni para comprar pan. Y la  segunda encarcelar a todas las personas con ideas de izquierdas. que había que eliminar a como diera lugar. Las venganzas, envidias, ansias de poder, o simplemente supervivencia,  hacían que la gente denunciase a sus vecinos, e incluso  a parientes.

Mi abuelo fue detenido inmediatamente de terminar la guerra por  ser diputado por el partido socialista, y a su hijo mayor,  por ser eso: su hijo.  Le metieron en la cárcel y a mi padre, le retuvieron en un campo de concentración durante siete meses, y aún ahora , dada la situación irregular de entonces, no nos explicamos por qué le pusieron en libertad.

El abuelo encarcelado en Alcalá de Henares, y sin juicio, fue condenado a muerte " por socialista, por rojo ". No le fue conmutada la pena, hasta un año después, pero día a día le sacaban al patio de la cárcel para ejecutarle, y día tras día, le retornaban  a la celda;,  y así sucesivamente a lo largo de ese año.  Mi padre pudo recaudar  algo de dinero al cabo de los meses, y  sobornando  a algunos desaprensivos, pudieron retirarle la pena de muerte, pero no la cárcel, en la que estuvo durante diez largos años, peregrinando de un lugar a otro de España: Alcalá de Henares, Murcia, San Simón, en Vigo... etc. etc.
 En ésta última,  como era un hombre culto y con don de gentes, se granjeó la simpatía del director que le hizo el encargo de instruir a presos y carceleros, y tuvo mayor consideración con él, quizá comprendiendo el motivo injusto de su detención.   Pero su salud se había quebrantado, y había envejecido, a pesar de no tener edad para ello.  La alimentación era muy deficiente por escasear los víveres, así que las cárceles estaban llenas de hombres y mujeres hambrientos y enfermos. Mi padre encomendó a su hermana Aurora, la mayor de las chicas, que siguiera a mi abuelo a donde quiera que le destinaran, pues le cambiaban de cárcel con frecuencia, y que permaneciera en el mismo lugar que él, y le llevara comida para alimentarle mejor, a fin de  que no empeorara su salud.  Y así lo hicieron. En el lugar que le destinaran, mi tía buscaba un trabajo de lo que fuera y gracias a eso y al escaso dinero que podría enviarles mi padre, pudieron vivir ambos.

A los dos años de terminar la guerra, María murió de muerte natural; quizá fuese la pena de ver a su familia en esa situación  de ver a su marido en la cárcel y a sus sobrinos sin trabajo y sin dinero. Delicada de salud, durante la contienda, falleció sin ver a su marido libre, ni a su hija Inés, de dieciocho años, casada con un compañero enfermero del hospital en el que ambos trabajaban.  Una vida triste y solitaria la de esta mujer, insuficientemente reconocida por el sacrificio que hizo por amor a sus sobrinos.





lunes, 21 de marzo de 2016

Cosas de abuelos - Capítulo 3 - La vida sin ella

El día en que por primera vez la casa, que hasta hacia poco había sido un hogar feliz, quedó silenciosa, sin las risas de los niños,  a Antonio se le hundió el mundo. El hijo mayor  partía hacia Madrid en un par de días, solamente quedaron Aurora , Alvaro y la recién nacida. ¿ Qué hacer con semejante panorama?  El debía trabajar pues era el único ingreso que entraba en ese pobre hogar.
Se estaba introduciendo en la política, en las agrupaciones socialistas, pero no le aportaban  ningún ingreso, puesto que era por idealismo, y entonces el partido daba sus primeros pasos y no había dinero para sueldos.  Todo debía ser altruista y por interés general de los obreros que vivían con poco sueldo , y eso los que por fortuna tenían  trabajo.

El regresar a casa, se le hacía insostenible. Ya nunca más le abriría la puerta su mujer, que siempre llevaba algún niño en brazos, y esa visión le atenazaba el corazón. No podía soportar su ausencia y si no hubiera sido por sus pobres hijitos se hubiera vuelto loco, o cometido alguna locura. El trabajo no le llenaba.    Su refugio fue  el que cada día asistiera a la agrupación para discutir la forma de ayudar a las gentes que no tenían trabajo y si mucha hambre.  Compartir con ellos el infortunio, y aunque fuera por un par de horas, despejarse algo de su propio drama familiar.

Permaneció viudo durante seis años. Entonces entró en escena su cuñada María, la hermana confidente de Ines.  Vió la mejor solución para volver a agrupar a su familia desperdigada por todos lados. Habló con ella y le pidió matrimonio.  No estaba y nunca lo estuvo, enamorado de ella; la respetaba por ser una buena mujer y además hermana del amor de su vida.  María en parte , porque quizá ella estuvo enamorada de él, o porque le dolia que sus sobrinos estuvieran separados, aceptó,  y de esta forma se convirtió en la segunda esposa de Antonio.  La respetó y hasta le tuvo cariño, pero nunca la amó.

Corrían tiempos muy difíciles y , ellos de nuevo,  volvieron a Madrid. Antonio ya empezaba a destacar en el partido Socialista. Tenía buena oratoria y poder de convicción. Azaña, Prieto, Saborit y él mismo,  empezaron a dar mítines por todo Madrid, e inclusive salían a provincias en donde el partido socialista se había hecho hueco en la convulsa España.

Un día María le anunció que estaba embarazada.  Otra boca más venía en camino, y por ello y por la alegría de ser nuevamente padre, deseo reagrupar a sus hijos . Volvían a tener un hogar estable, aunque nunca fuera lo mismo sin Ines.  María sería cariñosa con ellos, no en vano eran los hijos de su hermana preferida, con la que tuvo mayor contacto. Para cuando nació la niña ya estaban todos los hermanos reunidos de nuevo. Eran felices todos juntos, pero a su tía siempre la vieron como una madrastra,  y no  como a la persona,  que en parte,  se había sacrificado por ellos. La nueva niña se llamó Ines como la primera mujer y era hermosa como una flor. Nació gordita, a pesar de las penurias que había en su casa.  Seguía ascendiendo peldaños en la política, su refugio, pero nunca se borraba el recuerdo de Ines, a pesar de María,  y a veces pensaba " ¡ cuánto hubiera disfrutado con todo esto!, al fin hubiera podido visitar a sus padres y decirles: tengo esposo y es político, como queríais" .   Pero la vida le pasó esa amarga factura, y ya sólo le quedaba el recuerdo y el agradecimiento hacia sus suegros, por haber acogido a algunos de sus hijos.  Al final, todas las asperezas quedaron relegadas. Los señores Hernández no vivieron mucho tiempo después. La pena y el infortunio por la pérdida de sus tres hijos, acortaron sus vidas.


Años  después de nacer Inés, nació José un muchachote fuerte y bonachón.  A pesar de ser de madres distintas,  todos los hermanos , se quisieron enormemente y jamás hicieron distingos por ser hijos de otra  madre,  a la que nunca aceptaron como tal, a pesar de que reconocían  que era muy buena con ellos, pero...,  no era su madre.  La pérdida de Ines , dejó una huella imborrable en todos ellos que jamás perderían,  y que influyó grandemente en el carácter de todos, algo taciturno y reconcentrado.

Personajes de finales de 1890

Señoritas de la época

Familia de final de siglo XIX
Y los chicos se iban haciendo mayores, adolescentes y poco a poco adquirieon la madurez que sólo da los zarpazos de la vida.  Los mayores se pusieron a trabajar en cuanto tuvieron edad para ello.  El hijo mayor, después de cursar sus estudios, comenzó clases de Bellas Artes en la escuela de San Fernando de Madrid.  Aurora , la mayor de entre las chicas, se hizo cocinera. Adela, Angeles y Dionisia Elena, cuando terminaron el colegio, unas se dedicaron a acompañar a las señoras mayores,  de edad avanzada,  en casas pudientes, o sirvientas para cuidar de niños, etc.  Cuando pasó el tiempo, Ines, la primera hija de su segundo matrimonio, se hizo enfermera.

