sábado, 6 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 5 - Camaradas

 

Se dirigieron al restaurante elegido y  frecuentado a menudo por ellos. Les conocían y se apresuraban a servirles deprisa ya que sabían que debían retornar al trabajo con prontitud. En esa ocasión no era el caso, puesto que, por ese día, la asamblea había quedado disuelta hasta dentro de dos días. Debían preparar la ponencia como respuesta a lo expuesto en esa mañana. Se presumía tediosa y con grandes discusiones, según comentaban el resto de los compañeros. Parecía ser que, era lo habitual. Cosas de la política. Tenían que reafirmarse en lo expuesto por cada uno de ellos, estuvieran en el camino correcto o no, de lo contrario darían la impresión de que habían claudicado ante no se sabía que artículo, del párrafo tal, folio…. etcétera.

Hablaban en un lenguaje que no tardaría mucho en ser el suyo también, pero estaba algo asustada y a la vez se preguntaba si habría hecho su trabajo de acuerdo a las ordenanzas, es decir correctamente. Llevaban una línea de discurso para que todos lo entendieran, fueran del país que fueran. A pesar de que el inglés era el idioma oficial de la Cámara, pero, como el que no quiere la cosa, a veces, se escapaban algunos párrafos dichos en el país de origen del parlamentario que en ese momento estaba disertando en la cámara. Son trucos que se buscaban para resaltar más ante el resto de sus compañeros. Para eso debían ser ágiles en la reacción y tener dispuesto el idioma que trataba de camuflar.

De todo eso se trataban las recomendaciones dadas por sus compañeros. El que menos llevaba un año en el puesto y ya había cogido el tranquillo de la experiencia. A fuerza de escucharlos, se conocía todos los trucos de según cada interviniente.

Y de eso mismo, el compañero que tenía al lado, la estaba hablando y, aunque todo parecía muy sencillo, hasta que ella no llevara, siquiera unos días más, no encontraría sus propios trucos con los que salir airosa en determinadas ocasiones.

Hoy había tenido suerte o que el interviniente de turno había sido muy claro y a penas ella intervino, nada mas que para pasarlo al datáfono que lo grabaría en una cinta a modo de archivo por si alguien tuviera alguna reclamación que hacer. Todo se hacía sobre la marcha. No se podía negar que tenían a su alcance todos los medios para facilitarles el trabajo al máximo. Que no hubiera ni un solo error, ya que los temas que allí se desmenuzaban era de vital importancia para el país de turno y por lógica para el resto de la Cámara.  Todos hablaban alegremente, despreocupados, pero Elizabetta, a pesar de escucharlos, su cabeza no dejaba de dar vueltas y su compañero más cercano, se dio cuenta de que ella no participaba en la tertulia y que permanecía callada y con la mirada fija en algún punto de la mesa, de cualquier vaso, o plato que tuviera cercano.

—¿Estás preocupada por algo? — la preguntó discretamente— Si es por eso tu silencio, no te preocupes, mañana podremos repasar las traducciones y si hubiera algún error, tenemos margen para rectificarlo. Ya te acostumbraras. Trabajamos a mil por hora. Algunos parlamentarios que hablan con calma, pero otros, en cambio, parecen que les dan cuerda, lo que te obliga a ti a traducir a la velocidad del rayo, pero tenemos un margen de error, que luego podemos rectificar al transcribirlo a limpio. Olvídate de todo y disfruta. Si necesitas ayuda, ya sabes que cuentas con nosotros. Todos la hemos necesitado, al principio. No tienes más que decírnoslo y enseguida estaremos a tus órdenes. Lo bueno de este departamento es que somos como una familia bien avenida y nos ayudamos unos a otros. Ahora tu, vosotras — dijo dirigiéndose a la otra chica— no tenéis más que decírnoslo. Sin pudor. Hoy por ti mañana por mi.

   —No estoy preocupada. Estoy nerviosa por lo vivido. Pero tengo la seguridad de tenerlo y hacerlo bien. Gracias. Sé que en algún momento os necesitaré

   —Bien. Pues olvídate del día de hoy. Mañana lo pondremos todo en limpio y ahora no pienses  en el trabajo.

   —¿Conoces al parlamentario que me ha tocado en turno?

   —Puede que si, pero en ese momento estaba pendiente de mi intervención, y no le presté atención ¿Por qué, le conoces?

   —Tendría que verle de cerca. Pero sí.  Me recuerda a un antiguo compañero de instituto.

 En ese momento, uno de ellos alzo su vaso de cerveza y solicitó un brindis por las buenas compañeras que tenían. Todos aplaudieron y sonrientes le secundaron entre aplausos.

 Se despidieron cada uno de ellos y se dirigieron a sus respectivos domicilios para, al día siguiente volverse a encontrar en su sitio de trabajo.

 La manera de gesticular, de expresarse, aunque más refinado ahora de acuerdo su condición de trabajo, le recordaba a Paolo. No podía apartarle de su cabeza y no solo eso, sino que tenuemente resurgía el sentimiento que desde joven había sentido por el chico Rossi. Su recuerdo permanecía como en una bruma durante aquel tiempo, pero hoy aunque, le viera desde lejos, sus gestos, el timbre de su voz, su manera de expresarse, se acordó  de golpe de él. No sería algo casual. Habían pasado los años, pero en ella permanecían muy vivos los recuerdos del chico de quién se enamoró cuando aún era una niña. No sería una mera anécdota, sino que había permanecido vivo dentro de su cabeza. Pero ¿por qué ese senador? Ni siquiera sabía su nombre, pero lo averiguaría al día siguiente en cuanto entrara a trabajar, ya que debían reseñar todos los datos en el encabezamiento. Nombre, cargo, país… etcétera. Ahí lo tendría todo hasta la fecha de su nacimiento personal y como diplomático. Además, coincidía con la profesión que eligiera para ganarse la vida. Debía ser muy inteligente para tener ese cargo importante en nada más y nada menos que en Naciones Unidas. Y recordó que deseaba ser diplomático. Todo coincidía. Le vio de perfil ligeramente y, eso es lo que le faltaba para asegurar de quién se trataba.

    Será mejor que deje de divagar, — se dijo para sí mientras iba llegando a su apartamento.

No se daba cuenta del porqué de aquél volver una y otra vez a visionar la misma imagen del a penas visto rostro. Tendría que volverle a ver y de esta forma lo confirmaría o la dejaría en paz de una vez por todas. Creía haber superado lo de aquellos días de adolescencia, pero estaba claro que no lo había conseguido. Superado el primer peldaño, tendría que seguir subiendo esa escalera imaginaria de su cabeza si quería recobrar de nuevo la tranquilidad. ¿Podría verle de frente en alguna ocasión?

   —Seguramente—se dijo. No tanto por dejar de pensar en ello, sino por comprobar que su corazón no la había engañado. Quedaba aún mucha leña por quemar dentro de esa cabecita tan  inteligente, pero, que en los menesteres amorosos dejaba mucho que desear.

 Pero era el caso que no le ocurría lo mismo con su otro amigo, con Carlo. De él apenas se había acordado y eso que había visto un cartel anunciado su próxima exposición. Era de carteles publicitarios y, uno de ellos estaba puesto en una especie de tablón de anuncios cercano a la parada del autobús que la condujo en esa mañana, hasta su nuevo trabajo. Se hizo la promesa interior de, en ese fin de semana, acudir a ver la exposición. Lo poco que había visto en ese cartel comprobó que era muy bueno. Que lo que tanto ansiaba ser, se convertiría pronto en una firma reconocida. Y sintió algo de culpa por haberle mantenido al margen de sus recuerdos. ¿Sería que no terminaba de asimilar que la persona por quién bebía sus vientos llevaba otro nombre que no era el del dibujante? Y sintió lástima por él, porque sabía desde aquellos años, que estaba enamorado  de la entonces chiquilla, que ya se anunciaba como una preciosa jovencita. Era injusto si así fuera. Él siempre la había defendido de las miradas inoportunas de los otros chicos, incluso de las de Paolo. Ella se había dado cuenta de que gustaba a los muchachos y, aunque se enfadara con ella misma, sentía que la gustaba que los chicos la mirasen a su paso. Necesitaba seguridad en sí misma y esas miradas, mayormente indiscretas, la infundía seguridad independientemente de la defensa que de ella hacía Paolo, de quién se había percatado que estaba loco por ella.

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Edición Junio 2023
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jueves, 4 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 4 - Naciones Unidas


Y allí estaba. Frente al imponente edificio que sería su empleo si todo saliera bien en la entrevista que iba a realizar. Pensaba que sería el último trámite y después ya podría respirar tranquila. Era como si sus pies permanecieran anclados en el suelo. Interrumpía el constante entrar y salir de las personas que allí acudían a diversas gestiones. No se dio cuenta de ello, ya que miraba permanentemente hacia arriba, haciéndose visera con la mano, mientras pensaba en todo aquello. En el salto que significaría para ella.  Bajo de su ensimismamiento cuando alguien la empujó ligeramente al tropezar con ella. Volvió en sí cuando escuchó que alguien la pedía disculpas. Y fue entonces cuando, aterrizó definitivamente en la tierra.

Se excusó lo mejor que pudo y, al fin, se decidió a dar los primeros pasos, adentrándose en aquél enorme vestíbulo de uno de los edificios más importante del mundo. Hizo un barrido con la mirada y al fondo, encontró un mostrador que indicaba “Información” en un rótulo.

