sábado, 26 de septiembre de 2015

La carta - Capítulo 4 - Un encuentro, un abrazo

Otra vez se encontraba sola.  Nuevamente había perdido la amistad entrañable y sincera de Piedad. La echaba de menos y, le dolía que pensase que la había traicionado.

Después de todo lo ocurrido, dejó de salir y ni siquiera paseaba como antes.  El invierno había sido  crudo, y esa era la excusa perfecta para justificar ante su familia la apatía que sentía.  Pronto se cumpliría una año del viaje por Europa que las unió.  Habría de preparar las vacaciones...,  otra vez..  No sentía el más mínimo interés por ir de viaje.  Fue Braulio quién la convenció para que lo hiciera.

Sin argumentos que justificasen el no salir de vacaciones, decidió acudir a  la agencia de viajes próxima a su domicilio.  Miró el escaparate con las ofertas  propuestas para ese verano y no encontró nada que despertara su interés

- Mañana iré a otra agencia - pensó-.  Iré  a comprarme algo de ropa, aunque la verdad es que no necesito nada

Entró en los grandes almacenes que ofertaban las novedades de aquel verano.  La ropa era colorida con flores y rayas marineras.  Miró algún vestido y eligió el que más la gustaba.  El ir y venir de la gente la aturdía. Estaban anunciando las rebajas  y la aglomeración de personas, la fatigaba.  Subió hasta la cafetería situada en la última planta.  Allí descansaría durante un rato, mientras tomaba algún helado.  Transcurrió casi una hora.  Miraba alrededor fijando su mirada en algún grupo, más por curiosidad que por otra cosa.  No conocía a nadie; observaba a las madres peleándose con los chiquillos que no paraban quietos.  Le hacían sonreír. Cogió el ticket y se dirigió a la caja para abonar la consumición. 




De nuevo se sumergió en la marabunta humana que recorría cada planta:  Bajando por las escaleras mecánicas, su mirada se cruzó con alguien a quién quería y,  hacía meses que no veía:  Piedad.  Ella también la había visto.  Ninguna de las dos hizo gesto de sorpresa, como si fuera lo más natural del mundo, pero las dos a una, decidieron salir de las escaleras en el primer tramo.  Fue Piedad la que salió a su encuentro porque iba en la dirección de subida y Azucena la seguía con la mirada en el rellano de las escaleras.  Mentalmente pedía que su amiga diera la vuelta.  Deseaba abrazarla, pedirle nuevamente perdón, aunque fuera por algo de lo que no tenía culpa.  Deseaba volver a ser amigas... En ello estaba,  cuando unos brazos la rodearon,  y ambas se juntaron .  Lloraban ante la mirada curiosa de las personas que transitaban.   No podían hablar por la emoción que sentían. Mezclaban sus lágrimas y, reían , reían nerviosas.

Pasados unos momentos terminaron de bajar las escaleras, hasta la planta baja, y tomadas de la mano salieron a la calle.  Necesitaban ir a un lugar en el que pudieran hablar tranquilas.  Contarse mutuamente todo lo que habían hecho durante el tiempo que habían permanecido alejadas.  Entraron en una cafetería y buscaron un rincón apartado de las miradas de los demás clientes.  tenían mucho de qué hablar, mucho que contarse.






Ambas amigas se abrazaron de nuevo.   Azucena la pedía perdón una y otra vez.  Piedad  le puso su dedo en la boca,  haciéndola callar.

- Calla, calla. Lo sé, lo sé. Aquel día lo pagué contigo, pero fue el canalla ese,  el culpable.  ¿Sabes? le eché de casa y nunca más le veré. Nunca más.  No debí perder la amistad de una buena amiga, por quién no lo merecía- dijo Piedad

- ¡Te he echado tanto de menos...!  He necesitado tu afecto más que nunca.  Me hundí después de aquello.  Comprendo que no me creyeras, pero te juro que no fui culpable.  Si acaso lo fui de beber más de la cuenta. Ese fue mi pecado... Me sentí ¡tan mal..!

- Bueno ahora ya hemos llorado, nos hemos pedido perdón, nos hemos abrazado... Tu también tienes que perdonarme, te llamé zorra ...- dijo Piedad

Ambas seguían cogidas de la mano, pero reían felices de haber recobrado su amistad

-Tenemos que preparar las vacaciones. Las tomaré en Agosto, y tu no tienes problemas.  Como no trabajas,  puedes tomarlas cuando quieras, ¿ ó sí trabajas  ?
- Cierto, no trabajo y no me perdería esta escapada por nada del mundo. Esta mañana salí a la calle en busca de un viaje, sin ninguna gana, pero mi cuñado me había convencido.  Y recordé el de hace un año.  Me sentí mal por ello, me acordaba de ti y me entró pena por haber roto nuestra amistad.  Pero ya se acabó. Estamos de nuevo juntas

- ¿ Sabes lo que se me ocurre?- apuntó Piedad

- No tengo ni idea. Sabe Dios lo que  habrás pensado

- Un crucero.  Un crucero por el Mediterráneo. La Costa Azul, Mónaco, Italia, Grecia...

- ¡ Un crucero ! ¿ Qué vamos hacer nosotras en un crucero ?

- Pues divertirnos.  Quizá con un poco de suerte hasta podríamos ligar

- Quita, quita... ¿ No estás escarmentada ?

-Si, pero ahora sería yo la que se divirtiese- exclamó Piedad riendo



Quedaron para el día siguiente después del trabajo de Piedad. Contratarían un crucero, y se comprarían ropa para ello. Tenían la intención de que ese viaje fuera inolvidable.

Faltaban dos días para tomar el barco, pero decidieron ir con tiempo, y de ese modo tomaron un Ave hasta Barcelona. Se hospedarían en un hotel y aguardarían la fecha de iniciar el crucero.  Eran inmensamente felices; más parecían hermanas que amigas. Lejos de distanciarse, su alejamiento las había unido más, se querían y la alegría por estar juntas la demostraban constantemente.  Nunca Azucena, se había mostrado tan alegre, con tantas ganas de reír con las ocurrencias de su amiga. Estaban nerviosas pensando en el viaje.  Ninguna de las dos había ido nunca en un crucero, era una total y absoluta novedad para ellas.



Por fin había llegado el día. Subían  por la escala hasta el primer piso.  Allí fue recibido el pasaje con los primeros oficiales y el capitán.  Una azafata les proporcionaba el número y la cubierta del camarote que correspondía a cada uno.  Ellas habían elegido uno  de primera clase.  Un marinero portaba las maletas y las acompañaba hasta su aposento

Tenían un camarote individual, pero contiguo uno del otro.

-¿ Has visto a los oficiales? - la preguntó Piedad - ¡Vaya tipazos!

- Piedad.... no empieces- dijo Azucena

Comenzaron a deshacer el equipaje.  Deberían colgar la ropa en los armarios, de lo contrario la humedad pondrían los vestidos muy arrugados.  Habían cargado con un sin fin de vestidos, bañadores, trajes de noche, sandalias, deportivas...  Parecía que era su primer viaje, como si nunca se hubieran movido de su casa.

Les reunieron a todos en el salón de la cafetería.  El capitán haría una salutación de bienvenida, y les daría unas instrucciones de cómo habrían de ser los simulacros que harían dentro de unos días.  A continuación, les obsequiaron con una copa de vino español y unos aperitivos, para pasar, a continuación,  al comedor y  a almorzar.

Después de su primera comida, dieron una vuelta por las sucesivas cubiertas y decidieron pasar un rato en la piscina,  nadando y tomando el sol  Algunos hombres las miraban, pues ambas eran esbeltas y atractivas, y ellos eran los clásicos ligones de .cruceros  Hubieron dos amigos que se aproximaron a ellas buscando conversación, pero Piedad, alerta por la experiencia sufrida con Fernando, les seguía la corriente sin comprometerse.  Azucena sólo miraba sin intervenir en la conversación que mantenían.

Quedaron citados para sentarse juntos  en la cena.  Pero no lo pudieron hacer, ya que el capitán tuvo la deferencia de adelantarse y sentarlas en su mesa, junto a otros matrimonios que iban también en primera clase.

Debían vestirse elegantemente.  Azucena buscó un traje de noche que fuera cómodo, ya que la humedad le resultaba bastante molesta. Se mostraron preciosas y ambas captaban la atención de los varones jóvenes que habían intentado ligar con ellas en la piscina.  La cena transcurrió muy entretenida.




 Los matrimonios eran muy divertidos y, el capitán, hombre acostumbrado  a tratar con los pasajeros, era cortés, amable y ocurrente.  Pasaron dos horas fantásticas  que fue lo que duró la cena.  A continuación la orquesta , en el salón contiguo, amenizaba la velada con canciones para ser bailadas, románticas y suaves.  Uno de los muchachos se acercó a ellas y solicitó el baile a Piedad.  Azucena se disculpó.  Se iría a dormir, estaba cansada. Piedad salió a bailar con el chico.

Antes de retirarse decidió dar un paseo por cubierta. Corría una suave brisa.  El cielo estaba totalmente estrellado, nunca había visto tantas estrellas juntas.    Hacía una noche preciosa.  Acodada en la barandilla de cubierta, miraba hacia el mar,  iluminado por los faros que llevaba el barco.

Había una distancia de pocos metros desde donde estaba Azucena hasta una silueta oscura, alta, que no recibía ninguna luz.  Muy al contrario que la  figura de Azucena perfectamente iluminada .   Miraba en dirección a la chica, pero no se movió ni dijo nada.  Solamente la miraba; ella no se daba cuenta de que era observada atentamente por alguien que desconocía.


viernes, 25 de septiembre de 2015

La carta - Capítulo 3 - Un hotel, una cama ... y un adiós

El viaje le había sentado muy bien. Llegaba con energías renovadas y con ganas de hacer cosas.  Aquella mañana bajó temprano a pasear.  Recorrió el mismo camino que hacía siempre, pero se encontraba animosa.  Echaba de menos la compañía de Piedad, que había sido su inseparable en todos aquellos días.  También recordó a Fernando, pero no tanto.  Los días pasaban veloces y Consuelo ya había regresado también de su tiempo de descanso.  Pasó Agosto, Septiembre, y Octubre se anunciaba algo revuelto y con abundantes lluvias. Miraba el calendario y comprobaba que las Navidades se acercaban veloces

- Otro año más - se dijo

Las dos amigas se reunían los fines de semana y alguno que otro, Fernando también las acompañaba.  Piedad y él salían de vez en cuando y parecía que se habían decidido a tener algún tipo de relación, aunque él seguía pensando en Azucena.  Poco a poco la amistad entre los tres se iba consolidando, y cada vez Piedad confesaba a su amiga que se había enamorado de Fernando, pero que él no había cambiado en absoluto.