La situación en casa iba cambiando. Mi abuelo ya estaba integrado en el partido socialista y  era  cabeza de la agrupación.  Entraban salarios, y a pesar de ser muchas bocas para alimentar, pòdian cubrir sus necesidades más básicas.  Pasado un tiempo las chicas, excepto Aurora, que permaneció soltera, comenzaron a salir con chicos, y más tarde, formaron sus propias familias y tuvieron hijos: Angeles tres, y Adela cinco

Y María volvió a quedarse embarazada  de  José, robusto y fuerte.  Antonio, el hijo mayor,   se había enamorado de Rosa, una chica que vivía desde su corta infancia, al perder a su padre,  en casa de los señores Limorti, que tenían una fábrica de turrones, La conoció al ser presentado por su tío Manuel a una de las sobrinas Limorti que mantenía  relaciones con el hermano de mi abuelo.  Rosa acababa de perder a su primer novio en un accidente de Metro, y comenzó su relación con Antonio por olvidar su frustrado amor primero, pero poco a poco le  fue aceptando  al conocer  la bondad de aquel joven, que estudiaba pintura y dibujo, romántico e inexperto.  Se casaron dos años después, cuando ambos contaban veintitres.  Tardaron ocho años en tener su primer hijo, que siguiendo la tradición familiar, también se llamó Antonio.y nacería el día que se proclamó la Segunda República en España . el 13 de Abril de 1931


Congreso de los Diputados
Mi abuelo, en las elecciones que derrocó a la monarquía en España, salió diputado  a Cortes por el partido socialista. Durante los tres años que duró la República, fue escalando puestos  cada vez con  más responsabilidad.  Estaba muy considerado en el partido, ya que difundía unos valores muy apreciados, y que por otra parte, fueron su lema. Llegó a ser concejal de obras del Ayuntamiento de Madrid y durante su concejalía se construyó la plaza de toros de Las Ventas. Fue visitador de hospitales. Fue alcalde de Alcalá de Henares, y teniente alcalde del ayuntamiento de Madrid.  En plena guerra  civil española, durante una corta temporada ,  ocupó el cargo de alcalde, al ausentarse el titular Pedro Rico.


domingo, 20 de marzo de 2016

Cosas de abuelos - Capítulo 2 - Que Dios me perdone

Como cada domingo, Antonio acudía fiel a su cita, e Inés unas veces iba y otras no. El esperaba impaciente su posible encuentro con ella y poco a poco se iba acercando más,  y poco a poco ella se atrevía a mirarle sin tanto rubor. Pasaron meses, eternos meses, en lo que nada cambiaba,  hasta que llegó el invierno crudo y descarnado y ello hizo que Inesita faltara a su cita dominical, pues el frío que hacía,  calaba hasta los huesos, pero,  sí tenía que acudir a misa como buena cristiana, circunstancia que aprovechaban para cambiar al menos una mirada.  Antonio no era creyente, pero respetaba lo que ella pensaba y,  ella era muy religiosa. Creía profundamente en Dios y aunque él no era amigo de curas, transigió porque era el único modo de poderla ver e intentar hablar con ella.


Altar Mayor de la catedral de Alcalá de Henares

Se sentaba en el banco detrás de ella y tapaba su boca con ambas manos para que nadie pudiera sorprender el monólogo dedicado a la muchacha. Ella no decía nada, la sirvienta carabina estaba a su lado. Tan sólo,  en algún momento,  ella giraba la cabeza y le sonreía dulcemente y sin emitir sonido, sólo con el movimiento de los labios le decía "te quiero".

El tiempo transcurría,  y Antonio se impacientaba pues no había progreso  en sus relaciones. Un día decidido quiso hablar con el señor Hernández. Ya contaba de antemano con la negativa, pero tenía que hacer algo. No podían seguir de esta manera; al menos poder hablar normalmente sin subterfugios.

-Joven-  empezó diciendo el respetable señor Hernández-.  Sabe de sobra que mi hija Inesita está destinada a ser la esposa de un político de la capital y francamente, no es que yo tenga nada en contra de su  oficio, pero convendrá conmigo en que un albañil no es futuro para ella

-Pero señor, no voy a ser toda la vida albañil. Pienso irme a Madrid y ser comerciante. Su hija tendrá todo lo que quiera, mientras yo tenga dos manos y salud, le proporcionaré tal bienestar que no tendrá nada que envidiar al político ese de quién me habla-.  El señor Hernández soltó una sonora carcajada que fue como un latigazo en la cara de mi abuelo.

-Creo que esta conversación ha durado demasiado. Lo primero,  ella es muy joven,  y lo segundo usted no tiene ningún porvenir. Así que creo debe irse y olvidarse de mi hija.

Ines,  junto con su hermana María que era su confidente, escuchaban la entrevista detrás de la puerta, y tuvieron que salir corriendo para que no las sorprendieran .  En la forma en que salió Antonio, supieron inmediatamente que no había conseguido su propósito: el permiso para poder visitarla.  María miró a su hermana que desconsolada estaba a punto de llorar. Tiró de su mano y se la llevó hasta la habitación que ambas compartían.

-María-  gimió a modo de súplica- ¿qué voy hacer?  Yo le quiero, me gusta, pero nuestros padres nunca consentirán en esta relación
--La verdad Ines, es que es un poco disparatada. ¡Mira que tú también ¡irte a enamorar de un albañil.! Si por lo menos fuera comerciante, o pasante, o  trabajase en el banco, pero no, lo más difícil e imposible.
-María, calla, calla.

Antonio estaba desesperado no sabía lo qué hacer y decidió irse a Madrid a buscar un futuro que le permitiera unirse en matrimonio a la mujer que le había vuelto loco.Pasó el tiempo y él se aplicó en saber más: amplió los conocimientos que había  aprendido en el colegio. Tenía mucha facilidad de palabra, y entonces por recomendación de su hermano Manuel,  que le había precedido en la capital, estuvo trabajando junto a él en una tienda muy importante de toda clase de productos de importación. Creyó que eso iba a ser suficiente.   Ya era comerciante. Estuvo ahorrando todo lo que su pequeño jornal le permitía después de sobrevivir.

Ayuntamiento de Alcalá de Henares
Aprovecho el viaje que un amigo hizo en un carro de mulas hacia Alcalá de Henares, para hacer una visita a su novia. Estaba contento. Se había comprado un traje usado en el Rastro y una corbata que le había prestado Manuel. Llevaba sus pobres ahorros en el bolsillo con la idea de abrir una cartilla de ahorros en el banco de Alcalá para poder casarse cuanto antes.  Su suegro no se opondría al ver lo que había prosperado.  A pesar de haber salido de Madrid a las cinco de la mañana, llegaron a Alcalá pasadas las doce del mediodía. Lo primero que hizo fue  ir a ver a su madre, que durante aquel invierno había estado enferma. La besó, la abrazó y hasta la levantó en vilo. Estaba muy contento, presentía que todo iba a ir bien.  Después se encaminó hacia la casa de los Hernández que estaba situada al lado del convento de Las Clarisas.  Muy formal, llamó a la perta y una sirvienta le preguntó por lo que quería y le indicó  el camino de la salita en donde habría de aguardar ser recibido.  La misma sirvienta volvió a entrar y le dijo que el señor no podía recibirle y que era inútil todo lo que tuviera que contarle, puesto que Inesita estaba ya apalabrada con el político.  De nuevo se abrió la puerta y una demudada Inesita entró en el interior de la habitación:

-Don Antoio, ¿cómo por aquí?
- Por Dios Inés, no me llames don Antonio, vengo  para casarme contigo. Tengo trabajo y una buena habitación en la que vivir en la Travesía del Conde Duque, en el mismo centro de Madrid, a espaldas del palacio del duque de Alba.
-No nos dejarán, no nos dejarán.
-Pues tu verás..., necesito saberlo. Si tu me quieres no ha de importarte nada. Esperaré el tiempo que sea necesario hasta conseguirlo y hasta que tu seas mayor edad.