Llevaba a mano su carta de presentación, pero en recepción no la pidieron nada, tan sólo la interrogaron a qué planta se dirigía. Brevemente, les contó lo de su presencia allí, y la señorita que, amablemente la atendía, sonrió al tiempo que la entregaba un cartel pequeño, con una cinta para que se la pusiese colgando del cuello visible a todo el mundo que mirara de qué se trataba “Visitante” ponía en letras relativamente grandes y en negrilla.  Tras eso, la indicó a la planta a la que tenía que dirigirse:

-   Diríjase a la décima planta. Allí la recibirá el director y la indicará a donde ha de ir.

-   Gracias. Ha sido muy amable.

Las piernas la temblaban a cada paso que daba. Se aproximaba hacia lo que sellaría su destino. Aún estaba a tiempo de dar media vuelta y marcharse. Pero ella no era una cobarde. Había luchado mucho para conseguir, no el resultado por el que se encontraba allí, sino por otro de menos categoría, pero igualmente importante. Seguramente menos que éste, pero al menos no le habría producido tanto sobresalto como el que estaba sintiendo.  Se dio ánimo ella misma y se dirigió a los ascensores que, constantemente estaban en funcionamiento. Aquel vestíbulo era todo un mundo y eran aquellas personas, o al menos lo hacían sus jefes, quienes manejaban los hilos de todas las vidas humanas desperdigadas por el mundo. Bien es verdad que ellos trataban de evitar lo inevitable en algunos casos, cuando los países están manejados por manos incompetentes que manejan los hilos y las vidas de todos ellos bajo su mandato. ¿Se daba cuenta de la importancia que tendría su papel? Hasta ese momento no se había parado a pensarlo, pero de repente supo que de sus traducciones dependería la interpretación que hiciera su jefe más inmediato, es decir el congresista que, a su vez debía transmitir a su presidente lo acordado y éste, decidir si seguía adelante con lo que proyectaban o debía prepararse para una guerra inmediata resultara lo que resultara.

Y entonces comprendió la importancia de lo que ella dijera o transmitiera y lo que la persona que la escuchaba a través de unos auriculares, entendiera bien lo traducido. Y fue, ese descubrimiento, como si una losa la cayera encima. Ya no había tiempo de retroceder y salir corriendo de allí. Al otro lado de la puerta una voz la ordenaba que pasase. Ya no tenía escapatoria. Tenía que dar la cara, pero lo primero, sería calmarse y pensar muy bien las respuestas que diera porque estaba segura de que sufriría también otro interrogatorio.

Carraspeó ligeramente para aclararse la voz, y apretó el picaporte que cedió al impulso de su mano, cediendo suavemente. Tragó saliva para suavizar su garganta seca y con una sonrisa que, más bien era una mueca, se plantó delante del que sería su jefe inmediato que, cortésmente se puso de pie al entrar ella en la habitación.                                  

Con una amplia sonrisa la recibió levantándose de su sillón y dándola la enhorabuena por lo conseguido. Tas las palabras de salutación la indicó con un gesto que tomara asiento frente a él e inició la conversación extrayendo de entre los documentos que tenía sobre su escritorio una carta con el membrete tan conocido por ella y pensó que sería la recomendación de sus profesores.

Inmediatamente fue puesta en antecedentes de lo que sería su misión a partir de aquel mismo momento, aunque no empezaría a desempeñar su puesto hasta dos días después, en que se celebraría la primera, para ella, de las asambleas de Naciones Unidas.  Debió poner cara de susto porque, de inmediato y sonriendo, su jefe la indicó que no se preocupara y para acostumbrarse al ritmo y por tanto a su trabajo, tendrían dos días para realizar ensayos. Que no debía preocuparse porque lo haría bien…. Bla bla bla. Pero si estaba preocupada. Tras unos momentos a modo de introducción, la indicó que la presentaría a sus compañeros y la explicó que, todos sin excepción, habían tenido los mismos comienzos que ella. Que eran simpáticos y solidarios. Después la condujo hasta su cubículo y, dando un repaso rápidamente comprobó que era una habitación no demasiado grande, insonorizada. En el frente un cristal panorámico que comunicaba con el salón de conferencias. Rápidamente repasó en una sola mirada y vio los asientos vacíos y una especie de pupitres delante de cada asiento con una placa en la que señalaba el nombre de cada interviniente y el país al que representaba. En un lado del escritorio, un pequeño micrófono que sería para el congresista y junto a ello, unos diminutos auriculares, que seguramente sería su cordón de contacto con el intérprete correspondiente. El traductor, se sentaría frente a la cristalera diáfana y en su mesa habría una serie de aparatos, sobradamente conocidos por ella que grabarían en tiempo real la traducción y a un mismo tiempo las preguntas y respuestas tanto del traductor como del representante en el hemiciclo. Folios, bolígrafos, rotuladores de colores y una botella con agua. A su mano izquierda, un pequeño teléfono que la conectaría con el mando central por si fuera necesario rectificar la traducción. Se tendría que hacer con su puesto en el plazo de un mes como máximo, teniendo en cuenta que las sesiones importantes son cuestión de dos o tres días. Las auxiliares, es decir las que ordenan lo vivido en el hemiciclo, era cuestión de los secretarios de cada secretario. Posiblemente tendría que los traductores también interviniesen por si tuvieran que rectificar algo antes de sacarlo en limpio y entregarlo al ministro o secretario de turno de cada uno de ellos.

No era un trabajo tan sencillo como imaginaba y que tanto le alababan. Nadie regala sueldos a la ligera, tendría que “sudarlo”, pero eso no la asustaba. Nada la asustaba ya que, a medida que avanzaba el día, la toma de contacto con sus compañeros la iban tranquilizando. Le daban ánimos y contaban anécdotas de lo que cada uno de ellos vivió en sus primeros días en la Sede.

Poco a poco, la hora del almuerzo llegó y todos estuvieron de acuerdo en ir juntos a una cafetería cercana a la Sede y, que frecuentaban con mucha asiduidad. Todos estaban alegres y joviales y cada uno de ellos no ha mucho que se habían incorporado a ese puesto que ahora era su referente para Elizabetta. Tenían el aplomo y la experiencia de quién ya conocía su misión y la dominaba. Trataban de infundir a las nuevas la seguridad de que ellos hacían gala y restaban importancia para infundirlas valor de lo que a ellos les costó asimilar del mismo modo que a ellas, ahora les faltaba. Las ayudarían en todo lo que pudieran y trataban de restar importancia al primer día. A la primera vez que se enfrentó a unos auriculares y un micrófono que transmitiera el resultado de su traducción a la persona que, nerviosa aguardaba en el hemiciclo pendiente de escuchar por el audífono lo que desde un lugar alejado de allí le estaba transmitiendo. Eran dos extraños que tenían que conectarse con afinidad. Que no se conocían físicamente, pero esperaban que todo saliera bien. Estaban a años luz de distancia una del otro y ni siquiera con esperanzas de hacerse visible. Quizás con suerte pudiera echar una mirada al hemiciclo cuando estuvieran interviniendo y, al menos saber cómo era “su jefe”. El tipo de voz la diría si era mayor o joven. Había cultivado su oído y afinaba mucho en el reconocimiento de las voces. Ese era un tanto más a su favor, además requisito indispensable dentro de su profesión.

Entre risas y bromas, sus compañeros trataban por todos los medios de que se relajara tanto ella como la otra chica nueva que había entrado. Existía el buen compañerismo. Podían contar con ellos si en algún momento su voz se quebrara o alguna traducción se les atragantara.  Esas concesiones de sus compañeros la tranquilizaban y a un tiempo la ponían nerviosa, porque narraban unas situaciones que podían darse. No se imaginaba quedarse sin voz en la mitad de una alocución e imaginó que el parlamentario giraría de inmediato su cabeza buscando la cabina acristalada desde la cual le transmitieran la traducción al idioma oficial de Naciones Unidas. Pero También pensó que, si sus compañeros lo daban como posible accidente, es porque se había dado. Y ese pensamiento la dejó aún más intranquila. La sacó de su aislamiento la voz de uno de sus compañeros al notar que su cabeza no estaba allí con ellos, e imaginó en lo que pensaba, puesto que a él mismo le pasó algo parecido el primer día. Apretó una de sus manos que descansaba sobre la mesa y con un guiño, la dio a entender que no ocurriría, que solo era un ejemplo para prevenirlo si se diera:

— No te preocupes no suele ocurrir, pero por si acaso. En los años que llevó aquí, jamás me ha sucedido. No vas a ser tu la primera y, además nos tienes a nosotros para echarte una mano si se diera el caso. Aprovecha tu comida y al menos hasta mañana olvídate de este edificio

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miércoles, 3 de enero de 2024

ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 3 - ¡ Lo conseguí !


 Nunca hubiera imaginado que serían tantos los alumnos a punto de terminar sus carreras en Turismo. Debería haberlo imaginado, sabiendo que Italia es uno de los primeros destinos para viajar. Patrimonio de la Humanidad, toda ella era bella, interesante, histórica y amable, además de una rica gastronomía y un carácter afable en sus habitantes. Los italianos son alegres y despreocupados en cuanto a vivir la vida se refiere. Pensó que había elegido bien su porvenir: nunca le faltaría trabajo y cuando ya no estuviera en edad de tanto viaje, siempre podría dar clases en cualquier instituto sobre ese tema.

Se encontraba exultante y algo nerviosa. Al día siguiente sería la prueba suprema en la que se jugaba su porvenir. Había decidido no estudiar esa noche. Llevaba varios días repasando el temario, de manera que, trataría de dormir si ello fuera posible, para estar más descansada al día siguiente; aunque lo dudaba ya que los nervios hacían que diera vueltas y más vueltas en la cama tratando de encontrar el descanso. De repente, se centró en sus recuerdos de adolescencia y en ellos estaban sus grandes amigos y guardaespaldas de aquella época. Sonrió divertida recordándoles en  aquella noche de la despedida en la que los tres se achisparon un poco. En los años siguientes a su separación, no habían coincidido ni una sola vez los tres juntos. Paolo desde luego en ninguna.