El 28 de Octubre, Azucena cumplía años, treinta exactamente.  Para celebrarlo preparó una cena especial para sus amigos.   Fue espléndida y la sobremesa muy cordial. Recibió originales regalos y al menos en esa noche, el recuerdo de Luis no fue tan persistente.  Por la mañana sus cuñados y suegros, la habían enviado flores y bombones.  Sus padres, desde su residencia en Marbella, la llamaron a primera hora de la mañana y  le enviaron un cheque por 10.000 € para que se comprara lo que quisiera.

Cuando se marcharon sus invitados, ya acostada, recordó el último cumpleaños que celebró con Luis. Hacía poco que se habían casado e hicieron un romántico fin de semana a Paris.  Se hospedaron en el hotel Ritz, y vivieron unos intensos días de amor. Poco a poco, el sueño la venció, y dormiría de un tirón hasta bien entrada la mañana.
Hotel Ritz, París
La pareja formada por Piedad y Fernando se afianzaba , y las salidas de las dos amigas se fueron espaciando.  Pero estaba contenta por Piedad, era lo que deseaba, quería a Fernando y era feliz con él.  De veras se alegraba por ambos.  Hacían buena pareja y  tenían la edad adecuada.  No pensaban en casarse, pero sí en vivir bajo el mismo techo.

Los adornos navideños, los comercios, las calles, poco a poco cambiaban su fisonomía con las cercanas fiestas.  Faltaban pocos días para Nochebuena, cuando recibió una llamada de Fernando

- ¿ Podemos vernos ? - preguntó a la chica

- Si, claro ¿ Ocurre algo ?

- No, no, tranquila.  Sólo deseo hablar contigo

- Bien, pues cuando quieras. ¿ Referente a qué ?

- Ya te lo diré cuando nos veamos

- Estás muy misterioso.  ¿ Se refiere a Piedad ?

- No exactamente

- Muy bien, pues tú dirás cuándo y dónde

- ¿ Te parece bien el viernes?

- Si, muy bien

- Pasaré a buscarte como a las ocho, cenaremos y en la sobremesa hablaremos

- ¿ No nos acompañará Piedad?

- No, no, en este momento no.  Primero quiero hablar contigo

-Bueno, pues a las ocho, el viernes. Adiós

- Adiós, querida

- ¡ Qué extraño !- pensó Azucena

No le dio demasiada importancia.   Pensaba que se trataría de dar una sorpresa a su pareja, o quizá quería hacerla algún regalo por Navidad.

Con puntualidad británica, Fernando,  llegó a su casa.  Venía algo más acicalado que de costumbre y llevaba algo de perfume,  caro,  de calidad, agradable y suave.  Después de saludarse, se encaminaron a recoger el coche que Fernando había aparcado en la puerta.  Entraron en uno de los restaurantes más caros de la ciudad, de los más refinados y selectos.  Azucena ya lo conocía, pero le extrañó tanta solemnidad.  Eligieron el menú y,  al finalizar la cena, él pidió una botella de Cava, cosa que extrañó sobremanera  a Azucena.

Fernando comenzó a hablar exponiéndola sus medios de vida.  Ya los sabía. Recordaba que nada más conocerse, los había relatado.  Presentía que la conversación no sería sobre un regalo a Piedad ni nada parecido.  Le dejaba hablar, mientras ella daba sorbitos a la copa de Cava como para " ir pasando" lo que él la contaba.
Sin darse cuenta, sorbo a sorbo, había bebido media botella, y sin embargo Fernando no llegaba a una copa.  Por no tener costumbre de beber,   llegó un momento que su cabeza comenzó a flotar y dejó de oír las palabras de él. 

 No supo cómo habían llegado hasta allí,  ni en qué momento Fernando solicitó que le acompañara.  Comenzó a reaccionar cuando se dio cuenta de que estaba en una habitación que no conocía, en una cama que no era la suya, y que una especie de quemazón recorría su cuerpo desnudo bajo la presión de una ardorosa mano que lo recorría.  Sólo entonces  supo que estaba en la cama con Fernando.  Con el novio de su mejor amiga.
De un fuerte empujón le echó a un  lado y buscando deprisa su ropa, se la puso y salió de allí ante la estupefacción del hombre que no entendía su reacción.

Nerviosa llamó a un taxi que la llevara hasta su domicilio, no lejos de allí.  Llegó sofocada y nerviosa.  A las preguntas de Consuelo sobre lo que la ocurría, no sabía contestar, no podía contestar.  Fue a su cuarto, se quitó la ropa y se metió en la ducha.  Se frotaba el cuerpo con fuerza, como si con ello pudiera borrar lo ocurrido en la habitación del hotel con aquél hombre del que nunca hubiera imaginado se comportara de ese modo.

El teléfono repiqueteó en la salita  y fue atendido por Consuelo.  Aún estaba secándose cuando la mujer le acercó el aparato

- Es don Fernando- anunció

- Dile que no he llegado, dile que no estoy- pidió a Consuelo

- Pero le he dicho que sí estaba- replicó la mujer confundida

- Dámelo, dame el teléfono- pidió nerviosa

Consuelo no entendió nada, cuando al alargar el brazo para alcanzárselo, Azucena se lo arrebató de la mano cortando la comunicación sin hablar con él

- Si vuelve a llamar, no estoy ¿ me oyes?  Nunca más estaré para ese hombre-ordenó a Consuelo

Fue a la cocina y se hizo una taza de tila muy cargada.  Podía habérselo preparado la sirvienta, pero no quería dar explicaciones, y sabía que Consuelo la preguntaría lo que la ocurría.

Pasó unos días de máxima tensión.  Pedía mentalmente que no la llamara su amiga, no podía hablar con ella...  Pero sí tenía que tener una conversación.  Debía explicarle lo ocurrido y la dolía porque sabía lo enamorada que estaba de él, aunque no se lo mereciera.  Se había comportado como un canalla.  Ella nunca le había dado pié para aquella agresión.  No recordaba casi nada, no entendía nada ¿ Qué había ocurrido, qué le había dicho para que la condujera hasta ese hotel y ella diera su aprobación?  No recordaba haberse quitado la ropa en presencia de Fernando.  A penas si recordaba unos labios besándola y unas manos dibujando con ellas  su cuerpo.  Sí sabía que aquellas caricias no habían representado nada para ella.  No había sentido nada, ninguna emoción, ningún estímulo, era igual que un témpano de hielo. Recordaba las protestas de él por no ser correspondido de la misma forma.  No paraba de decirla que la amaba, que la había deseado desde el primer momento que la vio y la reprochaba que no saliera de su boca ninguna palabra de amor.  Estaba ausente, mareada por el alcohol ingerido, sólo así comprendía el porqué de lo sucedido.  Estaba avergonzada y no sabía cómo solucionar aquello.

Piedad la llamaba en vísperas de Nochebuena.  Quería que pasase ese día con Fernando y con ella.  No quería dejarla sola en fechas tan especiales

- No Piedad, no iré, en estos días no.  Ha pasado mucho tiempo, pero aún recuerdo a mi marido.  No deseo salir, pero te agradezco tu atención.  Cuando pase el día de Navidad deseo verte.  Tengo que hablarte de algo importante que ha ocurrido

-  No me irás a decir que has encontrado a alguien que te interesa ¿ verdad?

- No, no. Pero es importante, muy importante

-. Bien, ven a casa y charlamos

- Pero quiero que estemos las dos solas, que no esté Fernando

- Tranquila, sale de viaje el 25 por la noche.  Una de sus hermanas está enferma.  Hace tiempo que no la ve y aprovechará estos días para visitarla.  A propósito, hablando de él, está muy extraño, no habla casi y se muestra huraño.  Seguramente estará preocupado por su hermana. En fin, que me lo diga,  si quiere

Estaba deseando ver a Piedad , y al mismo tiempo tenía miedo.  Sabía el duro golpe que iba a recibir de ella, de quién menos lo esperaba.  Se sentía culpable, a pesar de no haber dado motivos para ese comportamiento.  La duda se instalaba en su mente 

-Pero una persona no actúa así de buenas a primeras. ¡ Dios mio ! ¿ qué hice para que ocurriera ? 

 No creía haber dado pié para ello, no por la ausencia de sensaciones, a pesar de que habían transcurrido varios años desde que tuviera sexo con Luis.  Pulsó el timbre de la puerta del domicilio de Piedad. Fernando había ido a ver a su hermana como le había anunciado.  Estaban solas.  Piedad la notaba extraña. Se retorcía las manos que además la sudaban abundantemente ¿ qué le  ocurría a su amiga?  Estaba pálida y no tenía la conversación amena e interesante que acostumbraba.  Era sumamente extraño su comportamiento  y, así se lo hizo saber

- ¿ Quieres decirme lo que ocurre?  Estás empezando a preocuparme

- Verás... - no pudo seguir.  Se abrazó a su amiga llorando

A duras penas, Piedad, consiguió calmarla al tiempo que aumentaba su preocupación por momentos

- Dime lo que sea, por favor.  Me tienes angustiada- dijo Piedad

Azucena secándose las lágrimas, decidió comenzar el relato desde el principio.  No se la ocurría mejor forma de explicarle lo ocurrido.  Piedad la miraba fijamente perdiendo el color de su rostro a medida que el relato llegaba a su punto culminante, pero no decía nada.  Deseaba que Azucena concluyese de relatar lo ocurrido



Piedad
- Te juro amiga, que no  di pié para aquello. No hice nada, solo bebí más de la cuenta. Perdóname. Por nada del mundo hubiera deseado que ocurriera...