Y esperaron, esperaron hasta cumplir los veinte años. Un día Iunes se levantó enfadada. Estaba harta de que sus padres decidieran su futuro por ella, no quería al político que era bastante mayor , bajo y feo. Estableció la comparación con Antonio y una oleada de ternura le dio fuerzas suficientes como para enfrentarse a su familia. Decidida entró en el despacho de su padre y le dio un ultimatum: " o me caso con Antonio o me meto a monja de clausura. Si no voy a ser su mujer no lo seré de nadie."

Señor de la época

Convento de Las Clarisas de San Diego (Alcalá de H.)

Al señor Hernández estuvo a punto de darle un ataque.   No  esperaba la reacción de su hija y le pilló totalmente desprevenido.

-Si te casas con ese andrajoso, has de saber que quedarás desheradada de todos nuestros bienes, y si sales de esta casa no regresarás jamás a ella -.  Inés le miró y dijo:
-Que así se cumpla si es tu decisión. Yo siempre os querré y siempre seréis bien recibidos en mi humilde hogar, pero es mi decisión. Prefiero vivir pobre con un marido que me quiera y al que yo quiera, antes que con un hombre mayor, que pudiera ser mi propio padre y al que me sería imposible amar, por mucho dinero que tuviera.  Hoy mismo escribiré a Antonio para que realice los trámites para casarnos.

Y así fue,  y así lo hicieron. Únicamente acudieron a su boda la familia de Antonio y la hermana de Ines,  María,  a escondidas de sus padres.  En una tartana llegaron   a Madrid,  a su humilde hogar convertidos en marido y mujer.Cubrían apenas sus necesidades, pero no pasaban hambre.  El sueldo de Antonio daba lo suficiente para pagar la habitación y comer, modestamente. Eran sumamente felices; se querían y Antonio cada día que pasaba, estaba más enamorado de ella, a la que adoraba.  De momento no volverían a Alcalá.

Y  comenzó a asistir a conferencias políticas y a preocuparse por la situación de  España, que era mísera para los obreros y excelente para la aristocracia. No creía en la monarquía.  Deseaba algo más , más bienestar para los trabajadores  y más libertad de pensamiento.  Se acordaba de las pobres enseñanzas recibidas en la escuela  alcalaína, y comprendía que por muchos esfuerzos que hiciera el maestro, era imposible que los chavales aprendieran más que a leer y escribir, y con suerte a sumar y restar.

 El asistía a unas charlas que daba un tal Pablo Iglesias y se quedaba maravillado de la filosofía de aquel hombre humilde,  pero que tenía las ideas muy claras respecto a la clase obrera española,  que mal vivía sojuzgada por las clases pudientes.  Un día de los que acudía se encontró con un amigo de la niñez

-¡ Hombre Manolo! ¿ vienes a escuchar a Pablo?
-Todos venimos a escuchar a Pablo, aunque hay gentes que no les cae simpático, pero dice verdades como puños. Todo está en la educación. Nuestros niños no van al colegio,  no saben ni siquiera firmar, es una vergüenza.

Decidieron,  a la salida,  ir a tomar un café en Noviciado cerca de donde vivía Antonio y cerca del rumbo que había de tomar Manolo puesto que quería ir a ver a un familiar que vivía en la calle Ancha de San Bernardo, porque se encontraba enfermo.
D. Manuel Azaña

Pablo Iglesias


Una tarde al regresar a casa, Ines le dijo que no se encontraba bien, que durante todo el día había tenido muchas náuseas y mareos.

-Igual es el cocido de ayer que no te ha sentado bien. Iremos a ver al  médico de la  Casa de  Socorro a ver si te manda algo -.  Fueron al día siguiente, y el médico ante la inexperiencia de los jóvenes esposos, no tuvo más remedio que sonreír
-No es nada grave, no asustaros. Simplemente estás embarazada.

Ines y Antonio se miraron y se abrazaron. Iban a ser padres en unos pocos meses. Paso a paso todos sus proyectos se iban cumpliendo. Y llegó su primer hijo, y le pusieron, como era costumbre, el nombre del padre: Antonio.  Y al primero siguieron otros: Aurora, Angelita, Adela, Elena Dionisia, Alvaro...  Para cuando la prole estaba completa, ellos habían  vuelto de nuevo a Alcalá de Henares y él había fundado en esa ciudad el partido Socialista Obrero Español.   Cada vez estaba más inmerso en la política.  Sentía la necesidad de hacer algo por su paií.  Sabía sobradamente, que era una tarea harto difícil, pero sus jóvenes fuerzas no desfallecieron en ningún momento.  Allí se volvió a encontrar con su viejo y querido amigo Manolito, llamado a desempeñar un importante puesto en la vida española, aunque hasta la fecha nadie se lo ha reconocido.  Fué el presidente de la Segunda República Española: Don Manuel Azaña.  Juntos empezaron haciendo mítines por los pueblos de alrededor, con la idea de que algún día las masas despertaran de su letargo y alcanzaran los derechos que les correspondían.

De nuevo Ines se quedó embarazada. El médico ya les había advertido que era muy peligroso para su delicada salud tanto embarazos y tan seguidos. No tenían medios como los hay ahora para evitar un nuevo embarazo, por lo que era muy difícil controlar los impulsos de dos jóvenes que se amaban profundamente.

Su nuevo hijo nacería en Alacalá de Henares, en donde como ya he dicho se habían establecido. Una mañana, Inés se puso de parto, complicado y teniendo que dar a luz en casa ,   y con la salud  bastante quebrantada.  Tuvo  una niña, pero apenas la criatura había nacido, algo falló en el corazón de la madre. Antonio corrió a llamar de nuevo al médico que aún no había abandonado el edificio. Por mucha prisa que se dieron en subir, Ines se estaba muriendo.  Su cansado corazón no pudo resistir las condiciones en las que dio a luz. Hay que tener en cuenta, que en aquella época, todas las mujeres parían en casa, y asistidas, con suerte,  por una comadrona, aunque la mayoría  tenían por matrona a una mujer que se decía entendida en ello. La mortandad de niños y madres, era altísima entonces.    Inés expiro a los pocos minutos, dejando  a su pobre hijita recién nacida y,  a unos niños pequeños, puesto que el mayor contaba 13 años de edad.

Ines Hernández,  falleció a los 33 años, dejando a un marido desolado a punto de volverse loco y a unos niños que adoraban a su madre, especialmente el mayor,  con quién tenía mucha afinidad y,  a una recién nacida privada de la leche materna. Ni qué decir tiene que no existían los biberones. Antonio muerto de dolor buscó por Alcalá un Ama de Cria, alguien que estuviera recién parida,  para poder alimentar a su hijita.

En la soledad de su casa y cuando todos los niños estaban dormidos, él lloraba desconsoladamente mesándose los cabellos. No era nadie sin su Inés, no sabía lo que hacer con los niños. El mayor, Antonio, le escuchaba desde la cama  que compartía con Alvaro. No sabía qué decir a su padre y se daba cuenta, a pesar de que era un niño, de la tremenda situación creada.  Y aquel joven emprendedor y decidido, tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles y amargas de su vida: repartir a sus hijos entre los familiares que quisieran acogerles.  El, por su trabajo debía ausentarse del hogar y no podía dejarles solos, máxime con una niña prácticamente recién nacida.  Decidió hablar con su primogénito, que era un chico formal y consecuente con la situación que se les había plateado.  Durante toda la noche, había estado dando vueltas a la cabeza la mejor manera de hablar con su hijo, que él lo comprendiera y aceptara la decisión que había tomado.  Y sentados uno frente al otro, habló al muchacho de hombre a hombre, a pesar de sus trece años de edad..