Y al llegar a este punto, Elizabetta se detuvo unos instantes tratando de recordarle ¿Cómo estará ahora? Su última visión era la de un jovencito rondando los dieciocho años. Simpático, ocurrente, alegre y atractivo hasta decir basta. Él había sido, desde que le viera, su galán indiscutible, a pesar de la pena que le daba el otro escudero Carlo que, por edad, aunque no en exceso respectivo a ellos, era más sensato y circunspecto. Lo que ignoraba ella, es que esa introspección de él se la debía a ella, a su cercanía, a su futuro que había forjado en su cabeza junto a Elizabetta. Ella ignoraba el interés  de Carlo y el alejamiento de Paolo, al que poco a poco se tuvo que acostumbrar.

Fue de las primeras en terminar el examen, algo que la llenó de satisfacción y oportunidad de repasarlo una vez más antes de entregarlo. Lo leía con nerviosismo que iba relajando a medida que en su análisis avanzaba y comprobaba que el examen estaba realizado correctamente, al menos ella no observaba fallo  alguno. La sobró tiempo y decidió entregarlo al profesor para su examen, ya que si continuaba repasándolo, seguro que los nervios encontrarían alguna falta, aunque no la hubiera.

Hasta dos días después no se anunciarían en el tablón del vestíbulo a las personas que habían aprobado y, si así fuera, tendría que pasar por el despacho de su profesor para recibir instrucciones referentes a la entrega de diplomas.  Hasta no efectuar este último trámite, no estaría tranquila, por más que hubiera repasado hasta el último renglón del examen y creía haber comprobado que estaba impecable.

Demoraba adrede el arreglo personal para acudir a la cita con su profesor. No durmió nada bien esa noche intranquila, repasando mentalmente de nuevo su examen. El cansancio, los nervios la rindieron y estaba casi amaneciendo cuando pudo conciliar el sueño. El despertador repiqueteó a las siete de la mañana, cuando mejor y más sumida estaba en él. De un salto se tiró de la cama y se metió en el baño para arreglarse. Se miró en el espejo para dar una última mirada a su arreglo y dando el visto bueno salió de su casa. Llevaba el semblante preocupado y nervioso. El camino hasta el centro donde había estudiado hasta hacía unos pocos días,  apareció ante ella imponente, como si fuera la primera vez que lo viera y los cuatro años se hacían presentes en su memoria. Aspiró el aire de la mañana, hinchó su pecho y, con paso firme entró en el hall del edificio.

Con paso firme y seguro se encaminó hasta el vestíbulo de estudiantes en donde había colgado el cartel que contenía el porvenir o las repeticiones de los examinados. Buscaba entre los nombres de los suspendidos el suyo ¿Por qué lo hacia? Estaba segura de que había aprobado, a no ser que algo de última hora hubiera fallado y eso  le restaría puntuación.  Suspiró aliviada cuando comprobó que no era tal cosa. Decidida oriento su vista hacia otro apartado con los aprobados. Estaban por orden alfabético y, derecha se dirigió hacia el renglón que contenía la inicial de su primer apellido en la columna de los aprobados. Extrañada, vió que no estaba el suyo. Tenía miedo de rastrear la otra columna. Sería la última. El corazón le latía apresuradamente y no se atrevía a cambiar la dirección. Enfiló su mirada hacia el encabezamiento de la lista que, con letras mayúsculas y en negrilla encabezaba una lista menos poblada que las otras dos anteriores. Nunca la palabra que sobresalía en el listado le había parecido más extraordinaria que nunca y, efectivamente SOBRESALIENTES, era su encabezamientos y no se refería al tipo de nota sacado, sino a la magnífica capacidad de los exámenes realizados. Y en el primer lugar, el suyo. Se tapó la boca con la mano para no lanzar al aire un grito de satisfacción. Pasados los primeros momentos, extrajo de su bolso el teléfono móvil. Sacaría una fotografía y se la enviaría a su padres que esperaban expectantes el resultado de ese fin de curso tan especial. Solamente cinco jóvenes habían sacado la excelente puntuación, y entre ellos estaba Elizabetta. Contentos intercambiaron las enhorabuenas y los cinco se dirigieron al despacho del profesor que había sido responsable durante cuatro años de que ellos recibieran su acreditación como Intérpretes y Guías turísticos. Lo había conseguido. No se lo podía creer. Pero también pensó que a partir de ese momento, comenzaría la otra etapa dura de su vida: buscar empleo en alguna agencia de turismo, o de intérprete en algún hotel. En fin, ya se vería.

Repiqueteó con los nudillos de su mano sobre la madera de la puerta que le daría acceso al despacho del director reunido con su profesor. Esta especie de ceremonia privada, la ponía un tanto  nerviosa. En pocas ocasiones se daba esta oportunidad y no acertaba a entender el porqué de tanto ceremonial. Que ella recordase, en contadas ocasiones había sucedido y, eso le dio miedo. ¿ Sería para darle malas noticias? En contadas ocasiones se había dado el caso y, además, en sus manos llevaba el certificado que la acreditaba como la mejor y más adelantada alumna de su promoción. 

Tras concederla el permiso de entrada y, aunque temblaba de pies a cabeza, tragó saliva, carraspeó para aclarar su garganta y comenzó a salvar la distancia entre los profesores y ella misma. Aclaró su garganta de nuevo, temiendo que las palabras no la respondieran, aspiró una bocanada de aire y se decidió, al fin, a expresar el motivo por el que allí se encontraba  A penas abrió la boca, el Decano y el profesor, ambos se pusieron de pie ante ella y con una sonrisa de satisfacción, extendieron sus respectivos brazos para estrechar la mano de su alumna más aventajada de este presente curso que en ese día terminaba.

El susto, a penas la dejaba respirar, pero al escuchar las primeras palabras del decano respiró aliviada y al fin supo, la idea que, para ella, tenían ambos profesores.

— Dadas tus calificaciones, no sólo del examen final sino de todos los llevados durante el curso, hemos pensado que mereces algo más que una simple guía turística, como habías expresado durante todo este tiempo. De Naciones Unidas, para su central en Nueva York, hemos recibido una petición para traductoras en las asambleas.  De inmediato hemos pensado en tí y en otras dos personas más que, los tres, habéis resultado ser brillantes. Creo que es una buena oportunidad para tí. Bien es cierto que tendrías que vivir permanentemente en Nueva York pero sería un extraordinario paso hacia adelante en tu carrera. ¿ Qué dices?

— Pues la verdad... no lo sé. Ha sido todo tan repentino e inesperado que...¿ Puedo sentarme?— pidió antes de desmayarse. 

— Piénsalo bien. Es una ocasión única para ti. Además de un extraordinario sueldo. Un horario de trabajo cómodo, es un paso de gigante para tu carrera.

Elizabetta no se lo pensó dos veces. Ni siquiera se había atrevido a pensar en un escalafón tan altísimo como sería traductora de Naciones Unidas. Ella misma se asombró cuando, cortando la palabra al vice rector dijo de inmediato:

— Si, acepto. Habría de estar loca para no hacerlo.

— Bien muchacha. Haces lo correcto y darás un paso gigantesco en tu carrera. Conocerás gentes que de otra forma sería impensable. Verás de cerca a los mandamases que rigen el mundo. Vivirás cómodamente con un horario sin presiones, excepto cuando haya asambleas o algún representante solicite tu presencia en su despacho para efectuar alguna gestión.

— Si. Decididamente acepto. Aunque nunca expresé mi opinión, en el fondo de mi, siempre he pensado en un puesto como este. Así que, decididamente acepto.

Acto seguido la enhorabuena por el acierto realizado por ella. En ese empleo escalará cotas altas debido a su alta capacitación. Tendría no sólo un buen puesto, sino la estima de todos cuantos la rodeasen. Conocería gentes heterogéneas y quién sabe qué cotas alcanzaría y un buen sueldo que la permitiría vivir desahogadamente, entre otras cotas altas de su status.

Decididamente era su empleo soñado, se decía sonriente mientas salía del edificio. Aún sentía en su mano la calidez de quienes fueran sus profesores dándola la enhorabuena por su aceptación. ¿Tan magnífico empleo era? ¡Las Naciones Unidas ! ¡Uau! ¡Jamás pensó en ello, ni siquiera se le había pasado por la cabeza! Se había centrado exclusivamente en su empleo como guía turística. Nada que ver con la carta de recomendación que llevaba en su bolso.

Dos días después se encontraba frente a la entrada principal del imponente edificio que albergaba el poderío universal. Allí se dilucidaban planteamientos que afectarían al resto de los humanos y ella tendría la misión de traducirlos correctamente a la persona que le adjudicaran para ser su traductora. ¿ Y si se equivocaba? ¿ Y si no lo hacía bien? Si así fuera, tendría el poder maléfico de cambiar el rumbo de la Humanidad. Al llegar a este punto, se detuvo impidiendo el paso de las personas que entraban detrás de ella. Se hizo a un lado pidiendo disculpas con una sonrisa. En eso no había pensado. Y entonces todas las dudas del mundo inundaron su cabeza haciéndola dudar de su capacidad.