Azucena no esperaba aquella reacción, pero comprendía la indignación de su amiga y su desesperanza

- ¿ Sabes lo que creo? Que eres una zorra....  Desde el primer día coqueteaste con él. Te halagaba verle ir detrás de ti como un perrito faldero.  No te importó que yo te confesara que le quería.  Lo que buscabas era satisfacer unos instintos que tenías ya olvidados.  No te creo. Pienso que lo pasasteis estupendamente juntos y que tu conciencia te pedía me lo dijeras, pero que no piensas dejarlo. ..  Vete de mi casa. Me has traicionado cuando yo confiaba en ti.  Fuiste confidente mía.  ¡ Cuánto te habrás reído al escuchar lo que te contaba ! Vete, sal de aquí inmediatamente. No quiero volver a ver más en mi vida

- Piedad, por favor. Estás equivocada. No le provoqué, no quería estar con él. No es cierto que le buscase, y tú lo sabes. No me causó satisfacción, sino repugnancia.  De haber sido consciente, no me hubiera puesto sus manos encima, créeme, por favor, por favor

Piedad tomándola fuertemente de un brazo, con rabia a duras penas contenida, la condujo hasta la puerta y la soltó en la escalera, cerrando la puerta tras de sí.  Recostada en ella rompió a llorar con desconsuelo.  Su mejor amiga y su pareja, la habían traicionado.  No volvería a verles nunca más, a ninguno de los dos.

Cuando Fernando al cabo de unos días regreso a casa, se encontró en el vestíbulo una maleta que le era familiar.  Como si nada hubiera ocurrido, dijo en tono jovial, después de besar en los cabellos a Piedad, que volvió la cara rehuyendo la caricia
Fernando
- ¿ Nos vamos de viaje?

- No. Tú te vas de mi casa.  Ahí están tus cosas, en ´tu maleta.  Deseo que salgas inmediatamente de aquí. ¿ Cómo habéis tenido la poca vergüenza de haberos acostado? Mi novio y mi mejor amiga...

- Escucha, escúchame- respondía Fernando

- Ya la he escuchado a ella. Me ha dado pelos y señales de lo ocurrido en aquel hotel.  No deseo volverte a ver, ni a ella tampoco.  Os quiero fuera de mi vida .   Desearía no haberos conocido


Fernando sabía que tenía razón en lo referente a él, pero no con Azucena.  Ella no había tenido culpa de nada.  Su deseo por tenerla había aprovechado su exceso de bebida, inusual en ella, para abusar de su buena voluntad y conducirla hasta el hotel para saciar sus más bajos instintos.  Sería inútil hablar, explicar a Piedad que ella no había tenido culpa.  Cogió la maleta y salió para no volver nunca más.

jueves, 24 de septiembre de 2015

La carta - Capítulo 2 - Volver a vivir


Arrancó el coche y salió de la urbanización, sin volver la vista atrás, para ver por última vez la que fuera su hogar junto a Luis.  Sentía un nudo en la garganta, pero no lloró.  Sacó fuerzas de donde no las tenía, pero seguiría adelante.  Iba detrás del camión de mudanzas.  En el chalet habían quedado algunos muebles. No le cabían todos en el apartamento,  que desde ese mismo día era su nueva vivienda.

El apartamento era lo suficientemente amplio para que convivieran con holgura Consuelo, la sirvienta,  y ella.  No necesitaba más, no quería más.  Durante tres o cuatro días tuvieron mucho trabajo, hasta tener todo ubicado, teniendo en cuenta que la compañía de mudanzas habían acoplado los muebles y los enseres,  en su lugar.  Pero ella quería ordenar a su gusto los objetos más personales.

Los primeros días estaba desubicada y nerviosa, pero poco a poco se iba normalizando. Su cama de matrimonio había sido reemplazada por otra más pequeña. El lujoso comedor, ahora era un salón más funcional anexo a una sala en la que recibiría las visitas, si es que alguna acudía a saludarla.

Todas las mañanas bajaba hasta la cercana plaza, y allí sentada en una cafetería, leía durante un rato.  Unas veces tomaba un aperitivo,  cuando la hora era cercana al almuerzo, y otras en cambio sólo un café.






No estaba del todo satisfecha.  Por edad, no la correspondía ese tipo de vida tan sedentaria.  " Debes acudir a algún teatro, o al cine.  Echarte nuevas amigas, solteras o viudas como tú, pero jóvenes...,  de tu edad ".  Era el consejo que le había dado su cuñado, pero ella desorientada no sabía cómo y dónde podía entablar amistad con otras personas.

Llegó el verano y las vacaciones.  Consuelo iría a visitar a su familia que vivían fuera de la capital.  Ella organizó un viaje en  grupo y recorrería algunas capitales europeas, que ya conocía, pero se le ocurrió que era una posibilidad de encontrar a alguien en su misma situación.

El grupo compuesto por quince personas, fueron reunidas en la terminal del aeropuerto, y allí mismo hizo lo posible por integrarse .   La mayoría de ellos eran parejas, tan sólo  otra chica algo mayor que ella y un varón de mediana edad,  que junto con ella iban en solitario, y   que desde un principio se fijó en ella.  En primer lugar visitarían Londres, Edimburgo, París, Praga y retorno a España

- ¡ Hola ! me llamo Fernando y parece que vamos a ser compañeros de viaje.

- Mucho gusto - contestó Azucena -, y así parece.  Creo que tendremos un viaje agradable.


Fernando
 Trataba de ser amable, pero no terminaba de convencerla que hubiera sido Fernando, a quién acababa de conocer, quién se acercara a ella.  Por afinidad hubiera preferido que fuese la chica, pero confiaba que en el transcurso del viaje estuvieran los tres juntos.

Aún no estaba preparada para ningún tipo de relación.  Tenía la impresión de que faltaba a la memoria de Luis, pero también retumbaron en sus oídos las palabras de Braulio, su cuñado mayor y más liberal en su forma de pensar

- Trata por todos los medios de volver a tener pareja.  No has cumplido los treinta años, eres demasiado joven para condenarte a vivir de un recuerdo.  Piensa que se trata de mi hermano, que le echo de menos, pero estoy seguro que él lo querría así

Azucena miraba de soslayo a Fernando.  Era mayor que ella, pasaba de los cuarenta y pico, de muy buen ver.  tenía buen porte, de facciones correctas,  de exquisitos modales y educación.  Vivía de sus rentas, según le había confesado tratando de intimar con ella.

-Al ser soltero, he cedido mis negocios a un sobrino, hijo de una hermana separada.  Pienso  dedicarme a "vivir " la vida.

 Azucena le escuchaba demostrando interés, aunque no lo tuviera en lo más mínimo.  Se daba cuenta de que gustaba a su compañero, y mientras él narraba el estilo de vida que llevaba, ella pensaba para sus adentros:

- Y a mi ¿ qué demonios me importa ?  Claro, es aventurar mucho, igual simplemente quiere ser amable. ¡Estoy loca...!  ¿ Qué me hace pensar que quiere ligar?  Seguramente será un alma solitaria.... Vamos a ser compañeros de viaje durante varios días.  Eso suele pasar en este tipo de tournée- como un susurro lejano, Fernando continuaba con su charla

Esbozó una sonrisa fingiendo complacencia.  No se imaginaba una relación con él a pesar de ser atractivo.

- Me estoy precipitando- pensó-, acabamos de conocernos, pero sólo se dirige a mi. Anda tonta, estás haciendo una montaña de un grano de arena.  Simplemente quiere integrarse

Pero en el fondo sabía que le atraía.  Nadie hubiera contado su vida en el momento de conocer a otra persona.  En el fondo se sentía halagada, pero inmediatamente desechó esa absurda idea.  Se sentía nerviosa.  Era su primera salida después de enviudar y, casi se diría que había perdido la costumbre de hacerlo.

Acomodados en el avión, en el asiento contiguo iría la otra chica que viajaba sola.  Al otro lado del pasillo se sentaba  Fernando.  Quedó aliviada por ello; no se imaginaba todo un trayecto de algunas horas escuchando los relatos del hombre.

- Me llamo Piedad - dijo su vecina de asiento

- Yo Azucena.  Encantada ¿ Viajas sola?

- Si, hija mía, más sola que la una.  Acabo de terminar  una relación y he decidido que debía dar un giro a mi vida. Aún soy joven, y quién sabe, igual encuentro a alguien que me guste.

Piedad


Ambas rieron y, Azucena se sintió obligada a contar a Piedad que llevaba varios años de viudedad y éste viaje era su primera escapada

- ¡ Ay, Señor ! Lo siento. ¡ Eres tan joven !...  pero... esas cosas ocurren a diario... No importa la edad...    Nos ayudaremos mutuamente ¿ te parece ?

- Me encanta.  Cuando perdí a mi marido, me fui alejando de mis amistades.  Todos estaban casados y, yo francamente, no tenía ganas de alternar con ellos.  Poco a poco se fueron alejando.  No era una compañía muy divertida y, así me quedé sin amigos, sin ningún amigo

- Bueno, pues ya has encontrado  una - sonrió Piedad

Azucena se sorprendía de que ella hiciera lo mismo que había criticado a Fernando:  contaba su historia a una total desconocida.  Pero Piedad la infundía confianza, ó quizá fuese que tenía necesidad de encontrar una amistad en quién confiar sus pensamientos

- Vamos a estar varios días conviviendo.  En este tiempo veré si es cierto que vamos a ser amigas. ¡ Sería estupendo tener a alguien con quién salir !- fue lo que pensó en silencio

 Giró la cabeza para atender a la azafata que venía a ofrecer alguna revista y bebidas.  Solicitó un zumo y su mirada se cruzó con la de Fernando que la sonreía amablemente.  Piedad, al ver que miraba a otro lado, volvió también su cabeza en la misma dirección , comprobando que  Fernando miraba y sonreía a Azucena

- Le gustas - fue el comentario que hizo en voz baja

- ¡ Qué dices !, acabamos de conocernos

- Créeme, le gustas.  Soy unos años mayor que tú y, algo entiendo de eso. ¡ Huy ! es un bombonazo - dijo riendo mientras guiñaba un ojo a su amiga- aunque mayor para ti

- Estás loca.  Aún recuerdo a mi marido.  No estoy preparada, no deseo amistades masculinas

- Pero ¿ cuántos años hace que enviudaste?

- Cinco años y poco más

- Ya has guardado tu duelo.  Eres bonita y joven.  Debes vivir la vida, que ya ves, te sorprende cuando menos te lo esperas.  Tu marido ¿ te amaba ?