-Antoñito, hijo- le dijo -.   Tu ya tienes  trece años y tienes que ayudarme a enfrentar todo lo que se nos ha venido encima. Tienes que ayudarme...,  así que estate muy atento a lo que  voy a decir.  Mañana te sacaré un billete para Madrid, y allí el tío Manuel te ayudará a buscar trabajo. Deberás seguir estudiando y hacerte responsable. Yo no podré estar encima de todos vosotros y cuento con que seréis unos hijos buenos como vuestra santa madre quería -. No dijo  lo de santa por religiosidad, sino porque en verdad fue una buena, muy buena mujer que adoraba a todos los suyos y no le importó sacrificarse en todo,  con tal de que ellos fueran felices.

Por mediación de la hermana de Inés, María, los padres se llevaron a algunas de las niñas, las más pequeñas. Ellos habían  perdido a su hija monja en un incendio,  tratando de salvar la Custodia, y al hijo organista,  que murió de tuberculosis.  El tiempo les había pasado factura y ya no eran los orgullosos señores Hernández.  Antonio, padre,  se quedó con Alvaro y Aurora, por ser la hermana mayor, y de esta forma poderle ayudar con la pequeñina.  La recién nacida vivió un año, un año lleno de dificultades para su crianza y que por ironías del destino es cuando mejor estaba, pero una gripe y su alimentación deficiente, hicieron que la niña no viviese.

Locomotora de tren de principios del siglo XX

sábado, 19 de marzo de 2016

Cosas de abuelos - Capítulo 1 -Antonio - Biográfica

DEDICATORIA:

A ese abuelo que no conocí, del que no pude disfrutar de sus caricias, ni de sus historias.  Hubiera deseado escuchar  de su voz la narración que nos ocupa, pero he tenido que conformarme  con la descripción  de mi padre y tías. Es por ello que algunos datos me faltan, pero en esencia,  lo aquí descrito,  es lo que ocurrió en el transcurrir de sus vidas. Antonio Fernández Quer, fué su nombre y,  como él soñó, llegó a ser relevante en algunas esferas, que ya iremos conociendo  a medida que transcurra la narración.


La mujer chillaba reclamando la presencia de su hijo. Ya era hora de que Antonio estuviera en casa. La madre le necesitaba para que la ayudara con el resto de sus hermanos que eran de corta edad: María ,  Manuel. y Amparo.

- Antoñito, Antoñito...

Seguramente ese sería el grito que mi bisabuela lanzara para que su hijo , entrara en casa, después de jugar en las cercanias de la iglesia de los Santos Niños,  a la salida de la escuela. En los colegios de aquella época  había pocos chiquillos, ya que la mayoría,  por necesidades de sus hogares,  hubieron  de ponerse a trabajar y llegaban  a mayores siendo analfabetos.  No era el caso.   La  madre  se empeño en que sus hijos supieran al menos leer, escribir y las cuatro reglas.  Antoñito era un chico muy despabilado que capitaneaba a toda la pandilla de amigos ; siempre era el que daba las órdenes, era también servicial y buen compañero, por eso todos le querían. Entre sus amigos de aquella época destacaron dos: Manuel Azaña y Andrés Saborit. Más jóvenes que Antoñito, pero igual de líderes.  Al escuchar la voz de su madre, llegó a su casa dando grandes zancadas,  pues sabía que le esperaba una buena regañina...,  por entretenerse.

Plaza de los Santos Niños Justo y Pastor
- A ver, ¿cómo ha ido la clase de hoy?-  le preguntaba la madre
-Bien, madre. Me lo he sabido todo
-Y el maestro ¿te ha tenido que llamar la atención por algo?
-No madre, al contrario,  me ha recompensado con una tiza por haber ayudado a Paquito con las cuentas.

La madre sonreía satisfecha. Nunca la defraudaba: era un chico de buenos sentimientos y solidario. Eso era lo que ella inculcaba a todos sus hijos. Desterrar la mentira, ser honrados, y ayudar al que lo necesitase.  La familia,  como tantas otras,  era pobre, muy pobre y,  en cuanto a  Antoñito terminó  de aprender lo que en aquella época se consideraba necesario, su padre le buscó trabajo en lo único que había en Alcalá de Henares por aquel entonces: la construcción.  Se hizo albañil.   Primero acarreaba los ladrillos y el cemento, pero como era muy inteligente poco a poco fue aprendiendo el oficio, oficio que no le agradaba: él aspiraba a algo más.

De todos los hermanos que fueron,  solamente vivieron tres, además de él, que llegaron a la ancianidad. El resto,  hasta  once, fueron muriendo,  antes incluso de llegar a ser adultos.

. Las chicas en aquella época ni siquiera iban al colegio ya que estaban destinadas al matrimonio, es decir a ser fieles servidoras de sus maridos y después también de sus hijos. Gracias al tesón de la madre,  Maria y Amparo aprendieron al igual que Antoñito y Manolito, todo lo que el maestro podía enseñarles con los escasos medios que tenía.

Y el tiempo pasó y Antoñito, ya era Antonio, y era un prometedor adolescente atractivo e inquieto.  Los domingos que no trabajaban, se juntaban los pocos amigos de la pandilla que aún vivían en Alcalá , ya que otros, junto a sus padres, habían emigrado a Madrid, buscando mejor futuro La única diversión que había era pasear por la Plaza de Cervantes y por los soportales de la Calle Mayor, cuyas columnas de piedra fueron colocadas por el tatarabuelo de Antonio, oriundo de Ourense  que trabajaba en una cantera. Me cuentan que era un hombre alto, cosa extraña en una época en la que todos eran bajitos, corpulento y con mucha fuerza, tanta,  que con sus propias manos ayudó a una cuadrilla de obreros a colocar las piedras de los soportales de la calle anteriormente citada.

 Antonio, dos amigos más  y  su hermano Manuel, al que estaba muy unido, paseaban riéndose con las chicas y flirteando con ellas, al igual que cualquier joven,  de cualquier época, en cualquier lugar.
Calle Mayor de Alcalá de Henares

Aquel,  sin duda,  no iba a ser un domingo como los demás. Ocurriría algo que cambiaría el rumbo de su vida.

-Manuel, mira qué preciosidad de niña
-¿Dónde? ¡ Ah ! es la hija de los Hernández
-¿De los Hernández?.  ¿De los ricos?. ¿ De los que tienen una hija monja y otro organista?
-Si, hombre. Los que tienen la pastelería..
-¡ Dios mio !
-¿Qué te pasa?
-Me acabo de enamorar..
-Ja,ja,ja. Tú estás loco, ¿de ella? Es como si te hubieras enamorado  de una estrella. No podrás aspirar ni siquiera a que te mire. Antonio, baja de las nubes.

Se trataba de Inés Hernández, una de las hijas del matrimonio con ese apellido y que era uno de los mejor situados en Alcalá. Sus hijos hasta sabían tocar el piano y leer y escribir. Las niñas estaban destinadas a muy altas esferas. La monja era una sierva de Dios en Las Clarisas, el organista tocaba en la iglesia-catedral.   Inés tenía una educación exquisita, bordaba y tenía una preciosa voz, que lucía cada vez que sus padres daban una chocolatada a sus amistades.