Pero, al mismo tiempo se decía que si no estuviera capacitada para el puesto, no la habrían recomendado. Aún estaba a tiempo de rechazarlo. Una voz interior la gritaba que no fuera absurda. Que si sus profesores, todos unos talentos, la habían dado esa carta de recomendación que acreditaba su sobrada preparación para el puesto, ella no era quién para dudar hasta el punto de rechazarlo. Como si una mano invisible la empujara, dio el primer paso y después otro y otro hasta llegar hasta el mostrador de recepción. Escuchaba como sonámbula las indicaciones de a donde debía dirigirse. Ya no tenía escapatoria, debía dar la cara para no dejar en mal lugar a los decanos que la habían recomendado. Les diría que rechazaba el empleo ¿En serio lo haría? Carraspeó un segundo para aclarar su garganta y con paso firme y mano segura, repiqueteó en la puerta de la habitación, cuyo cartel decía que era allí dónde debía presentarse. Al escuchar la voz que la autorizaba a entrar, puso su mano firme en el picaporte que la daría entrada,

 

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ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 2 - El Coliseo

 


El tiempo había pasado demasiado rápido para ellos. Cada uno, por separado y, en distint0s destinos, habiendo forjado otras amistades, aunque no tan profundas como las que habían tenido en su etapa juvenil. Pero todo tiene un principio y un final y el de sus estudios también lo tuvo. En contadas ocasiones se habían visto en algunas vacaciones por Navidad, y unos pocos días en verano. Pareciera que la firmeza de su amistad se hubiera diluido en el aire y, ahora, ocupaban sus vidas otras,  llegadas desde distintos puntos. Carlo y Elizabetta, habían coincidido en un par de ocasiones en sus respectivos hogares, habiendo ido hasta allí para ver a sus familias y disfrutar de la placidez de la costa amalfitana. De Paolo nada habían sabido y, eso que se prometieron enviarse, siquiera una postal. Pero se ve que la distancia influye grandemente en la calidad de lo que verdaderamente es una amistad. Tan solo una postal por Navidad, felicitando las Pascuas, y nada más.

Los padres de Paolo les facilitaban dónde se encontraba y cómo iban de bien sus estudios. Tan bien, que iba a hacer una oposiciones para alguna embajada, a poder ser americana. Carlo iba a exponer por primera vez en una galería de arte de mediana calificación, pero sería un comienzo y eso le satisfacía. Tendría paciencia con la fama y, por resultado su cotización, ya que recién estaba comenzando a pintar y a fotografiar. La fotografía se le daba bien.

No deseaba convertirse en un fotógrafo de celebridades. Deseaba algo más artístico aunque, de momento, tampoco desechaba la idea de retratar a gente famosa que pasara por allí.

. Esos trabajos fáciles para él, le procurarían el vivir bien y abrirse paso, poco a poco entre el mundo de los famosos. De su cabeza habían desaparecido sus sueños que, desde la adolescencia mantenía en su cabeza..

Guardaba en una carpeta bocetos de figuras femeninas más o menos ligeras de ropa. Habían sido sus trabajos de la  academia de arte. Se forjó el propósito de que, al terminar el curso, tiraría a la basura dichos trabajos, pero la reflexión del profesor le hizo desistir del empeño y decidió  que, quizás, para algo le servirían. Y quiso conservarlos junto a los bocetos que guardaba de toda esa época. Había olvidado que, entre los mismos, había varias láminas y bocetos de una sola persona: Elizabetta. Se sabía de memoria el rostro de su amiga, dibujándola en distintas poses.

Estaban finalizando el curso y repasaba los apuntes y examinaba los bocetos para plasmar en sus pupilas los defectos en que había incurrido  para no repetirlos frente al tribunal. Eso por parte de Carlo, porque además de no estar los tres en la misma facultad, no habían coincidido más que un par de días en las fiestas locales.

El último año, fue el más complicad0, ya que, además de no verse, el propósito de ellos era no regresar a su antiguo domicilio, sino buscarse la vida lejos de Amalfi que era demasiado pequeño para la grandeza que imaginaban alcanzarían, según sus propias reflexiones. Se sabía de  memoria el rostro de su amiga, dibujándola en distintas poses. Hacía poco más de un año cuando, se vieron la última vez. Y, es que cada uno de  ellos se había hecho el propósito de no repetir ningún curso y,  ahora llegaba el fin de sus respectivas carreras.

Tan solo pasaron juntos los dos amigos un par de días con motivo de la fiesta de la patrona de Amalfi. Fue uno de los últimos veranos, pero no llegaron a coincidir en la localidad  con la muchacha, ya que ella se  preparaba para unas  oposiciones importantes que deseaba ganar. De eso dependía su futuro que sería volver a Amalfi, o quedarse en Roma, ya que para la capital era el puesto que se ofrecía.

Sería como guía turístico ya que la famosa capital italiana, máxime en verano, recibía a muchos visitantes.

En solitario y, a modo de preparación para opositar, ella hacía el recorrido que normalmente se realizaba. Un recorrido que imaginaba, puesto que aún no las habían convocado. Pero consideraba que sería el que ella creía: El Coliseum, Trastevere, Piazza di Spagna... Alguna que otra trattoria y, seguro que algún cabaret, sin pasar por alto La Fontana de  Trevi y la Cara de la verdad. Todo muy básico, todo muy turístico.

Pero entre aquellas reliquias se encontraba a gusto, lo disfrutaba como si nunca hubiera escuchado hablar de ello. Lo contemplaba todo con satisfacción  y se imaginó con un grupo de gente a su alrededor escuchando embelesada lo que iba narrándoles. Lo que tenía ante su vista era grandioso imposible de imaginarlo ahora, rodeándose de coches y bocinas.

Decidió adentrarse entre las piedras quebradas del Coliseo. Por fin habían decidido comenzar la reconstrucción de aquél magnífico ejemplo de la gloria imperial de Roma. Se coló por una especie de pasillo que, a su vez estaba  formado por grandes huecos a uno y otro lado de ese espacio, por el que retumbaban los martillos eléctricos y las voces de los obreros. Suponía que aquellos huecos serían en su tiempo las celdas de los gladiadores, o de los animales con quienes tenían que dilucidar su propia existencia.  Con una sonrisa, contemplaba admirada aquél lugar con tanta historia entre sus piedras. Parecía escuchar el vocerío de la muchedumbre enardecida ante la pelea desigual que seguramente se  disputaría entre el vivir o morir. Durante unos segundos cerró sus ojos y le pareció escuchar a la muchedumbre enardecida señalando la vida o la muerte de quienes estuvieran peleando en ese momento. Decidió que el día que lo abrieran al público ella estaría allí y, quién sabe si narrando a un grupo de visitantes lo que esas piedras vieron y escucharon.

Cada día le apasionaba más la profesión que había elegido para ganarse la vida. La Historia había sido su asignatura preferida y por eso eligió la profesión de guía turística. Andando el tiempo ya contemplaría la forma de convertirse en profesora de historia, ya que había sido la asignatura que más le gustaba.

Continuó su deambular entre aquél intrincado laberinto de ruinas que, poco a poco iban tomando su forma original. Estaba segura que el día que se diera por concluida la restauración de aquél símbolo inigualable de la grandeza de Roma se abriría un capítulo nuevo en la historia de la ciudad. Todo el orbe identificaba a la península en forma de bota, es decir a Italia, precisamente por aquél coliseo.  Perdió la noción del tiempo y de repente la voz de un obrero preguntándola lo que hacía allí, la volvió a la realidad. Pidió disculpas y le explicó someramente que se preparaba para unas oposiciones y aquél era el mejor lugar para repasar la lección que, a buen seguro entraría en aquél examen. El obrero se rascó la nuca, echando hacía adelante  ligeramente, el casco de obra que portaba. Una sonrisa distendió su cara comprendiendo lo que la muchacha le decía. También él tenía una hija de aproximadamente su misma edad que, también se preparaba para su examen final aunque  sería para otra profesión.

Elizabetta se disculpó de palabra y con una sonrisa y, apresuradamente salió de allí totalmente satisfecha de su primera toma de contacto con aquél lugar  tan importante de la historia de su país que le hacía ser reconocido desde cualquier rincón de la tierra.

Riendo tímidamente anduvo por aquellos pasillos hasta dar con el que la conduciría a la calle. Sin saberlo había sido transportada a la época de Nerón, aquél sanguinario e inútil emperador.  Lo   recordaría en el examen, si acaso les cayera aquella lección junto al incendio de la gloriosa Roma que escuchaba atónita y despavorida causado por el nefasto emperador para inspirarse en una oda a la ciudad. Se dio cuenta de que había permanecido allí más de lo que pensaba. Su estómago reclamaba comida. Parada frente a él, echó una última mirada al imponente edificio que fuera en su día. Hizo visera con su mano, ya que el sol le daba de pleno en el rostro, sonrió y miró hacia un lado y a otro, quizá para orientarse buscando un lugar en donde saciar el apetito.

Se paró junto a una trattoria y leyó pausadamente el menú que se ofrecía para ese día. Tenía bastante hambre y no tardó en decidirse comería ossobuco. Y recordó a su madre,  y lo bien que le salía ese plato. De repente sintió nostalgia de ellos. Iría en un fin de semana, una vez hubiesen terminado las oposiciones. Deseaba de todo corazón visitar su casa, su hogar , en el que se sentía segura y a salvo. La calidez del abrazo de sus padres. Los interminables saludos de sus vecinos, de unos vecinos que la habían visto nacer. De repente sintió un oleada de emoción y los ojos se la empañaron. Deseaba visitar "su casa" de nuevo y lo haría con un título bajo el brazo.