- Si, y mucho

- Pues entonces desde arriba te verá y deseará que seas feliz nuevamente.  Mientras vivió le amaste, pero él ya no está y no puedes hacer nada por evitarlo

Azucena guardó silencio, e instintivamente recordó las palabras de su cuñado: " tienes que volver a vivir".  Echó el asiento hacia atrás, y ambas se dispusieron a ver la película que proyectaban " Memorias de Africa".  Recordó haberla visto cuando la estrenaron,  con Luis, y que a la salida del cine  la iban comentando.  Ella se sintió entonces enamorada de Robert Redford

- Eres una romántica empedernida - había comentado su esposo- voy a sentir celos de él.  No puedo competir, es mucho más guapo que yo.

Luis la besó en la mejilla y ella tomó el brazo de su marido con ambas manos, al tiempo que decía

- No seas tonto.  Estoy segura que todas las mujeres del mundo están enamoradas de él. Es otra cosa, algo distinto.  Mi amor por ti, es real.

Luis la miró con cariño mientras  sonreía.  La amaba profundamente y estaba seguro que ella también le quería  Aquella noche hicieron el amor.  Unos días después a Luis le diagnosticaron su enfermedad.  Esa fue la última vez que habían tenido relaciones sexuales.  Después los tratamientos, la enfermedad, y el comprobar que Luis se iba, hicieron imposible una nueva intimidad.
Había cerrado los ojos, y sin darse cuenta, había hecho un gesto que había llamado la atención de Piedad.

- ¿ Te ocurre algo ?- la preguntó su amiga

- No, no. Estoy bien. He recordado cuando vi la película con mi marido

- ¡ Ah, ya !, pues no la veas si esto te va a doler

- No, no pasa nada

Trató de dormirse, no deseaba seguir viendo las aventuras de Robert y Meryl con un amor desventurado.

Memorias de Africa


´Para distraerse de la película, comenzó a divagar.  Se imaginó saliendo a cenar o al cine con Fernando

- Quita, quita... ¡ Pero si es muy mayor !  A lo mejor,  sólo quiere ser amable - se dijo

 Y algo de eso debía pensar él. A pesar de la  diferencia de edad, le atraía enormemente la carita dulce de Azucena. No sabía  nada de su vida, no le importaba.   Tan sólo...   ¡Acaso estuviera casada!  Ni siquiera imaginaba que con su edad, hiciera más de cinco años que se había quedado viuda.  Almudena no desveló esta circunstancia.  Quizás pensara que era separada,   era la situación más normal.





La primera escala fue Londres y allí estuvieron tres días, lo que permitió mayor intimidad con la muchacha que iba sola,  junto a Azucena , y que atendía al nombre de Piedad

En la cafetería del hotel, las dos nuevas amigas,  ante un Bayleys,comentaban las incidencias del día.   Las visitas que habían realizado al Museo Británico, a Harrods, al Museo de Madame Tussauds ...  .  Nada fuera de los programas turísticos de siempre


A medida que el viaje avanzaba, Fernando se sentía más atraído hacia Azucena, y sin embargo se acercaba a Piedad  buscando la amistad con la joven viuda, que por fin,  había divulgado su estado civil.  Fernando ya  no tenía impedimento para acercarse a la chica,  pero el azar es caprichoso, y no siempre somos correspondidos de la forma que nosotros quisiéramos.  No obstante, sabedora Piedad de que Azucena no tenía el más mínimo interés por él, no perdió las esperanzas de que al fin  se fijara en ella.  Ambas mujeres, cuando estaban juntas y hacían sus confidencias, se reian de la circunstancia que las hacía fueran rivales, sin siquiera quererlo.

 Edimburgo, París, Praga... y regreso a casa.  Fernando no había conseguido intimar con Azucena, y rendido,  se aproximó a Piedad en los últimos días del periplo.

Buscaba compañía femenina.  Quería dejar atrás la soledad de los solterones ya maduros, y en Piedad encontró su complemento, a pesar de sacarla algún año de edad.

Cuando llegaron a casa, se dieron un abrazo en la despedida y las chicas quedaron en verse todas las semanas.  Comerían juntas, irían de tiendas, al teatro, ó simplemente se verían para charlar.

- Suponiendo que no salgas con Fernando - dijo Azucena a su amiga

- No creo que me llame ni una sola vez, y bien que lo siento, porque me gusta muchísimo.  Pero eres tú quién  le gustas - dijo riendo al tiempo que abrazaba a su amiga.

Fernando se despidió de ellas cariñosamente

- Nos llamamos ¿ de acuerdo? - dijo a las dos -, saldremos por ahí

Azucena llegó a su casa con el ánimo más renovado.  Consuelo terminaría el mes de vacaciones, por lo que viviría sola durante unos días.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

La carta - Capítulo 1 - Mi vida en solitario

Cuando salió de la iglesia,  en el funeral de Luis, todos se acercaron a besarla y a expresarla sus condolencias y apoyo, pero en realidad eran palabras huecas, de compromiso.  Estaba sola frente a su realidad y,  ni la familia ni los amigos, podían sacarla de su tristeza y vacío,  que sentía en lo más profundo.

Sus padres deseaban que se fuera con ellos durante unos días, al menos hasta haber asimilado la pérdida sufrida.  Igualmente la dijeron sus cuñados, excepto Braulio, el hermano mayor de Luis, que tomándola del brazo,  en un aparte, la dijo:

- Eres dueña de tu vida y debes sentir tu duelo como mejor quieras. Si te apetece estar en tu casa, permanece en ella. Sabes que si deseas otra cosa, todos estaremos encantados de que vengas a vivir con cualquiera de nosotros.  Pero mi consejo es: quédate en casa, porque en algún momento habrás de volver a ella y si lo haces pasado un tiempo, te será más doloroso.  Debes empezar de cero, tú sola y, cuanto antes,.  Será más fácil.  Debes superar su pérdida y retomar tu vida, debes seguir adelante.  No te dejes influenciar por nadie; lo hacen con la mejor intención, pero debes rodearte de lo que hasta ahora ha sido tu vida, recordarle allí, en tu hogar, con sus objetos, su ropa, su olor.  Llorarás mucho, muchísimo, seguirás desesperada, pero el tiempo poco a poco irá suavizándolo todo.  Hasta que asimiles que ya no está, que no volverá, y sólo entonces el dolor se irá atenuando.  Siempre serás nuestra cuñada, y siempre podrás recurrir a nosotros si nos necesitas, pero ahora debes estar sola.  No te encierres en casa.  Busca algo en lo que puedas emplear tu tiempo, eso te ayudará; ocupa tu mente en algo:  algún trabajo, aunque económicamente no lo necesites.  Cuando pasen unos días viaja...  a dónde quieras...  Sigue mi consejo... eres muy joven y deberás, más tarde, cuando el tiempo haya pasado, volver a la vida, a la que te corresponde por tu edad.


Braulio


Azucena

La besó en la frente, la abrazó y se separó de ella reuniéndose con sus padres que estaban desolados.  Azucena se despidió de sus suegros, de sus padres, de sus amigos, de todos y, el chófer la condujo hacia su domicilio.  Seguiría los consejos de Braulio, por mucho que la costara.

Los días pasaban y su tristeza no disminuía.  Se abrazaba a la ropa de Luis que aún permanecía en el armario y,  en el baño sus cosas de aseo.  No salía de su habitación y la recorría incansable, acariciando, sus camisas, sus trajes, sus zapatillas. Olía todo como si Luis permaneciera en la habitación. Iba al baño, cogía su máquina de afeitar, su masaje facial, su peine, que aún conservaba algún cabello de la última vez que le peinó.

Había dado orden expresa de que no se tocara absolutamente nada de aquella habitación, ni del resto de la casa.  Se sentaba en la salita frente al sillón de Luis, en el que había prohibido se sentara nadie.  Quería conservar el rastro de la última vez que lo hizo su marido.  Dormía en la misma cama y, en el lado en que lo hiciera Luis, como si recibiera el calor del cuerpo del ausente.

Las noches eran largas  e insomnes.  No paraba de dar vueltas y refugiaba su cara en la almohada de Luis, calmando el llanto.  Así pasaron los días ... ,  y los meses.

Las amigas la llamaban por teléfono para que saliera a comer con ellas y, siempre su respuesta era negativa, hasta que dejaron de llamarla.   Definitivamente se había quedado sola.  De vez en cuando iba a comer con sus padres  ó con alguno de sus cuñados, principalmente con Braulio , ó a casa de sus suegros.  Cada vez que veía a los padres de Luis, la madre rompía en llanto desconsoladamente, por lo que fue espaciando sus visitas para no atormentarla.

El primer año fue muy duro para ella.  Era el primer año,  sin Luis. La primera Navidad, el primer cumpleaños,  del aniversario de boda, de todo...   Sus escasas salidas eran para dar una vuelta dentro de la urbanización en la que vivía.  Tomaba el aire, daba paseos,  y poco más.  Al cabo de una hora retornaba a casa y ya no salía.  En el tercer aniversario, se decidió a vaciar el armario de Luis y empaquetar en una caja su peine, su afeitadora, su masaje facial, en fin todo lo más íntimo de su marido.  La ropa la donó a un refugio de gentes sin hogar y, a medida que lo iba guardando en el embalaje, el llanto se hacía más intenso.  Acariciaba, por última vez, la ropa de Luis.  Se quedó con los libros y con sus gafas,   que guardó en la mesita de noche de su habitación.  Miró su fotografía como cada noche al dormir y al despertar, y con su dedo índice le dio un beso.  Se acurrucó en su lado de la cama como hacía siempre y, se dispuso a tratar de conciliar el sueño una vez más.

Aquella noche tuvo un sueño extraño, en el que se mezclaban imágenes de Luis, del funeral, de su boda... Era un sueño inquieto, en el que sólo le satisfacía el ver el rostro de su esposo.  " Vale la pena soñar... al menos le veo...", se decía cuando se despertaba. Intentaba volver a dormir y volver a soñar con él, pero no siempre lo conseguía.  Aquella noche, sin duda influenciada por embalar la ropa , sí lo consiguió y tuvo, entre nebulosas, una conversación con él.  Luis la sonreía, la acariciaba y movía los labios, pero ella no podía entender lo que la decía, salvo en un instante,  en que una corta frase,  si entendió:  " sigue adelante con tu vida, sal de casa, empieza a vivir de nuevo, amor".