Inés, sus amigas y su sirvienta, se cruzaron con los dos hermanos Fernández y ella que era muy tímida y pudorosa, cruzó una rápida mirada y una sonrisa con el mayor de los dos, con Antonio, que quedó hechizado por la dulzura de aquel rostro,  casi infantil,  pero de una enorme belleza. Sus grandes ojos negros cautivaron al joven albañil,  y ya no tuvo tranquilidad en toda la tarde. Contestaba a las bromas de sus acompañantes con monosílabos y de vez en cuando giraba la cabeza para ver de nuevo a aquella preciosidad que se había cruzado en su camino.  Ya por la noche,  al acostarse, preguntó a Manuel ,  ya que ambos dormían en la  misma habitación

-¿Cómo no la he visto antes?
-¿De qué hablas?
-De la chica de los Hernández. Nunca la había visto hasta hoy...
-Pues porque apenas sale de casa. Dicen que tiene poca salud...

Antonio no dijo más, apagó de un soplo la vela que les alumbraba y mirando al techo se quedó pensando en aquella criatura que le había causado tal impacto.

Cuando al día siguiente se levantó para acudir al trabajo, preguntó a la madre, que calentaba la leche del desayuno:

Pastelería en la Calle Mayor
-Madre, ¿usted conoce a la chica de los Hernández?
-¿A Inesita?, pues claro. En una ocasión estuve lavando en su casa, cuando nació una de las hermanas, ¡ya ni me acuerdo de quién era!. Era  una niña preciosa, algo delicadilla , pero bonita como una rosa.¿Por qué me preguntas eso ahora?
-La vi ayer y,  madre....me voy a casar con ella.
-¿Queeé?  Hijo mio tú estás majareta perdido. Confórmate si te puedes casar con una lavandera.  ¡Con ella! pero si ni siquiera vas a tener oportunidad de hablarle...

Antonio no dijo más, las palabras de su madre le habían vuelto a la realidad, pero en su cabeza empezó a tomar forma una estrategia para poder llegar hasta Inés.

Mientras trabajaba en la obra no dejaba de pensar en la forma de poder hablarle, aunque fueran dos palabras, en el paseo del próximo domingo.  Antonio era un chico alto , para la altura que se llevaba entonces. Mediría 1'75 ,  de pelo negro, delgado, simpático y con un gran dominio de la palabra. Era educado y cortés; esperaba que con esos dones pudiera encandilar a Inesita y al menos que se fijara en él.  Pero al domingo siguiente  Inesi no acudió al paseo. Según pudo enterarse,  unas fiebres de principio de invierno la retenían en cama. Se acercó a la sirvienta que se dirigía a la pastelería a por unos dulces,  precisamente para ella y,  por eso supo de su ligera enfermedad.

-Por lo menos he hablado con la sirvienta. Lo próximo será con ella- se dijo

Y así fue. La siguiente vez que coincidieron,  con la excusa de saber sobre su salud, se dirigió a ella directamente en el paseo.  Ya se había fijado en aquel muchacho moreno que la miraba cuando paseaban, pero ni se atrevía  dárselo a entender. Sería un descaro imperdonable en aquella época.

-Señorita, espero no ser descortés y no me tome a mal si le pregunto por su salud- decidido se dirigió a ella. Inés no supo qué decir. Era tímida pues sus dieciséis años y la rígida educación no le permitía mirar frente a frente a aquel cortés muchacho que se interesaba por ella.

-Bien, estoy bien gracias-,  es todo lo que respondió con una tímida voz que a penas se escuchaba.

Y de esta manera se conocieron mis abuelos. Los inconvenientes, los disgustos y desprecios recibidos, serán ingredientes del próximo capítulo.



jueves, 17 de marzo de 2016

Miranorte - Capítulo 18 y último - Juntos de nuevo

Llamó apresuradamente a su familia, y les comunicó que tenía que viajar a España urgentemente, pero que no se preocuparan.  Dio a su madre una excusa de trabajo y tuvo que asegurar que Alba iría con él, así de paso comprobarían el estado en que estaba su casa.  A continuación llamó a su oficina y solicitó a la secretaria que pidiera un billete para el primer avión que saliera con dirección a Madrid.  Le daba igual si fuera en turista, o en Vip.  Tenía que viajar  del modo que fuera.  A los pocos minutos, la secretaria confirmó que tenía el billete y que un recadero se lo llevaba hasta su casa. El vuelo sería en cuatro horas.


Nervioso, preparó rápidamente un pequeño equipaje de mano.  Estaba ansioso por llegar al aeropuerto.  Le parecía,  de esa forma,  que estaría más cerca la hora de partir, aunque le quedaban cuatro horas para embarcar.  Con el billete en el bolsillo, dejó instrucciones al servicio de que se comunicaran con él si surgia algo urgente.  Llamó a un taxi, y bastante alterado emprendió el viaje rumbo a LAX.

El reloj corria muy despacio para lo que él necesitaba.  No paraba de dar vueltas por el vestíbulo, ni siquiera tenía interés por las revistas.  No tenía el ánimo para leer.  Repetía en su memoria lo que iba a decirla, para tratar de solucionar el problema que tenían.  Nada le importaba el conflicto creado con la productora por no aistir al rodaje,  en las escenas que las que debía participar.  En ese momento lo que más le interesaba era su mujer y que volviera su vida a la normalidad. Tras larga espera, el altavoz anunció que los pasajeros rumbo a Madrid, debían embarcar. 

- ¡ Por fin ! - exclamó aliviado

Trató inútilmente de contactar con Alba, pero nadie contestó a su llamada, y eso incrementaba más su nerviosismo y ansiedad.




Agradecía que su billete fuera en primera clase.  El asiento de al lado, estaba vacío.  No tenía ganas de emprender conversación con nadie, pero  no se habían cerrado las puertas, por lo tanto no debía alegrarse aún.   Puede que tuviera  algún compañero de viaje.  No le importaba, le diría que estaba enfermo y debía dormir.  De esta forma cortaría cualquier tipo de conversación, y aunque no tuviera ni una pizca de sueño, fingiría que dormitaba, para evitar tener que dar explicaciones del motivo de su viaje, que era, por otra parte, la conversación que siempre surgía.  Habrían de pasar nueve horas de viaje.  Nueve horas que parecerían siglos, y además no sabía qué resultado iba a tener .  Ni siquiera había podido conocer el paradero de Alba.  Igual seguía en Los Angeles, o había ido en busca de Mila, o quizás a Miranorte.  Allí tenía su casa, pero mucho dudaba de que se hospedara en ella, dada la situación actual. Tuvo suerte y nadie ocupó el asiento, por lo que dio interiormente, gracias infinitas a Dios, porque al menos en esto le estaba ayudando.  Las dudas, la impaciencia,  le consumían.  No quería pensar que la hubiera pasado algo y por ello no contestaba a sus llamadas.  Tras un larguísimo vuelo, había llegado a la terminal en Madrid.  Tomó un taxi y dio la dirección del piso de Alba.  Al cabo de media hora, se encontraba frente al portal.  Miró su reloj y comprobó que eran las primeras horas del día, y en el horizonte se atisbaba alguna luz que decía que comenzaba a amanecer   En ese momento no le importó que ella estuviera durmiendo.  No podía resistir más la inquietud que sentía.  Llamó al portero automático del piso de su mujer y esperó unos instantes pensando que si estaba dormida, tardaría en atenderle.  No se equivocó, una voz adormilada respondía al otro lado del telefonillo

-¿ Quién es ?  Creo que se ha equivocado- respondió Alba -.  Paul, casi no podía responder.  Una emoción y un suspiro de alivio,  impedían articulase palabra.  Tenía que contestar  o colgaría y no podría subir

- Abre, Alba, soy yo- respondió



Alba incrédula y aún adormilada, guardaba silencio, reconociendo   la voz  que acababa de escuchar.  Estaba allí, había venido a buscarla.  Los ojos se le llenaron de lágrimas, y al fin apretó el botón que abriría el portal.  Oyó  el sonido del ascensor detenerse en el piso.  No se atrevía a abrir la puerta.  ¿Era realidad ó estaba soñando?  El seco timbrazo, la sobresaltó dando un respingo.  No era un sueño.  Él estaba al otro lado de la puerta.  Lentamente la abrió y allí estaba Paul, frente a ella, con ojos nublados por la emoción y unas oscuras ojeras.   El alivio de Paul,   al  comprobar que su mujer estaba allí, que no le había ocurrido nada.  De improviso, todas las dudas, los sobresaltos, quedaron borrados ante su presencia. Avanzó hacia ella y la rodeó con sus brazos. 