Y con ese pensamiento, una vez saciado el apetito, encaminó sus pasos hacia la residencia en la que vivía desde hacía algún tiempo. ¡ Qué bueno sería volver a casa con su título como personal de turismo y como consecuencia un contrato como guía turístico. Nadie, aparte de sus padres, lo sabría. Sin saber porqué, de repente, a su memoria acudieron dos rostros juveniles, sonrientes, como la última vez que les vio. El tiempo había puesto una barrera entre ellos desde casi su separación. Absorta por el estudio, pocas veces había vuelto a recordarles. Sonrió porque sobradamente sabía que sólo uno de ellos, si había permanecido en su memoria, bastante más tiempo que el otro. 

— Sería estupendo si coincidiéramos los tres de nuevo. Recordar viejos tiempos. Saber de sus andanzas...

Sacudió su cabeza deseando ahuyentar aquellos pensamientos tan lejanos ya en el tiempo, pero tan impresos en su memoria desde que recordara. Sería difícil volver a coincidir pero también estupendo si así sucediera.


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Autora< rosaf9494quer

Edición< Marzo 2023

Ilustraciones< Internet


ENTRE DOS AGUAS - Capítulo 1 - ¡Éramos tan jóvenes!

 
                                               Costa amalfitana  ( Italia)

Había discutido con su novio el día anterior. Una pelea seria, una que había roto el frágil equilibrio de su relación. No fue una explosión repentina, sino el resultado de algo que había estado creciendo en silencio durante mucho tiempo. Se habían vuelto irritables por cosas triviales, la tensión aumentaba poco a poco hasta que finalmente estallaron, gritándose palabras que nunca podrían retractar. Esa noche, decidieron terminar definitivamente. Él se alejó sin mirar atrás, dejándola de pie en la entrada de su casa. No la acompañó a su apartamento como solía hacer. Su ausencia lo hizo todo más real. Contuvo las lágrimas al entrar en el ascensor, esperando llegar a su apartamento sin cruzarse con su vecina entrometida, que siempre estaba al acecho tras su puerta. Una vez dentro, instintivamente se acercó a la ventana, aún con el abrigo puesto, buscándolo abajo. Pero él ya no estaba. Un sollozo escapó de su garganta mientras la realidad la golpeaba—era el final. Su mente se aceleró. ¿Había otra chica? La duda le oprimió el pecho. Por un momento, la ira la consumió, pero no duró. Lo que quedó fue la pérdida. Había conocido a Paolo toda su vida. Crecieron juntos, asistieron a la misma escuela, jugaron los mismos juegos, incluso aquellos que supuestamente eran solo para niños. Siempre habían sido inseparables. Pero el amor no es algo que se pueda controlar, y su historia había tomado un giro inevitable. Siempre creyó que lo amaba más de lo que él la amaba a ella. Tal vez no era cierto, pero así lo sentía. Paolo siempre había sido su protector, defendiéndola de peleas en el patio de la escuela y discusiones infantiles. Pero había alguien más. Carlo. Dos años mayor, la había estado observando desde que llegó a su escuela. Al principio, solo era otro chico, un amigo de Paolo. Pero sus miradas se demoraban demasiado, su presencia era demasiado constante. Paolo se dio cuenta. No quería verlo, pero lo hizo. — “Es mi novia, ¿sabes? No me gusta la forma en que la miras.” — “Estás siendo ridículo. Es mi amiga, igual que tú. Nunca haría lo que estás pensando.” Carlo lo negó todo, y Paolo lo dejó pasar… por un tiempo. Pero Elizabetta también lo sentía. La tensión silenciosa. La manera en que ambos parecían girar a su alrededor, protectores pero cautelosos el uno del otro. Le gustaba la atención, aunque fingiera no notarlo. Y así, sin que nadie lo dijera en voz alta, comenzó la rivalidad no declarada.

Se conocían desde chicos. Habían ido al mismo colegio, al mismo curso y juntos habían jugado en los recreos. No importaba que los juegos fueran para varones: ella, también participaría en ellos. junto a Paolo, su novio desde que recordase.  Aunque esa palabra sonase tan fuerte en boca de una criatura de a penas doce años. 
Pero al amor no hay fuerza humana que le contenga y ella era temperamental por naturaleza. Su sangre era netamente mediterránea: de fuerte carácter, apasionada y enamoradiza.

Estaba enamorada de él hasta los huesos. Siempre decía que le amaba más que él a ella, aunque no fuera cierto. Porque ambos, desde niños, él la protegía de alguna pelea que emprendiera por cualquier chiquillada, a lo que era muy aficionada.

Había otro muchacho dos años mayor que nuestros protagonistas que la seguía con la mirada casi constantemente desde que entrara en ese colegio por primera vez. Estaba en diferente clase. Pero se hizo el encontradizo con la pareja durante uno de los recreos. Tenía grabado en su memoria el rostro de ella, de Elizabetta. Le extrañaba la protección que ejercía sobre ella el otro chico que la acompañaba, cuyo nombre atendía al de Carlo. Pese a la encubierta rivalidad establecida entre ellos, no tardaron en hacerse amigos. Eran simpáticos y abiertos de carácter.
Elizabetta, se dio cuenta de que el nuevo amigo de "su novio", la dirigía algunas miradas, a veces, con insistencia reflejando en sus ojos, extrañas miradas en los de ella.

Vivian cerca unos de los otros y, por tanto, juntos salían del colegio y juntos se dirigían a él; inclusive había veces que, las  tareas, las hacían los tres juntos en la casa de cualquiera de ellos. Se llevaban bien e intercambiaban los deberes encomendados por los profesores. Carlo, al  estar en un curso más adelantado que ellos, les servía de gran ayuda. Pese a todo, no tardó en surgir la primera discrepancia entre los chicos a cuenta de las miradas que Paolo había sorprendido en Carlo fijo en el rostro de Elizabetta, surgiendo así su primera discusión al imaginar el porqué lo hacía, a pesar de que negara la causa de la fijación en ella, que  fuera la causa de su encubierta admiración.

— Es mi novia ¿sabes? No me gusta que la mires así ¿Entendido?
— Debes haberte vuelto loco. Es mi amiga y tu también. Nunca se me ocurriría hacer lo que insinúas— fue su disculpa.

 Nunca jamás volvieron a discutir por ello. A partir de ese momento, tendría un escudero más que la protegiera. Pero, a veces, la mirada de Carlo se dirigía a una parte de la anatomía de ella que se iba convirtiendo, poco a poco, en una increíble jovencita. Pero Paolo seguía la mirada de su amigo, aunque no le dijera nada. Lo entendía, aunque no le gustara observarlo. A él mismo se le iban los ojos tras ella observando los cambios que se notaban cada vez más en el cuerpo de la ya, próxima adolescente. Por esa rivalidad Paolo se enfadaba con más frecuencia, pero seguía sin dar ni pedir  explicaciones. Ella también se había dado cuenta, pero le halagaba la admiración que despertaba en ellos. A veces debía intervenir en algún desacuerdo que tuvieran para que no llegase a mayores consecuencias que, deshiciera la enorme amistad y cariño que, entre los tres, se había creado.
Estuvieron a punto de romper con la amistad. De no ser por la intervención de Elizabetta que, admiraba y quería a ambos muchachos ya que sin su protección volvería a ser, nuevamente asediada por los chicos mayores que la pretendían aunque no tuviera edad para ello.

A partir de aquel día las cosas cambiaron para ellos gracias a la intervención de la chica. Se sentía halagada por las atenciones que ambos muchachos habían creado en torno a ella. Ambos eran como una guardia pretoriana a su alrededor. No volvieron a tener más discusiones formando un tándem de buenos amigos, con sus diferencias entre ellos, pero dejando fuera a la muchacha de sus peleas.

Los tres juntos fueron creciendo al mismo tiempo. Se estaban haciendo mayores y que, por diferentes razones no seguirían unidos educativamente.

Paolo iría a la universidad y estudiaría Ciencias Políticas. Su padre, volaba muy alto. Ella buscaría trabajo y Carlo entraría en la escuela de Bellas Artes, en cuanto terminara el último curso de formación profesional. Ahí sus caminos se separarían y, lo tres, acusaban ese distanciamiento obligado por el sendero que cada uno había tomado.

Llegó el último día de curso. Al próximo, ya no estarían juntos, aunque se vieran, pero no sería lo mismo. Tenían que tomarse muy en serio las profesiones elegidas.

Excepto la familia de Paolo, las otras dos, se desenvolvían con algunas estrecheces y, no podían permitirse el lujo de desperdiciar el dinero que sus padres, sacrificándose, pagarían por sus estudios. Caso distinto sería el de la muchacha. Confiaba en encontrar un trabajo en el que, con suerte conociera a alguien, se enamorase de él y se casarían. En definitiva: el cuento de la lechera. Lejos estaba de imaginar su destino y, los cambios que se producirían en la vida de los tres.

La víspera de su separación, decidieron celebrar que habían dejado atrás la niñez para convertirse en adultos responsables y soñadores enamorados perdidamente de su compañera de colegio y de juegos. Cada uno de los chicos, ocultaba los sentimientos que les inspiraba aquella inocente, pero inteligente jovencita que sabía manejar, diestramente los sentimientos de sus dos amigos. Nunca supieron si alguna vez supo lo que ambos chicos sentían por ella o, por el contrario, le halagaba esa adoración de protegerla y, al mismo tiempo que ella dirigiese su admiración por cualquiera de ellos. O quizá hubiese ocultado la enorme inteligencia que había demostrado tener al no insinuar nunca que estaba enamorada de uno de los dos. En el fondo, la encantaba verles cómo se disputaban el sentarse a su lado, porque sólo había un asiento libre junto a ella y los chicos, sin percatarse de la jugada iniciaban la consabida discusión de a quién prefería, cuando lo cierto es que eran la diversión de la cruel enamorada. Porque, en realidad,  al comprobar que se salía con la suya y, ellos, lejos de percatarse, se dejaban hacer de escuderos, sin notar que, ambos, eran objeto de diversión de la veleidosa Elizabetta. Ella amaba en silencio a uno de ellos y al otro le quería fraternalmente. Se negaba a separarse de cualquiera de ellos. 