Luis


Luis seguía hablando, pero nuevamente volvían las muecas, no le entendía.  Se despertó cuando a penas amanecía, pero ya no intentó dormir.  Quería recordar lo que había soñado, quería grabarlo en su memoria.  Eran las palabras de él...

- ¡ Dios mío ! Debo estar volviéndome loca. Luis no existe, no está y no vendrá jamás. Pero era ¡ tan dulce su mirada!, eran ¡ tan dulces sus palabras !"... Quiero volver a dormir, deseo volver a verle.  Vuelve amor, vuelve de nuevo... Aunque sea en sueños tengo que volver a verte, tengo que escucharte otra vez

El llanto cubría nuevamente su cara.  Y siguieron pasando los días, pero no olvidó aquel sueño, aunque no volvió a repetirse.

Hacían ya cinco años que había perdido a Luis.  El dolor se había atenuado, que no marchado, pero veía las cosas más serenamente.  Miró en torno suyo el domicilio que había compartido con él y, se le antojó demasiado grande .  Recordó los consejos de Braulio y decidió que era hora de dar un giro a su vida

- José - llamó al chófer -, llévame por favor al centro.  He de visitar una inmobiliaria.

- Cuando diga la señora- respondió José

En menos de media hora estaba frente a una afamada inmobiliaria.  Quería poner en venta el chalet y comprar un apartamento, pequeño, más céntrico.  Un apartamento en el que no tuviera recuerdos, en el que comenzar una nueva vida, aunque siguiese sola.

Miró algunas fotografías, y quedó con el agente en que al día siguiente la visitaría en el chalet, para ver in situ la ubicación y la capacidad del mismo.    Tenía una economía muy holgada, por la herencia de su marido, y su propio dinero personal facilitado de soltera por sus padres.  No tenía prisa en venderlo, ni tampoco interés en su precio;  lo dejaría al buen criterio del profesional.




Las gestiones se realizaron de conformidad,  y organizaron el traslado para una semana después.  En el plazo previsto, los empleados de la compañía de mudanzas, procedieron al embalaje de los enseres de su casa, excepto un mueble personal de su habitación, en el que guardaba sus recuerdos más queridos.  Eso lo quería hacer ella y, se puso a la tarea sentada en su cama. A sus pies una caja en la que depositaría todos los recuerdos acumulados durante esos años.

No eran buenos días para ella.  El remover toda la casa, la producía un gran dolor.  Allí había sido feliz, y profundamente desgraciada. Atrás quedaría una parte importante de su vida.  Debía seguir adelante, debía empezar de nuevo.  Se había tornado más reflexiva y desde que quedara viuda, sus prioridades habían cambiado.  Percibía la vida de otra manera.  Seguía siendo muy joven, pero había madurado a fuerza de pasarlo mal, muy mal.

Vaciaba el contenido de los cajones de la cómoda, lentamente, rememorando el momento en que guardó aquellos pequeños objetos que formaban parte de su vida.  Encontró entre ellos su diario de cuando estaba haciendo los últimos años de bachillerato.   Después iría a la Universidad.



 Repasó algunas páginas y de ellas saltaron viejos recuerdos que creía ya olvidados.  Sonrió al ver su letra juvenil, los sueños y proyectos que en sus páginas había reflejado en los primeros años de adolescencia. Su primer amor... ´

Al llegar aquí, levantó la cabeza del diario y con una sonrisa, un rostro vino a su memoria.  ¡ Pablo !  ¿ Qué habrá sido de él?  Recordaba perfectamente su rostro moreno, un poco pillo, y una sonrisa picarona cada vez que la veía.

Guardó el libro mientras sonreía.  Había pasado el tiempo y muchas cosas en su vida.
Siguió con su tarea;  unos pendientes de cuando hizo la Primera Comunión, su primer reloj de pulsera, un collar que llevó la primera vez que salió hasta las 11 de la noche,  una fotografía de cuando terminó el bachillerato con sus amigas, un rosario..

Todos estos recuerdos hicieron que se olvidara momentáneamente de lo que estaba haciendo.  Ya estaba finalizando, cuando un sobre apareció ante sus ojos. De trazos firmes y seguros,  un nombre y una letra sobradamente conocidos,  resaltaba ante ella :  "Azucena ".  Había olvidado por completo la existencia de aquella carta, pero no hacía falta leer su remite, era de Pablo, el chico de la que estaba enamorada antes de casarse con Luis.

La sacó lentamente, como para dilatar el momento ,  que se le antojaba,  iba traerle recuerdos no muy lejanos, pero que  la producían nostalgia del pasado.  Y despacio, muy despacio, comenzó a leer aquella carta que cambió el rumbo de su vida






A mi cariño de siempre

" Hoy  escribo esta carta sabiendo que cuando se halle en tu poder, yo estaré lejos, muy lejos.  Nos conocemos desde el instituto, entramos juntos en la adolescencia, y sin darnos cuenta  el amor ha dejado huella en nosotros. pero nuestro amor es imposible, somos incompatibles, somos polos opuestos: tú, ordenada, perfeccionista.  Yo, un absoluto desastre.

La discusión que hemos tenido, me da la dimensión exacta de nuestra relación, y he llegado a la conclusión de que debemos olvidar nuestro amor.  Luis bebe los vientos por ti, y debes fijar tu mirada en él.  Es un buen chico y muy a fin a tu carácter.

Cuando leas la carta, ya estaré en Estados Unidos.  Allí completaré mi carrera, y para cuando regrese a España, tú ya estarás casada, posiblemente, y tendrás  un par de hijos.
Quiero que sepas que no olvido lo que vivimos juntos. ¡ Cómo olvidar que fui yo quién te convirtió en mujer !  Pero por el amor que te tengo, es por lo que he decidido poner tierra de por medio.  Somos jóvenes, quizá demasiado, para pensar en unir nuestras vidas.   Primero hemos de forjarnos un porvenir, y para ello aún queda bastante.  No creo que tengas paciencia para esperar, por la distancia, que nuestro amor permanezca intacto.  Eso no es posible,  ni lógico.

Tu futuro está junto a Luis, aunque sea unos años mayor que tú, serás muy feliz a su lado.  Me será difícil olvidarte, y siempre tendrás un lugar en mi corazón, pues eres una parte importante de mi vida..  Pablo. "




Al concluir su lectura, dos lagrimones resbalaban por sus mejillas.  Levantó la cabeza mirando al techo y, ante sus ojos volvieron a tomar cuerpo los momentos vividos con Pablo.  Recordó aquel día en que tomándola de la mano, la condujo hasta su pequeño apartamento.  Recordó la impresión que había tenido al entrar en él; todo por el medio, la cama sin hacer, y el cuarto de baño con un montón de ropa sin lavar.  Lo miraba todo atónita:  nunca había visto tamaño desastre...

 Pero los brazos de Pablo la rodearon, y sus labios besaron los suyos.  Las caricias se sucedieron.  Nunca había experimentado esa sensación de absoluta entrega a otra persona. Los labios de él la buscaban insistentemente.  Besaban su cuerpo que era acariciado por sus manos.  No importaba nada; ni siquiera era consciente de loq ue ocurría. Se entregaba a Pablo con ardor inusitado.  Nunca había sentido una necesidad tan acuciante de pertenecer a otra persona, de pertenecer a él, al chico que la robó el corazón en le preciso instante que sus ojos se cruzaron. y  aquella cama desordenada, fue el testigo del amor desaforado de los jóvenes.

Cuando salieron a la calle, para Azucena, todo tenía otro color, era más brillante, los árboles más verdes, las flores tenían un color más intenso y sentía un amor más profundo por el chico que rodeando su cintura la atraía hacia él, besándola en las mejillas.  Habían consumado un sincero y adolescente amor.

Movió su cabeza como para despejar sus pensamientos, y volviendo a meter la carta en el sobre, la guardó cuidadosamente en su bolso.  Deseaba tenerla a mano, deseaba volverla a leer.  Esa fue la última noticia que tuvo de Pablo, nunca más habían vuelto a verse.

Se preguntaba porqué había ocurrido todo. ¿ Por qué habían regañado ?  Las cosas suceden en un momento determinado, y  a menudo, provocan algo que nos cambia.  En aquella ocasión ¿ fue orgullo, cabezonería ?, ó quizá no supieron medir las consecuencias de la intimidad que tuvieron.

La discusión se inició a los pocos días de haber estado por primera vez en casa de Pablo. Querían volverlo a repetir, pero Azucena le reprochó el desorden habitual en él.  Esa fue la excusa, pero en realidad era que ese día estaba de mal humor, estaba preocupada por el retraso que tenía en su organismo, pensando que había ocurrido el "gran desastre":  estaba encinta ...


  Pero no fue así, fue solamente eso, un retraso.  Pero para cuando lo averiguaron, ya había tenido lugar  una fuerte discusión y Azucena había reprochado a Pablo no hubiese tenido más cuidado y él, dando un portazo,  se había marchado.

Aquella noche, Pablo no pudo dormir.  Amaba a esa muchacha, pero sabía que su relación era complicada, por lo que tomó la decisión de irse de España, y quizás en la lejanía consiguiera olvidarla.

Sentado en la mesa de la cocina, tomó papel y pluma y escribió una carta para despedirse de ella, aquella carta, que ella recibió bastantes días después de su partida, cuando ya era imposible una reconciliación.

Fue una gran decepción para Azucena y la costó tiempo olvidar, que no consiguió, aquellos momentos vividos   Después,  ella volvió su mirada hacia Luis y unieron sus vidas como ya sabemos.

martes, 22 de septiembre de 2015

La carta - Prólogo

La casa revuelta, todo metido en cajas, las estancias medio vacías.  El traslado comenzaba a producirse.  Azucena nerviosa daba las últimas instrucciones a los operarios que iniciaban su labor.  Se trasladaría desde el chalet,  que hasta ahora había sido su hogar, hasta un apartamento más pequeño en uno de los barrios más céntricos de la capital.



Le había costado mucho tiempo y esfuerzo decidirse a dar ese paso.  Atrás dejaba añoranzas y recuerdos de una época no muy lejana, placentera, pero también de preocupaciones. . Hacía cinco años que se había quedado viuda, tras menos de tres de un tranquilo matrimonio.  No había tenido hijos, no les había dado tiempo para ello.  El infortunio se había cebado en aquella pareja.