- Por Dios Alba...  Ni una llamada... ninguna noticia tuya.  He pasado un infierno .¿ Cómo has podido hacerme eso ?
- Te recuerdo tu despedida. ¿ Cómo iba a llamarte después de lo que me dijiste? No podía. Estaba demasiado dolida
-- Lo siento, lo siento enormemente. Creí volverme loco. Yo también estaba muy enfadado contigo. Dudabas de mi, y ni siquiera me dabas opción a explicarte nada. Yo no tuve la culpa.  Nunca ha pasado por mi cabeza liarme con ninguna mujer.  No lo necesito.  Yo te quiero. Estoy profundamente enamorado de ti ¿ cómo puedo hacértelo comprender?




- Paul... me sentí morir cuando te vi abrazado a Meredith. Ella es una mujer preciosa...
-Cierto, lo es.  Pero yo sólo la veo como pariente. Nada más. Tu eres mi mujer, la persona que he elegido para compartir la vida.  No me interesa ninguna otra relación.  Contigo tengo todo lo que ambiciono.  No necesito más.  ¿ Volverás conmigo ?
- Paul... yo... Te quiero.  Te he querido desde siempre. Si...  volveré contigo, porque...  mi vida sin ti no tiene objeto.  Me sentiría vacía, sin horizonte
- Mi amor

Se fundieron en un abrazo interminable. Se acunaban el uno al otro, fundiéndose en uno solo. No querían interrumpir esa muestra de amor.  Era como si sus mentes se negaran a procesar que todo había terminado, que esa pesadilla, ya no estaba, y que volverían a ser un matrimonio feliz.  Paul la cogió en brazos y fueron hasta el dormitorio.  La incertidumbre de aquellos días, el dolor sufrido, las dudas...  todo desapareció en un instante bajo las palabras de amor, las caricias, las promesas de que jamás se volviera a repetir, sus ansias por poseerse y ser un mismo cuerpo.  Su unión, fue intensa, como si fuera la primera vez. 

 Dormitaban tratando de que sus respiraciones se acompasaran.  No hablaban, sólo enlazaban sus cuerpos.  Al cabo de un rato, fue Paul el que interrumpió el silencio

- Cariño, tenemos que regresar lo más pronto posible. Tengo un problemilla con los Estudios.
- ¿ Qué ocurre?
- A estas horas tendría que estar en maquillaje para rodar .  Tuve una pelea con el director, y no sé si me demandará
- ¡ Paul, lo siento ! Todo ha sido por mi culpa
- No cariño. Nadie tiene la culpa, al menos ninguno de nosotros dos.  Era más importante localizarte que rodar una insulsa escena de amor, que por otra parte, estaba muy lejos de sentir.
- Pero eso será un descrédito para tu carrera
-Muy bueno no es, pero...  No importa demasiado.  Ya lo arreglaré
- Esta bien...Pongámonos en marcha. Yo todavía no he deshecho el equipaje. Con una ducha y otra ropa, en media hora estaré lista para volver
- Aún no. Déjame saborear estos momentos de intimidad y relax. Ven aquí

La tomó de un brazo, ya que ella  se había incorporado, y dando un suave tirón la envolvió en un abrazo y nuevamente hicieron el amor.



  
Apresurados llegaron a Barajas.  Iban contentos y esperanzados en conseguir los billetes para volver a su casa americana.  Les hubiera gustado quedarse unos días más.  Solos, sin interferencias de primas molestas, sin interferencias de rodajes...  Solo ellos dos, en una segunda luna de miel.   
Como si Paul leyera sus pensamientos, dijo a su mujer

-De que termine la película, si es que aún me quieren, te prometo un viaje a donde tu quieras.  Sin prisas, sin agobios.  Solos tu y yo, y quizá podamos encargar un bebe
- ¡ Paul ! - dijo ella algo cortada
- Quién sabe.  Lo mismo lo hemos fabricado hoy ¿ no te gustaría ?
- ¡ Claro que me gustaría ! Tener un hijo tuyo, es la continuación de ti.  Sería un lazo más para nuestra unión, aunque...
- Aunque ... qué
- Nada
-Si, si.  Algo has querido decirme. Aunque qué
- He recordado una conversación...  Sólo eso. Deberíamos esperar un poco más
- Se a lo que te refieres. No, ni hablar.  Será cuando nosotros lo decidamos, y no cuando unas mentes mal pensadas dirijan nuestras vidas.  Quiero un hijo y lo quiero ya ¿ entendido ?
- ¿ Sabes ? Yo también

Se besaron nuevamente, felices por estar juntos. Habían conseguido los billetes por una cancelación, pero estarían separados.  No importaba. Paul hablaría con la azafata para ver si podían intercambiar el asiento con algún otro pasajero.  No sabía si eso podría ser posible, creía que no, pero al menos lo intentaría. Y efectivamente, no pudo ser, de manera que pasaron la mayor parte del tiempo en el bar del avión.  Charlaban sin cesar de miles de cosas.  Se decían constantemente que se querían, olvidando los momentos de angustia vividos.

Nuevamente aterrizaron en Los Angeles, tras un vuelo que no se les hizo tan interminable como el anterior.  Estaban exultantes de felicidad. Tomados de la mano, reian por cualquier cosa intrascendente que vieran o que dijeran.  Era el fiel reflejo de la felicidad.  Ahora sabían ambos que su amor rompería cualquier barrera. Había sido necesaria esa breve separación, para afianzarse en su relación.  Habían abierto sus corazones, y juntos caminarían por la vida.

Tras otra pelea con el director, Paul pudo arreglar las cosas y tras soportar el chaparrón de improperios y gruñidos, quedó en incorporarse al trabajo al día siguiente.  Terminó el rodaje y como había prometido a su mujer,  harían  ese viaje,  sin prisas.  Sólo con la felicidad y amor que sentían.

- Y bien ¿ dónde quieres que vayamos ? - la preguntó mientras sentados ante el televisor veian un reportaje de National Geographic
- ¿Me lo preguntas a cuento del reportaje que estamos viendo?- le comentó ella
- En parte si. ¿ Lo has pensado ?
- ¿ Sabes ?  Me gustaría ir a Miranorte, a nuestra casa
- ¿ A Miranorte?-dijo sorprendido Paul
- Si... allí nos conocimos.  Allí volvimos a encontrarnos.  Y allí es donde deseo ir
- Bien. Pues iremos a Miranorte.



Había pasado casi un año, desde el final del rodaje de la película.  La productora comunicó a Paul que harían la presentación oficial del film en poco tiempo. 

Al estreno acudió lo más granado del mundo artístico.  Los actores y actrices más relevantes, productores, directores y los protagonistas del evento.  Paul estaba nervioso.  Cómo serían las críticas, pero lo que más le preocupaba, era la reacción de su mujer. Era la primera vez que vería junto a ella algunas escenas escabrosas , y sabía que era celosa, y que aunque le repitiera a menudo que comprendía  su trabajo, tenía miedo de su reacción.  No delante de la gente, pero si en la intimidad de su hogar.  Llevaban meses de paz y armonía, y por nada del mundo deseaba que se interrumpiera por una película.  Paul había tratado,  por todos los medios de disuadirla, que no asistiera al estreno,  pero ella, tan terca como siempre, no quiso ni escucharle.