No pudo evitar soltar unas lágrimas la noche de la separación. Recordaba toda su niñez acompañada por ellos. Los tres juntos e inseparables durante todos esos años de su educación secundaria que, ahora tocaba a su fin. Iniciaban un nuevo rumbo ignorando a dónde les conduciría.

Posiblemente tardarían en verse, si es que no fuera aquella, la ultima noche que permanecieran unidos.
 
A Paolo le esperaba la universidad, en Roma , ya que esos eran los mandamientos de su padre. Viajaría  a la gran ciudad. Conocería nuevas gentes con quienes, posiblemente iniciaría una nueva amistad tan intensa como la que había terminado ese mismo día, siendo parte importante de su juventud. Elizabetta, estudiaría idiomas en la escuela oficial en el mismo lugar en donde vivían: Positano y Amalfi.
Carlo, en la escuela oficial de artes y oficios en Florencia.

Cada uno de ellos había marcado su rumbo futuro pero, quién sabe lo que el destino prepararía a cada uno de ellos. 
A los chicos podría augurársele el que seguiría: juergas los fines de semana y posiblemente alguna noviecita que dejaría de serlo en cuanto, cada uno de ellos terminase sus estudios para, comenzar seriamente en su nueva vida. Quién contaba  con más posibilidades de enamorarse era la chica quién seguramente encontrase a algún pretendiente y terminara casándose con él.

Todo era probable y posiblemente nada saldría como imaginaban. Pero en aquél momento, en aquellos días, nada era previsible. Tendremos que dejar correr el tiempo para saber en qué queda todo sobre nuestros jóvenes.

Ellos hacían planes, pero para desbaratarlos estaba la vida. Eran tres y llenos de ilusiones, pero el tiempo y el destino sería quién marcara los ritmos de todos. En poco tiempo, sabrían que una raya invisible sería quién marcara su tiempo y su lugar en donde realizar su vida. Trazar su futuro y encontrar su verdadero amor.

Esa noche, los tres dormirían inquietos, intranquilos, desvelados. La emoción de saberse mayores, e independientes y que, posiblemente estuvieran trabajando a no tardar mucho para,  de este modo, forjar su propia vida hacía que estuvieran insomnes, dando vueltas en el lecho sin terminar de encontrar la postura adecuada.

Los tres pensaban en lo mismo: el tiempo que transcurriría tan largo hasta volverse a ver, si es que ello  diera lugar. Habrían de pasar muchos meses y, en ese intervalo de tiempo quién sabe lo que sería de ellos. Sobre todo ella estaba algo alterada, no por el alcohol de alguna cerveza de más, sino porque ya no tendría el soporte de sus chicos y tendría que ser ella misma quién espantara a los moscones y, además, si se volverían a ver al terminar de estudiar. Porque sí; se había convertido en toda una mujer muy diferente a la chica de la que ambos muchachos estaban perdidamente enamorados.

Era una mujer adulta, bien formada en sus curvas que levantaba pasiones en la calle cuando se cruzaba con algún muchacho que volvía la cabeza para mirarla. Para sus adoradores amigos, ella se mantenía igual que cuando la conocieron, pero lo cierto era que se había convertido en una mujercita preciosa con simpatía a raudales y éxito entre sus compañeros de trabajo. Era azafata en uno de los edificios de la antigua Roma, dedicado en la actualidad a un museo de historia.

 De ojos vivarachos, grandes y negros como la noche. Tirando a alta según los estándares italianos. Su cabello color castaño y rizado, aunque no en exceso. Su cintura pequeña. Andar gracioso, como graciosos eran los dos hoyuelos en sus mejillas al reír.

Simpática y cordial con los turistas que la asediaban a preguntas que ella respondía amablemente dando toda clase de detalles. Esquivando a alguna  inquisidora mirada masculina de alguno de sus clientes que, con demasiada insistencia, detenía su curiosidad en determinadas formas de la muchacha.

A ella ese gesto inoportuno le fastidiaba, pero debía hacerse la desentendida para no provocar incomodidades en ella misma y, en el resto del grupo que, con alguna excepción se comportaba con la debida corrección.  
       
                         

  
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Aurora: rosaf9494quer
Edición < Enero 2023
Ilustraciones< Internet- Inma Cuesta      
Con la inestimable colaboración de LJJ a quién va mi agradecimiento              

sábado, 10 de julio de 2021

El día que nunca existió - Capítulo 28 - Olvídate de ese día

Alex fue dado de alta definitivamente  con  tan solo unas pequeñas  señales de lo ocurrido en su rostro, ninguna otra secuela le había quedado. No estaba nada contento con su regreso a casa. Ella ya no estaba y a él le sobraba todo lo que le rodeaba.

 Tuvo una pelea con su padre porque quería regresar a la cabaña. No estaba de acuerdo con la decisión que su hijo iba a tomar al rememorar de nuevo las situaciones dolorosas vividas. Pero él decía que necesitaba volver y vivir de nuevo aquellos días con ella allí.

 Se encontraría mejor. Ya no había peligro y, la presencia de Danka estaba por todos los rincones de aquella choza. Los momentos vividos los evocaría nuevamente. Y, se desesperaba por no tenerla a su lado. Los recuerdos son dolorosos pero, a veces, se necesitan. Los que él tenía de aquellos días, eran muy intensos. Necesitaba volverlos a vivir. Necesitaba a su hijo también, que a penas conocía. Oler su aroma a bebe recién bañado y contemplar a Danka mientras daba el pecho a su pequeño. El tiempo transcurría, pero no todo lo rápido que deseaba. El juicio era complejo y había que atar muy bien todos los cabos para que nada fallase. Pero al menos podían hablar telefónicamente casi a diario.




No obstante, se mostraban nerviosos y Alex se alteraba por cualquier cosa. A Danka le parecía, cuando eso ocurría, que ya no la quería con la misma intensidad. Que la distancia les estaba castigando. Temía que nunca volvieran a verse, aunque, al menos él, viajara  a Europa para ver a su hijo.

A solas en su dormitorio, se hacía mil preguntas. Tenía el miedo metido en el cuerpo y no terminaba de convencerse de que, el peligro había pasado. No temía por él, sino por Danka y su hijo. Eso le hacía desquiciarse, y a veces, discutir con ella que no tenía culpa de nada. La imaginaba sola y desorientada en la ciudad, acudiendo al trabajo y dejando al bebe con su abuelo y con la señora que había contratado para cuidarles.

Seguía haciéndose la misma pregunta noche tras noche:  ¿Qué habrá sido de su familia? ¿Se acordará de él? ¿Se querrá casar? Estaba impaciente por comenzar los trámites para hacerlo con Danka, y para ir en su busca y de su bebe. Pero para eso, tenía que estar seguro de que el ruso y sus secuaces, estuvieran a buen recaudo y, eso no sucedería hasta que se celebrase el juicio.  Por mucho que estuvieran en libertad provisional y con la pulsera telemática en su pierna. No se fiaba; esa clase de gente saben mil argucias para esquivar a la policía.

Los días pasaban lentos, impaciente por poder realizar el viaje de sus sueños. Conocía por la policía que ella había encontrado un trabajo y, que un guardaespaldas, camuflado, la protegía por si acaso alguno de los rusos la buscaba para cobrar su deuda. El fiscal del caso metía prisa para que el juicio se celebrara. No tenia objeto demorarlo más, puesto que tenían todas las pruebas y, en cualquier momento podría escaparse a su pais o a otro que se le antojara, ya que estaba libre bajo fianza, gracias a su abogado.





El juicio se celebraría rápidamente. Danka declararía por teleconferencia desde Praga. Yuri, estaba  reclamado en su país y, si se demostraba que era culpable, lo encarcelarían allí. 

Se demostró su implicación no sólo por la declaración de Danka, sino de las otras dos chicas que la acompañaron en su viaje, y que estaban a punto de ser repatriadas a su país. 

"Culpable". Fue la palabra mágica que pronunció el juez y desde aquél instante, sería entregado a la justicia de su pais. Ya podían respirar aliviados.

 Después, al llegar ese momento, sólo faltaba que Alex tomara el avión que le condujera a la república checa, encontrarse con Danka y unirse en matrimonio. Siempre y cuando ella le aceptase. No habían tenido ningún contacto y por ese motivo, vivía intranquilo por si ella le hubiese olvidado.  Pero nada era tan fácil como él lo imaginaba. Tenía que ir paso a paso.

 Danka, llamó al rancho desde una cabina telefónica en la calle, así no había forma de rastrear la llamada en caso de que la siguieran sus verdugos. La voz de Alex, sonó en sus oídos como trompetas de gloria. Se quedó callada, ya que no esperaba escuchar su voz, sino la de Carmela o del propio Alejandro. 

Al otro lado del aparato, una voz impaciente preguntaba una y otra vez quién llamaba. Ya estaba a punto de cortar la comunicación, cuando se decidió a hablar:

— Alex. Soy yo

— ¿Danka? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?

— Si, mi amor. Estoy bien, pero muy lejos. No puedo hablar mucho. No quiero que escuchen esta llamada

—¿Estás en peligro? ¿ Y el niño ?