No se había casado enamorada, y los primeros meses habían sido difíciles.  Luis era algunos años mayor que ella.  Era el tercer hermano de una familia muy acomodada. Era guapo, correcto, educado y estaba loco por Azucena desde hacía mucho tiempo.

Ella andaba en amoríos con Pablo, conocido también de Luis, ya que los tres pertenecían a la misma pandilla de amigos.  Luis nunca se le había insinuado, respetaba el noviazgo de Azucena y Pablo, pero tras su ruptura, se decidió a pedir en matrimonio a la chica.


Luis

Pablo


Azucena

Por despecho, más que por amor, Azucena consintió en unirse a él y un día de primavera se convirtieron en marido y mujer.  Su noche de bodas, fue amarga para ella, ya que seguía enamorada de Pablo, pero no dijo nada a Luis y,  éste rendido de amor por su esposa no lo advirtió, al menos ella, no percibió que Luis notara su decepción.

Luis se ganó el respeto y cariño de su mujer.  Decidieron que harían una larga luna de miel, y después de los tres primeros años de matrimonio, pensarían en buscar el hijo que Luis deseaba y Azucena ...,  no tanto.

Luis había tomado las riendas del floreciente negocio familiar que junto con sus hermanos habían ampliado aún más, una vez que su padre se hubo retirado.  A su modo,  Azucena era feliz junto a su marido.  Tenían respeto mutuo y su convivencia era tranquila, sin sobresaltos, aunque con alguna discusión de vez en cuando, como era natural,   por otra parte.

Luis no se encontraba bien desde hacía una temporada : " será el estrés", comentaba a su mujer. Pero ella  no se quedaba tranquila.   Hasta que una mañana él la comentó que había orinado sangre.  Acudieron inmediatamente a un urólogo y tras unas pruebas, llegó el diagnóstico: cáncer de vejiga,  fulminante.

Azucena no podía creerse lo que acababa de escuchar, no era posible. A penas hacía dos años que se habían casado.  Pero era real y Luis empeoraba por días, hasta que finalmente falleció cuando faltaban tres meses para cumplir su tercer aniversario de bodas.




 Después del entierro de su marido, se encerró en su casa, sola, y permaneció en ella, sin ver a nadie, durante varios días.  Estaba angustiada, rabiosa, furiosa contra el mundo entero... No era justo. Luis era un hombre bueno que no merecía ese final y, ella interpretó que había sido castigada por Dios, por no estar enamorada de él, por no haber querido tener hijos  y ... por todo y contra todos.
 No paraba de llorar, y la señora de servicio que la acompañaba, estaba preocupada por ella... así se lo comunicaba a las familias que no sabían qué hacer.

Fue el hermano mayor de Luis el que les aconsejó que la dejaran sola:  " necesita desahogarse, dejadla, ya se calmará.  No está sola, Consuelo la cuida, dejadla ".  Y así lo hicieron. Tardaría en salir a la calle casi un mes, y fue para acudir al funeral a la memoria de su marido.



Iglesia del funeral de Luis

lunes, 21 de septiembre de 2015

Historia de dos familias - Capítulo 10 y último - Nuevo rumbo

Ninguno de los dos pudo dormir aquella interminable noche. Robert había preparado su maleta. Hablaría por la mañana con su padre y volvería de nuevo a América. No podía verla, no quería verla, pero al mismo tiempo sabía que si se alejaba de aquel lugar rompería para siempre la posibilidad, aunque sólo fuera cruzarse con ella por la calle, y necesitaba verla, pero tenía que irse...
Padre e hijo se encerraron en el despacho y Robert contó a su padre el fracaso con Perla. Ralph, le miró disgustado. No sabía qué podía aconsejarle; de nuevo la historia se repetía, de nuevo un Villanueva se iría a América por un desamor, pero le daba miedo que Robert volviera a las andadas, ahora que por fín había enderezado su vida. Pero la decisión era firme y ese mismo día David le llevó de regreso a Madrid y allí cogería el avión que le devolvería a Nueva York, con las ilusiones rotas.

Perla vió el coche de Robert aparcado delante de la mansión, pero de él no había vuelto a saber nada. Llevaba a su lado a Sweety. Lo devolvía a su lugar y como se había temido dejó preñada a Canela.
Pasaron los días y el parto de la perra se presentó de improviso, mientras David estaba visitándola

--¡Oh Dios mio ! ya están aquí. Canela está pariendo. Ayúdame David, por favor

Se dirigieron hacia donde habían instalado a la perra. Tumbada poco a poco empezó el parto. Era una maravilla de la naturaleza. Siempre les asombraba el nacimiento de un animal. Les maravillaba la forma en que ellos solos se las arreglan para cortar el cordón y lavar a sus crias. Canela tuvo varios cachorros con lo cual se les hizo de noche. Cuando terminaron , David hizo algunas confidencias a Perla referente a Jenny.



--¿Sabes Perla? lo mío con Jenny va muy en serio. Ella me contó lo ocurrido c on su anterior novio: le pilló con otra y rompió su compromiso. Hirió su orgullo más que su corazón. Parece que está muy recuperada y poco a poco estoy consigiendo que se olvide de aquello. Hemos empezado una relación y hemos decidido que si todo camina como hasta ahora, nos instalaremos en  el Jerte. Compraremos un terreno para cultivar frutas y entraremos en la cooperativa. Yo seguiré de veterinario y con el tiempo crearemos una familia

--David,¡ me alegro tanto por vosotros!. Jenny es una chica excelente y a ti te quiero mucho. Te conozco desde hace tiempo y sé que la harás feliz. Os lo deseo de todo corazón
--Y tú ¿ qué pasa con tu vida? ¿Por qué rechazaste a Robert?
--David, tu conoces la razón. El es como es. Está acostumbrado a otro tipo de vida que no es la de un pueblo. Necesita salir por las noches, necesita rodearse de mujeres. La finca le asfixiaría e iteriormente me reprocharía el haberle hecho vivir de esa forma. Nuestra relación es imposible. Debo vivir el destino de mi familia
--Eso es una tontería. Los tiempos han cambiado.  Se que te gusta, me consta, entonces¿cuál es el problema? Lo que sí te digo es que él lo está pasando muy mal. No se centra. Ni siquiera llama para interesarse por la finca. Tenías que pensártelo
--Por favor, David. la decisión está tomada.

Al día siguiente a solas en su paseo diario, reflexionó y creyó que sería mejor poner tierra de por medio. Quizás fuera mejor irse de aquel lugar. Presentaría su dimisión y volvería a Madrid, pero hacer ¿ qué? Desde que se licenciara no había hecho otra cosa que trabajar en el campo. No se veía en una clínica. Pero quizás pudiera irse a otro pueblo, sí, se iria a otro lugar a empezar de nuevo, partir de cero.



¿ Y los perros?  No podía meterlos en el piso de Madrid. Eran cuatro, así que decidió dejar a los cachorros al cuidado de David hasta que tuviera una nueva casa en algún pueblo.

--Jenny, David, os vengo a pedir un favor...
--Dinos ¿ qué deseas?
--Tengo que irme de aquí. No me siento c ómoda vivienda tan cerca de los Villanueva y he decidido instalarme en otro lugar. De momento me vuelvo a Madrid, pero no me puedo llevar a todos los perros.¿Podríais quedaros con los cachorros? Será provisional, hasta que encuentre otro lugar.

La dolió dejarlos. Sweety enseguida se hizo cargo de ellos, pero no dejaba de llorar por la ausencia de su pareja, de Canela.  Cuando volvió a su casa Canela estaba llorando, buscaba a sus cachorros. A Perla se le partía el corazón y se prometió abrazada a la perra que sería por breve tiempo. No estarían separados indefinidamente.

Llegó a Madrid a media tarde. Recordaba el tiempo que hacía que había salido de allí con tantas ilusiones, con tantos proyectos y ahora regresaba con un vacio enorme en el corazón y la soledad más absoluta.
Al deshacer el equipaje, sacó la foto de su madre y de su abuela. Almudena estaba jóven y bonita.

--¡ Abuela ! ¿ por qué? De nuevo tu historia se repite. ¿Qué debo hacer ?

Almudena

Esa noche durmió intranquila. Soñaba con los seres de su  familia que había perdido, pero fué Almudena la que le hablaba:

--"Hija mia, no cometas el mismo error que yo cometí. Tú no tienes que obedecer a nadie, eres libre. Si le quieres búscale. No destroces el corazón de alguien que te adora, porque nunca más encontrarás a otra persona que te quiera igual. Yo fuí afortunada porque encontré a un hombre bueno en mi camino, y fuí feliz, a mi manera, pero nunca, nunca olvidé a Rafael y ahora sé que él tampoco se olvidó a mi. Ve y búscale.

Se despertó por la mañana con una sensación extraña. ¿Todo había sido un sueño?, o quizás no..

--¡ Dios mio qué debo hacer !

Había pasado mucho tiempo y quizás Robert se hubiera olvidado de ella. Sin pensarlo dos veces llamó a David:

--David, dame por favor el número de Robert, necesito decirle algo
--Perla no creo que debas hacerlo...
--Por favor, dámelo.  -  No le dejó terminar lo que David le decía, y se lo facilitó.  Nerviosa marcó el número de teléfono

--Hello...
--Por favor , ¿se puede poner el señor Robert? es desde España
-- Un momento -  Pero no fué la voz de Robert la que escuchó, sino la de Ralph
--¿Quién llama, eres tu David?
--No, señor Villanueva. Soy Perla y querría hablar con Robert - La voz de Ralph se oyó cortante, seca
--¡Ah, Perla! creo que va a ser muy difícil que puedas hablar con él. Partió la semana pasada en viaje de luna de miel. - Perla se quedó callada, no podía decir nada, las palabras no salían de su garganta, y sólo atinó a decir
--Comprendo. Siento haberle molestado. Buenos días señor Villanueva.

Canela intuyó que algo pasaba. Su ama tuvo que sentarse, se abrazaba a ella y lloraba con un llanto incontenible que no comprendía, y decía unas amargas palabras:

--Demasiado tarde, demasiado tarde.