Eligió el mejor vestido, el más elegante, el que más la favoreciera y se dispuso a acompañar a su marido.  Sabía que era importante para él.  Estaba segura de su amor y nada ni nadie le haría desistir de acudir al estreno. Hizo su paseo por la alfombra roja, cogida de su brazo, y Paul apretaba suavemente la mano apoyada en él.  Ambos causaron sensación, y para muchos periodistas especializados en revistas del corazón, vieron por primera vez a una embarazada mujer de Paul Montgomery, bellísima , sonriente y segura de si misma que miraba a un lado y a otro.  Su marido se detenía a firmar algún autógrafo de alguna persona que se lo solicitaba y ella aguardaba, unos pasos atrás, hasta que él complaciera a las fans.  No sentía celos, estaba orgullosa de la admiración que su marido despertaba, y hasta comprendía la pasión que alguna jovencita sintiera al tenerle cerca. 




Fue una de ellas, que chillaba llorosa, al hacerse una foto junto a él, la que suavemente la retuvo por un brazo y la dijo

- ¡ Que suerte tienes !

Alba sonrió y la respondió

- Cierto, tuve suerte al conocerle, porque él,   es el hombre de mi vida.  Lo siento,  yo llegué primero- y siguió su camino junto a Paul

Él la cogió de la mano y entrelazando sus dedos, se dirigieron hacia la entrada del cine que proyectaría la película.

Tres meses después del evento, nació Alexandra, una preciosa niña de ojos y cabellos oscuros , que colmó la felicidad de sus padres y la de sus abuelos.  Pero aparte de los padres, la mas emocionada fue  Rosalyn, la bisabuela.  Douglas, el director, desde ese día pasó a ser tio  Douglas,




                                               F   I   N 

Autoría:  1996rosafermu ( Editada en Septiembre de 2014 )
Fotografías: Archivo 1996rosafermu
DERECHOS DE AUTOR RESERVADOS
  

Miranorte - Capítulo 17 - Si te vas..., Te vas

Alba, estaba en estado de shock.  No asimilaba ni comprendía, todo lo que había visto. ¿ Qué representaba en realidad, en la vida de Paul? Era su esposa, si, pero ¿ por qué entonces hacía lo que acababa de ver? ¿ Fue en realidad Meredith el amor de su vida y estaba frustrado? ¿ Había sido cierto el relato que él había hecho de su relación con ella? ¿ O había sido Meredith la que dio por terminado su romance?.  No sabía qué hacer.  Daba vueltas por la habitación retorciéndose las manos.  No podía seguir allí ni un minuto más, pero ¿ a dónde iría ?  No podía acudir a  casa de sus padres ni de su abuela. Estarían demasiado involucrados y no serían imparciales. ¡Si al menos tuviera a Mila cerca!



Regresar a España, era una idea que se colaba en su cabeza.  Allí contaba con amigos, con Mila... Y lo que más necesitaba en estos momentos, era un abrazo sincero que le infundiese el valor que la faltaba.  Estaba claro que Paul no la necesitaba y ella no soportaría ninguna caricia que viniese de él. No recibiría una caricia de sus manos, no después de saber lo que había descubierto.  No quería oir las voces que en su interior, la gritaban "escúchale, no tomes una decisión sin hablar con Paul".  Pero no tenía fuerzas para mantener una conversación de ese calibre de boca de su marido.

- Tengo que irme, tengo que irme- era su mantra, que repetía una y otra vez..

Tomó del maletero un bolsón, y comenzó a llenarlo con lo más imprescindible para un viaje a Madrid, en primer lugar.  Después ya vería si involucraba a Mila ó se  daba un tiempo para serenarse. Escuchaba como muy lejanos, los golpes que Paul daba en la puerta para que le permitiera entrar en la habitación.  No quería verle. No quería, siquiera, oír su voz.    Su cabeza funcionaba a velocidad de vértigo.  Todo había sido inesperado y debía tomar una decisión sobre lo qué hacer.  Cualquier cosa, menos permanecer junto a él.  Dejó de escuchar su voz reclamándola que abriera la puerta.  Sigilosamente la abrió y comenzó a bajar las escaleras que la separaban de la planta baja en donde Paul, paseaba nervioso de un lado a otro de la estancia.  Cuando  la vio con el bolsón, imaginó inmediatamente lo que se proponía, y demudado acudió a su encuentro

- Pero ...  ¿ Qué vas hacer ?  No puedo creer lo que imagino.  Te dije que debíamos hablar, pero veo que tu ya has tomado una decisión-dijo exasperado
- Creo que está todo muy claro. ¿ Qué vas a decirme, que no es cierto lo que vi? ¿ Esa es tu disculpa?
- ¡ No, Santo Dios ! No tengo que disculparme.  No he hecho nada malo.  Te lo he repetido mil veces. Ha sido ella la que lo ha provocado.  Yo no he tenido nada que ver
- Tenías mucho interés en que viniese a comer con nosotros. Te recuerdo que íbamos a pasar el fin de semana nosotros solos. Pero fue suficiente que ella te llamara, para trastocarlo todo. ¿ Me quieres decir que fue también casualidad?  Creo que lo teníais planeado.  Lo que no entiendo por qué te casaste conmigo si la querías a ella.  Yo tenía asumido que eras un imposible para mi, que te querría desde la distancia.  Pero llegaste y me engatusaste con tus bonitas palabras, y ahora ...  me has roto el corazón. Tengo que irme.  El aire de esta casa se me hace irrespirable
-No la quiero a ella, te quiero a ti ¿ cómo no lo ves ?  Ella es una pariente.  Nada más.  No representa absolutamente nada en mi vida ¿ Por qué haces esto ? ¿ Qué más puedo decirte para hacerte comprender que te he sido fiel, que no ha existido nadie en mi vida desde que te conocí? No puedo creer lo que estás a punto de hacer por tu cabezonería y tozudez.  Te quiero con todas mis fuerzas, y te lo he repetido una y otra vez: ha sido una maniobra de ella, no mia.  Pero será la última vez que lo digo.  No voy a suplicarte más que te quedes, que no huyas de mi lado.   Por mucho que me destroce tu decisión,  si te vas, estaré siempre aquí, esperándote, pero no iré a buscarte. Habrás de ser tu la que regrese si alguna vez te convences de lo arbitraria que estás siendo.  No tengo que pedirte perdón de nada, Si te vas... te vas... que lo sepas.

Por unos instantes, Alba dudó.  Pero era orgullosa y se sentía  herida.  Le miró fijamente y sin pronunciar palabra, salió lentamente de su hogar, dejando atrás a un desconsolado y lívido Paul. Perdía al amor de su vida, pero no correría tras  ella.  Tendría que ser Alba la que se convenciera de que estaba cometiendo el error más grande que pudiera cometer, pero no le creería mientras no se diera cuenta de su equivocación.


Desesperado, incrédulo, vio como se cerraba la puerta y la querida figura de su mujer, desaparecía. ¿Cómo había terminado así aquel día que se prometía feliz?