— ¡No! Estamos bien, pero no quiero dar facilidades. ¿Cómo estás?¿Te has recuperado?

— Pronto voy a ir a por tí

— A por nosotros...— Y ambos rompieron a reír felices.

Después siguió un torrente de palabras entre lágrimas por parte de ella y de ternura de él.


—Estoy tramitando todo para poder casarnos y reunirnos de una vez. ¿Has hablado con tu padre de la idea de que viva con nosotros?

Danka a penas podía hablar por la emoción al escucharle. Todo seguía igual, aunque hubiera por medio miles de kilómetros de distancia. Y sonreía entre lágrimas y alegría. Parecía mentira que todo siguiera con la fuerza del principio con la cantidad de obstáculos que habían tenido que salvar.

—No pienses más en los malos ratos vividos. Nuestro encuentro estaba preparado por algo extraño que debía unirnos. Y bendigo aquél momento, aunque he de confesarte que estuve tentado de salir corriendo. Nunca me había visto en una situación semejante, pero que me ha servido para seguir evocándote y amarte cada día más. Gracias a todo eso, hemos sido padres y pronto estaremos unidos para siempre. Céntrate en eso solamente. Cuando estemos juntos, no recordaremos aquellos días, aunque desde el fondo de mi corazón, los bendigo, porque me permitieron conocerte y amarte tan profundamente como te amo.
¡Oh Danka! Estoy impaciente por teneros frente a mí. Piensa que ese día no existió, sólo el momento de nuestro encuentro por primera vez. Que su recuerdo no te perturbe, y al contrario, tenemos motivos para alegrarnos de que así ocurriera. No quiero ni pensar si no hubiera sido yo quien te viera primero.

— ¡ Alex, te quiero! He de colgar. Da un abrazo a tu padre. Nunca le olvido en mis plegarias. Adiós

— No te vayas, no te vayas todavía...

Pero, Danka, temerosa, aún guardaba en su cabeza la huida de aquellos tiempos, y  de que Yuri apareciese de un momento a otro para castigarla por su fuga, a pesar de saber que seguía en Estados Unidos, pero también podría tener una mano tan larga que llegase hasta ella, a pesar de la protección. Lo que sí tenía, era la compañía del policía que, desde la distancia seguía sus pasos para protegerla.





 Quería quedarse a solas cuando regresase a su casa. Se encerraría en su habitación con cualquier pretexto para no alarmar a su padre y, evocaría todas las palabras que se habían dirigido por teléfono.

A partir de ahora, el tiempo pasaría más lento aún. Deseaba que él viniera a por ella y su hijito, que se parecía a su padre. Una vez que conocía todos los trámites a realizar, los días, o quizá los meses, pasarían lentos y desquiciantes para ella. No entendía la clase de amor que ambos amantes experimentaban con el poco tiempo compartido juntos, y en la forma en que se conocieron. Era algo difícil de entender teniendo en cuenta sus circunstancias.

No quería desechar de su cabeza, aquella primera vez en  que le vió al final de la escalera en el burdel, la impresión que le causó, sin sospechar siquiera que estaba destinada a ser suya no tardando mucho.

— Tiene razón Alex. Ese día nunca existió, sólo ese momento. He de centrarme en ello, porque todo lo que vino después fue hermoso, pese a lo complicado de la situación a la que nos enfrentábamos día a día.  Quería morirme cuando me vi tendida en aquella cama, desnuda, tapándome el rostro con las manos, teniéndole frente a mí, que se desvestía lentamente, dispuesto a cumplir con algo por lo que estaba allí y había pagado. Eso he de borrarlo de mi memoria, pero conservar todo lo que vino después. Nunca había conocido a una persona tan generosa, amable y comprensiva como él. Por eso le amo y le amaré eternamente. Agradeceré haberle encontrado en mi camino. Siempre. Siempre seré suya y él mío, por muchas cosas que tengamos que enfrentar en la vida, que nos toque vivir, pero siempre junto a él. ¡Oh Alex. Te amo tanto!

Aún tendrían que esperar varios meses para realizar y ultimar toda la documentación que les protegiera y permitiera vivir con normalidad y, tranquilos en América. Hasta consiguieron olvidar, borrar de sus vidas el motivo de su encuentro y el encierro vivido en aquella cabaña. Pese a todo, había sido positivo para sus vidas.
 De algunos trámites fue eximida debido a sus especiales circunstancias de entrada en el país.

La víspera de la llegada de Danka  y su hijo, Alex no pudo dormir. Los nervios, la impaciencia y, los preparativos de su boda, le tenían alterado, pero feliz.

Se casarían poco después de su llegada. Lo celebrarían en el rancho, a la par que el bautizo de su hijo.

Quizá con demasiada antelación a su retorno, padre e hijo, paseaban nerviosos por el aeropuerto de Sacramento. Aún faltaba un par de horas hasta que pudiera abrazarlos, pero estando allí, le parecía que estaban más cerca. Y en realidad, así era, solo que a cientos de kilómetros hacia arriba.

Llevaba un ramo de rosas rojas para Danka y un peluche para el niño que, poco a poco había crecido.  Aún no tenía nombre, ya que, por expreso deseo de la madre, lo buscarían entre los dos.

Sentada en su asiento del avión, con el niño dormido en su regazo, Danka pensaba igual que Alex. La impaciencia la dominaba, aunque faltaran horas para reunirse.

Y por fin, el tan ansiado momento había llegado. No podía ni respirar, mientras el avión se deslizaba por la pista del aeropuerto, aminorando su velocidad. 

 En la terraza, Alex observaba la maniobra, al tiempo que desde los altavoces, anunciaban la toma de tierra del avión procedente de Praga

.


Un nudo en su garganta, subió hasta sus ojos y, tragando saliva, sonrió levemente, nervioso porque todos los trámites aduaneros le permitiera abrazar a su familia pronto,  aunque legalmente aún no lo fueran, pero sí para ellos dos.

Alejandro les observaba algo retirado de ellos. Era su momento y, él abarcaba con su abrazo el cuerpo de Danka y el menudo de su pequeño que protestaba, quizás asustado por esa expresión que desconocía, y que  era de cariño y, de su padre.

Era una muñeco rubio como su madre, con los inmensos ojos azules también de ella. Al fin, los tenía allí frente a él. No era un sueño, sino la más hermosa realidad.

Danka se dirigió hacia  Alejandro que les miraba emocionado. Nunca hubiera imaginado a su hijo tan enamorado de una mujer con una historia tan rocambolesca a sus espaldas. 

El padre de Danka, les observaba también sonriendo. Pasados unos instantes, fue ella la que hubo de presentar a todos y dar nombre a aquellos rostros, hasta entonces desconocidos, pero que tanta influencia tenían en la vida de todos.

Recibió su ramo de rosas con intensa emoción. Era el único regalo que la había hecho. Alex se disculpaba por ello, pero Danka le rectificó:

—Te equivocas, el más grande regalo que me has hecho lo tienes en brazos ahora mismo. Él hizo que todo fuera más soportable. Me volvía a la realidad cada vez que desfallecía y, me hacía seguir adelante, sin renunciar a nadie ni a nada.

Aunque sus padres estaban presentes, se saltaron el protocolo, y Alex atrajo hacia sí a Danka y a su hijo, bajo las protestas de éste. Todos reían y, felices, partieron en dirección al rancho.
Sería Alex quién condujera el coche, y mientras, los padres, charlaban y comenzaban a conocerse. El padre de Danka, lo hacía mitad en ingles, otras partes en checo y francés. Pero los sentimientos afloraron entre ellos y no tuvieron problemas de comunicación.

¿ Qué fue de los prisioneros durante todo ese tiempo?

  Yuri en libertad provisional bajo fianza  y  controlada. Había tenido un excelente abogado, aún así no consiguió que saliera libre de cargos. 
Permanecieron  en prisión hasta después del juicio en que, Yuri sería extraditado a sus autoridades, y Margueritte, aún cumpliría un tiempo en la cárcel. 

Eso la tenía alterada. No deseaba volver a ver a Yuri. Le tenía un miedo horroroso, sin pensar que ya no podría hacerla daño nunca más. Pero las palabras de Alex, no la calmaban, porque machaconamente volvía su imagen, a su memoria una y otra vez.

Muy nerviosa, había declarado como testigo desde Praga. Poco tenía que contar, más que su encuentro con él. Para Margueritte tuvo palabras a su favor, ya que en realidad, nada podía decir en su contra, aunque su estancia en aquella casa, no fuera lo más ortodoxa que se esperaba.

A veces, parecía que la faltaba el aire, sobre todo cuando la mirada del ruso, se fijaba en ella durante el interrogatorio. Pero quién la hace, lo paga y, eso le pasó a Yuri, dado que no era la primera vez que lo hacía y estaba reclamado por la justicia de su pais.

Margueritte cumpliría sus años de sentencia en una prisión, por tráfico de mujeres, aunque éstas estaban registradas y se consideraban "trabajadoras sociales".

Con un sonoro martillazo en la madera , el juez dio por concluido el caso. Había sido un juicio rápido debido  a las pruebas recopiladas, y con el atenuante de las facilidades dadas por los testigos desde el principio.

Y se casaron. Emocionados se miraban fijamente tomados de la mano, y de esta forma dijeron sus votos. Todos los invitados guardaban un silencio absoluto, pero sólo unos pocos, exceptuando los empleados del rancho, conocían la verdadera historia de esas dos personas que en ese día se convertían en marido y mujer.

Al día siguiente celebrarían otro acontecimiento: el bautizo de su hijo, de Armand, en homenaje a esa abuela que no conocía.