Pasó dos días sin salir de casa, nada más que para pasear a la perra. Entonces decidió que cuanto antes reanudara su vida sería mejor. En definitiva sólo había sido la influencia de un sueño.
De nuevo se vió haciendo la maleta y con la fotografía de Almudena en la mano

--Abuela, ahora si que es imposible. Se ha casado, se ha casado. De nuevo vivo lo que tu viviste hace tantos años.

Y de nuevo un sollozo se escapó de su garganta.  Cerró la maleta. Emprendería un nuevo camino, algún lugar que no le recordase la vida que había tenido hasta hace poco tiempo.


Maello (Avila)

Un pueblecito de Avila, Maello, fué el lugar escogido para desempeñar su próximo puesto de trabajo. Estaba lo suficientemente lejos de Alameda del Jerte como para arrinconar, si pudiera, los recuerdos. Antes de reintegrarse al trabajo, viajó hasta Cáceres para recoger a sus cachorros tenía una nueva casa:

Al llegar delante de la casa que compartía David y Jenny, tocó el cláxon y acudieron sus amigos rodeado de todos los perros:

--¡ Pero mira quién es ! gritó Jenny

Las dos mujeres se abrazaron y David hizo lo mismo. Entraron en la casa. Era confortable y amueblada con arreglo al lugar en el que vivían. Se les notaba felices; habían solucionado sus problemas y ahora era una pareja que se adoraba y la felicidad brillaba en sus rostros

--Los negocios nos van bien. Jenny es una administradora genial y yo sigo en la finca. Por cierto que nadie ha vuelto por aquí
--Si, ya lo se. Robert se casó. Sólo espero que sea feliz, se lo merece.
-- Y tú ¿ qué vas hacer, a dónde irás?
--Viviremos en Maello. Es un pueblo  de Avila.  Allí espero ser feliz. Si no me acostumbro volveré a Madrid y viviría en un pueblo de los alrededores, de esta forma tendría conmigo a mis perros, mis fieles coimpañeros.

La conversación se prolongó hasta la hora de cenar. Se quedaría allí y por la mañana saldría rumbo a su nuevo destino. Se llevaría con ella a Sweety no quería separar a la familia. Ante este comentario los tres romperion a reir.



Canela y Sweety
A la mañana siguiente Perla se levantó temprano y dirigió su mirada hacia la mansión ahora solamente ocupada por los obreros que trabajaban en ella. Fué hacia las caballerizas y preguntó a Eusebio por Black

--Está triste, señorita. El señor Robert hace mucho tiempo que no viene por aquí y los señores tampoco. Yo creo que  van a vender la finca

Esto entristeció a Perla mientras acariciaba la cabeza del noble animal que recordaba cuando ella le salvó de la indigestión

--Tenga cuidado . Es algo nervioso. No le vaya hacer algún daño
--No Eusebio, él me conoce.

Se despidió del mayoral. Tenía un  largo camino por hacer y no quería se le hiciera de noche. Empezaba a hacer frio. Era Noviembre pero por Avila ya estaba nevando.


Maello ( Avila )

La Navidad tocaba a las puertas. Esa iba a ser la más triste que pasaría en muchos años.  David y Jenny le invitaron a que la pasaran con ellos, pero Perla estaba triste, como la ocurría cada vez que llegaba esta época, además le daba pereza salir con el temporal de nieve que llevaban. Era época de matanzas, y no podía dejar su puesto de trabajo. Habían pasado ya dos años desde que se separara de Robert, pero no había conseguido olvidarle, a pesar de no haber tenido noticias suyas. Ignoraba todo acerca de él.
Era el día de Nochebuena, tenía por compañía a toda la familia de Sweety y Canela,  que allí vivían,  y que por su tamaño ocupaban toda las estancias en donde se aposentaran. Pero era incapaz de deshacerse de ninguno de ellos. Con ellos hablaba y ellos parecían entenderla, y tenían la ventaja de que no le contradecían. Su carácter se había agriado un poco. No era feliz y con cierta frecuencia seguía soñando con su abuela que la recriminaba su fracaso con Robert. Estaba anocheciendo, cuando alguien tocó a su puerta

--Ya voy, ya voy. Un momento por favor.  Debe ser alguien que necesita mi ayuda, pero es raro, no hay partos,   ni matanzas,   ni nada...-  Abrió la puerta y un hombre frotándose las manos y cubierto por la nieve que estaba cayendo la sorprendió:
--Señor Villanueva. ¿Cómo...?
--Hola Perla. David me dió tu dirección y he aprovechado para saludarte.
--Pero no le pilla de camino a la finca...¿Le ocurre algo?
--No, simplemente tenía ganas de verte. La última vez que hablamos no estuve muy cortés contigo. Estaba muy enfadado, muchísimo y al oir tu voz no pude repremirme. Seguramente será  la vena hispánica que tengo. -  Perla no dijo nada, aunque estaba segura que su visita no era casual





--Señor Villanueva, ¿qué es en realidad lo que le trae hasta mi casa?  El tiempo no se presta a hacer turismo y el día de hoy mucho menos. Debería estar con Kim y sus hijos cenando en familia ¿Qué ocurre, le pasa algo a Robert?

--Pues verás, efectivamente es de él de quién quiero hablarte. De salud está bien, pero anímicamente no.. Como dec ía mi abuelo " mal está lo que mal comienza"  No podía salir bien, no en la forma en que lo planteó. Me explicó vuestra conversación y yo le aconsejé que tuviera paciencia, pero se marchó al día siguiente y al poco tiempo se había casado.  Su matrimonio fué un rotundo fracaso  Robert cada vez se ocupaba más del trabajo  y menos de su mujer. Ella empezó a asistir a fiestas y a dejar de hablar con su marido. Apenas se veian; menos mal que no tuvieron hijos, pero cada vez están más distantes. Han perdido el poco amor que les queda, y eso suponiendo que alguna vez se amaran.  Es difícil para mí contarte todas estas cosas, pero estoy muy preocupado.  Les aconsejo el divorcio, pero ellos dicen que no lo pueden hacer porque tendría muchas repercusiones en sus respectivos trabajos. ¡ No  deja de ser una tontería, a estas alturas de la vida! . . .   Robert me dijo en una oc asión que no le amabas . . . Viéndoos juntos yo no tenía esa impresión, pero eráis vosotros los que teníais que decidir, es decir, tú tenías que decidir.  Nadie más que Robert tiene la culpa de su fracaso. No debió unirse a una mujer de la que no estaba enamorado, ahora todo le da igual , es que no tiene interés por nada, ni siquiera por recuperar su libertad. Tenía su cabeza a muchos kilómetros de donde vivía, y su vida no funcionó.
--¿ Y qué quiere que haga yo?
--Si acaso os viérais, sé fria con él, desengáñale. Yo se lo que ha sufrido y lamentaría que de nuevo volviera a sufrir. Mi padre padeció ese calvario toda su vida y no quisiera que un hijo mio pasara por ello. Si no le amas, no le hagas concebir esperanzas. Es lo que quiero decirte, te lo pido por favor.
--Pero yo ¿qué puedo hacer?  . Le aseguro que mientras esté casado mi posición será firme, pero si alguna vez nos vemos y él está libre, no le garantizo nada. Yo también se lo que sufrió mi abuela y tuve un enorme error al rechazarle. Sin querer he destrozado su matrimonio, su vida y créame que no lamentaré bastante la noche que me pidió que me casara con él  y le rechacé.  Estaba equivocada y mi error lo estoy pagando, créame y muy duramente. No se preocupe señor. Haré cuanto esté en mi mano. Pero ustedes no deben facilitarle mi dirección.
--Bueno, será mejor que me vaya antes de que sea más tarde
--Pero no puede irse con este tiempo. Está nevando, se ha hecho de noche. ¿Ha venido usted solo o le espera Kim en la finca?
--No, vine solo para ver de arreglar algo....Estaré en la finca hasta pasado mañana, después regresaré a Nueva York para pasar el fin de año con ellos.
--Bueno, pues esta noche se quedará aquí y mañana temprano se pone en camino
--Pero tengo al chófer ahí fuera
-.-También él se quedará aquí. Hay casa suficiente para un regimiento.  Siento no tener un menú especial de Nochebuena, pero una sopa caliente les reconfortará. Así que diga a ese buen hombre que pase.

Al día siguiente Ralph emprendió camino hacia la finca llevando la palabra de Perla de no intervenir en la vida de Robert, a pesar de ser dificil se encontraran dada la distancia de sus respectivos domicilios.  Y así transcurrió el tiempo monótono en la vida de Perla.

 Jenny y David la visitaban esporádicamente, ya que ella no quería ir a Cáceres por si se encontraba con Robert. Ni siquiera preguntaba por él a su más querido amigo como era David, y éste por prudencia tampoco comentaba  nada.  Habían pasado ya cinco años desde que se vieran por última vez, pero el recuerdo de Robert permanecía presente en su vida. Se había equivocado plenamente: sí estaba enamorada de él, sí le amaba más que a nadie, y si le había perdido irremediablemente.

Perla tenía la serenidad que los años perfilan en los rostros de las personas, en sus pensamientos. A pesar de tener treinta y tantos años, había ganado en belleza. Ya no eran sus rasgos tan agresivos, ni sus ojos tenían tanta luz, ni sonreia con tanta frecuencia

--Soy una solterona amargada, como diría mi abuela. . .   menos mal que tengo a mis cachorros.

Dos de los que ella llamaba "sus cachorros" habían envejecido también y sus hijos se habían convertido en perros adultos. Canela y Swetty permanecían tumbados uno junto al otro la mayor parte del tiempo, y  Perla les miraba con infinito cariño pensando que ojalá las personas sintieran un amor tan fiel como el que ellos sintieron siempre.  Había conseguido que María viviera con ella también en Avila y se convirtió en una entrañable amiga y confidente de Perla.  Había llegado la primavera, aunque en Maello aún se notaba el frio .  Su pensamiento voló hacia el Jerte.

-- ¡ Qué bonito estará el valle !

Decidió darse una vuelta por Madrid. De vez en cuando sentía nostalgia del lugar donde nació. Dejó a María al cuidado de los perros. . . Vendió su piso. Cerrado, sin habitar se deterioraba grandemente.