Su primera intención era llamar a Meredith, abroncarla por lo que había provocado en su vida, pero en cuestión de segundos, cambiaba de opinión.  La angustia que sentía no le permitía pensar con claridad. Daba vueltas por la habitación.  No sabía qué hacer.  Si correr tras Alba y suplicarle nuevamente que volviera, si permanecer allí sin hacer nada, retorciéndose de preocupación, ir a casa de su abuela buscando consuelo, alivio y consejo.  Ella le conocía bien y sabía cómo apaciguar su ánimo.  Pero de repente pensaba que no podía hacer partícipe a nadie de su problema.  Por otra parte estaba tan angustiado, que  no le apetecía relatar a nadie, ni siquiera a su abuela, lo ocurrido.
Las horas pasaron, pero Paul permanecía en el mismo lugar que le dejara Alba, sin reaccionar.  Aún no asimilaba lo que en cuestión de minutos, había cambiado su vida. Como ya era algo tarde, Alba dijo al taxista la llevara a un hotel cercano al aeropuerto. Llamaría a la compañía aérea para reservar un billete en el primer vuelo que saliera para España.  Iría primero a su casa, y después ya vería... ¿ Ir en busca de Mila?  Estaba indecisa. El problema era suyo. ¿ Cómo explicar lo sucedido? No tenía fuerzas.  Sólo lloraba. ¿ Cómo es posible que la vida le jugara esa mala partida?  De siempre había renunciado a su amor.  Era imposible que él se fijase en ella, y sin embargo estaba casada con él. ¿ Por qué, cómo, cuando... Paul se dio cuenta de que existía?

Reconocía que siempre había estado cerca, y en miles de ocasiones le había recordado que siempre la protegería.  Entonces... ¿ cómo había ocurrido aquello? ¿ Debería haber dejado que se explicara?  ¿Qué es lo que iba a justificar?  Era absurdo pensar que fuera Meredith la causante de todo.  Algo tendría que haber hecho Paul para llegar a ese final ¿ Cómo olvidar sus caricias de los últimos días, su sonrisa, su ternura ? ¿ Qué ternura ? Había sido capaz de besar a otra mujer en su propia casa, delante de ella.

- No..., es un sinvergüenza.  ¡ Oh Dios mio ! ¿ qué voy hacer ? No volveré sin antes me haya pedido perdón.  No me rebajaré.  Yo, no.  No he sido yo la que ha hecho eso
"
Ni siquiera podía pronunciar esa palabra que definía lo que había visto.

- Están liados- se repetía - .  ¡Cómo,  si no,  ella iba a hacer algo así.  Por muy fresca que fuera...!

Los sollozos sellaban su garganta.  Al fin y,  al cabo de un rato,  se decidió llamar para pedir el pasaje.  Partiría al día siguiente rumbo a Madrid.



Rendida por las emociones, se quedó dormida encima de la cama, sin desvestirse.  Sólo de madrugada, con el fresco que entraba por la ventana de su habitación, la hizo despabilarse. Desorientada mirada en rededor, sin terminar de ubicarse en el hotel, hasta que la consciencia volvió a su memoria.  Se tapó la cara con las manos como para olvidar la enormidad de lo acontecido en su vida.  Otra vez sola.  Pero cada vez que sufría un dolor, se derrumbaba de nuevo incapaz de creer que podría levantarse y seguir su camino.  La frustración por Paul hacía que se hundiera cada vez más.  La imagen de él diciéndola: " si te vas...  te vas ". Era un hombre que cuando tomaba una decisión, no daba marcha atrás, por mucho que le costase, y ella sabía que lo dicho iba en serio, y que si volvía con él, habría de ser Alba la que diera el primer paso.  Pero ahora se sentía demasiado dolida para hacerlo, y no sólo eso, sino que estaba en posesión de la verdad, y esta vez no cedería.  No volvería a su casa con la cabeza baja, por algo que no había sido su culpa.  Ella no se había besado con nadie.

Y recordó el día que conoció a su marido al salir en su defensa pensando que estaba en peligro, por su discusión con  Alberto, el médico de Miranorte.  Recordó que estaba loco por ella, aunque Alba sólo le viera como un buen amigo.  Habían terminado su relación amistosa, de mala manera.  Tampoco podía recurrir a él. ¿ Qué la ocurría, sería gafe ? ¿ Por qué todo lo que emprendía le salía mal? ¿ Sería culpa de ella ?. Aterida de frio se tapó con la colcha de la cama.  Se hizo un ovillo, y trató de olvidar su recuerdo con el médico para no pensar,,  de rechazo,  en Paul..

Repetidas veces había llamado a su móvil, que permanecía desconectado.  Se moría de la inquietud  ¿dónde estaba ?  Era tarde, muy tarde y se arrepentía de haber sentenciado la partida de Alba: Se había justificado ante ella, ¿ pero era suficiente ?  Ella estaba nerviosa y no le creyó. "Es normal que así sea".  Se repetía arrepentido de su arrebato.  Pero ahora le preocupaba que anduviera sola por ahí, sabe Dios donde. Llamó a casa de sus padres por comprobar si disimuladamente le daban alguna noticia, pero la conversación fue normal, sin dar a entender que Alba estuviera allí.  Y lo mismo ocurrió con su abuela, pero ésta intuyó algo y así se lo hizo notar.  Pero él desmintió todo.  Tan sólo dijo: " hemos discutido, nada más ".  Pero eso no calmó sus ánimos.  La imaginaba en cualquier hotel, pero también pudiera ser que haya tenido algún accidente...  No, desechó la idea: "de haber sido así, la policía se hubiera comunicado conmigo".  Estaba desesperado, y decidió salir a la calle, no sabía muy bien donde ir, pero necesitaba hacer algo.  No podía quedarse cruzado de brazos, mientras su mujer andaba perdida y desesperada.

- Seguro que se ha comunicado con Mila - pensó - ¡ Cómo no se me había ocurrido antes !

Pero por la diferencia horaria era de madrugada en España. Aguardaría que fuera una hora prudencial para llamarla.  Pero tampoco obtuvo respuesta satisfactoria, lo que le alteró aún más. Amanecía cuando volvió a su casa angustiado.  Llevaba horas andando por la calle, pensando en todas las rutas que Alba hubiera podido tomar, y sólo le quedaba una: el aeropuerto.  Casi con toda seguridad volvería a España. Preguntó en los mostradores en los que hubiera conexión con España, pero en ninguno quisieron darle alguna noticia. " las normas no nos lo permiten", fue toda la respuesta que obtuvo.  Las horas habían pasado.  Miraba a todos los pasajeros que se disponían a embarcar, pero entre ellos tampoco vio a su mujer.  Por momentos se desesperaba más, y decidió hablar con la productora.  No podía acudir al rodaje.  No estaba en condiciones ni físicas ni mentales

- Me importa un pito que me demandes.  Necesito viajar a España hoy mismo... ahora... si consigo un pasaje. Lo siento, ha ocurrido algo inesperado y es urgente que vaya-  le decía al director de la película

Gritaba a través del teléfono, porque el director estaba hecho una furia, y Paul no se daba cuenta de que no estaba en su casa, sino en un taxi en dirección a ella.  Haría un pequeño equipaje y saldría inmediatamente para  Madrid.



Miraba por la ventanilla al exterior, sin ver en realidad nada.  Hacía poco más de una hora que habían partido. Aún la quedaban muchas horas de vuelo hasta llegar a Madrid. inclinó hacia atrás el asiento y pidió a la azafata una almohada.  Trataría de dormir, aunque sabía muy bien que no lo conseguiría. Una vez más las lágrimas pugnaban por salir, pero las reprimía, ahogándolas en su garganta. En la televisión del avión, proyectaban Memorias de Africa.  Recordó cuando vio con sus amigas de Miranorte la película. ¡ Qué distinto era todo entonces! Tres jóvenes esperando todo de la vida, sin más preocupaciones que su día a día.  Ella había realizado el sueño de su vida, y sin embargo de nada había servido, porque la decepción sufrida anulaba todo lo demás.  Había dejado atrás al hombre de sus sueños, de su vida.  Ahora tenía un futuro incierto sin saber qué hacer y cómo recuperarse de todo lo ocurrido

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