Y aquí termina esta rocambolesca novela, de unos seres que se amaron por encima de todo pese a las circunstancias en las que se conocieron. Aún pasaría mucho tiempo, para que, ambos olvidaran aquél día que, felizmente existió. 
Y fueron felices a pesar de discusiones que siempre hay en los matrimonios, pero su amor era tan fuerte que derribó hasta las murallas de Jericó.










                                                          F    I    N

Autoría: 1996rosafermu
Editado: Mayo 2021
Ilustraciones: Internet
Nota: Todas las situaciones planteadas, así como sus lugares y, personajes, son ficticias
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El día que nunca existió - Capítulo 27 - Carta de libertad

 El inspector se despidió. Alejandro y Danka, intercambiaron una mirada en la que expresaban su alivio y, también temor de que todo fracasase. Sabía que el riesgo de ser expulsada del país estaba latente, ya que figuraba como turista con un determinado plazo ya extinguido. Tendría que abandonar el pais y a él cuando más le necesitaba.

No se quejaba. Siempre le estaría agradecida porque sin duda la había salvado de una vida  que ella ni buscaba, ni deseaba. Se temía que fuera inminente y no había nada para poder recurrirlo.

Poco a poco Alex se recuperaría, pero ella no estaría allí para verlo. Besó suavemente sus labios y siguió al policía que la esperaba en la puerta para llevarla directamente al aeropuerto. Con su hijo en brazos, echó una última mirada antes de que la puerta de la habitación de Alex, se cerrara tras ellos.

Por muchas gestiones que hiciera Alejandro de nada sirvieron. Primero tendría que regresar a su país, y después ser reclamada nuevamente, pero esta vez con toda la legalidad.

Tenía muchas horas por delante para pensar en todo lo acontecido y, en lo que al final ha desembocado. Lo que más la dolía era la separación de él. Postrado en la cama del hospital, inconsciente, sin saber que ella ya no estaría ahí cuando despertara. Ni ella ni su pequeño.





 Probablemente sería lo mejor, ya que si estuviera consciente, todo sería más difícil. Durante ese tiempo, habían vivido en una burbuja, pensando que todo sería realizable.  Pero, en realidad, era descabellado, y así ha terminado.

— Adiós, amor.

Fueron las palabras que dirigió a Alex que permanecía sedado. Alejandro la observaba apenado. ¡Qué triste situación ! Después de lo que habían luchado por poder estar juntos. Por protegerla...

 En cambio, los autores del delito, serían puestos en libertad en un plazo relativamente corto, después de depositar una importante fianza que, a buen seguro  compensarían con otra expedición de muchachas inocentes, pero no en ese lugar. No importaba. La geografía es amplia y habrían más lugares que abastecer de carne humana. Y probablemente no tendrían la suerte como en  la casa de Margueritte, sino otra en la que se les explotaría sin miramientos de ninguna clase.

Alejandro tenía miedo, por si durante el trayecto, se metieran con ella y fueran capaces de alguna fechoría como castigo. Habló con el inspector que llevaba el caso:

— No se preocupe señor Jiménez. Yo mismo la acompañaré hasta su casa. He  contactado con la policía de Praga y estarán al tanto. Parece ser que iban tras sus pasos. No van a salir tan bien parados como ellos piensan. En ese intermedio tendrán tiempo para efectuar las gestiones si es que van a reclamarla. Por nuestra parte no habrá malos informes, porque en realidad ella se vió involucrada sin saber nada y en nada intervino.

— ¿Y Margueritte?

 

— Todos conocemos "su trabajo". Pero en todos estos años no  ha incumplido la ley de su negocio. Además hemos comprobado que en verdad habían firmado un contrato por el "alquiler" de la mercancía, sin especificar qué. Ella cumple con las normas legales establecidas. No quiero decir que esté de acuerdo  con lo que se gana la vida. Permanecerá encerrada durante un tiempo. No hay pruebas de que ella estuviera al corriente de todo y de hecho trató de defender a su hijo con sus propios "gorilas". Tarde, es cierto, pero lo intentó. Es un asunto feo y escabroso, pero de los que tenemos  montones a diario. Todo saldrá bien, no se preocupe.

¿Tranquilo? ¿Cómo podía estar tranquilo con todo lo pasado y con la certeza de que todo ha sido inútil? No quería ni pensar cuando Alex se despierte y compruebe lo que tanto temía: la extradición de Danka y con ella la de su bebe.

De nada habían servido las gestiones que realizara para reconocer al niño. Debía hacerlo ante una autoridad y Alex, no estaba en condiciones de hacerlo aún.

La pidió su dirección y todos los datos con que pudiera localizarla en su país. Estaba seguro que, en cuanto Alex se repusiera, iría a buscarla. Se casarían por poderes si fuera necesario, aunque tardaran meses en reunirse. Aunque también pudiera ocurrir que, precisamente por la tardanza, no lo consiguieran al haberse olvidado de la aventura que les tocó vivir. Todo eso ya se vería. Lo importante es que Alex se recobre. Que todo lo vivido no haya repercutido en su salud¡ La veía tan frágil y perdida...!




También se ocuparía de Margueritte. Era parte de su familia, aunque resultara la hija díscola  que tiró por otros derroteros. Sabía que si su mujer viviera, le insistiría en buscarle un abogada que la defendiera.  

En el fondo no era mala persona, a pesar de con lo que se lucraba, que no aprobaba. Pero al menos cuidaba de sus chicas tanto sanitaria como laboralmente.

 Sabía que tenía predilección por Alex, que probablemente fuera un resto de lo que, en otro tiempo, sintiera por el padre. Quién sabe si aún perduraba. Era su sobrino, aunque él no lo supiera. Era la parte oculta de la familia que nunca quiso saber de ella.

Llamó a su abogado para que se ocupara del caso de Margueritte y, puesto que la habían confiscado sus bienes, también correría con los gastos de la fianza que le diera la libertad. Sabía que a su mujer la hubiera gustado hacerlo, si viviera para verlo. Era su hermana, y con errores y desaciertos, era sangre de su sangre.

Por la tarde, el mismo policía que la había acompañado al aeropuerto, le puso al corriente de que Danka había embarcado y protegida por un policía checo que iba camuflado como un viajero más. Al menos hasta que llegase a Praga, iría segura. Después, sería la policía checa la encargada de tenerla a buen seguro. Estaban muy interesados en seguir ese tema, ya que no era la primera vez que vendieran a alguna chica joven. Esta vez sí les pillarían, ya que los testigos estaban decididos a declarar  a la policía  cómo había ocurrido todo. No querían que su pais se viera envuelto en tráfico de personas

Tenían un piso franco esperándola y, a su padre que, había sido trasladado  y, la aguardaba con inquietud y deseoso de abrazarla y conocer a su nieto. Todos eran gastos sufragados por Alejandro. Los policías que los protegerían, eran detectives privados contratados a tal efecto, además de la policía. No querían que nada fracasara por falta de previsión Sólo faltaba que Alex se pusiera bien.  Y poco a poco Alex se iba recuperando.

 Su rostro iba lentamente volviendo a su fisonomía normal. Se levantaba y daba largos paseos por los pasillos del hospital. En un par de días sería dado de alta. Estaba malhumorado. Lo que menos esperaba al volver en sí, es que ella se hubiera marchado, llevándose a su pequeño con ella. Se sentía culpable y, no quería pensar en que estuviera corriendo algún peligro.



Por más que su padre le hablara de los planes establecidos por la policía de ambos paises, ya que a ambos les interesaba atraparlos, no estaba tranquilo. Inquieto, a penas hablaba. En cuanto estuviera recuperado del todo y pudiera viajar, partiría de inmediato a la república Checa y la buscaría hasta debajo de las piedras.

Le preocupaba su estado y todas las alteraciones que se habían visto obligados a vivir. Sabía por su padre haberse  despedido de él cuando fue trasladada al aeropuerto.  El tiempo pasaba rápido, pero aparentemente, nada cambiaba.

Como suponían Yuri estaba en libertad provisional, tras haber pagado una fianza suculenta. También sería extraditado a su pais, por no tener permiso de residencia, tan sólo de turista. Permanecería en Estados Unidos, hasta celebrarse el juicio, y eso suponiendo que ganara, que no estaba tan claro.

Margueritte también, y a su salida, supo quién había pagado su fianza  Se dirigió al hospital. Tenía que ver a su cuñado y a su sobrino. De haber sabido la relación de ambos jóvenes, otra cosa hubiera sido.

Ahora estaba en deuda con Alejandro y tendría que volver a empezar de nuevo cómo ganarse la vida. Ya no tenía ni la misma belleza, ni el mismo empuje que cuando se inició como madame. Nunca imaginó volver a verse en esa situación. Pero lo que mal comienza, mal acaba. Sentía los despidos de todos sus empleados, a los que apreciaba al cabo de tantos años juntos. Todo eso se lo debía al ruso y a su poca precaución.

Pero todo eso era secundario. Conservaba la vida, que no era poco. Y encontraría la forma de salir adelante como siempre había hecho. Ningún miembro de su familia había salido perjudicado, excepto Alex por la paliza, pero Danka, ahora sí, la llamaba por su auténtico nombre se vería perdida, con una responsabilidad sobre sus espaldas, de criar a un hijo siendo tan joven e inexperta, y haber vivido una aventura totalmente inesperada.

Confiaba en que su cuñado lo arreglase y, pronto ambos jóvenes volvieran a reunirse en paz y con tranquilidad. Disfrutar de su hijo, y olvidarse de una vez de todo este episodio.

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Autora< rosaf9494quer

Edición< Julio 2021

Ilustraciones< Internet

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