-- No señorita, yo no quiero ir a Madrid. Estoy a gusto aquí. . .   Y es que María había encontrado a un joven que la rondaba y que posiblemente se casaría con él.
-- No sé si regresaré hoy mismo, si no mañana a mediodía estoy aquí.  Cuídate María, adiós -  Subió al coche y se perdió por la carretera rumbo a la capital.

Perla    necesitaba ir al notario para firmar las escrituras del nuevo propietario.  El despacho estaba situado muy cerca de dónde David y Robert habían vivido antes de instalarse en la finca. Decidió ir a dar un paseo por allí,. Le encantaba esa zona, era  señorial y muy agradable. Al pasar frente a una  cafetería  le apeteció tomar algo   Se sentó en una mesa junto a un ventanal. Había terminado las gestiones notariales y se dirigía al hotel .  No la apetecía cenar allí, por lo que decidió tomar unas tortitas que la servirían de merienda-cena.
Frente a ella había una mesa ocupada por una pareja.  Observando sus rostros cualquiera sabría que acaban de tener una fuerte discusión, y sin embargo no era así, era su modo habitual de comportarse.Entre ellos no había conversación.  Ella era una mnujer bella de unos cuarenta años y él algo mayor que ella, muy atractivo, permanecía con la mirada fija en la taza de café que tenía delante.
Habían llegado a Madrid desde Estados Unidos, de paso para una finca que tenían en el Valle del Jerte.  El levantó la cabeza y entonces la vió. Su rostro se quedó lívido, tanto que su mujer se extrañó al verle

--¡ Robert ! ¿ qué te pasa, te encuentras bien ?

No contestó, no podía. Una inmensa emoción invadía su garganta. La tenía frente así   Perla , como si algo llamara su atención, dirigió la mirada en su dirección.  Robert dijo a su mujer

--Discúlpame, ahora vengo. He visto a una persona que conocí hace tiempo. Voy a saludarla

Sheila, que así se llamaba la mujer, asintió  con la cabeza sin importarle mucho. Estaba cansada y le aburría estar en una cafetería sentada frente a su marido mirando a su alrededor. Tenía ganas de llegar a su casa y acostarse.  Robert la había propuesto salir a cenar y después acudir a algún sitio a divertirse, pero ella no aceptó. Puso la excusa de hacerlo al día siguiente.

Tembloroso se acercó a la mesa en donde Perla tomaba su merienda.  Ella al ver que una persona se situaba frente a ella, miró sin imaginarse a quién correspondía esa silueta

-- ¡ Oh Dios mio ! ¿ qué haces aquí?

Robert no acertaba a decir palabra alguna; sólo la miraba, la miraba profundamente sin dar crédito a la casualidad que les había reunido al cabo de tanto tiempo.

--¡ Perla! ¡ Perla! . . . Nunca me hubiera imaginado verte de nuevo...  Estamos sentados ahí enfrente . . .

Perla giró la cabeza  en la dirección que Robert la había indicado

-- ¿Tu mujer?
--Si, Sheila
--Es muy guapa. Enhorabuena
--Luego te la presento ¿quieres? -.  Perla rec ordó la promesa hecha a Ralph y con la mayor naturalidad del mundo, respondió
-- ¡ Claro !  Estaré encantada de saludarla

Ambos se dirigieron a la mesa en donde aguardaba Sheila.  Perla se mostró encantadora tendiéndola la mano, que estrechó suavemente. Su conversación giró en torno al tiempo y a la hermosa primavera que había en Madrid.  Nadie conversó de tiempos antiguos, no querían siquiera rozar ese tema.
No sabían cómo cortar aquella conversación,   fué Perla la que lo decidió:

--Bueno, pues me tengo que ir. Se ha hecho muy tarde
-- Me ha encantado verte de nuevo. He rejuvenecido ¿cuántos años? ja,ja,ja. No me has dicho lo que haces por Madrid, dijo a Robert
--¡ Oh ! es largo de contar. Estamos de camino a la finca
-- Ah, ya. Bueno ya si que no me puedo quedar más rato.

Ella  tendió la mano al matrimonio. Se comportó frívolamente y lamentó jugar ese papel que estaba muy lejos de sentir, pero no quería hacerle más daño.  Se alejó a paso ligero no quería que la viera llorar, que ese encuentro la había dejado roto el corazón.

A finales de la primavera decidió ir a pasar unos días con sus amigos.  Podía disponer de unas mini vacaciones antes del verano. Al llegar,  tanto David como Jenny se miraron entre sí, pero Perla no percibió la mirada.

--Pasa, pasa. ¡ Que alegria nos has dado ! ¿Cuánto tiempo hace que no vienes por el valle?.
--Bueno, dinos ¿qué es de tu vida? ¿Arreglaste lo de tu piso?

A cuenta de ello, Perla relató el encuentro con Sheila y Robert,  y lo duro que había sido fingir una frivolidad que estaba lejos de sentir. La pareja se miró y no dijeron nada.

--Anda ahora ve a dormir. El viaje ha sido largo y estarás cansada.
--Si, lo estoy. Buenas noches, hasta mañana - Les dió un beso y se dirigió a su habitación.






Siguiendo su costumbre se levantó temprano y pidió a David prestado un caballo para ir a dar una vuelta y recordar tiempos más felices.

--Ten cuidado, quizás te extrañe...
--No te preocupes, sé cómo tratarles.

Y partió a paso ligero. Paseó por  el camino tantas veces recorrido rememorando su anterior vida que creia segura y que ahora con todo lo que había vivido la pareció que se preocupaba por tonterías en relación a lo que ahora la ocurría. Sin apenas darse cuenta llegó hasta la poza y el recuerdo de lo sucedido aquella noche la hizo reflexionar:

--¡ Qué tonta fuí !. Ya le quería y perdí una magnífica oportunidad... En fin, eso ya no tiene arreglo. Sonrió al recordar, giró el caballo y cogió otra dirección.




Sin saber porqué el caballo se encabritó asustado, otro caballo apareció no se sabe de dónde ante ellos. Era Black, pero ¿qué le pasaba?. Por mucho que gritaba a uno y a otro,  ninguno de los dos le hacian caso. Perla se abrazaba al cuello de su cabalgadura por temor a caerse, pero por mucho que tirase de la brida , no la obedecía.
Por fortuna otro jinete venía detrás y se hizo con Black

--¡Eusebio ! menos mal creí que me mataban entre los dos
--¿ Está bien señorita, le han hecho daño?

--No, no ,tranquilo, estoy bien. Menudo susto me he llevado. ¿Qué es lo que ha pasado?
--Estaba el señorito Robert preparándose pasa montarle, y sin saber porqué se escapó y no pudimos controlarle. He venido yo por no perder más tiempo. Detrás mio venía el señorito.
--Bueno Eusebio me alegro de que todo haya sido sólo un susto. Ahora me tengo que ir. Mis amigos estarán preocupados...
--No se preocupe Eusebio, yo me encargo. Cuando llegue a la finca llame a los amigos de la señorita y dígales que está conmigo que no se preocupen, y que no la esperen para cenar. Yo te invito... tenemos muchas cosas de las que hablar

Perla no sabía qué decir. Lo estaba deseando pero al mismo tiempo sentia un miedo atroz. No le quería mirar, no quería hablarle. Tenía miedo de no ser lo suficientemente fuerte para rechazarle

--Esta vez no podré. Es demasiado, ya basta por favor.  Y lo dijo dirigiendo la mirada al cielo, en una súplica.

Una vez que Eusebio se separó de ellos, Robert cogió las riendas de la cabalgadura de Perla y lentamente, sin decir palabra, la encaminó de regreso a la poza. Refrescaba,  pero no les importaba. Allí descabalgó y ayudó a Perla a bajar del caballo; sólo la miraba. Desmontó la silla  y sacó la manta que había debajo de ella, la tendió en el suelo.

Robert comenzó a relatar todo lo ocurrido después de su encuentro en la cafetería, perdiendo la noción del tiempo

-- Ya nada fué igual, no podía ser igual después de verte. Nuestro matrimonio llevaba años fracasado y cuando llegamos al apartamento, Sheila intuyó lo nuestro. Se puso hecha una furia y en ese momento decidí que el divorcio era la más conveniente,   que teníamos que haber cursado hace tiempo.  Ella estuvo conforme y nos divorciamos.  Yo decidí volver al Jerte. Al menos estaría más cerca de tí, aunque estuviéramos a kilómetros de distancia.   David me avisó de que venías y no tienes idea de lo largo que se me ha hecho el día. Me daba miedo verte; no sabía si te habías casado, o tenías tu corazón ocupado, no sabía nada. Esperaba tener la suficiente calma cuando te tuviera delante, y ya ves, todo ha sido de lo más normal.  Sólo queda preguntarte si eres libre . . .
-- Si lo soy. Nunca ha habido nadie en mi vida más que tú, desde siempre.  Fuí torpe, orgullosa, egocénbtrica, no sé lo que fuí al rechazarte. Me moría de angustia cuando supe que te habías casado, pero nadie más que yo había tenido la culpa de ello.

Se miraron largamente, expresando en sus miradas el cúmulo de sentimientos que les embargaban.  Sobraban las palabras. Sus labios se sellaron en un beso profundo y se abrazaron  sin decir nada, no hacía falta. Contemplaron las estrellas el uno junto al otro, pero entre los ramajes de los árboles a Perla le pareció ver los rostros de Almudena y Rafael que les sonreian y después se cogían de las manos.  Ella se quedó muy fija mirando esa visión, y fué entonces cuado Robert le dijo

--¿Has visto eso?
--Si. Ya están felicies como nosotros. Al fin se han unido y nos han unido.

Se casaron enseguida y enseguida tuvieron su primer hijo,luego tuvieron más. Se instalaron en la mansión Villanueva. Robert se hizo cargo de la hacienda y la hizo próspera, al igual que la de Jenny. Todos ellos delante de una chimenea contaban sus anécdotas a unos hijos ya adolescentes que les oian sonriendo y pensando.

--Son sus batallitas, cómo si todo eso ocurriera en la vida real.

Robert mirando a su mujer decía:




--Si,si reiros, pero es la historia de vuestra familia, de las dos familias.


                                                    F    I    N
Autora:  1996rosafermu
Editada: Agosto de 2011
Ilustraciones  Archivo de 1996rosafermu

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